TRABAJO INFANTIL
El trabajo de los niños y adolescentes interfiere muy especialmente con el derecho a la educación. Como lo explica acabadamente Elena Duro (2002), los niños y adolescentes que trabajan no tienen las mismas oportunidades educativas que los que no lo hacen, y esto se refleja en el impacto que tiene el trabajo (en todas sus modalidades, incluso las consideradas menos graves) en las trayectorias escolares: exiguos resultados de aprendizaje, repitencia que genera sobreedad y que a su vez favorece el abandono. Por eso es importante tratar este tema en el ámbito de las instituciones educativas.
El trabajo infantil obstruye la escolaridad porque produce cansancio, dificultades de concentración, frecuentes inasistencias y llegadas tarde, falta de tiempo para realizar las tareas escolares. Estas son las situaciones que caracterizan las historias escolares y explican los inconvenientes en la adquisición de conocimientos y los bajos resultados de aprendizaje de los niños y niñas.
La erradicación del trabajo infantil forma parte de la lucha contra la desigualdad social y la exclusión, que no sólo implica la redistribución
de los recursos económicos, sino también la del conocimiento. Y es la escuela el lugar que permite la apropiación de los conocimientos socialmente significativos por parte de todos los niños. Una educación completa y de calidad favorece el ingreso a un empleo
decente en el futuro. En este sentido, el trabajo infantil se suma a las razones que ya tiene la escuela para desafiarse a pensar la igualdad desde la diversidad, diseñando e implementando cotidianamente estrategias para que ningún niño o adolescente sea relegado, para que todos puedan finalizar exitosamente su trayectoria escolar. Tarea nada fácil, que exige tiempo, intercambios y profundos debates acerca del rol de la escuela y del trabajo docente en la construcción de una sociedad en la que haya lugar e igualdad de oportunidades para todos.