Quien conozca la estación de Wilde sabe que allí hay fantasmas. Quienes la han atravesado de noche aseguran que son demonios. Dos estaciones la separan de Quilmes y dos la alejan de Avellaneda; entre Don Bosco y Villa Domínico se sostiene, ajena al tiempo, la estación Wilde del Ferrocarril Roca. Los escépticos de siempre, sin embargo, no ven nada raro en ese lugar.
El rápido e implacable tren de la modernidad parece no haber detenido su marcha en esta localidad, o quizá hayan sido los espíritus residentes los que evitaron que éste se detenga. El caso es que, hace ya varias décadas, la estación permanece invariable.
De sus dos andenes, el más humilde se ubica a orillas del carril que dirige a la locomotora hasta plaza constitución. Un resguardo construido en madera, donde abunda la pintura verde cruzada por líneas blancas, es la única compañía del prolongado banco naranja, también echo en madera.
Resulta inexplicable la ventana en uno de los ángulos superiores del armazón verde, que contempla, inquietante, el ascenso y descenso de los usuarios; lo mismo que unas extrañas ruinas, cerca de la barrera de la calle Las Flores, que aterran.
Con su esqueleto de metal, techo a dos aguas, escalera de cemento y barandales de palo, el puente nos cruza de plataforma. Así, llegamos al pabellón principal y único, que espera, eternamente, el tren a la plata. Un cartel negro señala, con letra desprolija y de color opuesto, la “Sala de espera de señoras”, que es, además de un detalle que mi generación no comprende, un recinto pequeño con su baño incluido. Los dos carteles restantes, similares al anterior, indican la “Sala de espera y boletería” uno, y la “Oficina” el otro. Aún se conserva, junto a la puerta cerrada de esa oficina, silenciosa, la campana con las siglas FCS. Piedras rectangulares con intención de baldosas revisten el suelo. Si se mira bien, aunque el desgaste y la mugre intenten ocultarlo, esos rectángulos ofrecen variedad de colores y tamaños. De allí, surgen, pintadas de naranja, las nueve delgadas columnas de madera que sostienen la visera de tejas y forman la galería. Existe un dato singular y significativo: el baño de caballeros está instalado a treinta metros de todo lo mencionado.
Además, sin que muchos lo noten, una familia habita la parte posterior de aquel pabellón, de espaldas a la boletería y con el frente sobre la calle Baradero que costea las vías. En lo que sería el patio de ésta vivienda, una puerta interrumpe el alambrado y da salida a los moradores hacia el otro lado, la parte trasera de la casa, la estación.
El único intento de actualizar la zona se materializó en la colocación de un cajero automático. Como resultado, lo único que se logró fue reforzar las versiones sobre demonios.
Las verdaderas historias sobre espectros ferroviarios en Wilde son relatadas por los más viejos, que son los únicos que las conocen. Es casi imposible disuadirlos para que cuenten algo a los jóvenes. Sólo se obtienen, después de años de insistir, algunos indicios. Se sabe, eso sí, que no conviene entrar al baño de hombres. Se afirma que sólo algunos forasteros, apurados y desprevenidos, han ingresado…, y que jamás salió ninguno. Los no tan viejos niegan estos sucesos y, sin animarse a entrar, dicen que es posible salir de aquel sitio infernal, pero que nadie es el mismo después de haberlo visitado.
Como dije, conviene no ir al baño de la estación de Wilde.