LOS RELIEVES DE URSO
LOS RELIEVES DE URSO
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LOS RELIEVES DE URSO
El antiguo territorio de Tartessos pasó a llamarse Turdetania, habitado por sus herederos, los pueblos íberos.
Hacia el siglo III a.C., en la ciudad de Urso, actual Osuna, los cinco aprendices del maestro escultor Habis trabajaban febrilmente en el taller. Los ecos de los cinceles y martillos resonaban mientras los jóvenes pulían las superficies de piedra que usarían para un concurso de relieves. Este evento anual no solo era un momento de competencia entre ellos, sino un escaparate de talento y creatividad.
Entre los aprendices sobresalían: Dunia, la hija del maestro, y Dylan, un niño huérfano que Habis había acogido años atrás. El muchacho provenía de Cartago, una antigua colonia fenicia del norte de África que ahora estaba en guerra con Roma por el control del Mare Nostrum, del mar Mediterráneo.
La llegada de Dylan a la casa del maestro Habis había causado malestar en Dunia. Él trabajaba con dedicación y nunca se quejaba. Pero ella, que era tan talentosa como orgullosa, miraba con recelo las habilidades de Dylan. Él no solo dominaba el arte del relieve, sino que también traía consigo una vida cargada de historias que podrían inspirar una obra merecedora de ganar el concurso. Había vivido entre soldados, observado animales exóticos como elefantes de guerra y aprendido sobre el arte de la lucha. Cada vez que Dunia pensaba en lo que Dylan podría crear, la inseguridad la devoraba.
A menudo, movida por la envidia, le escondía herramientas o intentaba dificultar su trabajo, esperando que su padre lo reprendiera. Sin embargo, Dylan mantenía la calma, aceptando aquellos retos con una paciencia que solo avivaba más la rabia de Dunia.
Finalmente llegó el esperado día del concurso. El maestro Habis reunió a sus aprendices en la plaza principal de Urso, donde vecinos y visitantes se congregaron para admirar las obras de los aprendices.
El primero en presentar su relieve fue Canterones de Astapa, quien talló una escena de un jinete a caballo blandiendo una falcata. Siguieron otros compañeros con representaciones como una flautista y un guerrero en combate. Dunia, con su “Acróbata andando sobre las manos”, logró captar la atención del público. Su relieve, una figura invertida con las piernas dobladas tocándose la cabeza, era original y dinámico, y recibió un cálido aplauso.
Entonces llegó el turno de Dylan. El muchacho, sereno, tiró de la tela que cubría su obra. Lo que reveló dejó a todos sin palabras: un beso entre un hombre y una mujer, tallado con una delicadeza extraordinaria. La escena, cargada de emoción, no era lo que nadie esperaba en un concurso de relieves donde predominaban las representaciones heroicas y de acción.
Dylan, con voz firme pero llena de sentimiento, explicó su elección: «A los cuatro años mi vida cambió para siempre. Soldados llegaron a casa para llevar a mi padre, un orfebre de oficio, a la guerra contra Roma en Hispania, bajo las órdenes del general Amílcar Barca. Él se negó, argumentando que no tenía a nadie que cuidara de mí, muerta mi madre desde mi nacimiento, pero no le dieron opción. Así que me llevó consigo. En las campañas, viví la crudeza de la guerra: hambre, frío y el desprecio de los vecinos de los pueblos que cruzábamos. Sin embargo, hubo momentos de luz. Cuando llegamos a La Puebla de los Infantes, ordenaron a mi padre trabajar como orfebre en lugar de luchar. Allí, realizó el tesoro de oro y plata del santuario púnico. Por un tiempo fuimos felices, pero esa felicidad fue breve. Mi padre cayó enfermo y murió, dejándome completamente solo. Fue entonces cuando apareció el maestro Habis. Pasaba por el pueblo y, al saber de mi suerte, decidió traerme con él a Urso. Me dio un hogar, un oficio y algo más valioso: una hermana llamada Dunia. Mi obra no trata de guerra, aunque la he vivido. Representa algo que aprendí en mi corta vida: el amor es lo único capaz de superar el odio, el dolor y la pérdida. Este beso es mi homenaje a mis padres y a todas las cosas buenas que, incluso en tiempos oscuros, vale la pena recordar».
Dunia, conmovida, fue la primera en aplaudir, y pronto todo el público de la plaza la siguió en aplausos y vítores. Aquel beso de piedra no solo había demostrado la habilidad de Dylan como escultor, sino también la profundidad de su alma.
Cuando se anunció que su obra era la ganadora, Dylan buscó la mirada de Dunia. Ella, todavía con lágrimas en los ojos, se acercó y le tendió la mano. «Dylan, lo siento», dijo con una voz quebrada. «He sido injusta contigo. Pensaba que eras mi rival, pero en realidad eres mi hermano».
Dylan sonrió y le respondió: «Eres mi hermana. Siempre lo has sido»,
Desde ese día el taller de Habis fue un lugar diferente. La rivalidad entre Dunia y Dylan se transformó en una amistad sólida, y juntos crearon obras que dejaron una huella en Urso. El “beso de Dylan” quedó expuesto en el templo local como símbolo de que, incluso en los tiempos más difíciles, el amor y la compasión pueden prevalecer.