El fin del mundo
Siempre solemos creer que nos enfrentamos al fin del mundo. Es así como cualquier cosa superflua puede ocupar nuestra mente de la manera más invasora y dolorosa. Todo el temor que sentía se fue de repente cuando logré encontrar, al fin, un humilde puesto en una pequeña empresa de enlatados. Mi trabajo desde el principio fue limpiar el salón de máquinas, y a todas estas bestias metálicas junto a éste. Fue cuestión de suerte; la anterior señora de limpieza había perdido su brazo, al verlo atascado en las fauces de uno de los robots de enlatado, por el error de un operario. El jefe, completamente desesperado por la acumulación de mugre en el piso, y de aceite en las máquinas, necesitaba encontrar de urgencia a un reemplazo. De otro modo, nadie me contrataría a mí, quien no ha acabado su educación básica, es madre soltera de tres pequeñas niñas y está embarazada de otra más. Este trabajo me ha caído como una bendición divina, y aunque no sea el más cómodo, el más fácil, ni el más fácil de todo, es por lo menos digno, y me permite alimentar a mis niñas, pagar la renta de una habitación pequeña, y cubrir nuestros gastos en luz y agua.
Miro tiernamente el rostro lloroso de mi hija menor, quien estalla en llantos contantemente por la soledad en las que les dejo, y por lo cansada que llego cada noche a casa. Paso mis manos por su rostro, secando dulcemente las lágrimas de sus pálidas mejillas, despegando los cabellos húmedos de su frente y observando a sus finos labios temblar, para contener sus sollozos. “Es por ti por quien lo hago, mi cielo. Quiero que vivas, que estudies, que tengas un mejor futuro del que tengo yo”, le digo. Mi garganta se cierra, mi voz tiembla, y yo sólo salgo del pequeño sótano, antes de que la emoción se apodere de mí por completo delante de mi niña.
Con los ojos llorosos, llego tras una hora de viaje en transporte público, a las puertas de la empresa. Me coloco el uniforme, el mandil, y tomo los productos de limpieza. Me dirijo a la sala de maquinaria. Sin embargo, encuentro allí al vocero del jefe. Con una voz fría, anuncia mi sentencia de muerte:
“Señorita, gracias por todo. Lo lamentamos mucho, pero sus servicios ya no son requeridos aquí”.
Autora : Clara Sofía Arce Abril