Aquell matí no hi havia ningú més que el cavaller del vestit marró. Li havien parat la taula davant la llar de foc, i quan s'hi assegué, il·luminat per la resplendor de les flames, esperant que li servissin l'esmorzar, es va quedar tan immòbil i callat com si adoptés una posa perquè el retratés un pintor.
Amb les mans sobre els genolls, l'aspecte que oferia era el d'un home metòdic i ordenat, mentre a la butxaca de l'armilla un estrepitós rellotge feia sentir un sonor tic-tac, com si proclamés la seva gravetat i longevitat en contrast amb la levitat i l'evanescència del foc que crepitava alegrement a la llar. El cavaller tenia bones cames, i n'estava orgullós, a jutjar per les mitges marrons, fines, llustroses i cenyides; també les sabates i les sivelles eren, bé que senzilles, elegants. Duia una curiosa perruca, petita, suau, arrissada i rossa com el lli, ben arrapada al cap; calia suposar que era feta de cabell natural, però més aviat semblava que l'haguessin teixida amb filaments de seda o de vidre. Quant a la camisa, si bé no era tan fina com les mitges, la seva blancor es podia comparar amb la de les crestes de les ones que anaven a rompre a la platja veïna o amb la de les veles que mar endins resplendien a la llum del sol. Sota la singular perruca, animaven aquell rostre, habitualment serè i impàvid, uns ulls brillants i aquosos, que prou feina de vien haver donat antany al seu amo per adaptar-los a l'expressió reservada i assossegada característica del Banc Tellson.
Charles Dickens. Una història de dues ciutats. (A Tale of two cities, trad. J. Arbonès. Ed. L’Avenç, Barcelona 2015. ISBN: 9788488839862. 424 p. P. 28.
Tan perplex l'havia deixat el missatge que, de tant en tant, es lleva va el barret per gratar-se el cap. Tret de la coroneta, assolada per la calbesa, tenia uns cabells negres i hirsuts que li cobrien tot el cap i li baixaven pel front gairebé fins al nas camús i ample. El seu cap feia l'efecte d'un treball de forja, car semblava més un mur coronat de punxes que no pas una cabellera, a l'extrem que el més avesat dels juga dors de «saltar i parar» l'hauria considerat l'individu més perillós del món per saltar-hi per sobre.
Charles Dickens. Una història de dues ciutats. (A Tale of two cities, trad. J. Arbonès. Ed. L’Avenç, Barcelona 2015. ISBN: 9788488839862. 424 p. P. 41.
Fra Joaquín veia com arribava a casa el galant de torn, jove, afaitat i empolvorat, amb olor de lavanda, gessamí o violeta, de vegades amb perruca, de vegades amb els cabells modelats amb greix i llard per un perruquer, però sempre abillat amb mil guarniments: corbatí, rellotge, binocles, bastó, espasí a la cintura, randes, puntes i fins i tot Ralos en vestits de seda de coloraines amb botonades daurades. El marques, també segons percebia el frare, procurava no coincidir amb el galant mentre aquest, amb dignitat fingida, inhalava rapl esperant que avisessin el majordom perquè l'acompanyés fins a l'alcova. «Què hi fan, allá dins?», es preguntava fra Joaquín. La Dorotea encara devia ser al llit, amb la roba de dormir. De què devien parlar durant les hores que trigava la marquesa a sortir del dormitori?
Ildefonso Falcones. La reina descalça. (La reina descalza, trad. J. Puig). Ed. Rosa dels vents, 3ª ed. Barcelona2013. ISBN: 9788401354717. 746 pp. Pàg. 618.
En este retrato de Sir Peter Lely, que en 166o fue nombrado pintor principal de la corte de Carlos II, Louise de Keroualle-más tarde duquesa de Portsmouth y una de las amantes preferidas del rey -juega con su cabello y dedica una lánguida mirada al espectador. Ha seguido la nueva moda de dejarse pintar ataviada con un camisón suelto: un vestido desestructurado de una sola pieza cuyo efecto drapeado posteriormente daría paso al Mantua.
CABELLO RIZADO El flequillo, que cae a ambos lados de la raya, está muy rizado y peinado La camisa -una prenda suelta de algodón o batista que generalmente de tal manera que da anchura al rostro. Se trata de un peinado que no se exhibía-deja de lado el corpiño ceñido y rígido de la indumentaria requería ponerse por la noche papeles para rizar y que muchas veces más formal y se lleva sin corsé. Estar «desvestido» era sinónimo necesitaba postizos. El pelo cae suelto sobre uno de los hombros. de licencia sexual.
Marnie Fogg (dir.). . Moda. Toda la historia. (Fashion. The Whole Story, trad. R. Cano – A. Diaz). Ed. Blume, Barcelona 2016. ISBN: 9788498018905. 576 pp. P. 93.
© Musée franco-américain du château de Blérancourt - RMN (enllaç)
En este grabado, una aristócrata a la moda se da los últimos retoques y es posible que esté preparándose para un baile de la corte: su peinado está decorado de forma extravagante, con varias capas de poufs, rizados rellenos de gasa y adornados en el cuello con tirabuzones a la reine. Todo el pelo y el relleno escondido se sujetan alrededor de un soporte de metal que sostiene, como Coronación del peinado, la maqueta de la Belle Poule -un famoso navío de guerra que consiguió una inusual victoria contra la marina británica en 1778, acontecimiento que marcó la entrada de Francia en la guerra de la Independencia de Estados Unidos.
PENADOS ROCOCO
La moda de los peinados y los tocados exagerados la inició María Antonieta, pero fueron sus cortesanas quienes la llevaron a extremos. Las creaciones más extravagantes, satirizadas en la prensa de la época, se asociaban con la evidente decadencia de la corte. Los críticos decían que eran peinados sucios y acusaban a quienes los usaban de crear nidos de piojos. A veces se llevaban flores, sartas de perlas y otros ornamentos entrelazados en el cabello (inferior). La duquesa de Chartres incluía diminutas figuritas de sus hijos y de su servicio en el peinado. El tocado le chien couchant estaba compuesto por un cojín horizontal con la forma de un perro en su cesta. Los peinados también podían aludir a acontecimientos de la época, como el Montgolfier: una inmensa capucha de seda de la que colgaba una cesta de globo en miniatura, en honor a un vuelo englobo en Versales en 1783.
Marnie Fogg (dir.). Moda. Toda la historia. (Fashion. The Whole Story, trad. R. Cano – A. Diaz). Ed. Blume, Barcelona 2016. ISBN: 9788498018905. 576 pp. Pp. 110-111.
Incroyables y merveilleuses 1795 ESTILO DE VESTIR EXTRAVACANTE Y DECADENTE
L'embarras des Queues, de Le Bon Genre, n°2 (1801)
Los incroyables («increíbles») eran un grupo de dandis simpatizantes de la monarquia liderados por el vizconde de Barras, uno de los miembros del Directorio; su equivalente femenino eran las mervelleuses («maravillosas»). Ambos grupos, que existieron durante el Directorio (1795-1799), adoptaron afectadas maneras aristocráticas y una indumentaria extravagante y exagerada. Muchos llevaban el pelo corto por detrás, à la víctime, imitando el corte de pelo de los que iban a ser guillotinados durante el reinado del Terror (1793-1794). Los hombres también llevaban el pelo largo por delante y «orejas de perro».
Este grabado de la serie satírica Le Bon Genre muestra a dos merveilleuses perseguidas por dos incroyables. Se caricaturiza la moda exagerada de hombres y mujeres de forma evidente. Los hombres llevan unos fracs de extraño corte que los hace ir encorvados; su postura todavía se deforma más por los bastones deliberadamente cortos. Ocultan las barbillas tras exagerados pañuelos Stenkeerke, que también ocultan por completo el cuello y aluden a la muerte en la guillotina. Los dos hombres llevan impertinentes (anteojos con mangos), para mirar a los demás con afectación, y pelucas empolvadas, una deliberada referencia a los estilos del Antiguo Régimen. Los vestidos camisa escotados y vaporosos de seda blanca transparente, de estilo griego, se alargan en una cola nada práctica que los hombres pisan con sus bastones. Las mujeres parecen invitar a los hombres a perseguirlas. Los dos vestidos son de manga corta y se complementan con guantes tres cuartos. Las merveilleuses llevan una serie de accesorios-bolsos ridículos, abanicos y sombrillas- y Calzan zapatos planos con borlas. PW
PUNTOS FOCALES
2. LOS PEINADOS DE LAS MUJERES La mujer de la izquierda lleva un moño griego clásico y su compañera, un gorrito con un velo largo, imitando a las vestales romanas. Su exagerado tamaño refleja el carácter ostentoso y extrovertido de muchas mervelleuses.
4 LAS PELUCAS MASCULINAS En 1795, muchos hombres ya habían abandonado el cabello empolvado o las pelucas y habían adoptado un estilo natural más acorde con el nuevo mundo posrevolucionario. Aquí, la gran peluca es una alusión deliberada a los estilos aristocráticos del Antiguo Régimen. Aquí se caricaturizan las políticas pasada y futura y la estética de ambas.
Marnie Fogg (dir.). Moda. Toda la historia. (Fashion. The Whole Story, trad. R. Cano – A. Diaz). Ed. Blume, Barcelona 2016. ISBN: 9788498018905. 576 pp. Pp. 124-125.
Segundo cuidado de cada mañana: el peinado. Dichosamente, se dispone también aquí de un alto artista, el señor Léonard, El inagotable e insuperado Fígaro del rococó. Como un gran señor, se traslada todas las mañanas, en carroza de seis caballos, de París a Versalles, para demostrarle a la reina, con el peine, lociones para el cabello y pomadas, su siempre noble y diariamente renovado arte. Lo mismo que Mansart, el gran arquitecto, levanta sobre las casas los ingeniosos tejados que llevan su nombre, también el señor Léonard edifica sobre la frente de toda dama de categoría que se respete verdaderas torres de cabellos y decora estas altas edificaciones con simbólicos ornamentos. Con gigantescas agujas y un enérgico empleo de pomada se encaraman primeramente los cabellos, los de su raíz, sobre la frente, rectos como cirios, hasta una altura aproximadamente doble de la de una gorra de granadero prusiano; después, en este espacio aéreo, a medio metro por encima de las cejas, comienza realmente el imperio plástico del artista. No sólo paisajes completos y panoramas, con frutas, jardines, casas y navíos en movidos mares, toda una visión multicolor del universo, modelado con el peine sobre esos poufs o ques-à-quo (así se llaman, según un libelo de Beaumarchais), sino que también, para hacer la moda más rica en cambios, estas construcciones representan simbólicamente los acontecimientos del día. Todo lo que ocupa a aquellos cerebros de colibrí, lo que llena aquellas cabezas de mujer, en general vacías, tiene que ser anunciado por el peinado. ¿Produce sensación la ópera de Gluck? Al instante inventa Léonard una coiffure á la Iphigénie con negras cintas de luto y la media luna de Diana. ¿Es vacunado el rey contra la viruela? Pronto aparece representado este acontecimiento emocionante por medio de los pouf de l'inoculation. Llega la insurrección americana a ponerse a la moda, y al punto es la vencedora del día la coiffure de la libertad; y, cosa aún más vil y estúpida, cuando son saqueadas las panaderías de París, durante la crisis del hambre, esta frívola sociedad de cortesanos no sabe hacer nada más importante que mostrar este suceso en los bonnets de la révolte. Estas edificaciones artificiales sobre las huecas cabezas ascienden cada vez más locamente. Poco a poco, las torres capilares, gracias a ocultos refuerzos y a postizos mechones, se hacen tan altas, que las damas que las llevan ya no pueden sentarse en sus carrozas, sino que tienen que ir de rodillas, levantándose las faldas, pues en otro caso el precioso edificio capilar tropezaría con el techo del carruaje. En los palacios se hacen más altos los dinteles de las puertas, a fin de que las damas en gran toilette no necesiten siempre inclinarse al pasar por ellas; en los palcos de los teatros se aboveda el techo. El especial tormento que estos moños ultraterrestres constituyen para los amantes de tales damas es cosa sobre la cual se encuentran pasajes divertidos en las sátiras contemporáneas. Pero cuando se trata de una moda, las mujeres, según se sabe, están siempre dispuestas a todo sacrificio, y, por su parte, la reina se imaginaría, sin duda alguna, no ser realmente tal si no introdujera o sobrepasara todas estas locuras.
De nuevo resuena el eco en Viena: «No puedo impedirme de tocar un punto que, con mucha frecuencia, encuentro repetido en las gacetas: me refiero a tus peinados. Se dice que, desde la raíz del pelo, tienen treinta y seis pulgadas de alto, y encima aún hay plumas y lazadas». Evasivamente responde la hija a la chère maman que, aquí, en Versalles, están ya los ojos tan acostumbrados a eso, que todo el mundo -por todo el mundo entiende siempre María Antonieta el centenar de damas de la corte- no encuentra en ello nada sorprendente. Y maese Léonard continúa edificando cada vez a mayor altura, hasta que al todopoderoso se le ocurre cortar aquella moda, y al año siguiente son demolidas las torres, cierto que para ceder el puesto a una moda aún más costosa; la de las plumas de avestruz.
