AMI
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AMI
El ejército napoleónico invadió España y estalló la Guerra de la Independencia (1808 y 1814).
Juanito sabía que no estaba bien escuchar las conversaciones de los mayores, pero aquella noche lo hizo sin querer. Desde su habitación, escuchó a su padre reunido con los vecinos en el salón: «Quizás los franceses traen libertades y derechos que nuestro rey no nos reconoce», lo oyó decir a su padre.
«¡Eres un afrancesado! No confíes en los forasteros y menos en los franceses. Estamos en guerra. Las tropas de Napoleón han tomado El Ronquillo, El Castillo de las Guardas y El Madroño», le respondieron.
Juanito apenas escuchó más, pues el sueño lo venció.
Era aún de noche cuando su madre lo despertó de forma brusca: «¡Vamos Juanito! Los franceses vienen hacia el pueblo. Traen malas intenciones».
Sin entender del todo, Juanito obedeció. Salieron de casa con lo puesto y se adentraron en el bosque junto a otros vecinos. Su padre no los acompañaba. En el aire se percibía un olor a humo y, al volverse, vieron cómo su pueblo, El Garrobo, ardía en llamas.
Tras una larga caminata de cinco horas por el sendero de Las Pajanosas, Juanito y su madre llegaron a Guillena, a casa de la tía Manuela, donde serían acogidos hasta que acabara la guerra. Su tía trabajaba como sirvienta en la residencia del mariscal Soult, un importante general francés que ocupaba una gran casa en la plaza del ayuntamiento. Allí vivía Philippe, el hijo del mariscal, junto a su institutriz, pues su padre estaba casi siempre ausente debido al conflicto.
A los pocos días, Manuela llevó a Juanito a la casa del mariscal. Philippe, que tenía la misma edad que él, se mostró entusiasmado por tener compañía. Pronto, los niños se hicieron inseparables. Jugaban en el patio, allí compartían historias y trepaban los árboles frutales. Philippe, incluso, suplicó a Manuela que su sobrino la acompañara cada vez que ella acudiese a trabajar a su casa.
Un día, sin previo aviso, el mariscal Soult apareció en la casa y descubrió a los niños jugando.
«¿Quién es este españolito?», preguntó con un marcado acento francés.
«Mi sobrino, señor», respondió Manuela.
«¿El hijo del guerrillero Juan Gómez? ¡Ese hombre lideró la partida que atacó ayer a mi destacamento!», exclamó con furia. «¡No quiero ver a este niño con mi hijo!».
Esa misma tarde Soult partió nuevamente hacia el frente. Se dirigiría con su ejército al pueblo de La Campana, donde habían hecho prisioneros a muchos soldados franceses.
Y aunque a Juanito se le prohibió entrar en la casa, él y Philippe siguieron viéndose a escondidas. Se reunían cerca de la fuente donde Manuela y la institutriz lavaban ropa, y allí jugaban como si no existiera la guerra.
Pero un día ocurrió algo inesperado. Philippe empezó a hincharse y a jadear. Apenas podía respirar.
«¡Ami (amigo)! ¡Ami (amigo)!», gritó el niño francés mientras caía al suelo.
Juanito, sin saber qué hacer, lo subió a una carretilla que encontró cerca y lo llevó corriendo a su casa. En el portal estaba el mariscal Soult, y con el ceño fruncido preguntó con voz grave: «¿Qué le ha pasado a mi hijo?».
Juanito balbuceó y salió corriendo. Esa noche, escondido bajo la cama en casa de Manuela, oyó la voz de su tía: «Sal de ahí, Juanito. Tu amigo está bien. Es alérgico a la picadura de las avispas. Gracias a que lo llevaste rápido a su casa, donde le administraron un antídoto, está vivo. El mariscal Soult está agradecido y me ha dicho que no le importa que visites a Philippe cuando quieras».
Desde entonces los dos niños pasaron juntos gran parte del tiempo. Sin embargo, un día, al ir a visitarlo, Juanito encontró a Philippe en el portal de la casa con maletas a su lado. Los soldados franceses estaban preparándose para marchase y saqueaban la iglesia de Nuestra Señora de la Granada. De un carro sobresalía un cuadro enorme de una Virgen Inmaculada rodeada de ángeles.
«Nos vamos, “ami”», dijo Philippe con tristeza.
Los dos amigos se abrazaron por última vez, sabiendo que nunca volverían a verse. En sus corazones brotaba una amistad que trascendía las barreras de la guerra.
Cuando terminó el conflicto contra los franceses, el padre de Juanito regresó y la familia volvió a El Garrobo para reconstruir su hogar.