EPISTEMOLOGÍA :
(del griego: epistéme, conocimiento o ciencia, y, logos, teoría o estudio).
Etimológicamente significa «estudio del conocimiento», o «estudio de la ciencia», y puede entenderse como la rama de la filosofía que estudia los problemas del conocimiento. Este término, que empieza a generalizarse a finales del s. XIX, sustituyendo al más antiguo de teoría del conocimiento y, luego, al de gnoseología[1], presenta cierta ambigüedad, por lo que no siempre se usa con idéntico sentido. Cuando se le atribuye un significado tradicional y clásico, se refiere al estudio crítico de las condiciones de posibilidad del conocimiento en general, ocupándose de responder a preguntas como: ¿Qué podemos conocer?, o ¿cómo sabemos que lo que creemos acerca del mundo es verdadero? En este caso, su objeto de estudio coincide con el de la teoría del conocimiento (ver texto a pie de página[2] ).
Pero asimismo -más bien recientemente- se le atribuye la función de ocuparse de la ciencia y del conocimiento científico, como objeto propio de estudio, por lo que se identifica con lo que, sobre todo en países de influencia anglosajona, se llama más adecuadamente «filosofía de la ciencia» (inicialmente entendida como «metodología de la ciencia» o «lógica de la ciencia»; ver cita). La tradición francesa tiende a diferenciar entre una reflexión genérica sobre la ciencia (filosofía de la ciencia) y el estudio histórico y crítico de las ciencias, sus principios, sus métodos y sus resultados (epistemología). Mario Bunge, epistemólogo argentino que reside en el Canadá, usa indiferentemente «epistemología» o «filosofía de la ciencia» y, en la práctica, éste es, entre nosotros, el uso común…
La epistemología, entendida como teoría del conocimiento, ha existido prácticamente siempre a lo largo de toda la historia del pensamiento y, desde ella, se han planteado distintas cuestiones relativas a la naturaleza del conocimiento científico…
Selección de: Diccionario de filosofía en CD-ROM. Copyright © 1996-98. Empresa Editorial Herder S.A., Barcelona. Todos los derechos reservados. ISBN 84-254-1991-3. Autores: Jordi Cortés Morató y Antoni Martínez Riu.
POSITIVISMO LÓGICO:
Rudolf Carnap: la metafísica, actitud emotiva
“Nuestra declaración de que las proposiciones de la metafísica carecen completamente de sentido, de que no afirman nada, dejará, aun entre aquellos que concuerden intelectualmente con nuestros resultados, un penoso sentimiento de disgusto: ¿cómo es posible que tantos hombres pertenecientes a los pueblos y épocas más diversos, e incluyendo mentalidades eminentes entre ellos hubieran derrochado con tan genuino fervor tanta energía en la metafísica para que ella finalmente no consistiera sino en meras sucesiones verbales sin sentido?, y ¿cómo sería comprensible que estas obras ejerzan hasta el día de hoy una influencia tan fuerte sobre lectores y oyentes si no contienen ya no digamos errores, sino que son totalmente vacuas?
Estas dudas están justificadas, ya que la metafísica posee un contenido -sólo que éste no es teorético. Las (pseudo)proposiciones de la metafísica no sirven para la descripción de relaciones objetivas, ni existentes (caso en el cual serían proposiciones verdaderas), ni inexistentes (caso en el cual -por lo menos- serían proposiciones falsas); ellas sirven para la expresión de una actitud emotiva ante la vida.”
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Superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje, en A.J. Ayer, El positivismo lógico, FCE, México 1965, p. 84-85.
Rudolf Carnap: pseudoconceptos y pseudoproposiciones
“Cuando (dentro de un lenguaje determinado) una palabra posee un significado, se dice usualmente que designa un concepto; si esta significación es sólo aparente y en realidad no la posee, hablamos de un pseudoconcepto. ¿Cómo explicarse el origen de los pseudoconceptos? ¿No puede afirmarse que cada palabra fue introducida en el lenguaje sin otro propósito que el de indicar algo determinado, de manera que desde el inicio de su uso tuvo un significado definido? Entonces, ¿cómo pudo un lenguaje tradicional llegar a tener palabras asignificativas? [...]
Supongamos, a manera de ilustración, que alguien inventara la palabra nueva «tago» y sostuviera que hay objetos que son tagos y objetos que no lo son.
