CUESTIONES DE FE

Arrastrado por su naturaleza incierta, por su destino errante, por inconsciencia colectiva, por pura fiaca mental, o tan solo por mera estupidez, pero la raza humana necesita creer… No importa casi nada en que creer, creer en algo, ejercer la fe aplicada sobre un objeto, un suceso pasado o futuro, algún ser. Creer aferrados a la creencia, creer por sobre la razón…, a pesar de las evidencias… Creer a secas.

Las creencias religiosas parecen el ejemplo más evidente, aunque no es la intención del texto entrometerse enteramente en ésta cuestión tan intrincada y tan sutil, donde las hondas creencias milenarias de unos provocan a otros burlas grotescas nacidas de la ignorancia, o mientras que la fe dogmática de otros resulta vacía para unos; O peor: …una creencia se siente amenazada por otra, entonces actúa beligerantemente en consecuencia, lo que hace que la fe agredida responda de manera más beligerante aún, y así se la pasan, matándose entre ellos -y a quienes no tienen nada que ver también-, con atentados, guerras, globalización o (¿) que se yo (?).

Disparidad cultural, multiplicidad de religiones, convicciones obstinadas y ciegas, son constantes fuentes de discusión entre gente que opina distinto. Elevar lo que sea que uno cree por encima de cualquier otra opinión, desestimando y ridiculizando esa otra opinión, es una tendencia habitual en un mundo como éste, apenas y rústicamente civilizado. Carencia de civilidad, ceguera mental y aceptación sin cuestionamiento de las ideas legadas, he ahí tres factores que nutren dilatadas polémicas desde el comentario inicial hasta la trompada concluyente, sin que ninguno de los oradores (de los charlatanes) cambie de perspectiva y continúe petrificado en su torpe borrador de pensamiento. Cruce de argumentos que avalan certezas acumuladas, exposiciones truncas, indescifrables, refutaciones chabacanas, chabacanas refutaciones a refutaciones chabacanas, etc. Imposible llegar a un acuerdo, siquiera lejana y oscuramente. Y todo (todo) en base a la fe obstinada en cualquier cosa.

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Aquí, oportunamente me alejo de una posición solemne para navegar otros ríos, quizá menos tormentosos y menos extranjeros. Alguien que conozco por dudosa fortuna, se dedicó durante algún tiempo a recopilar y catalogar otro tipo de creencias. Con su visión limitada, en todos los sentidos posibles y aplicables de la palabra, se interesó -sin elegirlo- en cuestiones mundanas:

Temas terrenales como la existencia de vida en otros planetas; o de interés general, como la vida licenciosa de alguna vecina, se destacan en su lista de creencias capaces de generar animados debates entre cuñados, comadres, primos, o compañeros de trabajo.

A decir verdad, el capítulo de la vecina se destaca no tanto por la discusión que fomenta, sino más bien por los escandalosos hechos narrados de su vida, que, para ser más sincero aún, casi nadie descree.

El catálogo general tiene una importancia nula, y repasarlo es una tarea insoportable. Apenas un breve apartado puede salvarse del agotador aburrimiento que genera su lectura, se titula “Hacélo y después me contás”, y acumula, con un incomparable perfume a patio y vereda de mi infancia, una serie de pequeñísimas creencias, dogmas de la clase media que se aplican o aplicaban cotidianamente (la mayoría ha caído en desuso) en cualquier casa de cualquier barrio. Que no generaban discrepancias. Que nadie se atrevía a desacreditar y que todos hemos utilizado, o visto utilizar, con mayores o menores resultados.

Ya he dicho que la fe puede aplicarse a cualquier cosa, a cualquier objeto o sujeto. Quizá sea momento de dejar bien claro que una fe puede ser particular, es decir que no necesita un número mínimo de creyentes para convertirse en tal. Pero a la vez, un elevado número de adeptos la convalida y le da mayor fuerza, la hace menos refutable por el mismo estrecho razonamiento social que supone como verdadero todo aquello que la mayoría da por verdadero.

Hay que aclarar también que el catalogo es un rejunte de hojas amarillentas que se destruyen con el menor maltrato, lo menciono para dar una idea de que el tiempo ha hecho su implacable trabajo de transcurrir. Aquí, a continuación, se transcribe un resumen de creencias menores que nadie refutaba en otras épocas extraídas del capítulo “Hacélo y después me contás”. Sepa el lector disculpar el estilo del autor:

Cucharitas en las gaseosas

Es de popular conocimiento y aplicación (al menos en el tiempo previo a las infames tapitas plásticas a rosca, es decir en la era de las “chapitas” de aluminio) que una oportuna cucharita de té o café, según se disponga, colocada (o embocada para utilizar un término que mejor describa la operación) en el pico de una botella (antes de vidrio hoy de plástico) de gaseosa a medio tomar, evita la poco paciente fuga del gas de la mencionada bebida.

Justicia ciega de la virgencita

Nadie se opone a la justiciera intervención de la virgencita de lujan, convocada por los niños en el juego de las “escondidas”, para que esta les corte la vista a los niños ventajeros que espíen en el momento en que les toca “contarlas”.

