24. El Prefacio


El Prefacio nos introduce en la Liturgia Eucarística. El diálogo entre pueblo y sacerdote es como si fueran unos escalones que nos llevan a lo sagrado, a la presencia de los santos y ángeles para cantar juntos al señor: Santo, santo…


Después de las ofrendas y del lavabo, comienza la Liturgia Eucarística, el momento principal de la Santa Misa. Todo lo que ha sucedido hasta ahora no ha sido más que una simple preparación para este momento tan solemne: repetir lo que hizo Jesús en su última cena y disponernos para recibir su sagrada presencia entre nosotros. Cristo, que está glorioso en el Cielo, se va a hacer presente en el altar.


El prefacio de un libro es un texto breve situado al principio, donde el autor explica por qué escribió la obra, cómo la hizo, o qué intenciones tiene. También se usa en la liturgia católica para nombrar la oración de alabanza y acción de gracias que precede a la consagración en la Misa, el momento más solemne, en el que nos vamos a poner en la presencia del mismísimo Dios.


La simbología del Prefacio nos recuerda de algún modo el antiguo Templo de Jerusalén: había una habitación donde estaba la presencia de Dios, denominada el ‘Sancta Sanctorum’. Se accedía a dicha habitación subiendo unas escaleras. En el antiguo Templo de Israel, el Sancta Sanctorum estaba situado en la parte más interior, occidental y elevada del edificio principal.


El prefacio comienza con un diálogo entre el sacerdote y el pueblo asistente; es como si fuera la ascensión por una escalera que nos llevara a la estancia más sagrada, donde se realiza la presencia real de Dios en el mundo. Cada invocación es un escalón; cada respuesta, otro escalón:

-¡El Señor esté con vosotros!

-¡Y con tu espíritu!

-¡Levantemos el corazón!

-¡Lo tenemos levantado hacia el Señor!

-¡Demos gracias al Señor, nuestro Dios!

-¡Es justo y necesario!


Seis invocaciones. Seis escalones. Así quedaremos orientados hacia el Señor. Se van abriendo los cielos para celebrar todos juntos los sagrados misterios. Los ángeles y los santos van acudiendo a nuestra llamada para, todos juntos, cantar el himno de la gloria de Dios: ‘¡Santo, santo, santo es el Señor, Dios del universo!’.


En el antiguo Templo de Jerusalén había una instancia sagrada que se denominaba el ‘Santo’; y allí se encontraba esa otra estancia, más sagrada aún, llamada ‘el Santo de los Santos’, el lugar de la presencia de Dios. Ahí mismo nos vamos a introducir a continuación. ¡Ya estamos preparados!