Para descubrir el significado de esta palabra, le preguntaríamos sobre su criterio de aplicación: ¿cómo determinamos en un caso concreto si un objeto dado es tago o no lo es? Supongamos que no es capaz de respondernos en concordancia con un criterio de aplicación: no existen signos empíricos de taguidad -nos dice. En este caso tendremos que negar la legitimidad el uso del vocablo. Si la persona que usa la palabra insiste de todas maneras en que hay objetos que son tagos y objetos que no lo son, para el modesto y finito intelecto humano, no resta sino considerar que lo que es tago será un secreto eterno, pero entretanto podemos designarlo como un mero flatus vocis. Acaso persista en asegurarnos que, a pesar de todo, él quiere «significar» algo con la palabra «tago». De ello inferiremos solamente el hecho psicológico de que está asociando a la palabra algunas imágenes y sentimientos. Si no se estipula un criterio de aplicación para la nueva palabra, no existe aserto alguno en las proposiciones en que aparecen y éstas resultan ser meras pseudoproposiciones.
Como segundo caso, supongamos que se establece el criterio de aplicación para una nueva palabra, digamos «tego»; específicamente, la proposición «este objeto es tego es verdadera si, y sólo si, el objeto es cuadrangular» [...]. Entonces diremos: la palabra tego es sinónimo de la palabra «cuadrangular» y no consideraremos como admisible que aquellos que la utilizan nos digan que, sin embargo, ellos querían «significar» con ella algo más que «cuadrangular»; [...] Replicaremos que después de que este criterio de aplicación ha sido fijado mediante la precisión de sinonimidad de tego = cuadrangular no tenemos la posterior libertad para «significar» esto o aquello con el vocablo.”
Resumamos brevemente el resultado de nuestro análisis. Sea «a» una palabra cualquier y «P(a)» la proposición elemental en la que aparece. La condición necesaria y suficiente para que «a» tenga significado puede darse en cada una de las formulaciones siguientes, que dicen fundamentalmente lo mismo:
1. Que las notas empíricas de «a» sean conocidas.
2. Que haya sido estipulado de qué proposiciones protocolares es derivable «P(a)».
3. Que las condiciones de verdad para «P(a)» hayan sido establecidas.
4. Que el método de verificación de «P(a)» sea conocido.
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Superación de la metafísica mediante el análisis lógico del lenguaje, en A.J. Ayer, El positivismo lógico, FCE, México 1965, p. 69-70.
Selección de: Textos de Diccionario Herder de filosofía
Mario Bunge: el método científico :
Un método es un procedimiento regular, explícito y repetible para lograr algo, sea material, sea conceptual. La idea de método es antiquísima, la del método general -aplicable a un vasto conjunto de operaciones- lo es menos. Parece surgir, como muchas otras ideas de extrema generalidad, en el período clásico griego.[...]
Pero el concepto general de método no se consolida y populariza hasta comienzos del siglo XVII, al nacer la ciencia moderna. Los primeros pensadores modernos de gran estatura e influencia que propugnan la adopción de métodos generales para lograr avances en el conocimiento son Bacon y Descartes. Para Bacon el método científico es un conjunto de reglas para observar fenómenos e inferir conclusiones a partir de dichas observaciones. El método de Bacon es, pues, inductivo. Las reglas de Bacon eran sencillas a punto tal que cualquiera que no fuese un deficiente mental podía aprenderlas y aplicarlas. Eran también infalibles: bastaba aplicarlas para hacer avanzar la ciencia.
Naturalmente, ni Bacon ni ningún otro logró jamás contribuir a la ciencia usando los cánones inductivos -ni los de Bacon ni los de Mill ni de ningún otro. Sin embargo, la idea de que existe tal método, y que su aplicación no requiere talento ni una larga preparación previa, es tan atractiva que todavía hay quienes creen en su eficacia. Esta creencia acrítica suele ser tan acendrada que quienes la sustentan no se preguntan si posee un soporte inductivo. La llamaremos metodolatría.
Descartes, que a diferencia de Bacon era un matemático y científico de primera línea, no creía en la inducción sino en el análisis y la deducción. A la par que Bacon exageraba la importancia de la experiencia ordinaria e ignoraba la experimentación y la existencia de teorías, en particular de teorías matemáticas, Descartes menospreciaba la experiencia. En efecto, para Descartes se debía poder partir de principios supremos, de naturaleza metafísica y aun teológica, para obtener de ellos verdades matemáticas y verdades acerca de la naturaleza del hombre.
