¡BASTA YA!
¡BASTA YA!
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¡BASTA YA!
En el siglo XI el antiguo Califato, con capital en Córdoba, se dividió en pequeños reinos andalusíes llamados taifas, entre los que destacó Sevilla, gobernada por la dinastía árabe de los abadíes.
Todos los miércoles, al-Mutamid, rey de Sevilla, viajaba desde su palacio de Osset, en San Juan de Aznalfarache, hasta el hamman de Palomares del Río. Allí, después de disfrutar de un relajante baño, se reunía con sus amigos para jugar al ajedrez: su médico judío, Samuel Leví, y Al Mensi, poeta mozárabe y propietario de varias alquerías, entre ellas Almensilla, Boromuj (Bormujos) y Sevilla la Chica (así llamaban a Huévar del Aljarafe). Mientras los adultos se entregaban al juego y la conversación, sus hijos y otros niños correteaban en el patio del hamman bajo la sombra de las palmeras y el suave aroma de los arrayanes.
Entre los niños no todo era armonía. El príncipe Hisham, hijo del rey, solía ser quien imponía las reglas del juego.
«¡No juegas!», gritó el príncipe Hisham a Samuel, el hijo del médico judío.
Sus palabras fueron como una orden para los demás. Muhammad, un muladí de modales rudos, y Olaf, un esclavo de ascendencia vikinga, de Castilleja del Campo, capturado tras el ataque a Sevilla en el año 844, imitaron al príncipe: «¡No juegas Samuel!».
María, la hija de Al Mensi, no aprobaba ese comportamiento. Pero, cada miércoles, permanecía en silencio, acompañando a los demás en juegos donde Samuel era siempre excluido.
«¡Tienes la nariz grande!», soltó el príncipe Hisham a Samuel, con esa lengua afilada que parecía disfrutar haciendo daño.
Samuel bajó la cabeza mientras todos los niños lo miraban fijamente. La risa del príncipe resonó en el patio, contagiando a los demás. Samuel, avergonzado, deseó desaparecer. María pensó: «No más grande que la de Hisham… o que la mía», pero no se atrevió a decirlo.
Otro miércoles, la crueldad del príncipe fue aún más lejos: «¡Eres un debilucho!», le gritó.
Hisham no tardó en convertir sus palabras en una acusación colectiva. Muhammad y Olaf rodearon a Samuel, y este se acurrucó en un rincón. «Dejadme en paz…», susuró el joven judío, con la voz quebrada.
María observaba en silencio, sabiendo que Samuel no era más débil que los demás, salvo, quizás Olaf, que era más corpulento.
Así, semana tras semana, el grupo repetía el mismo patrón: juegos, risas y burlas. Mientras los demás disfrutaban, Samuel se refugiaba en un rincón del patio, cada vez más silencioso, cada vez más pequeño.
«¡Eres un infiel! ¡Un traidor!», gritó el príncipe Hisham, señalando a Samuel con su dedo acusador: «¡A por él!».
Los niños obedecieron la orden como si fuese una ley. Olaf, el más fuerte, alcanzó a Samuel y lo agarró por la túnica, levantándolo del suelo. Samuel temblaba, incapaz de moverse, mientras Hisham se acercaba.
«¡Pégale!», ordenó el príncipe.
Olaf miró a Samuel, que tenía los ojos llenos de lágrimas, y dudó. Finalmente, lo soltó, dejando que cayera al suelo con un golpe seco.
Fue entonces cuando María alzó la voz con fuerza: «¡Basta ya!».
Su grito resonó en el patio, como un trueno que paralizó a todos. Muhammad y Olaf, avergonzados, ayudaron a Samuel a levantarse. Hisham, incapaz de enfrentar el repentino cambio de la situación, salió corriendo sin mirar atrás.
La verdadera fortaleza no está en imponer poder sobre los demás, sino en proteger a quienes son vulnerables. No importa el origen, la fe o las diferencias; lo que define nuestra humanidad es la capacidad de alzar la voz frente a la injusticia y tender una mano a quien lo necesita.