El mismo día de su nacimiento, según lo previsto y deseado, fue el bautizo de María. Como sabrás, manifestamos nuestro deseo de hacerlo tan pronto como los médicos la hubiesen estabilizado. Por eso, cuando nos dijeron que ya estaba “preparada” pedimos que avisasen al sacerdote.
Ese domingo volvía a estar de guardia el padre Jorge, que subió para bautizar a nuestra pequeñita. Fue un bautizo poco común; Nuestro bebé no estaba en nuestros brazos, estaba en una incubadora. No estaba en una iglesia rodeada de familia, estaba en un box oscuro con sus papás, el sacerdote, sus compañeritos de habitación, Liam y Arya y ÉL, que al fin y al cabo es Quien tiene que estar. Y el rito del agua, se hizo con una jeringuilla, tres gotitas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Fue un bautizo muy bonito y, para mí que lo estaba deseando, muy emocionante.
Jo, ¡qué duro ver desde la distancia el motivo por el que yo tenía tanta prisa! Sí que es verdad que le quería decir a Dios que esa niña era suya. Pero esa razón también la tenía con Emma y tardé 8 meses en bautizarla. Está claro que a María quería bautizarla YA porque no quería que se me muriese sin bautizar. Por eso, cuando terminamos, me sentí tan aliviada y feliz.