26. El ‘gran Amén’
Decimos Amén -el gran Amén- al culminar la Liturgia Eucarística, cuando el sacerdote proclama la oración de alabanza a la Trinidad, presentando al Padre el sacrificio de su hijo Jesucristo.
Hemos asistido a la liturgia eucarística que, aunque sea breve, tiene toda la fuerza de ser la renovación -el memorial- de la redención de Jesús. Jesús se ofrece a Dios Padre en sacrificio. Aunque su muerte sólo ocurrió una vez en la historia hace dos mil años, se hace ‘presente’ cada vez que se celebra la Misa. Y esto es lo que renueva el sacerdote, junto con el pueblo que asiste.
Al finalizar esta parte, la más importante de la Misa, el sacerdote pronuncia una oración de alabanza a Dios, Uno y Trino, mientras levanta el cuerpo y la sangre de Cristo en ofrecimiento a Dios: ‘Por Cristo, con El y en El, a ti Dios padre omnipotente, en la unidad del Espíritu Santo, todo honor y toda gloria por los siglos de los siglos’.
Esta oración se llama ‘Doxología’ porque su origen es muy antiguo: ‘doxa’ significa gloria, alabanza; ‘logos’ significa palabra, oración. Es una ‘oración de alabanza’; y ya los judíos las incluían en sus celebraciones. Los cristianos las incluyeron inmediatamente, dirigiéndose a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo.
Esta oración -al igual que toda la Plegaria Eucarística- la pronuncia únicamente el sacerdote, pero el pueblo la ratifica respondiendo ‘Amén’. Al decir ‘Amén’ (palabra hebrea que significa ‘así es, ‘en verdad’ o ‘hágase’), el pueblo se une al sacrificio de Jesús en la Cruz. Es la firma del contrato espiritual de la comunidad con Dios.
Este ‘Amén’ manifiesta de un modo oportuno el sacerdocio común de los fieles. El sacerdote ofrece el sacrificio en nombre de Cristo, pero la asamblea demuestra que participa activamente en esa ofrenda.
Es tan solemne este ‘Amén’ que en celebraciones solemnes se pronuncia tres veces: en honor de Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Y por eso se le llama ‘el gran Amén’.
Hay ‘dos amenes’ que deberíamos procurar no decirlos nunca a medias, con desgana o acostumbramiento: el primero es éste, el culmen del sacrificio; el segundo es el de nuestra comunión, afirmando nuestra fe de que ese que recibimos, es el mismo Jesucristo.