6. Los colores
Los colores litúrgicos nos ayudan a disponer nuestro corazón para la celebración litúrgica: la perfección y la alegría, son el color blanco; la naturaleza creada es el color verde; el amor es el rojo; el morado es la esperanza, el dolor y el duelo.
En la Santa Misa, los colores son también un símbolo que nos ayudan a irnos adentrando en el misterio que celebramos. Las vestiduras del sacerdote, el conopeo, e incluso el ambón desde el que se lee el Evangelio, se viste de un color diferente cada día.
El color más frecuente es el verde; es el del ‘tiempo ordinario’, cuando no hay un motivo especial para la celebración. Es el color verde porque aprovechamos para dar gracias a Dios por la creación y por todo lo que nos ha dado. Por ese motivo también se ponen plantas o flores junto al altar: no es simple decoración, sino también un símbolo de que ofrecemos a Dios los bienes que él mismo nos ha dado al crearlos.
Todos los santos, y las grandes fiestas de Jesús y de María se visten de color blanco. El blanco es la perfección, la pureza, la gloria.
El color rojo se utiliza cuando se desea resaltar de algún modo el amor, porque el amor es como un fuego que enciende el alma: es el color de las grandes manifestaciones del amor de Dios (la entrega en la cruz, el envío del Espíritu Santo…) y de los hombres (apóstoles y evangelistas); también se utiliza el color rojo en las celebraciones de los mártires, pues el martirio implica que entregaron su vida por amor a Dios.
El color morado simboliza la espera, la penitencia, la esperanza. Es el color propio del Adviento (preparación para el nacimiento de Jesús) y de la Cuaresma (preparación para la pasión y muerte de Jesús). También se utiliza en las misas por los difuntos: este color no es símbolo de tristeza, sino de esperanza a pesar de las dificultades.
Con los colores, la Iglesia nos ayuda a entrar poco a poco en el misterio que vamos a celebrar en la Misa cada día. El color de la Misa del día nos ayuda a ir disponiendo nuestra alma para la celebración.