Hoy es el día de Andalucía, pero, aunque lo parezca, no es un día como otros, ni es un día más. Y no sólo porque hay guerra en Ucrania, donde una potencia imperialista invade un país libre y crea muerte y destrucción entre civiles inocentes, sino porque nos jugamos mucho en nuestro propio país.
La historia de Andalucía le ha hecho tener una idiosincracia que la diferencia del resto del país: ha sido un territorio de mayor influencia musulmana y con un reparto muy desequilibrado de la propiedad de la tierra derivada sobre todo de su repoblación y, en menor medida, de los procesos desamortizadores. Esto ha provocado el desarrollo de una sociedad desequilibrada y desigualmente bipolar, con un minoría de propietarios muy ricos y poderosos y una mayoría de campesinos muy pobres y dependientes para su subsistencia de esos grandes señores (o señoritos) y, por ello, en muchos casos clientelista pero, sobre todo, reivindicativa y revolucionaria. Es esa miseria campesina frente al poder oligárquico lo que identifica la diferencia de Andalucía con el resto de España y la que da carta de naturaleza a la idea de una Andalucía