El arte del espacio y la memoria
Por Rodolfo Correia Cameli
Por Rodolfo Correia Cameli
MARÍA MÓNICA ALONSO
Al mirar las obras de María Mónica, como las de cualquier otro artista, uno puede preguntarse por su sentido o por su significado. Según la propia autora, la obra “no tiene por qué significar”. Al principio, el espectador (nosotros) podemos asumir que ella tomó inspiración directa de Mirtha Dermisache y Shirin Neshat, pero las artistas mencionadas son solamente la punta del iceberg de lo que significa la producción de María. Como autora, es multifacética. Profesora, alumna y una más de los que estamos encerrados ad honorem dentro del círculo académico por amor.
Apenas iniciada la entrevista, María nos relató, con la tranquilidad de los artistas que conocen su rumbo, como su vida gira alrededor del arte. Pasó gran parte de su educación en institutos artísticos, como el Instituto Vocacional de Arte Manuel J. Labardén y la Manuel Belgrano, culminando en el IUNA (sí, con I cuando todavía era instituto). Fue en nuestra institución que su mirada técnica y su exigencia por lo perfecto como toda buena grabadora tuvo su “desmaterialización”, según sus palabras. Esta nueva mirada a un paisaje artístico no delimitado por la técnica le dio la oportunidad de tener otros intereses que no solo sean la reproducción de la imagen, ampliando así su marco teórico.
Este marco del que tanto hablamos es más que nada la inclusión de ella misma y su referencia a relatos y memorias, sus disparadores y características que se mezclan en su mundo productivo. Los relatos familiares constituyen el centro de estas preocupaciones. Esta nueva forma de mezclar el mundo científico de la técnica y el mundo de la memoria a partir del relato oral es una forma directa de “sanación” que tiene la artista con ella misma. Aquí vemos una reproductora de técnicas “conociéndose y amigándose con una misma, con lo que una hace”. En esa misma línea, la búsqueda del autoconocimiento generó nuevos desafíos técnicos en el grabado expandido. Ahora María basa su producción en fotografías intervenidas, con líneas de dibujo, optando por la descomposición completa de la imagen hasta crear una nueva “cosa”. De esta categoría es que surgen nuevos paradigmas de representación de la imagen, en los que esta es suplantada por la calidad de la palabra.
Un tema importante que recorre la producción de la artista es cómo las obras de María están diseñadas para que el espectador no sólo las observe, sino que interactúe con ellas. Este aspecto es particularmente observable en Matria, una obra pensada y desarrollada en el ámbito de su cursada de Proyectual (uno de los ejes centrales de la carrera de Artes Visuales y cuando uno puede empezar a hacer producción propia), cuando aún era estudiante (lo que nos inspira a tomar en serio este momento de nuestra formación –lo que no siempre sucede–). Matria es una caja estenopeica que forma la silueta de una persona y reproduce la imagen que se encuentra más allá del observador. Se asemeja a uno de esos juguetes tipo View Master, en el que se podían (bien usado el pasado) alternar diferentes filminas dentro de un visor y así un niño podía sentirse inmerso dentro del nuevo mundo que le proponía la imagen.En el caso de la obra de María, la materialidad de la caja le permite al público sujetar el objeto y jugar con él (al igual que un niño) en tiempo real y también con las diferentes luces y fondos que forman parte del paisaje en donde está expuesta la obra, lo que devuelve una experiencia sensorial hoy casi anacrónica desde un rol activo.
La interacción no siempre ocurre de manera tan literal con su producción, sino que también es fundamental para definir el espacio de presentación de otro tipo de obras, con distinta materialidad. En Paisaje y Mujeres montaña, para la artista, es esencial que el espectador se sienta tan inmerso como ella en estos escenarios que se crearon. El paisaje es un tema recurrente en el trabajo de María, inspirado tanto por la geografía de su familia en la Patagonia como por sus viajes a lugares como Bolivia. Para María, el paisaje no es solo un lugar físico, sino una construcción cultural y emocional, influenciada por las historias que lo habitan y los modos de representación que aprendemos culturalmente: “el paisaje es algo tan amplio que es la representación de un espacio. Mi producción está marcada por el concepto de paisaje cultural, y su creación y problematización”.