Muchas situaciones pueden vivirse de una u otra forma dependiendo de la perspectiva con la que las afrontemos. Por eso, nuestra entrada en la UCIN fue tan distinta a como otros papás describen la suya.
Entiendo que si tu parto se presenta de forma prematura sin darte tiempo a reaccionar o si esperas dar a luz a un bebé sano y acaba ingresado en la UCI... Se te viene el mundo encima y, la oscuridad que suele haber en esa unidad (porque es lo que necesitan los bebés), se convierte en tinieblas en tu cabeza.
No te encuentras a un "bonito bebé recién nacido" envueltito en una manta preparado para ir a tus brazos. Tu bebé está llenito de cables, probablemente intubado o con respirador. Hay monitores que pitan sin parar, alarmas que no dejan de encenderse... Todo eso, si no te lo esperabas, tiene que ser desolador.
Pero nuestra perspectiva era otra. Llevábamos 11 días deseando que María tuviese, al menos, la oportunidad de pasar por la unidad de cuidados intensivos. Para nosotros verla ahí dentro era una suerte.
Entramos en su box. La incubadora de María estaba tapada con un cobertor, intentando tenerla con la máxima oscuridad posible. Los cristales de la incubadora estaban empañadísimos porque, en esos casos, hay que mantenerlas con un nivel de humedad elevado.
La "primera vez" que vi a María el pañal era más grande que ella. Tenía sensores en la cabeza, una sonda en la nariz, vías y su pecho estaba lleno de electrodos. Además estaba recibiendo fototerapia y tenía puestas unas gafas que le ocupaban toda la cara. Vamos, que se veía muy poquito trozo de niña, pero... ¡Qué trozo tan bonito! ¡Ay, qué emoción poder verla! Tan pequeñita, tan bonita, tan perfecta.
Nos esperábamos un bebé a medio formar, transparente... y nos encontramos a una personita "comprimida" en 31 centímetros y 728 gramos.
Emocionada, le di las gracias por haber aguantado esos 11 días y por estar luchando y, aún sabiendo que yo había hecho todo lo posible por cuidarla cuando estaba dentro de mí. Al verla en un entorno en el que no debería estar, "solita", lloré suplicándole que me perdonase. Le pedí perdón por no haber conseguido tenerla dentro de mí más tiempo. Sí, por una parte sabía que no era mi culpa. Por otra, es innegable que "fue mi cuerpo el que falló", por eso tenía que disculparme y lo hice. Ese y muchos otros días.
Además de encantarme conocer a mi niña. Me encantó que cada persona que nos veía nos daba la enhorabuena 👏🏼. No te imaginas el subidón que da que la gente actúe con normalidad . Y ¡leches! Tenían razón. Estábamos muy de enhorabuena.