Entre puntadas y manchas: ¿Que hay detrás de la representación de la memoria?
Por Maite Miño Puy
Por Maite Miño Puy
EZEQUIEL LOVROVICH
Con su cuerpo de obra, Ezequiel nos invita a adentrarnos en la historia de la revelación fotográfica a través de la cianotipia y su vínculo con la pintura. La cianotipia fue creada por Sir John Herschel en Inglaterra en 1842 y más tarde perfeccionada por Anna Atkins para crear imágenes fotográficas utilizando sales de hierro y la luz solar. Este proceso permite producir copias fotográficas de alta calidad con un rico tono azul Prusia, ideal para la reproducción de objetos planos, como las plantas. Ana Atkins sentó las bases para el desarrollo posterior de la fotografía botánica con esta técnica combinando el campo científico con el artístico. Gracias a sus libros de botánica, en los que la autora registró todo tipo de especies, Ezequiel empezó a desarrollar su curiosidad en la técnica, que lo llevó a una ardua investigación sobre la creación de imágenes en el campo de las artes y como los procesos técnicos afectan la percepción que se tiene de ellas, sus significados y sus representaciones:
“Eso fue lo que me comenzó a guiar: la mezcla entre el interés matérico, experimentar con la parte
química, con lo natural de la luz, del agua y la parte de la imagen, del vínculo con lo
fotográfico”.
En su serie Del monte, el poema, Ezequiel utiliza especies botánicas de las sierras de Córdoba, tanto nativas (como el aguaribay y el espinillo), como invasoras (por ejemplo, el braquiquillo) y crea cianotipias que actúan como poemas visuales. Estas especies funcionan como huellas, accesos a la memoria de la técnica química y los comienzos de la representación botánica, que además, con poseen la historia de su lugar natal. Encontrando cómo estos dos mundos -la botánica y la química- nunca fueron distantes el uno del otro e influenciado por la línea de pensamiento de Gerhard Richter, Ezequiel nos comparte su interés por la manipulación de la imagen y la pérdida de claridad en la representación, al borrarla o al distorsionarla. La forma en que Ezequiel interviene en sus cianotipias y más adelante en sus trabajos de serigrafía, desafía la noción de lo que una imagen “debe ser”:
“Busco tensionar dichas huellas para opacar la interpretación a través de un proceso en contacto con lo semiótico, lo natural y lo químico. Entonces lo que hice fue trabajar sobre tela, para también emular la pintura haciendo como una pequeña crítica si se quiere; es como decir ‘es pintura pero no pinto’”.
En su obra Ensayos sobre la no imagen, Ezequiel llevó esta exploración aún más lejos, creando una serie de cianotipias bordadas que alteran la percepción de las imágenes fotográficas previamente reveladas. Al modificar el cromatismo y la textura, se hace visible lo que normalmente permanece oculto: “una organización de manchas que, si se las aísla y se las distribuye en capas, estaríamos hablando de composiciones abstractas”. De esta manera, transforma la percepción del espectador y cuestiona la relación entre lo visible y lo oculto.
Consecuentemente, al bordar las manchas de las cianotipias, se generó un diálogo entre la imagen y el proceso. La misma técnica produce un resultado alegórico del proceso artesanal: los reversos de los bordados. Haciendo énfasis en estos actos y en el rol hacedor del artista, Ezequiel nos comenta como los reversos de sus bordados quizás no se caracterizan por una evidencia del anverso de las imágenes. Estas no quedan exactamente iguales a los frentes. Una imagen de un retrato se pierde totalmente; genera una “topografía”, un mapa, líneas que se unen y entrecruzan con nudos. Ocasionan una especie de ficción, una historia nueva. Así, sus imágenes pueden ser entendidas más allá de su función representativa.
En un mundo saturado de imágenes, su práctica artística se erige como un espacio de contemplación, donde cada técnica y cada intervención en la imagen no solo busca representar, sino también provocar una conexión emocional que trasciende eltiempo y el contexto. Nos invita a reflexionar sobre la naturaleza de la representación, la memoria y la conexión humana para conectarnos con nuestras propias experiencias. Ezequiel nos recuerda la importancia de detenernos, observar y cuestionar lo que vemos, invitándonos a un viaje introspectivo, una danza sin fin es el llamado a honrar lo sutil, a encontrar significado en lo que a menudo pasa inadvertido...