25. La Consagración


En la Consagración el sacerdote invoca la acción del Espíritu Santo, poniendo las manos en forma de paloma. Se consagra por separado el cuerpo y la sangre, para representar la muerte de Jesucristo. También nosotros podemos ofrecer nuestras vidas a Dios por los demás.


El momento central de la Misa es verdaderamente muy breve, no podemos distraernos…, aunque Satanás intentará tentarnos con todas sus fuerzas precisamente durante estos breves minutos. 


El sacerdote comienza extendiendo las manos sobre el pan y el vino, mientras invoca la acción del Espíritu Santo (Epíclesis), ‘para que los convierta en el cuerpo y la sangre de nuestro Señor Jesucristo’. El sacerdote dispone las manos encima de las especies sacramentales entrecruzando los dedos pulgares, formando así con sus manos una especie de paloma: es el símbolo de la presencia del Espíritu Santo. El Espíritu de Dios cubría con su sombra el Arca de la Alianza en el Antiguo Testamento; el Espíritu Santo ‘cubrió’ con su sombra a la Virgen Santísima cuando concibió en su seno a Jesucristo; y ahora también, es el mismo Espíritu el que con su sombra produce el divino milagro de la presencia eucarística de Jesús.


A continuación, el sacerdote repite el relato de la institución de la Eucaristía tal y como viene recogido en los Evangelios. No añade nada, no interpreta, no explica nada… Deja que las palabras del Señor vuelvan a sonar en la tierra. En este momento de la Misa, la voz del sacerdote tiene que sonar diferente, más pausada, más solemne. Antiguamente, incluso estaba establecido que las palabras de la Consagración las recitara el sacerdote ‘cambiando completamente su voz’: todos los símbolos para ayudarnos a ‘ver y escuchar’ al mismo Jesucristo una vez más entre nosotros.


‘Este es mi cuerpo, que se entrega por vosotros. Esta es mi sangre, derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados’.


Al consagrar por separado el cuerpo y la sangre, se conmemora la muerte real de Jesucristo. El sacerdote ‘eleva’ a Dios Padre el cuerpo y la sangre de su Hijo. Es el momento del sacrificio redentor. No olvides que antes, tú has ‘mezclado’ en el vino tus trabajos y tus alegrías: ahora también tú puedes decir, en nombre propio: ‘Este es mi cuerpo, esta es mi sangre que se entrega’.  Así serán más llevaderos los momento ingratos de nuestra vida, porque los ofrecemos a Dios en unión con el sacrificio de Jesucristo.


Cuenta el santo cura de Ars que, en una ocasión, ofreció la Santa Misa por la salvación del alma de un buen amigo. En el momento de la Consagración, ‘chantageó’ a Dios ofreciéndole un ‘divino intercambio’. Y así, mientras él elevaba el cuerpo y la sangre de Nuestro señor Jesucristo y lo presentaba a Dios Padre, decía en su interior: ‘Señor, en mis manos tengo el cuerpo y la sangre de tu Hijo Jesucristo. Te los ofrezco… en intercambio por la salvación del alma de mi amigo’. En ese preciso momento, Dios le hizo saber que su oración había sido escuchada, y que su amigo había entrado en el Paraíso.


Antiguamente, la traducción española del texto de la Consagración decía: ‘Esta es mi sangre, sangre derramada por vosotros y por todos los hombres para el perdón de los pecados’. Recientemente se ha modificado la traducción y ahora se dice: ‘Sangre derramada por vosotros y por muchos para el perdón de los pecados’. ¿Por qué se ha modificado la traducción? ¿No parece hasta escandaloso que Cristo no se haya entregado por ‘todos los hombres’, sino solamente por ‘algunos’, aunque sean muchos? El Papa Benedicto XVI lo explica sencillamente así: se ha modificado el texto porque Jesucristo dijo ‘por muchos’, no ‘por todos’. Nosotros no podemos cambiar sus palabras, sino que deberíamos reflexionar porqué dijo ‘por muchos’… Quizás -dice-  Jesús quiso verdaderamente morir por la salvación de todos, pero algunos no quisieron. Durante este momento de la Misa, al oír decir ‘por muchos’, que le digamos al Señor en nuestro corazón: ‘Por mí, sí; yo sí quiero que me salves’.