LA PRINCESA CONSENTIDA
LA PRINCESA CONSENTIDA
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LA PRINCESA CONSENTIDA
Los reyes castellanos habían reducido al-Ándalus al reino nazarí de Granada. Era una época marcada por el feudalismo, donde la nobleza ostentaba un poder casi equiparable al del rey, pues sobre ellos recaía la defensa de la Banda Morisca, la frontera que separaba dos mundos: el cristiano y el musulmán.
Faltaban pocos días para que la princesa Beatriz celebrara su cumpleaños, un evento que esperaba con ansias. Según la tradición, podía pedir cuatro deseos a su padre, el rey don Pedro I, y estaba decidida a no desaprovecharlos.
«¡Ya sé lo que quiero por mi cumpleaños! Se lo diré a papá», anunció emocionada a su madre, la reina doña María de Padilla.
El rey se encontraba en el salón del trono, en el palacio mudéjar del Real Alcázar de Sevilla, conversando con el conde de Cantillana sobre asuntos del reino. Aunque estaba ocupado, cuando vio a su hija acercarse, puso fin a la conversación y la recibió con una amplia sonrisa.
«Quiero un lindo vestido», le dijo Beatriz a su padre al oído.
«De acuerdo. Tus deseos son órdenes para mí», le respondió.
«Pero papá, no un vestido cualquiera. Quiero un vestido de oro», añadió la princesa.
El rey, complaciente, asintió: «Así será». Y encargó a las monjas del antiguo Monasterio de San Clemente que confeccionaran el traje más lujoso jamás visto, un vestido de oro que la princesa luciría el día de su cumpleaños.
Al día siguiente, la princesa volvió a buscar a su padre. Esta vez, el rey estaba reunido en su despacho con los maestres de las Órdenes Militares de Calatrava, Santiago y Alcántara. A pesar de la gravedad del asunto que estaban tratando, cuando su hija irrumpió sin pedir permiso, el rey se levantó y la recibió con los brazos abiertos: «Dime, cariño mío, ¿cuál es tu segundo deseo?».
Beatriz respondió con entusiasmo: «Quiero un caballo… No, mejor una docena de caballos blancos».
El rey le respondió: «Tendrás tus caballos. Los más hermosos serán criados y cuidados por los pastores de Villafranca de la Marisma (Los Palacios y Villafranca), en la falda del arroyo de La Raya».
Al tercer día, la princesa interrumpió otra reunión. Esta vez, don Pedro I estaba rodeado de duques, marqueses y condes. Todos preocupados por la falta de dinero para pagar a los soldados que protegían la Banda Morisca. Y de nuevo, el rey, como era su costumbre, silenció a todos al ver a su hija, la sentó en sus rodillas y le preguntó con afecto: «¿Tu tercer deseo?».
La niña no dudó: «Quiero un palacio nuevo».
La petición de Beatriz dejó a todos boquiabiertos, pero el rey, fiel a su costumbre, accedió: «Se construirá en La Atalayuela, sobre los restos de un castillo árabe del pueblo de Los Palacios».
Los nobles allí presentes, aunque no se atrevieron a protestar abiertamente, murmuraban entre ellos: «No hay dinero para pagar a los soldados pero sí para satisfacer los caprichos de la princesa».
Los días anteriores al cumpleaños fueron ajetreados. Los mesoneros de Brenes horneaban pasteles dignos de reyes, los alarifes preparaban maquetas para el futuro palacio y las monjas ajustaban los últimos detalles del vestido de oro de la princesa.
Una noche, mientras Beatriz y su madre supervisaban los preparativos, la princesa susurró a la reina: «Ya sé cuál será mi último deseo: quiero invitar a mi cumpleaños solo a princesas que puedan lucir vestidos tan lujosos como los míos». A lo que su madre asintió con la cabeza, acostumbrada a no contradecir a su hija.
Por fin llegó el gran día. Beatriz se puso su deslumbrante vestido dorado y su madre la admiró con orgullo: «¡Qué guapísima estás!».
La princesa se miró al espejo, pero lejos de sentir felicidad notó la ausencia de alguien importante. «¿Dónde está papá?», preguntó con preocupación.
La reina, visiblemente incómoda, respondió: «Tu padre me ha pedido que lo disculpe. Un grave problema lo retiene. Los nobles con quienes ha estado reunido estos días le han declarado la guerra. Alegan que no les da el dinero necesario para pagar a los soldados que defienden los castillos de la frontera».
Beatriz guardó silencio. Una sensación de tristeza y culpa comenzó a invadirle.
Cuando las cortinas se corrieron para dar inicio a la fiesta, la escena era espléndida: una gigantesca tarta de fresas, nata y chocolate… desde las ventanas se veían doce majestuosos caballos blancos pastando en el jardín… Todo parecía digno de un cuento de hadas.
Pero algo faltaba. A pesar de todo el esplendor, en la sala solo estaban Beatriz y su madre.
La princesa, incapaz de contenerse, rompió a llorar. Su cumpleaños no era como lo había imaginado. Su padre estaba ausente. No tenía amigos ni a nadie, salvo a su madre, con quien disfrutar de su cumpleaños. Beatriz estaba desconsolada.
Al despertar al día siguiente, algo cambió en la princesa. Ya no sentía tristeza, sino una extraña claridad en su corazón. Ella comprendió una lección: las fiestas no son especiales por los regalos o el lujo, sino por las personas con quien las compartimos.
Desde entonces, Beatriz valoró verdaderamente lo importante en la vida y nunca más volvió a pedir deseos vacíos.