5. Las velas


En todos los altares debe haber velas. Simbolizan nuestra actitud ante el sacrificio. Pero nosotros no tenemos luz: la luz, es Cristo. Y el fuego, es el símbolo de la presencia de Dios.



En las iglesias siempre hay velas encendidas… o apagadas, para que compres una y la enciendas tú. Sobre el altar, siempre hay velas; el número puede variar, pero siempre hay velas blancas; y se encienden durante la Misa. También se encienden en las adoraciones eucarísticas, meditaciones, durante la celebración de cualquier sacramento.


Las velas encendidas durante la celebración de la Santa Misa simbolizan nuestra actitud ante Dios. Las velas son esbeltas, blancas, rectas… Nosotros hemos de tratar de ser rectos, estar con disposición atenta, erguidos, con el corazón próximo al Señor. Siempre son de color blanco, pues el blanco es el color de la limpieza de corazón, de la pureza. También son blancos los manteles, el alba del sacerdote… Las velas somos nosotros, pero nosotros no tenemos luz: la luz es solamente Jesucristo. Es preciso que pongamos todo lo que podamos de nuestra parte, pero nuestro esfuerzo no serviría de nada sin el fuego, que es Jesús.


En el Antiguo Testamento, cuando Dios se hizo presente a los judíos en el desierto y les liberó de la esclavitud, les entregó las tablas de la Ley, les dio de comer un ‘pan del cielo’ al que llamaron ‘Maná’. Así Dios se manifestó poderosamente a los judíos. Esos elementos los pusieron dentro del Arca de la Alianza, y Dios se hizo presente con todo su poder, sobre el Arca: durante el día, una nube cubría la tienda donde estaba el Arca; durante la noche, una llama de fuego se posaba sobre ella. Eran los signos de que Dios estaba presente junto a su pueblo. 


También ahora esos mismos dos signos señalan la presencia de Dios entre los hombres: los sagrarios, cuando contienen la Eucaristía, se cubren con una telita semitransparente que se llama ‘Conopeo’ (la nube durante el día), y siempre junto al sagrario hay una velita encendida que manifiesta su presencia (fuego nocturno).


Cuando los judíos llegaron a la tierra prometida, solo entonces pudieron construir el primer Templo. Fue Salomón quien lo hizo. Y por instrucciones de Dios mismo, junto al Arca de la Alianza, a la entrada del recinto pequeño y sagrado donde se encontraba, hizo colocar ahí un candelabro con siete brazos para señalar su presencia: siete velas. Por ese motivo, en muchos altares todavía se colocan seis velas… y en medio una cruz, que sería la séptima vela. Y esa cruz es la que tiene el sacerdote siempre delante cuando celebra la Santa Misa: el misterio de la presencia de Dios entre los hombres.