La caída de la tarde trae con más fuerza el olor a humedad del aire, que acompaña durante todo el año al enrojecimiento del cielo sobre la Ciudad. La Avenida va despidiéndose de la luz en su marcha hacia el Congreso, dando la bienvenida al frío sin reparo.
La caminata breve y apresurada de hace un momento ya no tiene sentido; el transporte que debió pasar hace un rato no lo hizo aún. Solo resta esperar y hacerse una con el tiempo perdido, observar el vuelo de las palomas sobre la plaza, siempre juntas, siempre solas, sentir el viento fresco en la cara y oír el sonido que las ramas de los árboles hacen al moverse.
Intento oír mis pensamientos, pero una voz los interrumpe desde la lejanía. Busco la forma de enfocarme en ella y la pierdo. Mis ojos y mis oídos vuelven a la fila de personas que esperan delante y detrás de mí al mismo colectivo, pero ninguno de ellos parece percatarse del distante sonido. Miro delante y veo espaldas curvas sobre teléfonos celulares. Giro y detrás de mi veo solo frentes lustrosas inclinadas también hacia teléfonos celulares, mochilas y morrales ubicados meticulosamente de costado dejando ambas manos libres para sostener el dispositivo e interactuar con la pantalla respectivamente. Leves sonrisas, gestos de preocupación, palabras de aliento dedicadas únicamente al teléfono. El mío agoniza desde el bolsillo delantero de mi mochila, pero me vinculo a él por medio de los auriculares cuya música me lleva y me trae de lugares más placenteros que esta espera. Entre canción y canción vuelvo a oírlo; su canto no se acopla a mi música, sino que la interrumpe. Pero sigo sin comprender desde donde viene, ni que dice.
Lo oigo por la Avenida de Mayo. Su voz me alcanza mucho antes de que pueda distinguir su figura escondida entre la multitud. Noto el movimiento porque cada vez es más nítida. Por el tono, pienso que viene cantando algo que parece ser una canción de esas que se cantan en una cancha de fútbol o en una manifestación política. Temiendo que fuese esta última y que aquello que mis oídos no llegan a diferenciar sea una multitud, me quito los auriculares pretendiendo obtener así un sonido más claro y solo distingo esa única voz, que suena fuerte y latosa, como amplificada por un megáfono. Y por fin diferencio en el sonido las palabras que pronuncia, aunque todavía sin verlo: ̈Repleto de dios se mueve...”.
Espero desde hace un rato el colectivo sobre la Avenida de Mayo, delante de la Casa de la Cultura de la Ciudad. Mi cabeza está exhausta después de un día de trabajo tan agotador como regular, pero necesito ver a esta persona, conocer el origen de esta voz fuerte y amplificada, reiterativa y desconcertante. Alguna parte de mí necesita saber el porqué de esa frase. Temo que mi colectivo llegue dejándome sin la posibilidad de verlo. Oigo nuevamente: ̈Repleto de dios se mueve él ̈, y puedo verlo.
Viene caminando por la Avenida desde la Plaza, repleto de Dios y cargando una bolsa grande que parece hecha de tela de arpillera blanca, o alguna tela plástica, sobre su hombro derecho. La vuelca un poco hacia adelante aunándola con la curvatura de su espalda y dándole lugar a que pueda sostener una bandeja plástica con comida en su mano izquierda.
Una remera de mangas largas bordó, manchada delante, con el cuello estirado y pequeños agujeros es todo el abrigo que lleva. Un jean que parece negro y zapatillas bajas, gastadas en un costado por caminar ladeándose, abiertas apenas en la parte de atrás. Repite el mismo canto hasta que frena en un punto aleatorio de la vereda, cercano a la entrada de la estación Perú del Subte, pero sin que nada lo abrigue ni lo resguarde. Baja un poco la bolsa de arpillera y come ansiosamente, llevando bocado tras bocado de comida a la boca con un pequeño cubierto plástico. Sostiene la bandeja con la misma mano con la que hace equilibrio con la bolsa de arpillera, encorva el cuello y lleva los hombros hacia adelante, repitiendo varias veces el movimiento ansioso al comer. Se limpia la boca con el antebrazo derramando restos de comida sobre la raída barba, tapa la bandeja con un film plástico que recubre solo parte de ella, se acomoda la bolsa nuevamente sobre el hombro dejándola caer un poco hacia adelante.
