MIS YO
Me habitan muchedumbres. Se alojan en mí muchas personalidades. Soy muchos hombres y no me llevo bien con todos. Convivo internamente con múltiples Yo –si Freud me lo permite– y todos muestran distintos perfiles. Lamentablemente ésto no se me suele aceptar como excusa, y entonces resulto ser culpable, cómplice, o responsable de los actos de mis otros Yo.
Tal vez sea cierto que no todos mis Yo son detestables. Algunos de mis Yo tienen amigos y los conservan con dedicación. Algunos son queribles, o al menos eso quiere creer este Yo que está escribiendo. Pero existen Yo que yo detesto, que me esfuerzo en aplacar y a veces ganan la lucha y emergen para mi desagrado, y el de otros. Hasta he sentido temor, lo confieso, ante un Yo desconocido que logró poseerme.
Hay un Yo muy frecuente que prefiere no hablar. Es el mismo Yo que ha sometido y silenciado al Yo que se atraganta con las ganas de gritarle a los que quiero que los quiere. Pero también hay un Yo que no para de hablar, incluso cuando debería hacerlo.
Uno de mis Yo se exige demasiado, pero no es tan fuerte como el Yo que se conforma.
Hay un Yo que puede resultar muy antipático y otro Yo al que le tengo encargado que lo sociabilice. El Yo antipático protesta por cosas que se supone deben aceptarse para no parecer antipático; por ejemplo, cuando los fumadores le echan en la cara el desecho de su vicio (esta parte la está escribiendo mi yo antipático, disculpen), cuando nos obligan a saborear sus neblinosas bocanadas en medio de una comida compartida. Está mi Yo egoísta, que quiere ser el único Yo. Mi Yo envidioso, que quiere ser como los otros Yo. El Yo extrovertido que se auto-convoca para disimularme las mejillas rojas de calor. Un Yo bufón, desgastado por el uso y el abuso, que se ríe de todo para que no se vea que quisiera llorar. Y muchos otros Yo, que olvido u omito, por conveniencia o por vergüenza.
No puedo pedir que se me excuse por los actos de los Yo que defraudan. A fin de cuentas, y aunque intente desnutrirlos, a mis Yo los alimento yo. Lamento ser algunos de ellos, pero también festejo ser otros. Quisiera poder decir que el verdadero yo es el mejor de mis Yo, pero me temo que los soy todos, que no soy ninguno y que a la vez soy todos. No se puede coincidir con la totalidad de mis personalidades, no lo hago yo y no pretendo que lo haga nadie. Lo que valoro de quienes me aceptan no es que acepten a todos mis Yo, sino que me acepten a pesar de ellos.