22. El Ofertorio
El Ofertorio es la primera parte de la cena judía. Ofrecemos a Dios nuestras ofrendas personales: el trabajo y nuestras alegrías. La gota de agua que vierte el sacerdote simboliza que nuestros sacrificios se mezclan con el sacrificio redentor de Cristo en la Cruz.
‘Bendito seas, Señor del Universo, por este pan…, y por este vino’.
En el ofertorio, el sacerdote ofrece a Dios Padre los dones del pan y del vino, momentos antes de que se conviertan en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo. Esta bendición constituía la primera parte de la celebración de la cena pascual judía. La última cena de Jesús tuvo lugar precisamente durante esta celebración con sus discípulos.
Lo que nosotros podemos ofrecer a Dios, no es otra cosa que lo que Dios nos ha dado primeramente a nosotros. ‘Te ofrecemos de los mismos bienes que tú nos has dado’… Entonces…, ¿es que no le podemos ofrecer nosotros a Dios algo que sea ‘exclusivamente’ nuestro?
El pan simboliza el trabajo del hombre, el esfuerzo, las luchas y contradicciones, nuestros sufrimientos y enfermedades, contradicciones y dolores. Por contraste, el vino simboliza los momentos de alegría y felicidad. Las buenas noticias, los éxitos y los gozos. Así nosotros podemos ofrecerle a Dios algo nuestro: nuestros trabajos y alegrías.
El pan y el vino pueden ser para nosotros un símbolo de lo que nosotros le podemos ofrecer a Dios cada día. Es poca cosa en comparación con todo lo que nos da Dios. Y es insignificante en comparación con el sacrificio de Cristo en la Cruz… Pero si se lo ofrecemos en este momento, justo cuando el sacerdote prepara las ofrendas del pan y del vino, ‘mezclamos’ nuestras ofrendas con las ofrendas eucarísticas.
En este preciso momento, podemos encontrar en la Misa un símbolo muy rico en significado: precisamente cuando el sacerdote prepara el cáliz, echa una gota de agua en el vino, agua que se disuelve y desaparece inmediatamente. Así hacían los judíos con el vino: lo mezclaban con un poco de agua antes de beberlo, para suavizarlo. Y así lo haría Jesús en su última cena.
Esta gota de agua mezclada con el vino va a tener dos significados profundos (el misterioso mundo de los símbolos…).
Por un lado, tal y como se especifica en la oración secreta que recita el sacerdote en ese preciso momento, ‘que nosotros participemos de la divinidad de Jesucristo del mismo modo en que Cristo participó de nuestra humanidad, encarnándose’.
Pero el símbolo va mucho más allá: ‘nosotros’ somos esa gota de agua que, al vertirse en el vino se disuelve, desaparece, pasa desapercibida…pero ahí está. Esa copa de vino se convertirá en unos instantes en la sangre de Jesucristo, que se entrega al Padre para la redención de todo el género humano. Y ahí, en esa sangre…, estarás tú con tus trabajos y tus alegrías. Tus pequeñas acciones se ‘divinizarán’ al mezclarse con la sangre de Cristo.
Qué fuerza nos da saber que todos nuestros esfuerzos y sufrimientos pueden servir para la redención del mundo; qué consuelo nos puede dar saber que en el sacrificio de Jesucristo…, nosotros hemos podido colaborar un poco.
Y así, la Misa se convertirá cada día en… ‘mi Misa’.