Stefan Zweig. Maria Antonieta (Marie Antoinette, trad. R Mª Tenreiro). Ed. Juventud, 8ª ed. Barcelona, 1999. ISBN 8426110525. 524 pp. Pp. 111-112.
Maria Antonieta d'Àustria (enllaç)
Barcelona
BARBERS I PERRUQUERS
Amb el nom de ”perruquer” s'entén actualment el qui té per ofici afaitar o raure el pèl i tallar i arranjar els cabells, tot afegint-hi alguns serveis supletoris, com els de rentar el cap i fer massatges al rostre. El “barber” acostuma a fer les mateixes feines i la diferència que hi ha entre ambdós és simplement de categoria: un establiment de perruqueria fa senyor i un barber resta plebeu. El mot ”perruquer” és una romanalla de quan aquests artesans feien, apariaven i pentinaven perruques, cofadura que ja no s'estila, si no es tracta de ”bissonyés”, afegits i postissos, peces que més aviat s'usen dissimuladament, ben al revés de les ostentoses ”perruques” o cabelleres postisses, que eren una valuosa mostra de luxe i de distinció i donaren to a una època brillant.
A Barcelona, hi havia antigament el Gremi de Cabelleraires - nom expressiu i adequat- que tenia per patró sant Onofre, anacoreta que duia - no ens atrevim a dir lluïa”- una cabellera que li arribava, esquena avall, fins a la cintura, i és de creure que la devoció ingènua dels cabelleraires s'estenia a demanar que es presentessin clients ben proveïts d'una forra de cabells per afaiçonar-los amb gust, segons les regles de l'art. Diguin el que vulguin i fent abstracció del caprici irresistible de les modes, una cabellera natural havia d'afavorir la persona i donar-li un aire i una gràcia que en va trobarem en la perruca, que, comptat i debatut, era només un casc més o menys condicionat que havia de fer nosa a qui el portava i que, per la manera com s'arranjava, a base de pólvores, untets i pomades, no podia tenir la netedat del cabell natural, que hom pot esbaldir baldament sigui posant el cap sota l'aixeta. Els cabelleraires podien fer gala de la traça i de l'enginy llurs arranjant la cabellera en variades combinacions, de manera que fes goig i donés personalitat al subjecte que la duia, estirada, estufada o amb rínxols, tot deixant-la llarga o escurçant-la, el cap pla del mig i enflocat per les vores, etc., després de perfumar-lo amb aigües oloroses. Es clar que la perruca permetia també un seguit de manipulacions, tant en la forma com en la disposició dels seus bucles o rulls, la qual labor posava a prova la mestria del perruquer; però es tractava d'una patró modèlic que variava segons la moda, aplicable en general a tots els qui es cofaven amb aquest estrenyecaps pilós. Com que la perruca era una cosa artificial, si el que la usava no era prou discret, s'esdevenia molt sovint que aquest postís era lluent i flamant com un pentinat de jove, en contrast amb un rostre flàccid i clivellat d'arrugues.
Diuen que Lluís XIV, que era baix, va patrocinar l'ús de les perruques i dels talons alts - cap i peus- per tal de donar més alçària i arrogància a la seva figura; aquest recurs hauria resultat enginyós i eficaç si només el rei s'hagués cofat amb perruca alta i calçat amb talons alts, però com que la moda es féu extensiva, sense restriccions, a tota la cort i fou acceptada pels elegants, la proporció en l'alçària era la mateixa. Més aviat creuríem - és un dir, sense proves- que l'invent, millor, l'aplicació de la perruca, de l'ús de la qual ja hi havia remots antecedents, es deu a algú, potser el mateix Lluís XIV, que fos calb o patís d'alguna afecció cutània al cap. Després de tot, la perruca separava les classes socials ja que, a més del seu cost elevat i de les no petites despeses d'entreteniment, que la convertien en un objecte que només estava a l'abast dels magnats i els poderosos, no era propi el seu ús per a la major part dels treballs manuals.
Les perruques que dominaven en el segle XVII eren enormes, amb grans crineres com de lleó, que queien per damunt de les espatlles i més avall de la part posterior del muscle. Asseguraríem que aquestes baluernes de cabell no foren conegudes o, almenys, adoptades a Barcelona, i que les perruques que vingueren després trigaren bastant a ésser l'ornament del cap dels nostres nobles i les classes benestants, puix que el mateix mot ”perruca” no es troba en el llenguatge ni els vocabularis fins el segle XVIII.
Quan les perruques reduïren llurs proporcions i es suprimiren les crineres, és quan les veiem usades amb caràcter general pels alts estaments barcelonins i àdhuc per menestrals adinerats, que volien seguir la moda. La perruca s'aplana damunt el crani, llisa o formant ondulacions que en deien de l'"eriçó”. Al darrera, acabava en un bossot o en una cua grossa i curta lligada per un llaç; als costats, bucles sobre les orelles, primerament un de sol, després dos i fins a tres, que hom substitueix després per tirabuixons.
Al principi les perruques eren de pèl del color natural dels cabells, a gust i segons l'edat de qui les duia, però vingueren les perruques ”enfarinades”, és a dir, empolvorades amb pols de midó o qualsevulla altra substància semblant, quasi sempre de color blanc, si bé predominà un temps la moda de la tonalitat rossa. La feina d'aplicar i renovar les pólvores era la més entretinguda i molesta perquè, abans de posar-ne de noves, calia treure l'empegueïment de les que ja hi havia i fixar-les, després d'haver untat la perruca, amb una pomada olorosa. Total, una brutícia.
Quant a les dames, les barcelonines no dugueren mai, que sapiguem, aquells pentinats complicadíssims, farcits, monumentals, amb vaixells onejant entre la mar arrissada dels cabells, cistelles de flors i d'altres complicacions que foren tan de moda a França en el temps de Maria Antonieta i que donaven al cap un aspecte d'un centre de taula o d'una falla. Tingueren, en canvi, acceptació els pentinats en diadema, que deixaven net el clatell, mentre que els múltiples bucles en tirabuixons queien pels costats de la testa. Després, s'adoptà el pentinat ample i baix; algunes vegades, els cabells eren arrissats i duien una llarga cua a l'espatlla; més sovint, però, el cap anava enterament arrissat i els rínxols anaven disposats en sentits diferents, que donaven al conjunt un aspecte ensems neglige i elegant. Ens referim, naturalment, a les dames de posició, perquè la classe menestral femenina, en el temps que ens ocupa, duia el cabell llis, partit per una clenxa, amb monyo aixafat i rínxols al volt del cap, o bé les noies portaven llargues trenes deixades anar, enrotllades a l'entorn del monyo o dins del ret.
Essent la perruca un producte exòtic, essencialment francès, introduït a casa nostra per l'influx dominador de les modes, és de creure que fossin francesos els primers que les feren arribar a Barcelona i que els perruquers de la dita nacionalitat abundessin en la nostra ciutat. En tot cas, la presència llur es guarda en l'anonimat perquè, en la informació que havem pogut recollir, figuren pocs perruquers francesos al costat d'un nombre important de catalans, com sembla deduir-se de llurs cognoms. En canvi, en el segle XIX, quan les perruques eren, primerament, una antigalla i després únicament un record, els perruquers vinguts de França arriben a fer rotlle, com veurem en llur lloc, i pel soroll de la propaganda que feien semblava que n'hi havia més.
Els perruquers acostumaven a servir els senyors en llur propi domicili, perquè la feina d'empolainar-los la testa era llarga i entretinguda i tenia, en molts casos, cert caire d'intimitat que no s'esqueia en una botiga, al costat d'altres parroquians. A més, era millor passar a casa el moment crític de l'arranjament de la perruca i el que venia després per a mantenir intacte el pentinat, que tal vegada havia de lluir-se en una festa de compromís, tortura que sofrien els homes del XVIII amb el mateix estoïcisme de les dames modernes sotmeses a la màquina, aparentment inquisitorial, de la permanent.
Un perruquer, per poca parròquia que tingués, havia d'anar adelerat d'una casa a l'altra, neguit que s'augmentava a la vigília de les festes assenyalades o amb motiu de qualsevol esdeveniment que mobilitzés l'aristocràcia i els elegants. Per molts fadrins que tingués el mestre perruquer com a auxiliars, sobretot en dies de tragí, hi havia clients que exigien que fos ell i no un altre qui els fes la pentinada, pretensió més habitual encara en les senyores acostumades a les bones mans del mestre. No sabem si es feien pagar cara aquesta preferència, com aquell perruquer de la Rambla, dels nostres dies, que tenia penjat un rètol dins de la botiga en el qual deia que si hom reclamava els serveis de l’amo — equivalent a mestre — el preu del servei seria doble.
Els perruquers del XVIII, en la plenitud de l'ús de les perruques empolvorades, no gastaven gaire salut i tenien la majoria la cara descolorida, tant perquè sempre havien d'anar corrent d'ací d'allà com per les pólvores que els impregnaven el cos, "sent est ofici de Perruquer per lo regular poch vividor”, com remarcava el baró de Maldà. Havien de fer sempre bona cara i ésser propicis a l'afalac i eren molt estimats els qui, mentre pentinaven, distreien el client reportant-li històries i xafarderies d'allò que es deia per la ciutat, especialment si es tractava de potins de la vida íntima de la gent important. Els perruquers, per la constant relació llur amb senyors, servien amb molta freqüència d'agents oficiosos en la compra-venda de finques i objectes diversos, préstecs de diners, etc., i no era rar que ajudessin els galants amb alguna mitjanceria, per l'estil de les que singularitzen el protagonista d'El barber de Sevilla.
L'ofici i les oficiositats del perruquer eren generalment ben pagats i no és estrany que es mostressin rumbosos, a l'estil currutaco, quan la feina havia amainat. Rafael d'Amat observa que los tals (els perruquers], en dias de festa, en las tardas, si han acabat la feyna de pentinar à Senyors, y majorment à Señores, vesteixen molt à lo petimetre los més jovenets, bonas casacas, y xupas, mitjas de seda, sibellas à la xartre, ben blanchs de camisa y ben pentinats.
Si el gros de les activitats professionals dels perruquers es desenvolupava en el domicili dels parroquians, les botigues, per cert molt nombroses, no eren pas desateses i es veien força concorregudes. Ultra les operacions del pentinat, en aquests establiments es venien i es reformaven perruques i s'hi trobaven pomades, pólvores, boles de sabó, aigües d'olor i perfums diversos de confecció local o de procedència estrangera. El reputat cronista ”Aben Abulema” (Joan Cortada) minimitzava, l'any 1839, des de les planes del ”Brusi”, la importància i, sobretot, la presentació de les antigues perruqueries:
Recordé las peluquerías de medio siglo atrás, y di una ojeada a las de ahora. (...) Me parece que veo todavía aquellas oscuras y macilentas tiendas, con tres ó cuatro docenas de botes de pomada de bergamota ó de limón, y unas diez y ocho ó veinte botellitas de aceite de tomillo alineadas en una vacilante tabla: aquel mostrador con dos ó tres bultos de madera que figuraban cabezas descaradas, ó lo que es lo mismo sin cara, con una peluca puesta en cada una de ellas, y una silla de vaqueta en medio de la tienda, sillas cuyos últimos ejemplares adornan todavía la tienda de este periódico.
Seria en nosaltres una ridícula pretensió de desmentir el judici d’un espectador qualificat i coetani com Joan Cortada; però ens sembla que es va deixar endur massa per la crítica severa, enlluernat pels fastuosos establiments de perruqueria que anaven obrint-se a Barcelona. Ja sabem —ho havem dit en els capítols inicials d'aquest llibre- que les botigues barcelonines no es distingien abans, generalment, pel luxe i la sumptuositat de llur installació, i les perruqueries no en devien ésser una excepció. Creiem, tanmateix, que hi havia botigues de perruquer, en el segle XVIII, que feien de bon veure i en les quals s'expenien els articles de qualitat. Las cases de Lafont, al Call; de Pere Vescovo, italià, al carrer d'En Ripoll; de Joan Pau (un dels més famosos de la ciutat), al carrer dels Boters; i de Lluís Venench, al Carrer Ample, cantonada als Escudellers, per exemple, no mancaven de certa distinció i en algunes, com en altres, les persones de gust més refinat podien adquirir-hi els millors productes de les fàbriques de perfums de Grassa (Provença).
Moltes més perruqueries gaudiren, en els darrers anys del segle XVIII, del favor dels parroquians, si no per la parenceria dels establiments, que ignorem, per llur acurat servei, com les que segueixen, el nom d'algunes de les quals va perdurar per molt temps en la dinovena centúria: Quirze Farriols, carrer d'En Gignàs; Joan Panadès, al Pont de la Parra; Josep Sardà, als Escudellers, cantonada al carrer d'En Carabassa: Antoni Garriga, carrer de Sant Pere més Alt; Bru Llibre, Carrer Comtal; Joan Arró, carrer d'En Gignàs, Daunas, carrer dels Capellans del Palau; Fructuós Roviralta, Carrer Nou de la Rambla; Josep Planas, placeta de Sant Francesc; Josep Roig, carrer de Montcada; Ramon Balet, carrer de la Boqueria; Josep Roviralta, Riera del Pi; Antoni Llosas, carrer dels Cotoners; Josep Fontdevila, carrer de les Beates de Santa Caterina; Domènec Chansas, carrer del Carme; Domènec Pascal, carrer de la Portaferrissa; Marian Tubau, carrer del Call; M. Bernard, Carrer Nou de la Rambla; Francesc Enrich, a la Rambla; Josep Abadia, a la Davallada de Sant Miquel; i Esteve Coll, a la Davallada dels Lleons.
