Fue difícil tomar una decisión el último domingo 14 de octubre. En la familia, surgió la discusión de siempre: un grupo, quería el estofado de la abuela, y otro grupo, prefería comer un asadito en el patio. Esta vez, sin embargo, el tercer grupo disidente, que había permanecido casi ignorado durante muchos años, incrementó de súbito sus adeptos y estuvo al filo de ser escuchado. Ellos estaban hartos de los estofados, y el asado nunca terminó de convencerlos.
Claro, la abuela está un poco sorda y no logró enterarse demasiado de lo que pasaba; ya no sabemos cómo explicarle que su receta dejó de gustarnos.
En casa siempre hay varios que quieren hacer el asado. Por eso, para decidir, jugamos un partidito de truco. Los ganadores, son los aplaudidos por los comensales. Esta técnica, utilizada en mi familia desde antes de lo que yo puedo recordar, alzó la voz de los integrantes del grupo emergente, en su mayoría recién inscriptos a esa cofradía. Ellos alegaban, con mucha razón, que descartar de esa manera es injusto; el mejor asador puede no ser un gran jugador de truco y perder, a manos de un mediocre parrillero, la oportunidad de lucirse con las brasas.
Yo quise aliviar la tensión y les pregunté a mis familiares por quién habían votado, ese domingo fue día de elecciones. En un segundo, logré que dejarán de discutir sobre la comida, la charla que ahora nos ocupaba era bien distinta: un grupo había votado al partido que siempre votó el abuelo, y otro grupo había votado por un candidato que les dió mercadería a cambio de su voto. Pero hubo otros, un grupo que por primera vez en mi casa era numeroso, que había impugnado. Ellos nunca estuvieron del todo convencidos con el partido del abuelo, incluso se sentían defraudados por ese partido, y les parecía ruin el chantaje de la mercadería permutada por el voto.
Al abuelo no hay forma de hacerlo comprender que su partido necesita renovarse y sacudir el polvo que hay sobre su traje.
Son muchos, también entre mis consanguíneos, los que necesitan una bolsa con alimentos. Es urgente que ayuden a los hambrientos, pero es deshonesto hacerlo exclusivamente cuando no es una ayuda sino, un fraudulento intercambio de intereses. Los impugnadores, así les decía el abuelo, daban razones similares a éstas, y algunas otras, que me encargué de no escuchar.
Eran más de las seis cuando descubrieron que con el fervor de las discusiones se les pasó la tarde; hablaron tanto sobre comida, que se olvidaron de cocinar. Es doloroso, pero algunos ya se fueron a comer afuera.
Por mi parte, yo huí poco después de hacer la pregunta que generó la discusión política. Anduve por la calle, distraído, mirando a la inusual multitud de domingo que circulaba con diferentes rumbos. Me pareció que todos estaban cansados de que se cocinen estofados y me pareció que el choripán y el vino no satisfacían a nadie. Imaginé que todos estaban alegres de poder votar, pero noté que todos sospechamos lo difícil que será cambiar el menú.
Si de verdad queremos cambiar el menú. Es hora de que una nueva generación entre a la cocina y se ponga el delantal. Eso, si es que la cocina todavía es nuestra.