El 13 de octubre de 2021, embarazada de 23 semanas, rompí aguas, pero antes de contarte esa historia me gustaría contarte lo que pasó un par de días antes.
El 11 de octubre empecé a encontrarme un poquito rara. Como tenía antecedentes de parto prematuro, mi marido y yo decidimos que sería mejor ir al hospital a comprobar si todo iba bien.
Cuando llegamos me exploraron y vieron que aparentemente todo estaba bien. Me pusieron las correas y no se registraban contracciones aunque yo las notase. En una segunda exploración observaron que justo cuando yo decía notar una contracción se modificaba el cuello del útero. Teniendo en cuenta esto me mandaron hacer todo el reposo que me fuese posible.
Nos fuimos a casa mentalizados de que mi vida iba a transcurrir entre la cama y el sofá. En mi primer embarazo aguanté 6 semanas teniendo el cuello del útero de medio centímetro, en esta ocasión tenía dos centímetros y medio, nos habíamos enterado a tiempo, ¡Podíamos aguantar!
Con la ayuda de Quintín me dispuse a tener una vida muy relajada y así fue durante los próximos días.
El día 13, Quintín y Emma salieron a hacer la compra y yo aproveché para dormir una siesta. Estuve tranquilita en cama hasta que ellos volvieron. Me levanté, fui al baño a hacer pis y salí a su encuentro.
Eran las 8 de la tarde, saludé a Quintín, iba a entrar a la sala a saludar a Emma y… ¡OH NO! noté que se me estaban humedeciendo las braguitas. Temiendo que se tratase de una ruptura de bolsa, pero sin querer alarmar, fui de nuevo al baño deseando que fuese simplemente flujo. Lamentablemente, al sentarme, comprobé que había un hilito de líquido que no dejaba de caer. Exactamente igual que en mi primer embarazo.
Estaba comprobado: acababa de romper aguas. Temblando, muerta de miedo, me levanté y fui hacia Quintín, que se estaba lavando las manos en el otro aseo, y le dije temblando: “Canary, acabo de romper aguas”. Él me miró y vi el terror en sus ojos. “¿Pero cómo puede ser?” dijo. Yo, sin poder evitar empezar a llorar le dije: “¡Aix! Y ahora ¿Qué hacemos?”
Mi suegra no se encontraba en la isla en ese momento y mis cuñados, los que viven más cerca, tenían planeado irse de acampada al Norte (nosotros vivimos en el Sur) ese mismo día.
“Llama a William y a Reme a ver si no se han ido todavía y pueden venir a buscar a Emma”, dice Quintín.
En ese momento Emma me ve llorar y se acerca a preguntarme si estoy bien. “Sí cariño”, le digo, “es que me acabo de hacer pis”. Ella me acaricia y me dice: “No pasa nada mami”. Me seco las lágrimas y me muero de amor.
Ella se va a jugar y yo a llamar a los tíos. Llamo al tío William y no me contesta, tiemblo. Llamo a tía Reme. “Hola cuñáaa”, me dice. Le pregunto si está en el Sur y tras decirme que sí, llorando le digo que necesito que venga a buscar a Emma, que he roto aguas. “No tardo nada”, dijo ella.
En ese momento, el maravilloso papá de mis hijas ya había subido las bolsas de la compra y estaba preparando mi maleta para el hospital. Estaba temblando.
Yo estaba preparando una maleta para Emma y diciéndole que ¡Qué suerte! Que papá y mamá teníamos que salir a un recado y ella iba a quedarse con tía Reme. Era la primera vez que Emma iba a dormir sin nosotros, me daba pena pero era algo de lo que no me podía preocupar en ese momento.
Cuando me iba a vestir cogí un vestido verde y Quintín me dijo: “No, ese no, ponte el blanco y negro”. “Pero ese lo puse el lunes, Quintin, llevo este”. Insistió: “Lleva el blanco y negro”. Enseguida entendí por qué (te lo contaré en otro momento) y me puse el que él decía.
En ese momento no sabíamos todavía si estaba embarazada de un niño o una niña y no teníamos nombre escogido porque no nos poníamos de acuerdo y todavía teníamos tiempo. A mí siempre me había gustado María para niña, pero a Quintín, aunque le gustaba, parecía no convencerle mucho. Para niño, a Quintín le gustaba Ángel, que era el nombre que teníamos pensado en nuestro primer embarazo.
Mientras esperábamos a tía Reme le dije a Quintín que quería que al llegar al hospital tuviésemos nombre decidido y él me dijo: “Está claro que si es niña, María”, “pues si es niño Ángel”, dije yo. Y así, en medio minuto, teníamos los dos nombres decididos.