Havem deixat per al final de fer esment de Ramon Coy, home de diverses activitats, que va morir l'any 18o I i es féu popular en tots els estaments pel seu bon humor i les tecles que tocava. Era, segons el descriu el baró de Maldà, un ”subjecte gros, colorat i de bona panxa” i tenia l'establiment al carrer dels Banys, on, a més d'exercir l'ofici de perruquer, venia violins alemanys, cordes romanes, perfums de Grassa i pomades per a fer créixer els cabells. Era afeccionat al cant i prenia part en moltes de les acadèmies de música o concerts particulars que es celebraven sovint en cases senyorials, els quals amenitzava amb les seves àries bufes, a les quals donava més expressió amb la seva figura còmica i els estirabots que afegia a les composicions que executava, i per aquest motiu era vulgarment conegut per ”Ramon de les Aries”. Aquesta particularitat de Coy no era ben vista pel Gremi de Perruquers, que, molt sovint, l'havien amonestat per creure, no sabem per què, que l’exercici d'aquestes habilitats era impropi de la serietat professional. La intervenció de Ramon Coy com a bufo en unes representacions donades al teatre féu que el Gremi el repudiés. No sabem si fou rehabilitat o bé si va renunciar a fer públicament de perruquer per atendre els altres negocis, perquè quan cantava no ho feia pas de franc.
Francesc Curet – Lola Anglada. Botigues, Obradors i cases de menjar i beure. Visions barcelonines, II. Ed. Alta Fulla, Barcelona, 1982. ISBN: 84-85403-45-2. 344 pàgs. Pàgs. 175-182.
Robespierre
Belloc,Hilaire. Robespierre. (Robespierre, trad. Ed. Juventud). Ed. Planeta-De Agostini, Barcelona, 1996, ISBN: 84-395-4943-1. 320 pàgs.
Joseph Hilaire Pierre René Belloc (imatge, viquipèdia)
En estatura, Robespierre no sobresalía; estaba un poco por debajo de la media, pero este distintivo, que no implica por sí una impresión de insignificancia, se acompañaba de una levedad de constitución que le hacía pasar inadvertido a menos que se destacase de la multitud por su aparición en la tribuna. Su aspecto físico era delicado; sus pies y sus manos eran pequeños y bien formados; el pecho, ni ancho ni hundido. No gozaba de aquella vitalidad de acción que proporcionan unos pulmones vigorosos. Su voz, su gesto y su humor estaban exentos de la súbita energía que el ardor y el entusiasmo confieren a los hombres. Su rostro, aunque diáfano, acusaba esa palidez que solemos atribuir a un estado morboso, que no dejó de manifestarse en Robespierre a lo largo de su juventud y de su vida pública, aunque no con la persistencia que implica una mala salud. El recuerdo de esta palidez ha suscitado (cuando él ha dejado ya de estar presente y no es posible, por tanto, corregir errores) una impresión de desabrimiento y enojo, que ha viciado la mayoría de las descripciones. Como se verá en el estudio que sigue, Robespierre poseía una disposición de ánimo que lo distinguió del común de la gente; su sonrisa, aunque fría, era frecuente, y su paciencia, firme.
(Procedència de la imatge: enllaç)
Tenía de común con el conjunto de aquella clase profesional francesa, de la que él procedía, una pronunciada tendencia al orden, a la regularidad en el comportamiento, y una manifiesta capacidad para el trabajo mental prolongado; pero esta laboriosa actividad solía aniquilarse de tal modo, a fuerza de deducciones delirantes y obstinadas, que llegaba a perder esa efectividad que lograron en otros innumerables casos los espíritus más prácticos de la Revolución; tampoco consiguió su laboriosidad hacerle reaccionar hacia las menudas actividades corrientes que tanto inspiraron a Carnot y que al fin empezaron a apasionar a Saint-Just. Este apetito por la norma y por la metódica providencia le movió a manifestar una singular actitud, que hay que mencionar a continuación: su presencia se caracterizaba por la distinción con que vestía, rasgo significativo en el que han insistido justamente los historiadores de la Revolución. Llevaba a cierto exceso la amable debilidad por el atuendo de su persona, que era un deber social en el antiguo régimen y que hoy conserva aún con exagerada reverencia la clase social a la que él pertenecía. Moderado en sus gastos durante toda su vida, halló los medios de agenciarse un nutrido guardarropa, a cuya conservación dedicó buena parte de su tiempo. De la variedad de colores que imponía la moda de la época, él escogía los más adecuados a su tipo y su presencia, y, en parte por evitar exageraciones, en parte por exigencias del buen gusto, prefería los colores sobrios que acostumbraban lucir las gentes de su rango: el pardo oscuro y el verde oliva solían ser los tonos de su casaca. Posteriormente se aventuró a usar colores más llamativos, que se pusieron de moda en 1793, especialmente el azul claro, que llegó a ser su favorito y que hicieron famoso las circunstancias de dos fechas relevantes. En la cuidada elegancia de sus medias de seda, en las hebillas que – aun después del cambio de la moda en 1792 – siguió usando en los zapatos, en la pañoleta blanca del cuello y en los leves puños escarolados hacía ostentación del gusto general de la clase social a que pertenecía, pero realzándolo con una atención más escrupulosa, una elección más acabada que la que podían mostrar sus congéneres. Es evidente que, dotado de tal gusto, observaría al detalle las exigencias de su época respecto al arreglo de los cabellos. Robespierre los llevaba siempre cuidadosamente cepillados, peinados hacia atrás y ahuecados en los aladares; se los empolvaba todos los días, con exacta regularidad, y se ha hecho observar que incluso en las vigilias y alarmas de los últimos años de la Revolución, cuando las batallas callejeras hacían que las gentes se olvidasen de dormir y de pasear, jamás se le vio aparecer sino cuidadosamente afeitado y peripuesto, y así hasta la dramática hora en que perdió la vida.
Tales hábitos iban necesariamente acompañados de una figura erguida, un paso rápido, aunque no resuelto, y cierta flexible vivacidad en el movimiento de la cabeza. Como cualquier persona de la comarca norteña donde había nacido, Robespierre era comedido de gestos y ademanes, y en toda su actitud manifestaba la preocupación de guardar un inalterable reposo.
(Pàgs. 11-12, Història de la Moda / Història del Pentinat)
1789
El 4 de mayo, en un escenario que una docena de cronistas han hecho memorable, los Estados Generales se reunieron en la iglesia de Notre-Dame para entonar el Veni Creator y desfilaron ordenadamente entre la silenciosa multitud para oír en San Luis la misa del Espíritu Santo. Vestido de negro riguroso que tal era la uniformidad que correspondía a los seiscientos miembros del estado llano, con su espada y su capa de seda, Robespierre, entregado a una pompa y un ceremonial que convenían a su inclinación, entraba en el mundo del debate y a la controversia, con el que llegaría a identificarse. Su espíritu, a lo teatral y apenas preocupado de lo dramático, tenía, embargo, de común con lo místico y emblemático el sentido simbolismo y la inclinación por las formas externas. El escenario de San Luis, el sermón liberal y hasta atrevido del obispo Nancy, la impresión del aplauso popular, confirmaban sin los sueños que él se forjó en Arras sobre el papel de los Estados Generales. (Pàgs. 66-67, Història de la Moda)
Maillard, 1789
El lunes 5 de octubre descargó sobre París una tormenta impetuosa. (…)
Cuando aquella riada halló un estuario, cuando aquella incalculable energía expandióse en la convergencia de las avenidas, en el gran espacio abierto frente al palacio, Maillard organizador y voz directora, escogió a doce mujeres y en con ellas en el salón de la Asamblea. En el exterior de la casa parlamentaria se adensaba un ruido monótono, como el de mar en los días serenos; la lluvia batía en las ventanas; la multitud se movía y circulaba con inacabable arrastrar de suelas : con eco general de conversaciones. Hasta ahí no había más que en acostumbrado; y al entrar Maillard y sus doce madres, el silencio.
Stanislas Maillard(dibuix de Gabriel, musée Carnavalet, Paris), viquipèdia >>>> enllaç
Muy alto, largo de rostro, pálido, vestido totalmente de negro, sin el menor adorno blanco en el cuello ni en los puños, hado del lodo de los veinte fatigosos kilómetros, empapado del aguacero de la tormenta, este caudillo fijó su brillante mientras la tribuna, de donde se esperaban el pan y la libertad los hombres, y allí vio, menudo de cuerpo, dueño de sí, erguido, frío el gesto cuajado en un rostro pequeño, limpio y cuidado el traje, al hombre de la nueva esperanza, a Robespierre, que atendía la queja de los hambrientos, solicitaba información, confirmaba las sospechas de las masas sobre tas conspiraciones que se urdían contra la ciudad, y en aquél momento supremo hablaba por los hombres supremos de propia clase. (Pàgs. 80-81, Història de la Moda)
Dumoriez / Robespierre
Dumouriez, ansioso de aceptar por completo un movimiento del que no había entendido nada, cayó en lo que de haber sido para él la más ridícula de las humillaciones y a apareció en la tribuna tocado con el gorro frigio. El golfo que abría entre las ideas de Robespierre, sencillas, consecuente rectas, y la mezcla de intrigas políticas que rodeaba a la ronda se hizo evidente en las circunstancias que siguieron: cuando Dumouriez hubo levantado la mano, como para jurar una nueva alianza con la nación en extrema necesidad de auxilio, y se produjo la salva de aplausos que él había calculado antemano al planear el gesto, Robespierre, preciso y austero, subió a la tribuna. Con el habitual manejo de las gafas, des blando morosamente su manuscrito, con el débil tono de costumbre y entre el silencio que solía producirse, empezó a sus agravios y reclamaciones.
Charles François du Périer du Mouriez (viquipèdia, enllaç)
(…)
El conjunto fue un tejido de generalidades, de triviales consideraciones; la interlínea, el trasfondo del texto, que no aparecía en la superficie, era una sostenida sospecha de todos parlamentarios, de la Corte, de los nuevos ministros, de los salones, de Brissot, de los generales, de los fuldenses; una sospecha que se adensaba y multiplicaba sin orden ni congruente disposición en el espíritu del orador. Pero no fue el discurso en sí lo que caracterizó principalmente la actitud de Robespierre, sino un pequeño incidente que se produjo cuando éste llegó a la tribuna. Al poner el pie en el último escalón de aquella plataforma, alguien le puso el gorro rojo sobre el cabello, cuidadosamente empolvado. Robespierre hizo un gesto de desagrado; todo lo que aquello significaba le resultaba odioso: aquello desorden, delirio, manía bélica, pérdida – que temía principalmente – de su papel de dirigente y de los métodos y del credo que él adoraba más aún que al éxito. Robespierre arrojó gorro al suelo y allí lo dejó, y así inició su discurso con contenida pasión. (Pàg. 144, Història de la Moda / Història del Pentinat)
Después, bajo el calor creciente de la mañana, se dirigió a la estatua de madera, pintada de llamativos colores, que presentaba el Ateísmo y le prendió fuego. Entre aplausos de la multitud, músicas, alabanzas a la nueva, simple y per religión que estaba otorgando al mundo, marchó procesionalmente, presidiendo a los miembros del Parlamento, hacia el Campo de Marte. Durante todo el tiempo que duró el festejo, la leve figura de Robespierre, enfundada en blanco calzón de nanquín y casaca azul y ceñida de una banda tricolor, es sumergida en un amplio manto y un penacho tricolor de plumas: fue la única vez que aquel hombre – que jamás convivió con los ejércitos en el frente de combate – se asemejó a los diputados en misión. Alguien que hubiese conocido nuestra mejor que David habría escondido entre esos símbolos una burlesca figura, de puntillas, con patas de fauno y orejas puntiagudas. (Pàg. 256, Història de la Moda)
Una larga e inútil agonía señaló aquel tránsito hacia guillotina. Tan lentamente avanzaban las carretas y con tan frecuentes sacudimientos y detenciones entre la densa multitud, que en los cuatro kilómetros escasos de camino se invirtieron horas. En el Quai des Lunettes, donde su afable costumbre de hacer personalmente sus compras le había granjeado afecto de los comerciantes de las tiendas portátiles, los ópticos y sus operarios contemplaron su paso; y no expresaron ni sentimiento. En la rue Saint-Denis, en la rue de la Ferron pasados los mercados, las ventanas llenas de gente y la reaparición de un mundo bien vestido proclamaban a las claras reacción; pero especialmente en la rue SaintHonoré, aquella sociedad que, desde las victorias, estaba reconquistando a Francia, hacía una demostración de entusiasmo, que encontraba sonoro eco en el pueblo.