Leibniz, en las postrimerías del siglo XVII, se quejaba de que el método de Descartes servía tan sólo una vez que se habían hallado las verdades primeras. Y pedía que, al método del análisis, se agregara el método de invención, o ars inveniendi, de esas verdades iniciales. Por supuesto que ni Leibniz ni ningún otro fue capaz de inventar un método de invención. Ello no obsta para que, de vez en cuando, aparezca algún filósofo ingenuo que habla acerca de las grandes virtudes del arte de la invención. También ésta es una forma de metodolatría.
La ciencia natural moderna nace al margen de estas fantasías filosóficas. Su padre, Galileo, no se conforma con la observación pura (teóricamente neutra) ni con la conjetura arbitraria. Galileo propone hipótesis y las pone a prueba experimental. Funda así la dinámica moderna, primera fase de la ciencia moderna. Galileo se interesa vivamente por problemas metodológicos, gnoseológicos y ontológicos: es un científico y un filósofo y, por añadidura, un ingeniero y un artista del lenguaje. Pero no pierde su tiempo proponiendo cánones metodológicos. Galileo engendra el método científico moderno, pero no enuncia sus pasos ni hace propaganda de él. Acaso porque sabe que el método de una investigación es parte de ésta, no algo que pueda desprenderse de ella.
Desde Galileo se han introducido varias modificaciones al método científico. Una de ellas es el control estadístico de los datos. Ya no se toman todos los datos por buenos: corregimos la experiencia, adoptando promedios o medianas y eliminando los datos que parecen irrazonables (en particular los que se desvían más de tres desviaciones cuadráticas medias).
Y, a la par que nos hemos vuelto más intolerantes o exigentes para con los datos empíricos, nos hemos vuelto más tolerantes para con las teorías. Esto se debe a que las teorías se han tornado más refinadas y por lo tanto más difíciles de contrastar empíricamente.
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Epistemología, Ariel, Barcelona 1980, p. 29-30.
Selección de : Textos de Diccionario Herder de filosofía
FALSACIONISMO:
POPPER, KARL. LA LÓGICA DE LA INVESTIGACIÓN CIENTÍFICA.
PANORAMA DE ALGUNOS PROBLEMAS FUNDAMENTALES
El hombre de ciencia, ya sea teórico o experimental propone enunciados –o sistemas de enunciados- y los contrasta paso a paso. En particular, en el campo de las ciencias empíricas construye hipótesis -o sistemas de teorías- y las contrasta con la experiencia por medio de observaciones y experimentos.
Según mi opinión, la tarea de la lógica de la investigación científica –o lógica del conocimiento- es ofrecer un análisis lógico de tal modo de proceder: esto es, analizar el método de las ciencias empíricas.
Pero, ¿cuáles son estos “métodos de las ciencias empíricas”?. Y, ¿a qué cosa llamamos “ciencia empírica”?
EL PROBLEMA DE LA INDUCCIÓN
De acuerdo con una tesis que tiene gran aceptación –y a la que nos opondremos en este libro- las ciencias empíricas pueden caracterizarse por el hecho de que emplean los llamados “métodos inductivos”: según esta tesis, la lógica de la investigación científica sería idéntica a la lógica inductiva, es decir, al análisis lógico de tales métodos inductivos.
Es corriente llamar “inductiva” a una inferencia cuando pasa de enunciados singulares (llamados, a veces, enunciados “particulares”), tales como descripciones de los resultados de observaciones o experimentos, a enunciados universales, tales como hipótesis o teorías.
Ahora bien, desde un punto de vista lógico dista mucho de ser obvio que estemos justificados al inferir enunciados universales partiendo de enunciados singulares, por elevado que sea su número; pues cualquier conclusión que saquemos de este modo corre siempre el riesgo de resultar un día falsa; así, cualquiera sea el número de ejemplares de cisnes blancos que hayamos observado, no está justificada la conclusión de que todos los cisnes son blancos.
Se conoce con e nombre del problema de la inducción la cuestión acerca de si están justificadas las inferencias inductivas, o de bajo qué condiciones lo están.
