No va a ser fácil resumir el ingreso de María. En el momento en el que estoy escribiendo esta entrada, María tiene 8 meses y 2 días y sigue en el hospital. En este tiempo han pasado muchas cosas. Hemos disfrutado de temporadas de calma, pasado por operaciones, intubaciones, extubaciones, vírus, bacterias... Como mucha gente nos dijo, nos estamos viendo metidos en una montaña rusa y no sé si seré capaz de explicarlo bien.
Antes de intentarlo me gustaría contar un poquito cómo funcionan las visitas de padres en la UCIN del hospital de la Candelaria: Es una unidad abierta 24 horas. Eso quiere decir que los papás y mamás podemos entrar y salir cuando queramos y permanecer con nuestros bebés todo el tiempo que podamos. Antes de la pandemia podían estar los dos papás en la unidad. Ahora, debido al COVID, por lo general, solo puede estar uno de los dos.
Las cosas son como son y no hay mucho que hacer al respecto. Son normas que se ponen por la seguridad de los bebés y por eso se aceptan de buen grado. Pero lo cierto es que hubo muchos momentos en los que hubiese agradecido tener a Quintín a mi lado.
Nosotros, las primeras semanas íbamos los dos al hospital, entrábamos juntos para que nos informase su pediatra y uno de los dos salía para la sala de espera mientras el otro se quedaba con María y así nos íbamos turnando durante las 6/7 horas que pasábamos allí. En alguna de mis "horas de espera" pude disfrutar de la compañía de mis primos, Lara y Kike que se acercaban al hospital (al exterior) a acompañarme y mimarme.
Muchas veces, aunque los padres somos bienvenidos y podemos estar en todo momento en la habitación si queremos, se nos invitaba a salir cuando tienen que realizar alguna técnica que tiene que hacerse en un ambiente lo más estéril posible o si creen que lo que vamos a ver puede resultarnos doloroso o desagradable. Eso, en ocasiones, se traducía en dos horas en las que éramos los dos los que estábamos en la sala de espera. Sin acompañar a ninguna de nuestras hijas. Por eso acabamos decidiendo que uno iría al hospital por la mañana y el otro por la tarde para poder dedicarle tiempo a Emma, que estaba maravillosamente cuidada por los abuelos.
Está estable. ¡Qué bien!
Cuando María ingresó, a pesar de que el hecho de que estuviese viva fuese un éxito, los pediatras se encargaron de que no olvidásemos que podrían surgir complicaciones en cualquier momento. Nos decían que María parecía estable pero que podría llegar el momento en el que nos tuviesen que decir que no se estaba adaptando a la vida fuera del útero y nos tuviésemos que enfrentar al final de la misma.
Puede parecer que son crueles, pero son realistas. Cuando te enfrentas a una situación así, la gente, con intención de animarte, te dice que “no te preocupes” que “los bebés son muy fuertes, ellos luchan”, y sí, lo corroboro, luchan mucho. Pero hay una realidad, hay bebés que aunque luchen se mueren, y los doctores no pueden permitir que los padres seamos ajenos a esa realidad. Ese riesgo hacía que fuese muy doloroso salir del hospital. Ahora estabas ahí con tu niña y ella estaba viva y no sabías qué te ibas a encontrar mañana. Durante los primeros días siempre salíamos del hospital de la mano, en silencio, por mi parte tragándome las lágrimas o secándolas en el hombro de Quintín. Ese riesgo nos hacía vernos en la necesidad de tener conversaciones que nos hacían llorar “atemorizados”, plantearnos y plantearle al equipo preguntas sobre cómo se podría enfrentar el momento de su partida si llegaba, suplicando siempre que si en algún momento se temía por su vida nos avisasen, fuese la hora que fuese, para subir pitando a acompañarla. O preguntar si en ese caso podríamos llevar a los abuelos y tíos a conocerla antes de que su corazón latiese por última vez… hablando de corazón, acabo de acordarme de la primera vez que puse mi mano sobre su pecho, con un día de vida, y noté su corazón latiendo bajo mis dedos. Esa maravillosísima sensación me acompañará toda la vida.
Por eso, teniendo en cuenta que todo podría cambiar en un instante, durante los primeros días (o semanas) de vida de María, la palabra estable se convirtió en nuestra palabra favorita. Que María estuviese estable era todo lo que se podía desear. Por eso cuando esa era la palabra era una alegría. Cuando se está en esa situación, la estabilidad hay que saborearla. Porque de golpe a porrazo desaparece y llegan los palos. Y cuando llegan el mundo tu mundo se desmorona.
Nuestro primer día en la UCI conocimos a la mamá de dos niños que nacieron en unas circunstancias muy parecidas a las de María y nos advirtió de lo que nos esperaba: problemas de corazón, hemorragias cerebrales, problemas respiratorios, digestivos... Las conversaciones con esta mamá, Laura, nos ayudaron mucho. En primer lugar porque sus dos bebés, uno nacido en la semana 24+5 y el otro nacido en la semana 25 (sí, mellizos que nacieron con dos días de diferencia… flipante) estaban vivos y en segundo lugar porque fue muy clara con nosotros y desde su experiencia nos “preparó” para ir recibiendo y aceptando contratiempos.