Se ha dicho que, en el límite oeste, los soldados que cubrían la línea no podían contener el flujo de la multitud; los portal de las casas estaban llenos; la gente agitaba ramos de flores entre aclamaciones incesantes. Para unos, lo que las carretas transportaban era el Terror; para otros, la sucia igualdad; para otros, la locura; para otros, la República; para otros, el temor al castigo. Pero, en realidad, era sólo a Robespierre.
Se zarandeaba, débil y exangüe, atormentado por las cuerdas que le ataban al carro; había perdido el sombrero; la casaca tono azul claro estaba manchada de sangre, de suciedad de las prisiones; la blanca calzona de nanquín también tenía manchas de sangre y de lodo; la cabeza se le caía sobre un hombro; parecía un hombre víctima de un síncope.
No es justo contemplarle de esta suerte. El hombre había pasado ya. No describiré su fin. Quizá Carrier gritaba detrás de la carreta, quizá se representó una escena de bacanal ante la desalojada casa de Duplay, quizás en la rue Royal una mujer le golpeó. En la gran plaza, adonde había vuelto la guillotina para este último sacrificio, los veintidós fueron trasegados en expiación. Cuando le arrancaron la venda dio un gran grito de dolor. La cuchilla cayó, y el cabello de la víctima lanzó de sí el polvo de su tocado. (Pàgs. 302-303, Història de la Moda / Història del Pentinat)
1791
El 1.ºde octubre tuvo la Legislativa su primera sesión. Los curiosos se agolpaban a las puertas del Picadero para ver entrar a los nuevos representantes. A las empolvadas pelucas de la Constituyente sucedían los cabellos lisos de los ciudadanos más humildes. Hombres jóvenes, ardientes, combativos, con los rostros arrebatados.
Christophe, Robert. Danton (Danton, trad. J. Regat). Ed. Picazo, 1ª ed. Barcelona 1973. ISBN: 84-361-0087-5. 400 pàgs. Pàg. 168.
(1637)
Charles se sentó en silencio. El despacho del cardenal era espacioso y acogedor, pero sin llegar a ser suntuoso. Las paredes estaban llenas de estantes con volúmenes encuadernados en cuero, pues Riachelieu era un gran coleccionista de libros. Podría haber sido un despacho del Vaticano. Promotor de la nueva Academia Francesa, amante de las artes y sutil diplomático, Richelieu parecía más italiano que francés.
Desde su sillón, Charles lo observó. Alto, elegante y guapo, de rostro enjuto que terminaba en una pulcra barba puntiaguda. (Pàg. 482)
Charles, por su parte, había advertido que Mazarino parecía tomar como modelo el cardenal; por ejemplo, se cortaba el pelo y la barba igual que él. (Pàg. 483)
(1685)
Perceval d’Artagnan observó a su hija Amélie. Era un hombre de estatura mediana, de prominente barriga y una calvicie que quedaba cubierta por la larga peluca que llevaba según la usanza de la época. (Pàg. 496)
La señora de Saint-Loubert era una mujer de mediana edad d alargada y grandes ojos azules. Su madre y la madre de D'Artagnan habían sido primas. Su marido, el conde, tenía un modesto cargo como superintendente de minas, pero aspiraba a seguir ascendiendo de modo que, para ayudarlo en su promoción, ella había trabado amistad con una gran cantidad de personas en la corte. Poseían pequeña casa en la ciudad, donde Amélie pasó la primera noche. A la mañana siguiente, la señora de Saint-Loubert anunció que iba a verla a la corte.
-No está previsto que veas a la delfina hasta mañana. No tienes de qué preocuparte, por cierto. Sé de buena tinta que tú eres la única candidata que van a tomar en consideración por ahora, así que lo único que debes hacer es ser educada, y el puesto será para ti todas maneras, no está de más que te empieces a familiarizar con corte antes de conocerla. Tú quédate a mi lado y observa.
Su aderezo llevó horas. El vestido de Amélie era precioso componía de una falda con armazón de satén jaspeado con ribetes de seda y una sobrefalda recogida a los lados y que caía en una corta cola por detrás. La recia seda era de un color beis tornasolado cercano al rosa que le sentaba muy bien. El jubón, muy ceñido, iba decorado mitos lazos y cintas, y bordes de encaje en el cuello y mangas. Era la prenda más femenina que imaginarse pueda. El peluquero de la señora de Saint-Loubert pasó dos horas componiéndole un peinado de tirabuzones y cintas según la moda del momento. Su vestido, al menos, era aceptable.
-Es mejor que el de muchas damas de la corte. No todo el que aquí es rico, ¿sabes? Estás muy bonita. Vamos. (pàgs. 504-505)
(Lluís XIV)
El rey iba en cabeza. Tenía, desde luego, una figura imponente. Tocado con una gran peluca negra y vestido con una chaqueta abierta de ricos bordados avanzaba por la galería con paso rápido y a la vez majestuoso. Tenía la cara afilada, la nariz un poco aguileña los párpados caídos. Amélie se percató, no obstante, de que aquellos párpados entornados sus ojos lo escrutaban todo: a advirtió algo más. En parte, el rey debía su estatura a los tacos sus zapatos, cosa que comentó discretamente con la señora de Loubert.
-Lleva tacones para parecer más alto. Siempre va así -confirmó esta con un susurro.
-No parece tan terrorífico.
-No te equivoques nunca con él, cariño. El rey es la persona más cortés de Francia. Hasta se lleva la mano al sombrero para dar a las fregonas. Pero su poder es absoluto. (Pàg. 506)
Nunca había estado tan cerca del rey Luis. Llevaba una chaqueta de terciopelo rojo ribeteada en oro, un pañuelo de encaje y una voluminosa peluca que reproducía el magnífico cabello castaño que tenía de joven. Su sensual cara se había vuelto algo fofa, pero toda su fisonomía proclamaba que estaba acostumbrado a ser obedecido. Sus ojos, más pequeños de lo que había advertido, tenían el misa marrón de la peluca, y su mirada era igual de acerada y cínica que el mundo que gobernaba. Con la postura que solía adoptar cuando estaba sentado, mantenía la pierna izquierda hacia atrás, mientras adelantaba con orgulloso gesto la impresionante musculatura de la derecha, realzada por sus medias blancas de seda. (Pàg. 522)
Rutherfurd, Edward. París. (París. Trad. D. Gallaert – A. Herrera). Ed. Roca, 1ª ed. Barcelona, 2014. ISBN: 978-84-15729-60-0. 846 pàgs.
Tenim un ungüent que no cou. És de mel...
-Tu sí que ets de mel, fieta mena -digué quasi parlant amb ell mateix, perquè la cabellera d'aquella nina recollida en una tronyella gruixada pareixia fabricada per totes les abelles de l'hort de tan rossa com era, i la veu, libada directament de les flors. És com una santeta, pensà Cortés, que no recordava haver-la vista el dia abans, malgrat que suposà que també era filla dels amitgers. (Pàg. 134)
A Sara, molt més que els ulls cels de Maria o el seu rostre infantil, la captiva, de bon principi, la llarga cabellera color panotxa que, amollada, li arribava fins a la cintura i que solia recollir en una llarga trunyella. Durant la convalescència, Sara s’enginyà per demanar-li què la hi deixés pentinar. La manca de pintes li féu emprar els dits, que, hàbils, s'enfonsaven dins aquell bosc espès i així com podien desfeien els embulls i amb el tacte coneixien si els polls ja hi havien post ous. (Pàg. 314)
Carme Riera. Dins el darrer blau. Ed. Destino, Barcelona, 1994. ISBN: 84-233-2368-4. 434 pàgs.
Fue a la tienda del sastre, se lavó de pies a cabeza, se sujetó los cabellos detrás, formando una coleta, y se vistió con su traje nuevo. Después, oscura figura con una cicatriz, se ciñó la daga y la espada y fue a ver al capitán general. Fue admitido sin dificultad y Cabeza se mostró impresionado. (Pàg. 58)
En la selva, dos monos, al oír las trémulas notas en el aire nocturno, dejaron de peinarse mutuamente el pelo y prestaron oído. Una docena de aves de color azul y púrpura, medio dormidas ya, levantaron sus cabezas, en súbita alerta, y escucharon. Un jabalí se acercó a la entrada de su madriguera con sus cuatro crías, con la brillante luz de la luna reflejada en sus ojos, prestó atención. Un jaguar, que se mantenía atento sobre las rocas, hizo una pausa en su recorrido y abrió la boca en un rugido silencioso. (Pàg. 103)
Llevaba sus brillantes cabellos negros envolviéndose la cabeza en un peinado de estilo francés. Su actitud se había situado diestramente entre la alegría y la seriedad. (Pàg. 122)
Bolt, Robert. La misión. (The Mission, trad. E. Riambau Saurí). Ed. Versal, 1ª ed. Barcelona, 1986. ISBN: 84-86311-43-8. 312 pàgs.
La capa apestaba, como él mismo. También su ropa tenía bichos como para merendarse la oreja de un toro; pero todo eso quedó resuelto menos de una hora más tarde, en la casa de baños de Mendo el Toscano, un barbero que había sido soldado en Nápoles cuando mozo, tenía en mucho aprecio a Diego Alatriste y le fiaba. Al acudir con una muda y el otro único traje que el capitán conservaba en el armario carcomido que nos servía de guardarropa, lo encontré de pie en una tina de madera llena de agua sucia, secándose. El Toscano le había rapado bien la barba, y el pelo castaño, corto, húmedo y peinado hacia atrás, partido en dos por una raya en el centro, dejaba al descubierto una frente amplia, tostada por el sol del patio de la prisión, con una pequeña cicatriz que bajaba sobre la ceja izquierda. Mientras terminaba de secarse y se ponía el calzón y la camisa observé las otras cicatrices que ya conocía. (Pàgs. 18-19)
-No te fíes de la calidad. Aquí todo el mundo presume de lo mismo: de cristiano viejo, hijodalgo y caballero. Ayer tuve que despedir a mi barbero, que pretendía afeitarme con su espada colgada del cinto. Hasta los lacayos la llevan. Y como el trabajo es mengua de la honra, no trabaja ni Cristo. (Pàg. 115)
El aire familiar del individuo que entró en la habitación se acentuó en cuanto Alatriste oyó su voz. Por vida de. Aquello, decidió, empezaba a parecerse a una reunión de viejos conocidos, y sólo faltaban allí el padre Emilio Bocanegra y el espadachín italiano para completar cuadrilla. El recién llegado tenía la cabeza redonda, y en ella flotaban desamparados algunos cabellos entre castaños y grises. Todo su pelo era mezquino y ralo: las patillas hasta media cara, la barbita muy estrecha y recortada desde el labio inferior al mentón, y los bigotes poco espesos pero rizados sobre los mofletes, surcados de venillas rojas igual que la gruesa nariz. Vestía de negro, y la cruz de Calatrava no bastaba para atenuar la vulgaridad que se desprendía de su apariencia, con la golilla poco limpia y mal almidonada, y aquellas manos manchadas de tinta que le hacían parecer un amanuense venido a más, con el grueso anillo de oro en el meñique de la mano izquierda. Los ojos, sin embargo, resultaban inteligentes y muy vivos; y la ceja izquierda, arqueada a más altura que la derecha con aire avisado, crítico, daba un carácter taimado, de peligrosa mala voluntad, a la expresión -primero sorprendida y luego desdeñosa y fría- que cruzó su rostro al descubrir a Diego Alatriste.
Era Luis de Alquézar, secretario privado del rey don Felipe Cuarto. Y esta vez venía sin máscara. (Pàgs. 220-221)
Arturo y Carlota Pérez-Reverte. El capitán Alatriste. Ed. Alfaguara, 2ª ed. Madrid, 1996. ISBN: 84-204-8353-2. 248 pàgs.
Sant Petersburg: segle XVIII
La transformación de la sociedad
Aunque Pedro consagró gran parte de sus proyectos al desarrollo arquitectónico de San Petersburgo y a cuestiones militares, esto ocupaba sólo una parte de su tiempo, pues sus mayores esfuerzos se dirigieron, más que nada, a convertir a Rusia de país medieval en Estado moderno. Algunas de las medidas a que acudió para lograr ese ideal suyo, como, por ejemplo, la reforma de la administración, para la cual se inspiró en el sistema colegiado de Suecia, no provocaron grandes inquietudes. Mas otras fueron causa de gran resistencia. La primera, que instituyó en 1698, a su regreso de un viaje por Europa, fue la prohibición de las barbas. Como éstas constituían un símbolo reconocido de la religión ortodoxa, la resistencia a desprenderse de ella fue tal, que Pedro no pudo imponer la prohibición; entonces gravó con un fuerte impuesto a todos los miembros de las clases altas que persistieron en conservar su barba, y exigía un peaje a los campesinos barbudos cuando pasaban las puertas de cualquier ciudad. El dinero que así obtenía lo utilizaba para financiar las guerras. El edicto de 1701, que obligaba a los rusos, con excepción del clero y los campesinos, a vestir a la manera occidental, aunque, al principio, fue recibido con desagrado, en 1705 ya había sido aceptado, por lo menos en San Petersburgo, y lo mismo ocurrió con la ley de 1718, que obligaba a las clases adineradas a dar recepciones al estilo europeo en sus casas, con participación de las señoras. Sin embargo, el propósito de Pedro de alterar la estructura de la sociedad motivó un intenso malestar. Esta medida se legalizó en 1722 por un documento llamado La Tabla de los Rangos; su propósito era desposeer a la antigua aristocracia feudal de muchos de sus privilegios hereditarios, y hacer éstos accesibles a los funcionarios públicos, quienes, como resultado de las nuevas condiciones de servicio al Estado, podían, a partir de entonces, adquirir tierras y títulos en recompensa por su diligencia y servicios prestados. Esta medida, tomada juntamente con la imposición de la servidumbre de la gleba y la abolición del patriarcado, ofendía a todas las clases sociales, con excepción de la de los comerciantes. El uso que hacía Pedro de la policía secreta y su crueldad contribuyeron aún más a aumentar el número de sus enemigos. Entre la clase media, el bajo clero y los campesinos, muchos le consideraban como la encarnación del demonio, como el Anticristo sobre la tierra.