Por mi parte, considero que las diversas dificultades que acabo de esbozar de la lógica inductiva son insuperables. Y me temo que lo mismo ocurre con la doctrina, tan corriente hoy, de que las inferencias inductivas, aún no siendo “estrictamente válidas”, puedan alcanzar cierto grado de “seguridad” o de “probabilidad”. Esta doctrina sostiene que las inferencias inductivas son “inferencias probables”, “hemos descrito –dice Reichenbach- el principio de inducción como el medio por el que la ciencia decide sobre la verdad. Para ser más exactos, deberíamos decir que sirve para decidir sobre la probabilidad: pues no le es dado a la ciencia llegar a la verdad ni a la falsedad…, más los enunciados científicos pueden alcanzar únicamente grados continuos de probabilidad, cuyos límites superior e inferior, inalcanzables, son la verdad y la falsedad”.
La teoría que desarrollaremos en las páginas que siguen se opone directamente a todos los intentos de apoyarse en las ideas de una lógica inductiva. Podría describírsela como la teoría del método deductivo de contrastar, o como la opinión de que una hipótesis sólo puede contrastarse empíricamente –y únicamente después de que ha sido formulada.
CONTRASTACIÓN DEDUCTIVA DE TEORÍAS
De acuerdo con la tesis que hemos de proponer aquí, el método de contrastar críticamente las teorías y de escogerlas, teniendo en cuenta los resultados obtenidos en su contraste, procede siempre del modo que iniciamos a continuación. Una vez presentada a título provisional una nueva idea, aún no justificada en absoluto –sea una anticipación, una hipótesis, un sistema teórico o lo que se quiera-, se extraen conclusiones de ella por medio de una deducción lógica, estas conclusiones se comparan entre sí y con otros enunciados pertinentes, con objeto de hallar las relaciones lógicas (tales como equivalencia, deductibilidad, compatibilidad o incompatibilidad, etc.) que existan entre ellas.
Lo que se pretende con el último tipo de contraste mencionado es descubrir hasta qué punto satisfarán las nuevas consecuencias de la teoría –sea cual fuera la novedad de sus asertos- a los requerimientos de la práctica, ya provengan éstos de experimentos puramente científicos o de aplicaciones tecnológicas prácticas. También en este caso el procedimiento de contrastar resulta ser deductivo; veámoslo. Con ayuda de otros enunciados anteriormente aceptados se deducen de la teoría a contrastar ciertos enunciados singulares –que podremos denominar “predicciones”- en especial, predicciones que sean fácilmente contrastables o aplicables. Se eligen entre estos enunciados los que no sean deductibles de la teoría vigente, y, más en particular los que se encuentren en contradicción con ella. A continuación tratamos de decidir en lo que se refiere a estos enunciados deducidos (y a otros), comparándolos con los resultados de las aplicaciones prácticas y de experimentos. Si la decisión es positiva, esto es, si las conclusiones singulares resultan ser aceptables, o verificables, la teoría (por esta vez): no hemos encontrado razones para desecharla. Pero si la decisión es negativa, o sea, si las conclusiones han sido falsadas, esta falsación revela que la teoría de la que se han deducido lógicamente es también falsa.
Conviene observar que una decisión positiva puede apoyar a la teoría examinada sólo temporalmente, pues otras decisiones negativas subsiguientes pueden siempre derrocarla. Durante el tiempo en que una teoría resiste contrastaciones exigentes y minuciosas, y en que no la deja anticuada otra teoría en la evolución del progreso científico, podemos decir que ha “demostrado su temple” o que está “corroborada” por la experiencia.
En el procedimiento que acabamos de esbozar no aparece nada que pueda asemejarse a la lógica inductiva. En ningún momento he asumido que podamos pasar por un razonamiento de la verdad de enunciados singulares a la verdad de teorías. No he supuesto un solo instante que, en virtud de unas conclusiones “verificada”, pueda establecerse que unas teorías sean “verdaderas”, ni siquiera meramente “probables”.
4. EL PROBLEMA DE LA DEMARCACIÓN
Entre las muchas objeciones que pueden hacerse contra las tesis que he propuesto ahora mismo, la más importante es, quizá, la siguiente: al rechazar el método de la inducción –podría decirse- privo a la ciencia empírica de lo que parece ser su característica más importante; esto quiere decir que hago desaparecer las barreras que separan la ciencia de la especulación metafísica. Mi respuesta a esta objeción es que mi principal razón para rechazar la lógica inductiva es precisamente que no proporciona un rasgo discriminador apropiado del carácter empírico, no metafísico, de un sistema teórico; o, en otras palabras, que no proporciona un “criterio de demarcación” apropiado.
