21. El Credo
El Credo manifiesta nuestra actitud ante la Sagrada Escritura y como preparación de nuestra alma para el sacrificio. Aceptando toda la fe de la iglesia nos preparamos para una comunión plena con Jesucristo.
Durante los primeros siglos del cristianismo, muchos adultos deseaban bautizarse y se preparaban para ello durante meses, o incluso años. Los domingos, los aspirantes al Bautismo (Catecúmenos) asistían a la Eucaristía junto con todos los fieles cristianos; pero solamente a la primera parte: hasta las lecturas y la homilía. Luego eran invitados a salir y a abandonar la celebración…, quedándose únicamente los ‘fieles’.
Desde el año 589 se reza el Credo en España; poco a poco se fue extendiendo esa costumbre en otros países. El motivo era el elevado número de conversiones (el pueblo visigodo). Rezarlo durante la Misa era un modo de resaltar la única fe, común, de todos los asistentes, y su verdadera conversión.
Al principio se rezaba justo antes de la Comunión, como preparación inmediata a recibir al Señor. Y ese podría ser el sentido que nosotros podemos dar al rezo del Credo: aceptamos, afirmamos todas las verdades de fe que la Iglesia nos propone; creemos en Dios Padre, en Dios Hijo y en Dios Espíritu Santo, y esa unión en la fe culmina en la unión eucarística con Jesucristo.
Junto con el acto penitencial, el rezo del Credo es el modo perfecto para prepararnos para asistir y recibir la Eucaristía: eliminando todo lo que nos separa de Jesús, y toda duda en su poder y providencia. Rezar el credo justo después de las lecturas y antes de la Liturgia Eucarística nos ayuda a prepararnos para una comunión plena con El.