Arnold J Toynbee. Ciudades de destino (Cites of Destiny, trad. G. Castro). Ed. Sarpe, 1985, Madrid. ISBN: 84-7291-925-0. 440 pàgs. Pàg. 327.
Capítol a part mereix el tema de les perruques. La moda de portar cabellera postissa, sorgida a la cort de Lluís XIV, s'imposà amb gran energia a la Barcelona del final del segle XVII, fins al punt d'esdevenir un exemple magnífic de la capacitat de la capital catalana per rebre les innovacions i les modes aparegudes a diferents països europeus, i de fer-ho forca abans que altres zones de la Península (el mateix podríem dir, per exemple, del billar o deLs cafès).
A la Barcelona de les acaballes del segle XVII i 1'inici del XVIII s'hi podien comptar més de quaranta «cabelleraires» o perruquers. Una quarta part d'aquests professionals tenia la seva botiga al carrer Ample, en el nucli urbà on es trobava bona part de la clientela de nobles i ciutadans honrats. I alguns més estaven situats als carrers dels Escudellers i d'en Gignàs, també a prop de dits clients.
En tot cas, cal tenir en compte que no tan sols els privilegiats usaven cabellera. Entre molts altres exemples, sabem que: el vidrier Ramon Mota en tenia una, l'adroguer Francesc Forn i Mascaró posseïa «dues cavalleras petitas ab una capsa per posarlas» i el passamaner Llorenc Via, «una cabellera postissa»...
Molts dels «cabelleraires» que treballaven a Barcelona eren d'origen estranger. Entre els perruquers assentats a la Ciutat Comtal l'any 1716 hi havia, almenys, un flamenc, un hamburguès, un milanès, un genovès, un bolonyès i una dotzena de francesos (molts altres que, per 1'adaptació del seu cognom, poden semblar catalans, devien ser també d'aquesta nació). Els «cabelleraires» estrangers no estaven de pas a la ciutat, sinó que s'hi establiren amb solidesa, i de bona parí d'ells sabem que hi van contreure matrimoni, en forca casos amb dones catalanes. Si havien decidit quedar-s'hi i obrir botiga era perquè podien guanyar-se bé la vida en una capital que era prou oberta a les innovacions i a la moda, i suficientment dinàmica des del punt de vista econòmic.
Miquel Reynart, perruquer originari de la ciutat de Muns, a Flandes, va morir 1'any 1700 a la botiga amb sostret del carrer Ample on vivia i treballava. Disposava, a la cuina, d'una «caxa de fusta de montanya, dita estuba, per las caballeras», que servia per preparar les perruques, al bany de vapor. Mentre que a la botiga, ben equipada, tenia, entre altres coses, prestatgeries, taules, bancs, cadires de tisora de vaqueta «de moscòvia», «tres cadiras grogas a la francesa», dos miralls, «dos caps de fusta abs sos peus» per posar-hi perruques, «quatre cardas per pentinar los cabells», «quatre telers per texir los cabells», «un caragol petit per frisar», «dos estisoretas», «un ferro per rissar los cabells», «sis dotzenas de bastonets per rissar los cabells dins una caxeta petita», «un martellet tot de ferro», «una barrineta», «una caxota de fusta de montanya» i un armare de fusta que contenia «una perruca morena a la deu fina nova», «una lliura de cabells morenos», «un sedas de seda per passar la pols», «sis lliuras de polvos», «una dotzena de flasquets de llet virginal», «divuit flasquets de ola de gessami», «vuyt bolas de sabó» i «set lliuras de aygua de la reyna de Ungria ab sos fiascos de vidre». El «cabelleraire» Reynart comptava, doncs, no tan sois amb els estris que li calien per fer perruques, sinó també amb tot alió que necessitaven els seus clients per empolvorar-se i perfumar-se.
Al seu torn, el perruquer bolonyès Jáume Riberol, que s'havia casat a la ciutat l'any 1706 i que hi va morir el desembre de 1714, tenia a la seva botiga: «dos capsas per posar cabelleras», «dos caps de cavalleras», «un peu de cavallera», «un mirall de la botiga gran», «una estuba per torrar cavalleras», «dos talers per texir cavalleras», i, fora de 1'establiment i com a reclam, «una ensenya de cavalleras». A més, disposava d'«una grossa de bastons» (cent quaranta-quatre unitats), complements imprescindibles en la indumentària de la seva clientela.
AADD. Indumentària. Barcelona 1700. Ed. Ajuntament de Barcelona, Barcelona 213. ISBN: 978-84-9850-459-0. 288 pàgs. Pàgs. 42-43.
Revolució francesa, 18 de desembre de 1794
(...) La denominación de sans-culottes, es más o menos lo que la corte de Louis XVI y los aristócratas de 1a época querían que fuese: una injuria. En consecuencia, un periodista que había dado este nombre a su hoja, acaba de abdicar. Una sección, la de Lepeletier, acaba de señalarse pidiendo que aquellos que llevan un vestido simple y los cabellos lisos sean sacados de las plazas. Todo presagia un pronto y total retorno a los señores. Es una locura que también nosotros queramos imitar las costumbres y formas externas de las antiguas Repúblicas. ¿Se puede tener sentido común y energía con la mente nublada? Se sabe que Cicerón y Bruto, con su traje tan natural, eran unos imbéciles y unos cobardes. Una República, para estar sólidamente establecida, debe estar bien empolvada, y en estos tiempos de desgracias, en los que falta el pan o se vende en muchos sitios a treinta sueldos la libra, Francia no puede, sin embargo, dejar de consagrar un cuarto de la harina para emblanquecer la nuca de la importante e innumerable burocracia, si ello es necesario; porque se sabe cuantos inconvenientes pueden nacer del hecho que los administradores, los comisionados y hasta el último carabinero, no tengan un color distintivo del del Pueblo, que pueda imponerlos, marcar las distancias, y hacerlos parecer capaces. ¿Barberos aristócratas? No lloréis más, el imperio del peinado será reconquistado pronto; la legislación de la peluca será puesta al día y pronto leeréis felices, junto a los demás artesanos del lujo: “Aviso al público: A partir de este momento, el primer título que deberá exhibir todo aspirante a una plaza, será el presenatrse a su jefe, enharinado, rizo a la Mirabeau, los cuatro bucles peinados a la moda de las alas de palomino, pechera cruel, manguitos de puntas de Alençon, y el resto surtido”. Se comprende que quiero hablar aquí del proceso hecho al Pueblo de París y al Pueblo francés, en la jornada del 30 de mayo.
Mirabeau (procedència de la imatge: ENLLAÇ)
François-Noel Babeuf. Realismo y utopía en al revolución francesa. (Babeuf. Textes Choisis, trad. M. Tarragó). Ed. Sarpe, Madrid, 1985. ISBN: 84-7291-940-4. 164 pàgs. Pàgs. 109-110.
Orígens de la Revolució Francesa
Linguet, abogado y periodista, había sido borrado de la lista de abogados en 1774 por difamación, y luego encarcelado en la Bastilla durante dos años, de 1780 a 1782. Escribió allí sus Mémories sur la Bastille, que publicó en seguida, tras su liberación. Tuvieron una gran resonancia. Linguet presentaba la Bastilla coya los trazos más sombríos, pese al relativo confort material que allí reinaba, la abundancia de la alimentación y la variedad de los menús que se servían.
Una frase hizo célebres las Mémoires de Linguet. El día de su llegada recibió la visita del peluquero:
-¿Con quién tengo el honor de hablar? -Señor, soy el peluquero de la Bastilla.
-¡Eh, no vayáis a afeitarla! (fié, que ne la rasez-vous!; rasen: arrasar y afeitar.)
Godechot, Jacques. Los orígenes de la revolución francesa (La prise de La Bastille. 14 juillet 1789, trad. Maria L. i Rosa M. Feliu). Ed Sarpe, Madrid, 1985. ISBN: 84-7291-904-8. 332 pàgs. Pàg. 121.
Rococó
Segle XVIII
A la segona meitat del segle XVIII, la casaca dels homes perdé protagonisme davant l’innovador i simplificat frac. Es posà de moda que els elegants portessin 1a cara totalment afaitada i el pentinat de roseta, és a dir, amb els cabells lligats ala nuca amb una cinta. La silueta de les dones, per la seva banda, segui condicionat pel voluminós mirinyac. (Pàg. 18)
Finals de segle
De tota manera, la moda masculina anglesa, més sòbria que la francesa, tingué molta influència. Els calçons foren substituïts pels pantalons de punt cordats amb botons o cordons, mentre la jupa, peça amb faldons que cobria el cos, cedí el pas a l’armilla recta. El bicorn substituí el tricorn i s'introduí el barret de copa, que causà gran furor. La perruca pràcticament desaparegué i els homes es tallaren els cabells. A l’hivern, s’introduí el redingot, una mena d'abric amb grans plecs a la part posterior, mànegues estretes i cos molt ajustat. També es posà de moda la levita, peça molt semblant al redingot però sense plecs. (Pàg. 20)
La gran novetat de la moda femenina fou la supressió del corset i del mirinyac, amb la introducció d’una nova peça, la camisa, un vestit lleuger i senzill amb un ampli escot i una faldilla recta que, a l’hivern, era cobert amb abrics i xals. Les sabates perderen els talons i els cabells, curts í arrissats, passaren a ser recollits amb un monyo, nous hàbits que foren objecte de sàtires i comentaris burletes, en ser considerats representatius de costums frívols. (Pàg. 21)
Elisenda Albertí. Un passeig per la moda de Barcelona. Ed. Albertí, Barcelona, 1ª ed. 2013. ISBN: 978-84-7246-098-0. 192 pàgs.
D’aquesta perruca en diuen In folio -va informar-me el venedor-; i està molt de moda entre la gent de més llinatge.
Vaig mirar-me aquell devessall de cabells rinxolats, que queien ben bé tres o quatre pams i que ocultaven el brac sencer, del botiguer. Me la vaig emprovar, em vaig contemplar al mirall, i me la vaig treure d'una revolada. Era excessiva: em feia semblar un nét del Rei Sol. Que jo hagués decidit, a la fi, adquirir una cabellera postissa no volia dir que abracés la desmesura. Simplement havia de fer front a dos esdeveniments que ho requerien. El primer acte era de caràcter fúnebre, i mereixia una perruca austera. El segon era una festa, potser la celebració més sonada que mai tindria lloc a la cort de Barcelona: les voces del rei Caries. També mereixia una disfressa, com més llampant millor, Peró en el meu cas -pensavaadaptada al bon gust.
-N'he servit moltes, en els darrers dies -va continuar l'home-, malgrat el preu. Són de cabell humà, venecianes, molt cares. Dotze lliures la pega. Però ja entenc que per un cavaller jove, com vós...
Jo ja anava cap al meu vint-i-vuitè aniversari. No era un problema d'edat, ni tan sols del preu prohibitiu que en demanaven. Era una qüestió d’elegància i de confort. Li vaig dir al perruquer que preferia una cosa més discreta -i més moderna, vaig puntualitzar. Em va treure el model Baf, que tot just cobria el crani i que recollia els flocs al darrere amb un saquet. La portaven molt els estudiants i els clergues, va explicar el venedor: i tanta altra gent que volia mudar-se per a les noces reials. Per tres lliures, es cobrien la closca. Si l'enfarinava tota, quedava prou respectable, encara que fos de cabell de fibra. Alguna cosa havia de portar, va afegir: Sa Majestat, Elisabet Cristina de Brunswick, s'ho valia. L’havien triat entre dotzenes de candidates, remenant per rnig Europa; s'havia fet catòlica, i havia passat un any a Viena només per poder fer aquell casori a la vostra ciutat.
El casori, de fet, ja estava tancat. Al palau de Schónbrunn, 1'emperador vienés Josep havia representat els poders de son germà i havia rubricat 1'afer. Els prínceps alemanys havien aportar dots a l’enllaç, i l'imperi havia posat una flota a disposició d'aquella donzella de disset anys per arrodonir 1'operació. A Barcelona s'havien de reunir els dos esposos en una gran festivitat, a més de consumar 1'ajuntament propi de qualsevol enllaç. Li vaig dir al dependent que volia veure algun altre model. Jo era anglès, vaig anotar, i m'esqueia una cosa més aviat austera. L'home va obrir els ulls, com si li hagués donat la solució.
