11. El altar
El altar ocupa el lugar central de la Santa Misa, con una rica simbología: es la mesa de la última cena, es también el lugar de los sacrificios antiguos, es símbolo del sepulcro de Jesucristo con la sábana de la resurrección; es también el altar de los panes de la presencia de Dios y el altar del fuego.
Al comenzar la Santa Misa y al terminarla, el sacerdote besa el altar porque el altar significa a Cristo. También besará más tarde el Evangelio: en la Santa Misa, Cristo está especialmente en la Palabra (el Evangelio) y en el Sacrificio Eucarístico (el Altar).
Durante la Misa, el centro ha de ser el Altar. El sacerdote antes de subir al altar hace una inclinación solemne, profunda, salvo que esté el sagrario en el retablo. Para que durante la Misa el altar tenga su mayor protagonismo, se suele tapar el sagrario con un tríptico.
Cuando se consagra un alta, el sacerdote lo bendice haciendo cinco cruces, en el centro y en las esquinas, con óleo santo: simbolizan las cinco llagas de la pasión de Jesucristo. Cuando es posible, se incrusta también en el centro del altar las reliquias de algún mártir: los primeros cristianos celebraban la Eucaristía en las Catacumbas, ante las reliquias de los cristianos que habían dado su vida por la fe.
Pero el Altar recoge también una antiquísima tradición judía. El antiguo Templo de Jerusalén disponía, en el patio exterior, de un altar para los sacrificios (holocaustos). Allí estaba siempre encendida la llama perpetua, que simbolizaba la presencia de Dios en su Templo. Ya en el interior, en la antesala del Sancta Sanctorum, se disponía el altar de los panes, donde se ponían cada sábado (el Shabat) doce hogazas de pan sin levadura sobre una mesa de oro; y finalmente, en el lugar donde se guardaba el Arca de la Alianza -el Sancta Sanctorum- se encontraba el altar del incienso, -llamado también el altar de oro- usado para quemar incienso aromático de manera continua. En ese mismo recinto estaba el candelabro de los siete brazos.
El altar donde se celebra la Santa Misa aúna toda esta pluralidad de realidades y significados: el altar de la Misa es el nuevo altar de los sacrificios pues sobre él se lleva a cabo el sacrificio redentor de Jesús (por eso, el altar ha de ser robusto, normalmente de piedra); es el nuevo altar de la proposición de los panes al hacerse presente Dios mismo en el pan eucarístico; es el altar del incienso (en las misas solemnes se inciensa el altar al comienzo de la Misa, y se vuelve a incensar cuando se presentan las ofrendas); y si hay seis velas encima del altar, hasta se representa también el famoso candelabro de los siete brazos.
Y finalmente, a esta unificación de la tradición judía se le añaden los manteles: el altar simboliza también la mesa donde celebró Jesucristo su última cena (y su primera Eucaristía); los manteles largos representan también la sábana en la que fue amortajado el cuerpo de Jesús tras su muerte en la Cruz.
El altar ha de tratarse con máximo respeto y veneración, pues representa a Jesucristo.