En ese momento caigo en la cuenta de que es la última vez que Emma va a estar al lado de mi barriguita, e igual la última vez que estamos los “4 juntos”. Entonces se me ocurre que tenemos que hacernos una foto los 3 juntos y la barriguita, no teníamos ninguna y esa era la última oportunidad. Estando rotos por el miedo llamamos a Emma, sonreímos y nos hicimos una foto, buscando tener, al menos, un recuerdo de la familia completa.
A las 20:25 llega tía Reme, (Si has leído “Mi primer embarazo” verás que tía Reme es siempre es de las primeras en llegar) y nos dice que han decidido quedarse ellos en nuestra casa, para que a Emma le suponga menos cambio. Emma está feliz porque su tía ha llegado y nos despide encantada, su sonrisa hace que sea más fácil salir de casa.
De nuestra casa al hospital tenemos aproximadamente 45 minutos de viaje. Durante esos minutos avisamos a la familia y a algunos amigos de la situación pidiéndoles que rezasen mucho.
Como ya teníamos la experiencia de un parto prematuro, íbamos intentando tranquilizarnos a nosotros mismos imaginando cómo sería el protocolo de actuación al llegar al hospital; maduración pulmonar, sulfato de magnesio …
Por consejo de mi otro cuñado, tío Ayo, llamamos al hospital para avisar de nuestra situación y poder evitar hacer cola en urgencias. Gran acierto, mientras Quintín aparcaba a mí me subieron a urgencias ginecológicas enseguida.
A partir de ese momento empezaron los palos en el alma. Nada fue como nosotros pensábamos que iba a ser.
Me hicieron una ecografía y me confirmaron que la bolsa estaba completamente rota y el cuello del útero borrado. Cuando yo pensaba que me iban a empezar a hablar de tratamientos para intentar frenar el parto y ayudar al desarrollo del bebé, ellos empezaron a hablarme de inviabilidad, de plazos legales, de que yo podría elegir no ver a mi bebé. Yo iba con miedo pero pensando que se iba a hacer todo lo posible para sacar a mi bebé adelante y me encuentro con que todo indica que no voy a llegar a verle con vida, porque en vez de romper aguas en la semana 24, cuando empieza a ser un poco más viable un bebé, estaba en la semana 23.
Al estar en urgencias todavía no habían dejado entrar a Quintín. Yo escuchaba todo lo que me decían sin pestañear, derramando alguna lágrima silenciosa pero manteniéndome con una entereza que desconocía en mí e imaginando con horror el momento en el que tuviese que contarle todo esto a mi marido.
Me pasan a un box y dejan pasar al maravilloso papá de mis maravillosas hijas. Tan pronto entra, llorando, le digo que quiero saber si esperamos un niño o una niña, no sé cuántas horas va vivir dentro de mí y quiero llamarle por su nombre. Teníamos entre los papeles del bebé un informe genético que no habíamos mirado, lo abrimos juntos y lo descubrimos: dentro de mí estaba María.
Todavía no le había contado a Quintín todo lo que me habían dicho. Él, como yo, estaba muerto de miedo pero confiando en la medicina. Es entonces cuando me toca explicarle que las cosas no son como pensábamos. Que no se me va a poner la maduración pulmonar porque los bebés ( en el ámbito médico hablan de fetos, pero yo siempre diré bebés) en esta semana gestacional no son viables. Que me han dicho que si María nace ya “no se va a ir a por todas”. El terror vuelve a sus ojos e incrédulo me pregunta que cómo que no se va a ir a por todas. Me rompo en mil pedazos y entre sollozos le digo que (repitiendo textualmente lo que me han dicho a mí) que si nace ahora no se va a hacer nada. Al decirle eso es él quien se rompe diciendo que eso no puede ser, que cómo es posible que no vayan a hacer nada.
En ese momento nosotros entendimos ese “no hacer nada” literalmente, NO HACER NADA, dejarla morir. Nadie se puede imaginar lo que duele pensar eso.
Desesperados le pedimos a mi hermana, Ángeles, si podía mirar si había algún hospital en el que no pusiesen la semana 24 como meta para luchar por María. Movió cielo y tierra, literalmente. Lamentablemente en todos lados le decían lo mismo, que esa era la semana en la que se establecía el límite de la viabilidad. Por suerte, le aseguraron que estábamos en el mejor sitio que podríamos estar, donde había un gran equipo, profesional y personalmente hablando.