-Tinc exactament el que busqueu. La cèlebre perruca. Ramillies. Sabeu per què en diuen així, oi?
Vaig assentir. El botiguer va acostar-me aquella mata de pèl a al darrere. Me 1'estava emprovant quan va entrar un altre client a l’establiment. Era un home duna cinquantena d'anys, de posat ensopit i tibat. Em va saludar amb un cop de barbeta, i va fer una repassada de rutina a la perruca.
-Bon dia lletrat -va saludar-lo el venedor.
-I bona hora -va respondre ell- ...quin model és, aquest que porta el jove? És gaire car?
-No, no, i ara! Aquesta surt per quatre lliures i cinc sous. L'he cosida jo mateix.
-Ah. Potser amb aquesta ja farem.
El botiguer se'l va mirar amb certa estranyesa. Va voler fer-li entendre que un misser advocat, ciutadà honrat i conseller tercer de Barcelona, tenia l'obligació de vestir una perruca més senyora. L'home no es va deixar convèncer: la festa era la festa, va dir, però la butxaca era la butxaca. Abans de perdre la paciència, 1'encarregat va demanar-li una pausa per cobrar-me a mi. El. ciutadà honrat em va adreçar una llambregada altiva, i va concedir., Mentre m'embolicaven la perruca en uns draps, vaig fer dringar unes monedes damunt el taulell. Després vaig recollir 1'embalum i el canvi. Em vaig fixar en les monedes que em tornaven. (Pàgs. 209-211)
-I aixó que portes al cap? -ora mare apuntava la perruca i em barrava el pas cap a dins.
-És una perruca, mare.
-Ja m’ho sembla -va dir-; però per què te la poses? Saps a qui em recordes, amb això?
Vaig fer un gest per obrir-me pas, i ella es va plantar. Vaig bufar un parell de cops i vaig pregar-li que, abans d'esgotar-me la paciència, em deixés entrar. No estava per disputes beneites ni -això no li vaig dir- per aguantar la seva fluixesa. Sí, molt bé, em devia assemblar a mon pare. D'acord, darrerament tot el que jo feia li recordava aquell fantasma. Les meves expressions, el meu tricorn, els meus plats preferits... Segur que anava de ventre igual que el meu pare. Vaig fer una passa endavant, i ella em va aturar.
-Mare, prou. Deixa'm passar. I si aquest maleït pare és tan important, doncs em dius de qui es tracta, i li faig una visita de cortesia, i li dic que és un cabronàs per deixar-te prenyada i sola. I s'ha acabat la història, em sents? Au, deixa’m passar. Estic cansat.
-Com en diuen, d'aquesta perruca, eh? -va esbatanar els ulls.
-Ramillies, mare. Els homes de Marlborough la van fer servir a la batalla de Ramillies per primer cop. Van guanyar, i el model es va fer molt popular. Ara ja saps la història d'aquest manyoc de pèls de cabra. Puc entrar? (Pàgs. 216-217)
Bosch, Alfred. 1714. Ed. Columna, Barcelona, 2ª ed. 2004. ISBN: 84-664-0287-8. 812 pàgs.
Rococó
Además de mi libro de oraciones, tenía yo algunas hojas sueltas del sermonario de Müller. Me puse a leer en voz alta traduciendo grandes párrafos para mi zaporogo. Sin embargo, al observar que él se distraía, pasé a otros temas más frívolos y le pedí su opinión sobre nuestra vecinita de enfrente. El zaporogo respondió que no era soltera, pues en aquella tierra las señoritas llevan siempre una larga trenza adornada por una lazada con una borlita roja de seda. Seguramente, seria viuda, pues llevaba la cabellera suelta en señal de luto.
Verner von Heidenstam. Los paladines de Carlos XII. Ed. José Janés, Barcelona, 1956, 326 pàgs. Pàgs. 1596-1597.
Banderes
Passejant-me per un carrer de la Seu d'Urgell vaig observar una barberia d'aires arcaics amb els colors de la bandera francesa. Abans aquesta coloració havia estat el reclam de totes les perruqueries d'homes, i era com l'estrella de Miró, que fa que les oficines de La Caixa es vegin d'una hora lluny. Ara gairebé totes han prescindit dels colors, i si l'Àngel, que és qui em perfila, els manté en el seu nou "saló" és per costum o per ironia.
Es veu que un cop enllestida la Revolució de 1789 els barbers francesos van ser sospitosos d'haver pentinat els rínxols de totes les perruques de l'Antic Règim. Per demostrar que posaven l'ofici a disposició de l'estilisme revolucionari van córrer a pintar la nova bandera del país a l'exterior com els jueus van pintar amb sang els portals de les cases perquè les plagues d'Egipte passessin de llarg. Espanya va fer els possibles per no contaminar-se de la Revolució, però no va poder impedir que els barbers, que sempre fan el que volen i si els dius curt te'l deixen llarg i si els dius llarg te'l deixen al zero, imitessin els seus col·legues, segons la teoria que de París primer vénen les modes i després les idees. Em diran que Espanya va neutralitzar els barbers amb la bandera espanyola de la porta dels estancs, però no se n'acabin de refiar perquè tot és més complicat. Durant la República la bandera dels estancs va ser, naturalment, la republicana. Acabada la guerra es va imposar la dels vencedors i tots els estanquers van fer el canvi. Davant de casa regentava un estanc un home que jo havia vist mossegar les monedes per assegurar-se que no eren falses com si fos un personatge de Molière i que tractava de qualsevol manera els clients com si en fos un de Dickens. Quan li va arribar l'ordre de canviar la bandera republicana ell mateix va sortir amb un pot de pintura al carrer i va aplicar el color vermell sobre la franja morada. La pintura va resultar de qualitat tan barata que no va resistir la primera pluja. Durant tot el franquisme va ser l'únic estanc d'Espanya que va exhibir la bandera de l'anterior règim. Si l'estanquer va rebre una multa, la va estripar. Si un guàrdia civil va entrar per cridar-li l'atenció va sortir amb el tricorni rodolant i l'ull i el fusell a la funerala. Ara penso que potser es feia l'avar i el malcarat per poder mantenir el pavelló dels seus ideals.
Manuel Cuyàs. Art. Diari El PuntAvui, 18/04/2013
Tony Garnier
Ab una pinta de marfill polia
sos cabells de finíssima atzabeja,
a qui los d'or més fi tenen enveja,
en un terrat ña bella Flora un dia.
Entre ells la pura neu se descobria
del coll, que ab son contrari més campeja;
i com la mà xom lo marfil blanqueja,
pinta i mà d'una peça pareixia.
Francesc Vicens Garcia, A UNA HERMOSA DAMA DE CABELL NEGRE QUE ES PENTINAVA EN UN TERRAT AB UNA PINTA DE MARFIL, a J.M. Castellet; Joaquim Molas. Antologia General de la PoesiaCatalana. Ed. 62, Barcelona, 2012, 1ª ed. ISBN: 978-84-297-6996-8. 520 pp. P. 233.
Antonio Vivaldi
Continuarà, però, vivint a casa dels seus pares, i ja el 1704 rep una dispensa de celebrar missa amb motiu dels seus problemes de salut. És llavors que comencen a dir-li il Prete Rosso, sembla que pel color dels seus cabells, dissimulats però sota la perruca consuetudinària.
Jaume Subirana. El lloc i l'ombra. Aquí va viure Vivaldi. Article revista L'Avenç, 385, des. 2012. ISSN: 0210.0150. P.12.
La conquista de los manchúes (siglo XVI)
A fin de no ser absorvidos por su conquista, los manchúes evitan fundirse con la población china. Prohíben los matrimonios mixtos e imponen a los vencidos el uos de la coleta en signo de servidumbre.
André Corvisier. Historia Moderna. El mundo extraeuropeo (siglos XVI y XVII). Europa (siglo XVIII). Ed. Labor, Barcelona, 1ª ed. 1986. ISBN: 84-335-1809-7. 208 p. P. 261.
BARROC (1620 - 1715)
Con el tambaleo de su poder político pierde España su dominio en la moda. En las Cortes de Francia e Inglaterra surge al mismo tiempo el ideal del caballero, quien ante todo debía distinguirse por un comportamiento cortés y galante.
Los caballeros llevaban el pelo rizado y el bigote adquiere mayor importancia, a medida que fue recortado y rizado y se le aplicaron ceras o pomadas. Los puritanos (oposición a la monarquía inglesa de su época) llevaban el pelo corto y redondeado e iban completamente afeitados.
Durante este siglo también se pusieron de moda las pelucas en Francia (Luis XIII comenzó a llevarla a los 23 años y cu Corte le copió rápidamente), más tarde, en Inglaterra, a partir de la Restauración.
La peluca “allonge” (del francés alloger, alargar) está muy difundida para altos funcionarios, doctores y abogados. Poco después se extiende al resto de Europa.
Los peinados de las mujeres se hicieron, nuevamente, muy elaborados y se utilizaron postizos de pelo para darles mayor volumen y altura. Son característicos los peinados con abundantes rizos y con flequillo también rizado.
Durante la segunda mitad del siglo se hizo muy común el empleo de pequeños trozos engomados de seda negra. Se cortaban en diversos diseños, tales como estrellas, medias lunas y otras formas geométricas y se aplicaban en la piel o las mejillas como ornamentación facial.
En la conservadora España, todavía en los años 50, se lleva el cabello encima de un armazón de alambre, muy ancho a los lados y adornado con abundantes moñas, plumas y joyas (cuadro de la Infanta Maria Teresa de Velásquez).
A finales de siglo se lleva el peinado Fontange que consistía en una alta construcción de rizos y una cofia almidonada de lino o de puntilla. El peinado era construido encima de una almohadilla o de una construcción de alambre.
Belleza
En la época Barroca no hay más belleza que la de las rubias, ya sean naturales o teñidas, gracias a la “bionda”, una mezcla para teñir de rubio y particular secado de los cabellos al sol con un sombrero sin fondo y de alas amplias consiguen el rubio leonado conocido como rubio veneciano.
Para dar al rostro la finura y la pureza aristocráticas, se empolvan la tez dejándola blanquecina y mate y frotan los dientes una vez por semana con una mezcla de polvo de coral rojo, sangre de dragón, hueso de jibia, hueso de melocotón y canela. En Venecia, se empolvan hasta el escote y, a veces, el cuerpo entero.
Las manos se aclaran usando por la noche unos guantes untados en su interior con un preparado compuesto de miel, mostaza y almendras amargas.
Empiezan a llevarse los lunares postizos que sirven para disimular las pecas y los granos. Los hombres también recurren a los afeites para disimular cicatrices y para tener un aspecto aristocrático.
A finales del siglo XVI, la moda de los cuidados de belleza sufre una caída que sólo se verá compensada por el uso de perfumes.
Tal vez el acto de moda más irracional, y que se prolongó ciento cincuenta años, fuera la costumbre masculina de llevar peluca. Samuel Pepys, como en otras tantas cosas, era un hombre que estaba a la vanguardia de todo y anotó en su diario, no sin cierta aprensión, la adquisición de una peluca en 1663, cuando todavía no eran muy comunes. Era una novedad tan destacada que temía que la gente se riese de él cuando acudiera a la iglesia, y se sintió muy aliviado, y también un poquitín orgulloso, al ver que nadie lo hacía. Le preocupaba asimismo, y no es de extrañar, que el pelo de las pelucas procediera de víctimas de la peste. Tal vez nada dice más sobre el poder de la moda que el hecho de que Pepys siguiera llevando pelucas aun preguntándose si acabarían matándole.
Las pelucas podían estar hechas de casi cualquier cosa: pelo humano, crin de caballo, hilo de algodón, pelo de cabra, seda. Un fabricante anunciaba un modelo hecho con alambre fino. Y las había de innumerables estilos -con coleta recogida, corta, de campaña, cana, Ramillies o peluca con trenza, de coliflor, con lazo, con tirabuzones y muchos más-, cada uno de ellos con alguna diferencia crucial en la longitud del mechón o la elasticidad del rizo. Una peluca podía costar 50 libras y eran tan valiosas que se dejaban como legado en las herencias. Cuanto más imponente era la peluca, más elevado era el escalafón social de su propietario. Las pelucas eran, por otra parte, una de las presas más codiciadas por los ladrones. Los postizos de tamaño exageradamente ridículo no escapaban, sin embargo, del comentario cómico. En The Relapse, de Vanbrugh, uno de los personajes, un fabricante de pelucas, se jactaba de haber realizado una peluca «tan grande y llena de pelo que podría servir tanto a modo de sombrero como de capa en todo tipo de condiciones climatológicas».
Las pelucas picaban, eran incómodas y calurosas, sobre todo en verano. Para hacerlas más soportables, muchos hombres se afeitaban la cabeza, por lo que nos sorprendería conocer a muchas figuras famosas de los siglos XVII y XVIII tal y como sus esposas los veían por la mañana. Era una situación paradójica. Durante siglo y medio, los hombres prescindieron de su propio cabello, que era totalmente cómodo, para cubrirse la cabeza con algo extraño e incómodo. A menudo, incluso fabricaban las pelucas con su propio cabello. Y quien no podía permitirse una peluca, intentaba peinarse el pelo de tal manera que pareciese una peluca.
