EL PASTORCILLO VALIENTE
EL PASTORCILLO VALIENTE
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EL PASTORCILLO VALIENTE
En la torre Gallape, situada en el cruce de caminos de El Rubio, Écija y Osuna, en la peligrosa Banda Morisca, en territorio de frontera entre Castilla y el reino nazarí de Granada.
Ramón cuidaba de sus ovejas que pastaban tranquilamente en la ladera de la colina de Gallape. Desde allí, el joven pastor observaba a los soldados que vigilaban desde la atalaya.
«Qué valientes», pensaba Ramón. «Gracias a ellos, con sus ahumadas durante el día y fogatas que encienden en la noche, mi padre y yo, humildes pastores, hemos podido refugiarnos más de una vez en las cuevas o tras las murallas del castillo de la encomienda de la orden de Santiago en Estepa, en las de Calatrava de Osuna o en las de la villa de Écija».
Mientras divagaba en sus pensamientos, uno de los soldados bajó de la torre y se acercó al muchacho.
«¿Qué haces aquí solo, niño?», preguntó el soldado.
«Mi padre está buscando una oveja extraviada. Yo me quedé cuidando del resto del rebaño», respondió Ramón con tono respetuoso.
La conversación fluyó con naturalidad. Ramón, fascinado por el trabajo de los vigías, expresó su admiración. El soldado, que se llamaba Fernando, con cierta melancolía le comentó: «No estamos aquí por gusto, muchacho, sino por obligación. Nuestro deber nos lleva a recorrer las torres y castillos de esta peligrosa frontera durante dos largos años».
Fernando le contó cómo había pasado por las torres de Lopera, El Bollo y El Águila, en Utrera; por el castillo de las Aguzaderas, en El Coronil, donde protegieron una fuente de agua, muy importante para el lugar; y por la fortaleza de Cote, en Montellano, desde donde los desplazaron al de Morón de la Frontera. También habló de su estancia en la antigua atalaya andalusí del castillo del Hierro de Pruna, donde vivieron días terribles por las razias nazaríes estando los musulmanes acampados en Villanueva de San Juan. Ahora estaban en Gallape, y después irían a la fortaleza de Alhonoz, en Écija, donde completarían su misión.
«Tienes mala cara, Ramón», bromeó Fernando al ver la expresión seria del muchacho.
«Es que…», intentó responder el joven pastor con voz temblorosa.
Fernando, riéndose, dijo: «No te preocupes, chaval. No somos delincuentes. Nuestro trabajo es una obligación pero no un castigo. Mi compañero Gonzalo, que ahora patrulla el adarve, sueña con ser alfaqueque: rescatador de cristianos esclavizados por los nazaríes. Domina la lengua árabe pero como no proviene de una familia noble o hidalga, tiene que demostrar su valentía para ejercer el oficio con esta obligación, de vigía durante dos años».
«¿Y tú?», preguntó Ramón intrigado.
Fernando suspiró: «Yo… estoy aquí por amor. Soy caballero de la orden de Santiago, monje-soldado que protege a los peregrinos que van a Santiago de Compostela. Conocí a una joven de la que estoy enamorado, y para casarme con ella necesito el permiso de mi orden. Este solo me será concedido si cumplo con esta misión».
Antes de que Fernando pudiera agregar algo más, Gonzalo apareció haciendo señales urgentes desde la torre.
«!Escóndete, chaval!», dijo Fernando con tono apremiante. «En menos de una hora un grupo de enemigos cruzará por aquí. Vienen por el Camino de la Frontera, desde Los Corrales y Martín de la Jara. Tomarán la antigua calzada romana que une Estepa con Écija por Marinaleda».
Ramón no esperó un segundo. Reunió a su rebaño y corrió hacia las cuevas de los Canterones, una antigua cantera romana que ofrecía refugio seguro. Mientras tanto, los soldados vigías se preparaban para resistir desde la atalaya, temerosos del inminente ataque.
Cuando Ramón llegó al refugio, su padre ya estaba allí. Al ver el humo de las señales desde la torre Gallape intuyó el peligro y sabía que su hijo habría corrido a resguardarse, pues así se lo había enseñado.
El niño, aún agitado, relató la conversación que había tenido con Fernando. Al escuchar el estruendo de los casos de los caballos enemigos acercándose, Ramón expresó su preocupación por los vigías.
El padre lo miró con determinación. «¿Recuerdas la leyenda del pastorcillo tamborilero?», le preguntó.
«Claro que sí», respondió Ramón.
«Pues bien, es hora de demostrar tu valor. Coge esos tambores viejos. Vamos a salvar a los soldados», dijo el padre sin titubear.
Padre e hijo salieron del refugio tocando los tambores con todas sus fuerzas. El sonido resonó en las colinas y los valles, amplificado por el eco. Parecía que un enorme ejército se acercaba desde la sierra.
Los soldados nazaríes, confundidos y temerosos, desviaron su ruta hacia Córdoba, convencidos de que se acercaban a una fuerza imponente.
Cuando los pastores llegaron a la torre Gallape, Fernando y Gonzalo los recibieron con abrazos y risas de alivio.
«¡Habéis salvado nuestras vidas!», exclamó Fernando conmovido.
Ramón, mientras observaba la gratitud de los soldados hacia su padre, sintió una inmensa admiración. Aquel hombre sencillo, un humilde pastor, era el más noble y valiente del mundo.