Fue pasando personal por nuestro box y fuimos planteando nuestras dudas. No entendíamos ese “no se va a hacer nada”. Nos hablaban de números, semanas, viabilidad… ellos hablaban y pensaban en estadísticas, nosotros solo pensábamos en nuestra hija.
Nos ofrecieron la posibilidad de que viniesen a vernos los pediatras de guardia para explicarnos mejor cómo se procedería si María naciese ya o en los próximos días. Nos explicaron que ese “no hacer nada” no era lo que nosotros pensábamos. Era no reanimarla si nacía sin latido, y aplicarle medidas de confort en caso de nacer viva, estuviese sin sufrimiento el tiempo que se mantuviese con vida. Nos dijeron que si nacía con latido e intentando respirar sí que se intentaría luchar por ella. ¡GENIAL! ¡ESTUPENDA NOTICIA! Pero… si el el requisito para luchar por ella es que respire, ¿Por qué no se me pone la maduración pulmonar? ¿No tendría lógica ayudar a sus pulmones a luchar?
Ellos nos explicaban cosas y nosotros prestábamos atención, preguntábamos lo que la cabeza nos permitía y seguíamos escuchando.
Cada vez que alguien entraba en el box nosotros nos manteníamos fuertes, serenos, pero en cuanto nos quedábamos solos llorábamos, llorábamos como nunca habíamos llorado en nuestra vida y como espero no volver a llorar nunca. Recuerdo que había momentos en los que yo solo acertaba a decir “¡Ay Dios mío! ¡Ay Dios mío!” un grito al cielo pidiendo ayuda desesperadamente.
Le pregunté a una enfermera si sería posible que viniese a verme un sacerdote, quería pedir que me impusiese la unción de enfermos. Le estaba pidiendo a la gente que rezase, yo le estaba suplicando a Dios que cuidase de mi bebé, y quería acercarle a Él todo lo posible. No tardó nada en venir a vernos el Padre Jorge, estupendo acompañamiento, importantísimo para mí. En ese momento ya estaba puesta en marcha una cadena de oración por María que no dejó, ni deja de sorprenderme. Con él hablamos de la importancia de sabernos acompañados en ese momento. Le dijimos al padre Jorge que nos gustaría bautizar a María tan pronto como el equipo médico lo permitiese y le preguntamos si se podría celebrar un funeral si nacía sin vida. Alguien me había dicho que un bebé tiene que pasar unas horas vivo para que se considere una persona muerta, pero por suerte comprobamos que no es así, que siempre se puede solicitar el cuerpo de un bebé y celebrar su funeral, nazca vivo o muerto.
En momentos de soledad, Quintín y yo nos planteamos todas las situaciones posibles y hablamos sobre qué queríamos hacer en cada una de ellas. Si algo teníamos claro era que si María nacía con vida pero no se podía hacer nada por mantenerla así queríamos acompañarla en todo momento, darle nuestro amor hasta su último suspiro. Si nacía sin vida la pondríamos guapa y nos la llevaríamos para que sus restos descansasen con los de su familia. Un bebé, independientemente de la semana de gestación en la que nazca, no es un desecho quirúrgico, ni un resto biológico, ¡no, no lo es!
Vinieron a ofrecerme la cena, no tenía nada de hambre, nada de nada de nada, pero ¿No era mi intención aguantar dentro a mi niña todo el tiempo posible? Sí, ¡Pues a cenar!
Me pasaron a planta y nos dijeron que, dada nuestra situación, intentarían mantenerme sin compañera. Lo agradecimos mucho porque necesitábamos tener la libertad de llorar cuando nos apeteciese.
Esa noche hablamos mucho. Hablamos de que pronto íbamos a pasar por momentos duros, muy duros o un momento durísimo. Hablamos de que no podíamos perder de vista que somos una familia feliz. De que teníamos una hija genial que se merecía que sus padres estuviesen bien, bien no quiere decir contentos. Hablamos de que, pasase lo que pasase, nos teníamos que permitir a nosotros mismos reír, cantar, jugar. Acordamos que esas cosas no nos iban a hacer sentir culpables. Hablamos de que nos teníamos el uno al otro para apoyarnos, que teníamos que ser claros y expresar cómo nos sentíamos y qué necesitábamos, ESCUCHARNOS y respetar los tiempos que llegase a necesitar cada uno.
Entre lágrimas, cansancio, miedo y mucho amor, nos dispusimos a dormir, lo que no quiere decir que lo consiguiésemos.
Pasaron las horas. Ya era jueves 14. Semana 23+1, estábamos un día más cerca de nuestro objetivo.