Bill Bryson. En casa. Una breve historia de la vida privada. de. RBA, Barcelona, 2011, 2 edició. ISBN: 978-84-9006-094-0. 672 pp. Pp. 512-513.
ROCOCÓ (1715 - 1789)
A la muerte del rey Sol, Luis XIV, en 1715, le sucede Luis XV, pero como tenía solo 5 años, tomó la Regencia Felipe de Orleáns. Por ello, a la moda que comienza a llevarse en esta época se conoce con el nombre de regencia.
Cambia el ideal de belleza de la rigidez solemne de los cortesanos, excesivamente elevados mediante la peluca alargada y la fontanfe. Los primeros peinados de la mujer de esta época son recogidos sencillos y empolvados. A partir de 1764 se ven nobles y ricas burguesas con peinados que crecen cada vez más en altura y que alcanzan la máxima en 1778. El adorno preferido son las plumas. Los peinados se coronan con extravagantes construcciones como un velero.
Durante este siglo desaparecieron las barbas de los rostros de casi todos los europeos, aunque algunos militares siguieron llevando bigote, especialmente en los países germánicos. La moda de la trenza o coleta postiza de pelo perduró casi todo el siglo y la llevaban especialmente los militares. La moda de empolvarse el pelo o la peluca con polvo blanco o harina de trigo (también se utilizaba una tierra blanca y blanda y yeso) alcanzó su máxima popularidad durante este período, en todas las clases altas y soldados de cualquier graduación. Había también polvos para el pelo de tonos rosas, azules y grises. El empolvado debe repetirse diariamente pues solo es agradable cuando está recién hecho. Las clases bajas tenían coletas de pelo o se lo dejaban por detrás y no utilizaban coleta.
Los militares británicos tenían dos estilos predominantes durante las décadas de 1770 y 1780. Uno era el peinado blanqueado, utilizado por los que llevaban sombrero, con un lazo pequeño en la parte de atrás. Mientras que los oficiales utilizaban generalmente para este lazo una cinta de terciopelo de un cm de ancho, el resto de los militares empleaban un cordón de cuero con un pequeño rosetón en el centro.
El estilo del peinado con una trenza cuyo extremo se sujetaba a la parte posterior de la cabeza se utilizaba en las compañías de granaderos e infantería ligera por aquellos que llevaban gorra en lugar de sombrero.
Como en el siglo anterior, muchas mujeres llevaban pelucas a los bailes, a las ceremonias y actos cortesanos. Los postizos de pelo se utilizaban también con el pelo natural y practicaban el empolvado del cabello.
Belleza
En Francia, la mayoría de las damas de la Corte se pintaban el rostro, pero las inglesas limitaban gran parte de sus cosméticos a las cremas, lociones y otros preparados de belleza.
Los aristócratas del siglo XVIII empleaban todos los tonos de rojo, desde el carmesí hasta el azafranado, pasando por lilas, rosa y naranjas. Se combina sobre maquillaje blanco, en un tono más apagado sobre las sienes con un rojo encendido en los labios. El colorete ya no se aplica en círculos rojos en las mejillas sino que se extiende hacia la zona exterior de los ojos. El colorete era tan apreciado que las mujeres llevaban en los bolsillos una cajita en la que guardaban los falsos lunares, el colorete, el pincel y el espejo.
http://www.rincondelvago.com/
La joven miró a sus hermanos, Edmundo, el mayor, de treinta años, era a la sazón el cabeza de familia: siempre serio y diligente, juicioso con el pelo castaño cortado al estilo paje, tenía los ojos pardos de su madre y el cuerpo ancho y corpulento de su padre. Obadiah, el ministro presbiteriano, enemigo acérrimo de los sacerdotes y los obispos; aunque sólo contaba veintisiete años, su negra melena que enmarcaba su rostro pálido y ovalado y le llegaba hasta los hombros había empezado a encanecer.
(1642, agost)
Rutherfurd, Edward. Sarum. Ediciones B, Barcelona. 1ª ed. 2000, 1192 pgs. Pgs. 884-885.
-Ocultan el órgano para que no lo vea tu tío Obadiah -respondió-. A Obadiah no le gusta la música.
La empecinada aversión de los puritanos hacia todo cuanto procurara felicidad había sumido variadas formas. Un puritano como el célebre Prynne había llegado al extremo de escribir un panfleto denunciando la perversidad del pelo largo. Y ahora esta aversión se había extendido a la música, y se temía que el Parlamento aprobara una ley que ordenara la demolición de todos los órganos de iglesia que existieran en el país.
(1643, agost)
Rutherfurd, Edward. Sarum. Ediciones B, Barcelona. 1ª ed. 2000, 1192 pgs. Pg. 900.
Pero al regresara la granja, Margaret no se topó con Nathaniel, sino con Edmund.
Margaret no lo había visto desde hacía casi dos años. Estaba tan cambiado que, durante unos momentos, ella apenas lo reconoció. Si bien antes llevaba el pelo largo, al igual que la mayoría de los caballeros de las fuerzas parlamentarias, inclusive Cromwell, a la sazón lo llevaba tonsurado formando un cerquillo con flequillo corto en la frente, un peinado que daba a los cabezas redondas su nombre. Pero no fue su peinado lo que chocó a Margaret, sino el hecho de que se estuviera quedando calvo. Tenía el rostro demacrado y la ropa hecha jirones.
(1644, octubre)
Rutherfurd, Edward. Sarum. Ediciones B, Barcelona. 1ª ed. 2000, 1192 pgs. Pg. 904.
Antes de que Adam pudiera reaccionar Frances le llevó a adquirir una peluca nueva, con unos espléndidos rizitos, a los lados, que había que encasquetarse sobre el pelo peinado en una trenza recogida en la nuca con una cinta. Frances se la ajustó en la cabeza.
-La última moda es que los militares luzcan su propio cabello -le aseguró la joven-. Es el estilo Ramillies.
(1779)
Rutherfurd, Edward. Sarum. Ediciones B, Barcelona. 1ª ed. 2000, 1192 pgs. Pg. 1006.
Las pelucas exigían un mantenimiento concienzudo. Una vez a la semana, tenían que enviarse al peluquero para remodelar los bucles con la ayuda de rulos calientes, y posiblemente introducirlas en el horno, un proceso conocido como «fundido». A partir de 1700, por razones que nada tienen que ver con el sentido común o la practicidad, se puso obligatoriamente de moda sumergir la cabeza diariamente en una nube de polvo blanco. El material que solía utilizarse para realizar estos empolvados era harina normal y corriente. Cuando hacia 1770 fracasó repetidas veces en Francia la cosecha de trigo, se produjeron disturbios por todas partes cuando la población se dio cuenta de que las escasas reservas de harina no se utilizaban para fabricar pan, sino que se destinaban a empolvar las privilegiadas cabezas de los aristócratas. A finales del siglo XVIII, los polvos para el pelo solían tintarse con colores -el azul y el rosa eran especialmente populares-, además de perfumarse.
El empolvado podía realizarse con la peluca colocada sobre un soporte de madera, aunque todo el mundo coincidía en que la elegancia más exquisita se conseguía empolvando la peluca directamente colocada en la cabeza de su propietario. Para tal efecto era preciso que el implicado se hubiera puesto la peluca, tapado los hombros y el torso con un paño y metido la cara en un cucurucho de papel (para no asfixiarse), mientras un criado o frisseur, armado con un fuelle, dispensaba nubes de polvo sobre la cabeza. Los había muy quisquillosos que aún llevaban el asunto más lejos. Un tal príncipe Raunitz necesitaba cuatro ayudas de cámara para que lanzasen sobre su cabeza cuatro nubes simultáneas de polvo, cada una de ellas tintada de un color distinto, entre las que deambulaba con parsimonia el príncipe para conseguir el efecto exactamente deseado. Al enterarse de aquello, lord Effingham decidió contratar a cinco frisseurs franceses con la única misión de cuidarle las pelucas; lord Scarborough contrató a seis.
Y entonces, de un modo casi repentino, las pelucas pasaron de moda. Los fabricantes de pelucas, desesperados, solicitaron a Jorge III que declarara obligatorio el uso de pelucas por parte de los varones, pero el rey se negó a ello. A principios del siglo XIX nadie las quería ya y las viejas pelucas acabaron convertidas en plumeros para el polvo. Hoy en día sobreviven solo en ciertos tribunales británicos y de la Commonwealth. Según me han contado, las pelucas judiciales actuales están hechas con crin de caballo y cuestan unas 6oo libras. Para evitar que parezcan nuevas -lo que muchos abogados creen que podría sugerir falta de experiencia-, las nuevas pelucas suelen sumergirse en té para darles el necesario aspecto envejecido.
Las mujeres, por otro lado, llevaron literalmente a otro nivel el uso de las pelucas: envolviendo el cabello en una especie de armazón de alambre conocido como pallisade o commode. Mezclando lana engrasada y crin de caballo con su propio peló lograban alcanzar alturas auténticamente monumentales. Las pelucas femeninas alcanzaban en ocasiones alturas de setenta y cinco centímetros, convirtiendo a una portadora de altura media en una figura de dos metros treinta de altura. Cuando viajaban por algún compromiso, las damas se veían obligadas a sentarse en el suelo del carruaje o a asomar la cabeza por la ventanilla. Se conoce un mínimo de dos desgracias de mortal desenlace como consecuencia del incendio de cabellos femeninos al entrar en contacto con velas.
El cabello de la mujer se convirtió en un elemento tan complicado que impulsó la creación de un vocabulario completamente nuevo y tan sofisticado que incluso los distintos tipos de rizos y las diferentes partes de los rizos tenían su propio nombre: frivolité, des migraines, l'insurgent, monte la haut, sorti, frelange, flandon, burgoigne, choux, crouche, berger, con fident y muchos más. (Chignon, el nombre que se aplica al moño en la nuca, es quizás la única palabra que aún se utiliza del que en su día fuera un extenso vocabulario.) Debido a la cantidad descomunal de trabajo que implicaba, no era excepcional que las mujeres dejasen su peinado sin tocar ni una pizca durante meses seguidos, excepto para añadir de vez en cuando un poco de engrudo para mantenerlo bien compacto y en su lugar. Muchas dormían con el cuello colocado sobre un trozo de madera con una forma especial para que el peinado quedara elevado e intacto. Una de las consecuencias de no lavarse el pelo es que acababa convertido en un enjambre de insectos, gorgojos en particular. Se sabe de una mujer que sufrió un aborto al descubrir que su cubierta superior se había convertido en un nido de ratones.
La década de 1790 significó el apogeo de los peinados femeninos encumbrados, justo en el momento en que los hombres empezaban ya a olvidarse de las pelucas. En general, las pelucas femeninas iban engalanadas con cintas y plumas, pero a veces incorporaban detalles mucho más elaborados. John Woodforde, en su historia de tocador, menciona a una mujer que llevaba la maqueta de un barco, con sus velas y sus cañones, navegando entre las olas de su peinado, como pretendiendo protegerlo de una posible invasión.
Bill Bryson. En casa. Una breve historia de la vida privada. de. RBA, Barcelona, 2011, 2 edició. ISBN: 978-84-9006-094-0. 672 pp. Pp. 514-516.
-¿Us enteneu?
-Sempre que componia, Haydn es mudava i es posava una perruca empolsinada.
Me’l miro amb cara de sorpresa. -¿Haydn? -Si no ho feia, no componia bé.
-¿Com és?
-No ho sé. Era una qüestió entre Haydn i la seva perruca. Els altres no ho podien entendre. Potser no hi havia cap explicació.
Haruki Murakami. Kafka a la platja. Traducció Albert Nolla. Ed. Empúries, Barcelona, 3ª ed. 2007. ISBN: 978-84-9787-209-6. 478 pp. P. 307.
Documents en la novel·la d’Alfred Bosch, Les set aromes del món
(novel·la ambientada de finals del segle XVII fins a finals del XVIII)
Vaig pessigar la meva capa ginebrina, més negra que la negra beguda (cafè). Jo era del tot franc quan no li descarregava les culpes dels meus propis actes. A més, ell m'havia ajudat a trobar refugi, quan escapava dels gossos del Rei Sol. M'havia acollit a Londres amb el seu pa, el seu sostre i la seva bondat. Potser no era el més rigorós dels devots, abillat a la moda, amb el collar brodat fins a les espatlles, unes grans botes de coll doblegat i un barret ample coronar per una ploma d'estruç. Potser aquell bigoti cargolat, la barbeta de boc i una cabellera un pèl massa presumida, no eren la millor carta de presentació d’un home de fe. Però ell i la seva família ens havien salvat de les urpes del monstre catòlic, ens havien embolcallat amb la seva calidesa i el seu afecte.
