En los meses que transcurren durante el verano, está flotando en el aire la arrebatadora sensación de que algo nuevo puede pasar. Un acontecimiento, un suceso que cambiará para siempre nuestras ordenadas vidas.
Es entonces cuando la mayoría de las personas decentes abandonan sus trabajos decentes por un par de semanas y realizan exóticos viajes de placer, en busca de aventuras, al mismo lugar de todos los años. Así es como lo señores de traje, que detestan las aglomeraciones del centro, viajan a Mar del Plata –cada vez más parecida a plaza Miserere– y la pasan fenómeno con sus bermudas, inevitables medias y mocasines, caminando por la atestada peatonal.
Pero, a pesar de estas súbitas inclinaciones nómadas, la escena más triste la representan otros, la minoría que eligió quedarse en su lugar de residencia a pesar de la calurosa estación. Y que no tiene más remedios que desesperarse de aburrimiento mientras ve por televisión como los demás se divierten. Es que resulta ineludible que los programas –que son todos iguales– emigren a la costa atlántica –o en todo caso, y en un derroche de originalidad, a las sierras cordobesas– para emitir desde allí sus improvisadas versiones veraniegas.
Por si fuera poco, como de descansar se trata, ya no se nos informa sobre la crisis en medio oriente, sino que nos abastecen de noticias sobre la inquietante guerra de las vedettes.
Como se ve, la televisión estival no tiene desperdicios, tiene cosas inferiores a un respetable desperdicio.
De entre las ínfimas noticias relevantes que se le escaparon a la tv en este verano, una nos enteró sobre el preocupante rebrote del virus que afecta al ganado europeo, conocido como “el mal de la vaca loca”. En Argentina, sin pérdida de tiempo, fue lanzada una extraordinaria campaña para promocionar nuestras carnes, y el punto más alto de esta campaña fue el aporte del estilista Giordano con sus –reiterativos– desfiles.
El fútbol de verano es uno de los condimentos que nunca falta en los principales centros turísticos de nuestro país, y este año contó con la particularidad de ser un espectáculo igual de mediocre que todos los años. A no ser por un par de traspasos importantes (Palermo se fue de Boca y Aimar de River) los amantes de este deporte tuvieron muy poco para comentar.
De todos modos, aunque cueste creerlo y hasta resulte difícil imaginarlo, existe todo un mundo que no se descubre viendo la tele. Es el mundo que ojean las señoras a las que les preocupa estar informadas sobre lo que hacen o dejan de hacer los famosos, los pseudofamosos, y los parientes de ambos.
Para estos semanarios el ambiente no puede ser más propicio; tal parece que en esta época del año solo interesan los físicos abundantes y, en cambio, las noticias no tienen importancia. Estas publicaciones, fieles al gusto del mercado, sólo tienen voluptuosas chicas de tapa y notas sin la menor importancia.
Todos los años, al terminar el verano, la vida vuelve a ser tan ordenada como siempre, sin que nada haya cambiado gravitacionalmente. Volvemos a nuestros honrados trabajos a contar, como grandes hazañas, las estupideces que hicimos en San Clemente, y somos infelices hasta las próximas vacaciones.
Es triste, pero a este que escribe, la temporada de verano 2000-2001 no le ha dejado más que un par de interrogantes: ¿el fútbol y la televisión son realmente tan distintos el resto del año?; y, ¿las vedettes, son lo mismo que las modelos pero con el virus de la vaca loca?