La sal de la muerte (de las babosas)

Tan traicionera como eficaz es la intervención de la sal aplicada en la cola de las aves para impedir su vuelo y facilitar su captura. Sin mencionar el uso del mismo condimento en la matanza indiscriminada de las conocidas “babosas” en los jardines hogareños.

Cubierto meteorólogo

Radicales cambios climáticos redundaran de la acción inapelable de dos cuchillos clavados en cruz (en equis) sobre la tierra, que evitaran, torciendo el destino de la humanidad toda, cualquier posibilidad de lluvias o chaparrones.

Gancho anti-caca (de perro)

El estreñimiento cruel que provocan los defensores de su vereda en los perros vecinos con la simple acción de entrelazar los dedos índices de ambas manos, formando un gancho que seca los vientres caninos.

Tres claves anti-mufa

Oscura suerte acompañara durante largos años a los desprevenidos o torpes que pasasen por debajo de una escalera o rompiesen un espejo; y ni que hablar de aquel desdichado que se tope con un agazapado felino negro.

Combinación fruti-vinícola

Segura e inevitable es la muerte de aquellos que habiendo ingerido una dulce ración de sandía, beban un último y fatal vaso de vino.

Bombilla tapada

Si la ingesta de la cotidiana infusión obtenida con la mezcla de agua, a temperatura adecuada, y yerba mate, oportunamente colocada dentro de un recipiente, es interrumpida por la obstrucción del tubo cilíndrico por el cual ejercemos la succión, deberemos (dos puntos) formar pequeños y repetidos círculos con el dedo índice en la base del recipiente contenedor para desbloquear el influjo de la infusión.

Otras tres claves anti-mufa

Cruzar los dedos índice y mayor de una misma mano, tocar madera y evitar el número trece han sido desde siempre métodos efectivísimos para atraer la buena fortuna o para evitar la mala.

Entrada al averno

Mucho menos popular pero no menos cierta es la afirmación de que nunca se ha visto a nadie salir del baño de la estación de Wilde, aunque no está claro que alguien haya entrado. (Pero ¿de qué otro modo se justifica la desaparición de ciertos personajes del barrio, cuando no de familias enteras: Pisinini, los Godoy, “Garrincha”?).

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La lista continúa pero como muestra es esclarecedora. Nadie se atrevía en los tiempos de mi infancia a no creer en los resultados de estos mandamientos, pero me temo que los años han pasado demasiado a prisa. Hoy me encuentro con que las pequeñas e irrefutables creencias de mi infancia están casi extinguidas. En los tiempos que corren el mundo se ha llenado de mediocres con complejo de inferioridad que creen tener una explicación científica para cada acontecimiento. Justifican y/o desacreditan todo con las más absurdas infamias, escudados en la ciencia, postulando aburridas teorías que matan toda ilusión. Tristemente, estas creencias que no generaban discusiones, que se distinguían por eso de todas las demás, hoy son tan vulgares como cualquier otra.

Parece que no se puede asistir a una charla sin que algún papanatas se crea en el caso de encontrar objeciones interesantes. Es común toparse con alguno de los integrantes de esta nueva secta pseudo científica. Su método es la pregunta insolente:

“¿Cuántas personas conoce usted que hayan quedado ciegas por jugar a las escondidas?”; “¿Por qué nadie se ha suicidado nunca ingiriendo una porción de sandía y otra de vino?”; “¿con que fin se inventaría la chapita para las gaseosas si el mundo conocía ya las cucharitas?”; y otras estupideces del mismo calibre...

Parecería indigno discutir con alguien que tiene tan poca capacidad de pregunta, pero ya habrá llegado el momento de la revuelta, y contestar que los amigos de mi infancia hubiesen sido incapaces, en aquel momento, de espiar, traicionando a todos los demás en su buena fe, cuando les tocaba “contarlas"; que nadie con intenciones de suicidarse sabe apreciar el dulce gusto de un fruto ni el noble sabor de un vino; y que en una infame cucharita no hay espacio para ocultar la decepcionarte frase de “seguí participando”. Para que la discusión eleve su tono, y tener altas probabilidades de que desemboque en paliza, se puede agregar que creemos en los concursos de las chapitas... y en todos los demás, y que si Noe hubiese contado con dos cuchillos... lo del diluvio sería una vil patraña.

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Estos son los tiempos que corren, amigos. Para que creer en cosas tan endebles si la televisión nos llena de productos infalibles, que no fallan (y que no necesitamos). ¿Globalizados…? Sí, pero solo para vendernos a todos los mismos productos fabricados en serie, y eso, claro, va en contra de las –otrora- fuertes diferencias culturales:

En otro lugar del planeta, ahora mismo, se están acribillando por creer en cosas distintas. Mientras, de este lado, yo asisto a reuniones donde regularmente se pregunta si creemos en la amistad entre el hombre y la mujer..., o si el tamaño del genital masculino es importante.

Opino, si es que se me permite, que tal vez la verdadera fe resida, más bien, en NO entender por qué sucede algo; o mejor aún, en siquiera tener la certeza de que algo vaya a suceder, pero ansiarlo y esperarlo todo el tiempo que sea necesario, sin tener la menor duda de que algún día…sucederá.