LA METÁFORA DE LA PANTUFLA
Basta para mí: me compré pantuflas… y las disfruto.
Calzarse las pantuflas es un síntoma indicativo de un final, o de un comienzo, según se tenga ganas de ver. Posarme sobre el estampado escocés de mis cómodas pantuflas fue aceptar una instancia cumplida, adecuándome a la etapa venidera; fue, en definitiva, cambiar de estilo después de un punto y aparte para continuar narrando la misma historia. Debajo de la blanda suela se materializó un terreno novedoso, donde –entre otras cosas– se siente frío, y donde las ojotas ya no alcanzan para templar el otoño.
En vano quise postergar lo inevitable, la rendición incondicional a las pantuflas. Desesperados intentos por aplazar una entrega, que hubiera resultado más decorosa, me han hecho caer en la aberración estética. He querido, lo confieso, resistir con las ojotas puestas, pero puestas encima de las medias. Las ojotas exigen forzar las medias al contorno de los dedos, estirando un poco la punta de las medias les he facilitado el acceso, la molesta intromisión entre el dedo gordo (despectiva o cariñosamente llamado así) y su inmediato compañero (el dedo martillo). Así me convertí en un mutante ridículo, desalineado y absurdo, una bestia inofensiva con pezuñas de 100% algodón. Pero éste recurso negador se presentó con un efecto secundario, que fue –justamente– dejar de sentirme ridículo por utilizar ojotas con medias. Ésta pérdida, esta ausencia de sentido del ridículo, es otro de los síntomas de que algo está pasando: el tiempo. Entonces, se anima uno a recibir a las visitas, a abrirle la puerta al delivery, a vivir en esas condiciones..., apezuñados. Pero un día llega en que hay que entregarse, claudicar ante las pantuflas.
Insisto, la pantufla sólo es uno de los síntomas que están evidenciando el cambio. Son la metáfora del cambio. También otras señales nos indican que estamos eligiendo transitar un camino distinto. Con la utilización de la palabra “eligiendo” intento especificar que puede optarse por continuar el recorrido en ojotas, si se quiere. Hay quienes (a consciencia o sin noción de ello) eluden los virajes del camino, o demoran su llegada a tales instancias de decisión. Por vanidad, o por falta de aceptación, posponen el momento de calzarse las pantuflas. Pero los signos de estar en el rumbo equivocado se aparecen con cada vez más contundencia, los mojones nos marcan inequívocamente que estamos fuera de lugar, les prestemos atención o no.
Por mi parte, reconozco cada vez más claramente esas señales. Por ejemplo, los sábados en que me aventuro a dejar mi hogar por la noche y arriesgarme en búsqueda de intrépida diversión –o modesto esparcimiento–. No he podido dejar de advertir que en esas ocasiones, la muchedumbre, esa maza inquieta de muchachos y muchachas en plena ebullición, se está alistando para dar comienzo a la atropellada expresión de su juventud repleta de ganas al mismo tiempo que yo estoy enfundando, están comenzando su noche cuando yo estoy retrayéndome, volviéndome a casa para ponerle fin a un día estirado como los músculos de mi cara con bostezos ineludibles. Mientras pienso en meterme en la cama y dormirme como quien se desmaya, ellos están ansiosos por ingresar a lugares oscuros, ruidosos, e incomodos. Donde beberán tragos etílicos sin degustarlos y buscaran saciar su celo urgente; amontonados, andando a los empujones en una mezcla de aturdimiento visual y sonoro. Por supuesto, ésta descripción es propia de quienes ya hemos comprado pantuflas.
Otra cosa que note un día, sin haber tomando conciencia previa y paulatina de que ello estaba ocurriendo, es que los deportistas que se destacan actualmente son de menor edad a la mía. Aún me recuerdo viendo a los jugadores profesionales de fútbol como señores maduros. No conozco el momento en el que sucedió, pero ahora, al ver a un jugador de fútbol estoy viendo a un chico confundido. Yo quería, como casi todos y a pesar de mis limitaciones, ser jugador de fútbol cuando fuera grande; pero de pronto tengo la edad en que los jugadores se retiran…, y no alcancé a percibir el momento en el que dejé de tener posibilidades de debutar en primera. De los futbolistas que admiraba cuando asistía a la escuela primaria, no hay ninguno que aún se mantenga en actividad; y algo peor, una prueba más contundente: vi debutar en primera a los jugadores que están retirándose.
He comprobado, no sin sorpresa, que desconozco al noventa por ciento de las bandas que más discos venden. Cada semana se desborda algún estadio con fanáticos que pagan cientos de pesos por asistir al recital de alguna banda que me es desconocida e indiferente. Ya no soy fanático de nada, ni de nadie. Se diluyeron mis ídolos. Ahora, incluso evaluó los costos económicos de presenciar un show musical, por mucho que me guste.
Ahora, evaluó costos económicos de cada cosa que hago.
Ahora hay un “ahora”, porque ahora hay un “antes” que antes no había.
Hace un tiempo que me apena ver un ascensor escrito a rayones, un teléfono público inutilizado, y otros hechos de vandalismo como esos. Ahora, utilizo la palabra vandalismo. Veo lo innecesario que son esos actos, y me apena haberlos realizado cuando no usaba ni pensaba usar pantuflas. Sé que yo mismo los he realizado alguna vez, como actos impensados y sin análisis (¿acaso no es eso la adolescencia?), creyendo que sólo eran una pequeñísima infracción, una módica rebeldía. Pero hoy comprendo la enorme molestia que se causa, y lo injusto que es cuando uno destruye lo que es de todos.
Ya no lavo mi pelo con cualquier champú que me quede a mano, prefiero aquellos que prometen una irrisoria prevención de la caída del cabello. “Ya no cierro los bares, ni hago tantos excesos”, y después de alguna actividad física, cada vez menos frecuente y más humillante, me duelen músculos o componentes de mi anatomía nunca antes tenidos en cuenta. Los tiempos de recuperación se extienden. Una resaca se sufre una semana y deja secuelas.
En fin. Pasada la barrera de los treinta, vivo distinto. Busco la comodidad alejándome de lo incómodo. Abandoné algunas preocupaciones para hacerle lugar a muchísimas otras. Tengo miedos. No el miedo de las películas, no el miedo a monstruos y fantasmas, ni el miedo del sueño en el que me persiguen y no tengo voz para gritar por auxilio, y aunque hago un esfuerzo extraordinario no se oye el ahogado grito imperceptible. Temo, en cambio, por ausencias de terceros y también de primera persona. Ya no me siento inmortal. Podrá decirse que las responsabilidades que asumí me han vuelto más cobarde, pero la verdad es que he comprendido algo: sin miedo no hay valientes. Porque ahora sé que animarse a todo, sin tenerle miedo a nada, no es tener valor. Eso se llama inconsciencia. El valiente es quien se enfrenta a un miedo a pesar del miedo. Podría decirse que con más de treinta años he cambiado para siempre, pero sospecho que habrá futuros momentos donde descubriré que los años me han vuelto a cambiar, y de repente, tendré más de cincuenta.