29. Este es el Cordero de Dios


Este es el Cordero de Dios. Comulga como tú quieras, pero con reverencia. Lo importante es que digas ‘Amén’ con todo tu corazón.


Durante muchos siglos, la Santa Misa se ha celebrado en latín, ‘de espaldas al pueblo’ (mirando al Este), o incluso ‘escondida detrás de la iconostasis’, en Oriente. A medida que crecía la piedad eucarística, la gente quería estar más cerca, ver lo que estaba sucediendo, entenderlo…, durante toda la Misa, pero sobre todo tras el momento de la Consagración: se avisaba a la gente tocando una campanilla, se encendía una vela supletoria (palmatoria), y todos se apretaban y estiraban sus cuellos para ‘tratar de ver’ a Jesús en el Eucaristía.


Por este motivo, se introdujeron en la Liturgia dos momentos en los que se exponía claramente el Cuerpo y la Sangre de Cristo para que todo el mundo pudiera ver a Jesús: en el momento de la Consagración, y justo antes de la Comunión: ‘Este es el Cordero de Dios, éste es el que quita el pecado del mundo. Dichosos los invitados a la cena del Señor’.


Pero hay un tercer momento en el que se nos presenta la Eucaristía: cuando vamos a recibir la Sagrada Comunión, el sacerdote nos expone a nosotros solos el Cuerpo de Cristo, mientras nos lo anuncia claramente: ‘¡El Cuerpo de Cristo!’. Podemos responder en silencio, sin pensarlo, con un murmullo que pase desapercibido…, o con un ‘Amén’ que retumbe en el Cielo y que exprese toda nuestra fe contenida durante el tiempo que ha durado la Santa Misa. Nos ayudará mucho, mientras estamos haciendo cola para recibir la Comunión, fijar nuestra mirada en el Cuerpo de Cristo e ir preparándonos interiormente para decir de verdad nuestro ‘Amén’ como un acto de fe personal en la presencia de Cristo en la Eucaristía. 


¿Comulgar de pie? ¿De rodillas? ¿En la mano? ¿En la boca? Algunos quieren hacer polémica con esta cuestión: la Iglesia ha recibido la Comunión en la mano durante los primeros mil años…: no puede ser una irreverencia. ¡Cristo dio de comulgar en la mano! Comulga como tú prefieras, pero con reverencia: si comulgas de pie, haz una inclinación de cabeza antes de recibir la Comunión; si comulgas en la mano, preocúpate de tener las manos limpias, de disponer tus manos como un ‘trono’ donde se asienta Jesús, y con tu mano diestra, mientras estas delante del sacerdote, introdúcetela en la boca. Si comulgas de rodillas y en la boca, no pienses que ‘tú comulgas mejor que los que lo hacen de pie’… Comulga como tú quieras, pero con reverencia. Lo importante es que digas ese ‘Amén’ con todo tu corazón. Durante toda la Misa te has de preparar para decir de verdad este ‘Amén’. Compite sólo contra ti mismo: que cada día digas con más devoción tu ‘Amén’.