En el extremo cabecera de la mesa, eterno y reservado sitio del jefe de familia, se encuentra él, comentado las últimas novedades. O allí, en lo alto, posando sobre su metálico soporte e impartiendo las órdenes a todos aquellos que alzan la mirada para captar sus enseñanzas.
Oráculo eléctrico, constante fuente de consulta: ¿Cómo vestirnos, cómo hablar, qué comer, qué opinar…?. Y siempre, de modo sutil, encubierto, explicito, groseramente directo, el mensaje llega a nosotros.
El televisor es infinidad de veces más sabio que mamá y papá. Ellos mismos son capaces de contemplarlo en silencio durante horas mientras escuchan y aprenden. Las coloridas imágenes y los efectos especiales han dado de baja a los cuentos del abuelo, historias que sólo contaban con el relato del buen viejo, lo demás corría por cuenta de nuestra imaginación, ¿se acuerda de la imaginación?.
Es cierto que la “tele”, como le decimos cariñosamente, es un invento Nazi destinado a lavar cerebros en forma masiva pero, ¿a quién le importa?. Es verdad que le “tele” iguala criterios y gustos para que todos compremos los mismos productos, en beneficio de la producción en serie propia del capitalismo pero, ¡es tan entretenida!... ¿Es tan entretenida?.
No, pero tampoco importa. Días tras días “la televisión se empeña en demostrar que no hay más nada que mostrar”, como escribió y canta Víctor Heredia. Entonces, ¿Por qué miramos tanto la televisión?; ¿Por qué en un país que está al borde del abismo, con políticos que contagian la leptospirosis, nos incumbe –sobre manera– si el chico de la familia acaudalada besa a la chica humilde?; ¿Será posible que alguien nos haya hecho creer más interesante la novela del sodero que la posibilidad trágica de perder la educación pública y gratuita?; Y en otro orden de cosas, ¿son más fascinantes los personajes creados por Alberto Migre que los creados por Oscar Wilde?.
Sucede que no siempre fue así. Tiempo atrás, digamos… hace un cuarto de siglo, los ciudadanos de este país dedicaban su tiempo a otras actividades, más productivas, como la militancia política por ejemplo. Después, la intolerancia se puso el traje de fajina y desde entonces la mayoría prefirió quedarse en casa.
Por supuesto, la televisión no es la única culpable de nuestra apatía y desinformación, más bien es una víctima. A quienes poseían algún medio de comunicación se les ocurrió que podían tener otros, incluso de otra índole. A quienes hacen las leyes no se les ocurrió nada –o prefirieron no hacerlo– para impedir que eso suceda. Es así como las noticias se han vuelto irremediablemente tendenciosas. Calderón de la Barca diría que en este mundo traidor y postmoderno “nada es verdad ni es mentira”, todo es según el interés del multimedio que lo mira”.
Las cosas están así. ¿Posibilidades de cambio?... Si, para peor. Lo más moderno en programas de T.V. consiste en hacernos sentir como moscas dentro de una casa. El truco es muy sencillo: se encierra a un grupo de jóvenes previamente seleccionados, de ambos sexos, y se los filma todo el tiempo. Usted juzgue los resultados.
Presenciar la vida de otros en lugar de salir a vivir la propia, berretines del nuevo milenio.