6. LA FALSABILIDAD COMO CRITERIO DE DEMARCACIÓN
El criterio de demarcación inherente a la lógica de la inducción –esto es, el dogma positivista del significado en ingl., meanina- equivale a exigir que todos los enunciados de la ciencia empírica (o, todos los enunciados “con sentido”) sean susceptibles de una decisión definitiva con respecto a su verdad y a su falsedad; podemos decir que tienen que ser “decidibles de modo concluyente”. Esto quiere decir que han de tener una forma tal que sea lógicamente posible tanto verificarlos como falsarlos. Así, dice Schilick: “…un auténtico enunciado tiene que ser susceptible de verificación concluyente”; y Waismann escribe, aún con mayor claridad: “Si no es posible determinar si un enunciado es verdadero, entonces carece enteramente de sentido: pues el sentido de un enunciado es el método de su verificación”.
Ahora bien: en mi opinión, no existe nada que pueda llamarse inducción. Por tanto, será lógicamente inadmisible la inferencia de teorías a partir de enunciados singulares que estén “verificados por la experiencia” (cualquiera que sea lo que esto quiera decir). Así pues, las teorías no son nunca verificables empíricamente. Si queremos evitar el error positivista de que nuestro criterio de demarcación elimine los sistemas teóricos de la ciencia natural, debemos elegir un criterio que nos permita admitir en el dominio de la ciencia empírica incluso enunciados que no puedan verificarse.
Pero, ciertamente, sólo admitiré un sistema entre los científicos o empíricos si es susceptible de ser contrastado por la experiencia. Estas consideraciones nos sugieren que el criterio de demarcación que hemos de adoptar no es el de la verificabilidad, sino el de la falsabilidad de los sistemas. Dicho de otro modo: no exigiré que un sistema científico pueda ser seleccionado, de una vez para siempre, en un sentido positivo; pero sí que sea susceptible de selección en un sentido negativo por medio de contrastes o pruebas empíricas: ha de ser posible refutar por la experiencia un sistema científico empírico.
(Así, el enunciado “lloverá o no lloverá aquí mañana” no se considerará empírico, por el simple hecho de que no puede ser refutado; mientras que a este otro, “lloverá aquí mañana”, debe considerársela empírico).
Selección: La lógica de la investigación científica. Popper, Karl.
[1] Sinónimo de teoría del conocimiento. El término aparece en un léxico filosófico del s. XVII (J. Micraelius, Lexicon philosophicum terminorum philosophis usitatorum), como ciencia del conocimiento. Es la reflexión filosófica sobre la posibilidad, origen, naturaleza, justificación y límites del conocimiento. Su equivalente, referido al conocimiento científico, es la epistemología.
[2] Marx W. Wartofsky: la epistemología
La ciencia es un modo de conocer el mundo y también un cuerpo de conocimiento. Cabe caracterizarla en función de un proceso de investigación, de una búsqueda de la verdad, y es posible caracterizarla también como la estructura o cuerpo formado por la acumulación de las verdades fundadas, o presuntas verdades, que tal búsqueda haya originado. Surge ahora una serie de preguntas básicas referente al «status» de dichos conocimientos y presunciones de conocimiento: ¿qué quiere decir que uno sabe o que tiene razones para creer esto o aquello?, ¿por qué medios se adquiere dicho conocimiento?; ¿qué diferencia hay entre las conjeturas e hipótesis iniciales y aquellas que damos por confirmadas?; ¿qué papel desempeña la percepción sensorial en la adquisición de conocimientos?; ¿qué relación guarda el pensamiento con dicha percepción?; ¿qué papel desempeña la deducción en la génesis de presuntos conocimientos?; en una alternativa entre presuntos conocimientos que sean incompatibles, ¿cómo se elige?, y ¿qué sirve para garantizar o justificar las creencias, por una parte y, por otra, para desecharlas o combatirlas?
El análisis de estas preguntas recibe el nombre de «epistemología», o «teoría del conocimiento», y su importancia con respecto al quehacer científico debiera estar clara en líneas generales, porque la propia ciencia es tanto un medio de conocimiento como un cuerpo de presuntos conocimientos.
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Introducción a la filosofía de la ciencia, 2 vols., Alianza, Madrid 1973, vol. 1, p. 31.