20. La Palabra de Dios


Jesucristo se hace presente de un modo muy especial en la lectura de la Sagrada Escritura -la Palabra de Dios- y en el sacrificio eucarístico. Por eso el sacerdote besa tanto el Altar como el Evangelio. Antes de proclamar el Evangelio, realizamos todos la triple cruz.


El pueblo judío era consciente de que la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Por eso, siempre que se reunían en la Sinagoga, leían y comentaban diferentes pasajes de los libros sagrados. Y los cristianos, hacían lo mismo: en sus reuniones, siempre leían un pasaje de los libros antiguos (Génesis, Profetas, Históricos…), luego cantaban algún Salmo (se consideran oraciones cantadas compuestas por el mismo Rey David), y añadieron poco a poco los recuerdos que iban transmitiendo los apóstoles sobre la vida y las palabras de Jesús, cuando vivió entre los hombres. También las celebraciones litúrgicas eran una ocasión idónea para leer las cartas enviadas por los apóstoles a las diferentes iglesias locales. Los Evangelios fueron escritos precisamente con esta función: ser leídos en las celebraciones litúrgicas.  


Las lecturas tienen una importancia grande en la Misa; de hecho constituyen la segunda parte de la Liturgia de la Santa Misa: la Liturgia de la Palabra. Y presenta una progresión de la revelación hasta alcanzar su plenitud: comienza con una lectura del Antiguo Testamento, de los acontecimientos al origen de la revelación, o de las antiguas profecías. Es el comienzo: todo un Dios que se revela a los hombres. A continuación, viene la respuesta del hombre a esa revelación, por medio de la oración de alabanza, de desagravio, de petición… Es la oración contenida en los salmos. A continuación viene una segunda lectura (domingos y días de fiesta) de las cartas o hechos de los apóstoles. El Aleluya es una breve oración que nos dispone al momento culminante de la Liturgia de la Palabra: la lectura de las palabras y hechos del Señor, es decir, el Evangelio.


Cuando se acerca el momento solemne de proclamar el Evangelio, el sacerdote hace una reverencia profunda al Altar, al tiempo que reza en silencio esta oración: ‘Limpia mi corazón y mis labios, Señor, para que sea digno de proclamar tu santo Evangelio’. Este gesto de inclinarse ante el altar justo cuando va a leer el Evangelio, manifiesta que la presencia de Jesucristo durante la Santa Misa se realiza tanto en la Liturgia de la Palabra (Evangelio) como al cabo de unos momentos en la Liturgia Eucarística (Consagración). Cristo está en la Palabra y en la Eucaristía. Recordarás que el sacerdote, durante la Misa, besa tanto el altar como el Evangelio: es un beso a Jesucristo… en la Palabra y en la Eucaristía.


La lectura del Evangelio durante la Misa tiene una trascendencia especial: hasta hace poco más de cien años casi nadie sabía leer…, y los fieles cristianos sólo podían conocer lo que se decía en los Evangelios gracias a la misa dominical. La Misa era necesaria para la formación de los fieles cristianos. Y para que las palabras que vamos a escuchar ‘penetren’ nuestro entendimiento y nuestro corazón, al comienzo de la lectura del Evangelio todos hacemos una triple cruz: una cruz en la frente… para entender lo que vamos a escuchar; una cruz en los labios… para ser capaces de comunicarlo a los otros, principalmente con nuestro ejemplo; una cruz en el corazón… para que todas nuestras acciones estén movidas e impulsadas por el mensaje de Jesucristo.


Seguir a Jesucristo es conocerle, es querer vivir como él. Cada lectura del Evangelio debería de ser una pequeña fuente de inspiración para nuestro actuar diario… Por ese motivo, al finalizar la lectura del Evangelio, el sacerdote guarda unos segundos de silencio, entre el final de la lectura y la invocación ‘Palabra del Señor’: en esos segundos, todos tenemos que procurar ‘traducir’ lo que hemos leído, en vida concreta. Hemos de procurar buscar un punto de inspiración para la actuación concreta de nuestro día. Hemos de hacer vida nuestra el Evangelio que acabamos de escuchar.