DE NUEVE A DIEZ

Cuando te desprendiste de la que no se mancha, tan sutil y estético como siempre, vi claramente la oportunidad que se me presentaba en ese regalo tan amable que me dabas. Entonces la pierna izquierda se me colmó del optimismo que bombeaba el corazón (eso me pasa siempre, aun cuando nadie más que yo sospecha un destino de festejo en medio de un alboroto cualquiera). Apoyándome sobre mi derecha, que también ha sido cómplice de algunas de mis extravagantes obras, la toqué con la seguridad que siento en la experimentada zurda mientras continuaba hinchándome de optimismo, eso que tanto tiene que ver conmigo. Inmediatamente después, el brevísimo fragmento de segundo en el que miles de pulmones se inflaman al unísono para alimentar el grito en el que se vacían hasta el ahogo.

Y con tu acción, por un segundo, yo llegué a creer en el olvido…, en la expiación de los rencores añejados, en la reparación de los enconos egocéntricos. Pensé que ese momento lo ameritaba, bien pudo haber sido la hora del resarcimiento mutuo. Pero…, cuando salí a buscar tu mirada, que imaginé achinada por tu sonrisa de niño feliz, para encontrar el consenso, para que tu abrazo me confirmara que sí, que vivimos en un mundo donde si ambos queremos todo puede ser maravilloso, porque así me sentía, y porque creí que vos estarías pensando lo mismo… ahí sólo vi tu número distante…, cercano en términos de espacio físico, pero insalvablemente lejos en cuanto a mis intenciones. Vi tu espalda y vi tú 10, y sentí el dolor de 219 puñaladas clavadas en mi 9.