Una mujer pasa trotando a su lado mientras acomoda la bolsa, lo esquiva acercándose a la fila en la que espero todavía el colectivo. Él no pareciera notarla, pero la fila entera gira levemente y de forma progresiva en la medida en que ella pasa, casi como si el movimiento del primero de ellos provocara el movimiento de los siguientes por alguna fuerza física. También giro y vuelvo, al unísono con los demás, cuando termina de pasar. Árboles moviéndose con el viento.
Empieza a caminar nuevamente, volviendo a cantar su pequeña frase: ̈Repleto de dios se mueve él ̈ y consigue que la fila entera levante la cabeza, lo vea y vuelva a bajarla. Sus pasos ahora se dirigen hacia nosotros. Se acerca; soy la quinta persona esperando el colectivo. Camina hacia donde está el primero, cerca del poste con el cartel que marca la parada y que tiene un tacho de basura colgante. Haciendo equilibrio baja apenas la bolsa, tira la bandeja plástica primero y el tenedor después, no sin antes revisar todo. Gira para irse y mira a la pared que lo observa. Sus ojos primero contemplan al Drama y su gesto de constante agonía para luego dirigirlos más hacia lo alto, desde donde el león observa todo con su pétrea soberbia. Entona, esta vez, hacia la pared: ̈Repleto de dios se mueve él ̈ consiguiendo la tímida atención de la fila.
El hombre que está primero no levanta la cabeza de su mundo, pero asoma los ojos hacia afuera y lo observa. Comienza a seguir su giro, quizás simplemente con la intención de corroborar que se aleje, pero al empezar su aparente partida y sentirse observado se detiene a mirarlo también. Tan cerca de mí lo hace que puedo ver el cansancio en sus ojos grises, la resequedad de su piel y sentir el olor rancio, infeccioso que emana desde su boca con cada mueca que realiza, los surcos que forman sus arrugas atravesando su rostro en forma vertical y la suciedad formando nuevas líneas en ellos.
Detiene su falsa marcha, mira al segundo hombre que está en la fila y este retrocede guardando el teléfono celular en el bolsillo mientras gira con poco disimulo la cara hacia un lado, escondiendo levemente el gesto de desagrado. El resto de la fila retrocede al unísono. No sé si mi cuerpo se mueve, sé que mis pies no lo hacen, pero desconozco si el resto de mi cuerpo sí, al igual que las ramas de los plátanos en la vereda no saben si sus vecinas son empujadas por el mismo viento que provoca que ellas se muevan, pierdan hojas y desprendan esa molesta pelusa. Simple e irracional inercia social.
Responde de forma sencilla: arqueando las cejas, torciendo la boca hacia abajo y levantando apenas los hombros, con un gesto casi angelical. Gira y sigue caminando por la Avenida con rumbo hacia el Congreso. Unos segundos más tarde el viento me trae consigo nuevamente las notas ̈repleto de dios se mueve él ̈, las dudas que no se irán, el desconcierto sobre mi lugar en esa fila, sobre mi propia inercia social y la frustración por haberme alejado de ese hombre, tan lleno de dios, tan alejado del mundo y tan característico de él. Pienso hasta que llega el colectivo y subo, junto a la marea. Ahora sí soy consciente del movimiento de mis pies, puedo describir cada paso que dan, pero nada más hago con ellos que seguir el movimiento propio de los pies de los demás. Me siento; el colectivo comienza a avanzar por la Avenida, también con rumbo hacia el Congreso.
Busco con la mirada por la ventanilla, pero no lo veo. No vuelvo a verlo. Me alejo, pero ya no estaba presente desde mucho tiempo antes de irme.
Tampoco él.