4. Subida al Presbiterio


El presbiterio siempre está elevado, porque es como subir al Gólgota. Es un lugar santo, que simboliza la unión del Cielo con la tierra. El altar está presidido por una Cruz para que tengamos presente que la Misa es la renovación del sacrificio de Cristo en la Cruz.



Cuando finaliza la procesión de entrada, el sacerdote sube al Presbiterio: es la parte frontal de las iglesias, una zona elevada un poco, donde está situado el altar, el sagrario, el retablo con las imágenes de los santos. Normalmente el Presbiterio está coronado por una cúpula o un baldaquino.


El altar siempre debe estar elevado un poco, simbolizando el Gólgota, porque Jesús fue crucificado en un lugar elevado. Subir al Presbiterio es acercarse a la cruz, y al Cielo. Para subir al Presbiterio se suben siempre uno o tres escalones, simbolizando que el sacerdote se acerca a Dios (un único Dios, tres personas divinas). 


El Presbiterio es un lugar santo. En Oriente se simboliza con mucha fuerza: se ‘cierra’ el Presbiterio con una pared repleta de iconos de los santos (Iconostasis): el pueblo no puede ver lo que sucede detrás, salvo por algunas pequeñas aperturas, simbolizando lo inaccesible del Cielo. Nadie que no sea sacerdote puede entrar en ese recinto. 


En Occidente, el baldaquino y la cúpula que lo cubren simbolizan una ventana que comunica la tierra con el Cielo: durante el sacrificio de la Misa, cielo y tierra se unen para honrar el sacrificio redentor de Jesucristo. Durante la Misa, el Cielo se hace presente en la tierra.


Además, el altar debe estar presidido por una cruz: el sacerdote, durante la Misa, debe tener ante sus ojos una cruz, para que no se olvide que está renovando el sacrificio de Jesucristo. Si el altar está de cara al pueblo, la cruz queda entre el pueblo y el sacerdote…, y puede dar la falsa impresión de que estorba, de que ‘tapa’ al sacerdote. Debe ser así: tanto el pueblo como el sacerdote han de tener presente durante toda la Misa que se está renovando el sacrificio de Jesús en la cruz. 


Durante la Misa, el ‘centro de la atención’ debe ser el altar y la cruz.