(hugonots francesos refugiats a Londres) (Pàg. 24)
El regidor es va retocar el mocador de seda blanca, ben nuat al coll. Aviat portaria una perruca voluminosa i un tern groc llampant, vaig sospitar, com ja estaven fent tots els patricis de cerca posició. Però la seva vivor no s'acabava amb les aparences. Tenia una llengua esmolada, i no renunciava a usar-la. (Pàg. 26)
Em vaig posar a treballar. D'entrada vaig escollir una confident, una jove grega que havia arribat al serrall després dels fets en estudi, i que era molt ambiciosa. Li vaig prometre que, quan engendrés un fill del Gran Senyor, jo intercediria al seu favor. Va assentir, i vaig instruir-la en la seva funció. Va sortir amb l'expedició de les Tres-centes als Txemberlites, i jo em vaig equipar per a l'ocasió. Aquell gener era dels freds: la ciutat era emblanquinada i el Corn d'Or era pres de grans llenques de glaç. Així que em vaig enfonsar la copa blanca fins al clatell, vaig enfundar-me en la túnica rosada i la vaig cenyir amb la faixa d'or brodat. Em vaig embolcallar en la capa de seda roja i encara vaig protegir-me amb les pells de gibelina. Vaig tenir la precaució de recórrer als peücs de llana abans de calcar-me les babutxes i, per descomptat, em vaig endur la daga argentada. Vaig sortir amb la meva escorta.
Els minarets de Santa Sofia i de Sultanahmed es retallaven en un cel prim i irisat. A l'avinguda del basar encara hi havia prou trànsit: bastaixos, mules i geníssers s'apressaven a retirar-se, abans de l’ocàs. Tot era en ordre. Si bé el fregadís era intens i abundós, no se sentia ni el vol d'una mosca, com de costum. Istanbul, la ben guardada, ho sabeu prou, és molt gelosa de la seva quietud. Doncs bé, vaig arribar als Txemberlites quan fosquejava, i alguns subalterns em van ajudar a enfilar la meva massa corpòria fins al terrat. Ara que recordo l’escena, crec que un dels mossos va riure per sota el nas, i vaig pensar que a l'endemá el faria escanyar i el penjaria dels peus en alguna reixa. Sí, potser hauria d'enxampar el desgraciat aquell...
Bé, tant és. L'Altíssim sempre acaba castigant els necis. El cas és que em van acomodar a la intempèrie, amb un miserable coixí sota les natges i una gelosia davant del nas que em permetia observar 1'interior dels banys. Darrere meu, a una distància prudent, hi vaig fer seure els meus ajudants, que havien d'espantar intrusos i rates i gossos i gats, és a dir, tots els amants dels fems i de la nit. Em vaig ajustar les pells de l'abric i vaig clavar els ulls a la reixeta, tot escampant, els vapors que pujaven de baix. Les Tres-centes ja s'estaven alliberant dels seus ropatges, i l'espectacle era tan sensacional que la resta del món deixava d'existir.
Van comentar a caure pells d'ermini, vels i llaços de tafetà. Les esposes del bondadós Ahmed (llarga vida...), les Supremes de l'imperi, reien i feien broma i es deslligaven els cinyells incrustats de joies. Llavors van comentar els comentaris, no sempre elogiosos, sobre els caftans massa ajustats, les faixes de damasc tacades i els calçons massa badats. Les serventes es van afanyar a collir les gases amb rivets, i sobretot els robís, diamants i astres botons que subjectaven les peces més íntimes. Que el Misericordiós em perdoni, però confesso que els pits altius que vaig veure, les cuixes blanques o morenes, els pubis afaitats, els turmells elegants que se'm van descobrir allà baix, un a un, em van portar a èpoques molt remotes. Des dels anys de la meva infantesa, des d'abans que em deslliuressin dels meus atributs, no sentia una coïssor com aquella al ventre.
Aleshores va arribar l'hora més excelsa de totes, perquè les Supremes es van anar deslligant els tocats. Les seves domestiques es van endur plomes de garla, rams de flors i diademes de perles. A mesura que marxaven les gorres de brocat i les borles, els clavells de topazi i les roses de robí, una legió de cabelleres es va despenjar en una tempesta salvatge: rínxols vermells, crineres àuries, trenes untades d’oli... Em vaig comentar a repetir «Déu és gran, Déu és gran», i vaig provar de combatre l’alarma dels ulls amb l’enteniment de les orelles. Les femelles em van fer el favor de calçar-se les sandàlies de nacre i van anar desfilant cap a l’estança calda. Em vaig canviar a un altre observatori, molt semblant al primer, i vaig veure arrencar la representació que jo havia orquestrat amb tanta cura.
Les dames van jeure als coixins, contentes de ser fora dels passadissos foscos i de les cambretes de l’harem. Algunes odalisques van prendre el bany. Les esclaves van seure als graons de marbre, rere les seves mestresses, i es van entretenir a pentinar cabells. Les mosses de l’establiment van treure sorbets de magrana i pipes de tabac, perfumades amb aigua de roses, que van distribuir entre les clames del Topcapi. Va ser llavors que la meva confidenta es va alçar, es va aclarir la veu i va demanar l’atenció de les Tres-centes. Va explicar que s'havia vist en privat amb mi, el Quislar Agassi -això les altres ja ho sabien, perquè hi ha coses de palau que no es poden amagar-, i va confiar que jo li havia fet una revelació fabulosa.
(Istanbul, Imperi Otomà, relat d’un eunuc al Palau Topcapi) (Pàgs. 66-68)
Vaig deixar la tassa a terra. Hanna, l’Hebrea, havia interromput la seva confessió i s'havia assegut. La tovallola li havia caigut als peus i li cobria les sandàlies de nacre. Una esclava robusta li premia les espatlles, a la manera de l’escultor que modela una figura. Els pits, erectes i ferms com dues magranes bessones, li tremien a cada embat. La favorita va reclamar més oli; va ser untada de dalt a baix, amb especial dedicació entre els dits dels peus i de les mans, i a les engonals. Ja sabeu, magnífic visir, que els plecs d'una dona s'han de fregar i amorosir, perquè són les formes més buscades de la seva figura.
(Istanbul, Imperi Otomà, relat d’un eunuc al Palau Topcapi) (Pàg. 75)
Al darrere, desfilareu vós i el gran muftí, custodiant els bàculs i els coixins amb la cafetera d'or i la cafetera d'argent. I a la cua, caminarà la meva humil figura de túnica groga, bandes d'argent i folre de marta. Els meus eunucs portadors exhibiran la testa de Hanna l'Hebrea. Penjaran el cap al punxó de la reixa de palau, i allà restarà fins al dia que els mateixos corbs ja no el vulguin.
(Istanbul, Imperi Otomà, relat d’un eunuc al Palau Topcapi) (Pàg. 87)
Em vaig deixar créixer una barba grisa i espessa, i així vaig adquirir un aire respectable que no havia tingut mai; em vaig vestir un turbant nou, voluminós i atrevit, una daga de gemmes incrustades, una faixa de seda i un gec brodat, i em vaig calcar unes babutxes amb motius de filigrana. Només em faltava 1'espasa del cap de clan, que em va semblar excessiva. El dia que em va veure al-Filis, abillat d'aquella manera, no va poder-se contenir.
-Amo -va exclamar-, ¿què us han fet paixà?
(Aràbia, relat d’un mercader) (Pàg. 103)
Li vaig relatar la història d'aquell nuvi, d'un poble veí, que havia preparat amb gran cura la seva nit de noces. Al convit hi havia tota mena d'arrossos, sorbets, fruits secs, pistatxos de Pèrsia i anyell i camell rostit. Abu Hassan havia contemplar la núvia, segons el costum, amb set vestits diferents. Quan eren a punt de contraure matrimoni, envoltats dels familiars, els patricis i els jutges del poble, al nuvi se li va escapar una flatulència ben sonora. Tothom va fer-se l’orni però ell, vermell de vergonya, va fugir. I no va gosar tornar fins molt després. I vet aquí que al cap de disset anys, quan remuntava els penya-segats que porten al poble, va trobar una donzella i li va demanar què en sabia del passat de la seva gent. La noia li va dir ben poca cosa, perquè ella era massa jove: tot just havia nascut l’any del gran pet d’Abu Hassan. L’home es va ofuscar tant, que mai més no va posar peus a la contrada.
(Aràbia, relat d’un mercader) (Pàgs. 105-106)
Abans de la posta de sol, ens vam presentar tots dos al pati central. Els devots s'estaven acabant de vestir i ens van deixar la indumentària, que ens vam posar a sobre la roba mentre ens n'explicaven el significat. Faldilla, brusa i armilla blanques com la mortalla.-l’única vestimenta digna per presentar-se davant el creador-; barrets de pell, cilíndrica i alts, a la manera de les columnes fúnebres dels cementiris; i una capa de llana bruna, gruixuda i pesada, com la terra que un dia haurà de cobrir la nostra fossa. Et vam besar a la gaita, xeic Abdul, un a un, i vam seure a terra en un gran cercle, que deixava una clariana al mig. Ja era fosca nit, així que vas fer callar tothom.
(Aràbia, relat d’un mercader) (Pàg. 118)
Vet aquí que jo, Magdala la Vella, em vaig convertir en àvia de rei: la corona passava al jove Dauid, i una pau fràgil es restituïa al país.(...)
El meu nét desfilava en aquell cavall que havia estat meu, perquè no s'havia dignat a tornar-me’l. Avançava cap a la catedral, precedit d'una colla de trompes, oboès i flabiols, i sota un pal·li de tafetà púrpura. L'havien enfundat en un hàbit de brocat, emmidonat fans als genolls, empresonat per una armilla carmesí i un cadenat gruixut amb l’espasa: del coll li penjava una creu de dos pams. Semblava mentida, jo havia portat en braços aquell ninet que ara suava com un garrí: aquell noi ja no era altra cosa que una pila de greixos disfressats, allà muntat al meu pobre cavall.
(Abissínia, relat de l’àvia del Negus, itegue –princesa- de l’imperi) (Pàg. 152)
I sense més ni més, va ordenar un dels frares que ens acompanyés fins a la caseta dels convidats. Vam passar pel centre del recinte, on hi havia l'únic edifici de pedra, que era l'església. Tenia una planta circular, amb un deambulatori cobert de palla: com de costum, el mur que ocultava l’interior, i que protegia les relíquies de sants i de reis, era cobert de frescos vius amb imatges de la història sagrada. Sota els porxos, un grup de monjos es vestien el cinyell, el caperó i l'escapulari de dotze creus, l’uniforme habitual per a les cerimònies: i recollien timbals i triangles musicals, ombrel·les i altres guarniments necessaris. Més endavant, ens vam perdre per camins de pols, entre les barraques de fang i els hortets privatius dels religiosos. I a un extrem, a poques passes del penya-segat, vam trobar la cabana on ens havíem d'allotjar. Era més amplia que els altres habitacles, però igual de pobra. L'únic que trencava 1'austeritat era la riquesa d'olors del bestiar que ocupava el cobert. Allà ens vam haver d’instal·lar tots dos, 1'aspirant a duc d'Abissínia i la Itegue de l'imperi.
(Abissínia, relat de l’àvia del Negus, itegue –princesa- de l’imperi) (Pàg. 160)
Encara que ras Filas no en begués ni una gota, volia oferir-li el més refinat dels rituals. Vaig inundar l’estanca de perfum de mesc, amargós i penetrant. I ell va arribar envoltat de llum, amb la capa de vellut morat, la túnica immaculada de viuet negre, i fins i tot unes trenes molt menudes al cabell escàs. Ningú no hauria dit que, temes enrere, aquell noble havia estat un ratolí engabiat.
(Abissínia, relat de l’àvia del Negus, itegue –princesa- de l’imperi) (Pàg. 170)
A qui vaig tornar a veure va ser Félicien. Va fer acte de presència, com li havia indicat, a la consergeria del Louvre. Ell m’esperava allà al final de l’escala, plantat, tot sol, i s’havia procurat una indumentària ben humil. Amb l’estipendi que li havia passat, hauria pogut fer-se amb una terna de seda groga, o carmesina, i un tricorn emplomat, i punys de brocat, i una corbata de mussolina. Però no. S'amagava sota una gamma de grisos que, si bé eren nets i endreçats, el confonien entre el comú dels burgesos. La perruca li tapava les orelles, i quedava rematada en una cua modesta que li moria al clatell. Era palès que l'home complia el seu programa de mínims, i ho feia tant en el vestir com en el parlar. Mai no em podria fer cap mal, un individu com aquell, mancat de vanitat i d'ambició terrenal.
(París) (Pàg. 226)
L’aristocràcia, vaig continuar, combatia la brutor amb aigua de pètals i essència de fruites. Després l’empresonava sota camusses de Flandes, damasquins i teles venecianes, ben relligades de cintes i cordoneries. Sobretot les dames de Franca, vaig subratllar. Perquè les dones angleses eren febles, blanques com la neu, i corrien perill de fondre's si s'acostaven massa al foc; ¡però les franceses! Les de París, en especial, degeneraven en monstres. Vestits absurds i inflats, cabell rinxolat i enfarinat com la llana, les galtes amb coloret lluent, i alguna piga artificial. Mal m'estava dir-ho, però les dames de casa nostra cada cop s'assemblaven més a ovelles acabades de marcar. Allò era l’aristocràcia, l'estament que batallava per fugir de la ferum del poble -i en el qual tots hi volíem ingressar.
(París) (Pàg. 239)
(novel·la ambientada de finals del segle XVII fins a finals del XVIII)
Alfred Bosch. Les set aromes del món. Ed. Planeta, Barcelona, 2004. ISBN: 84-9708-127-7. 310 pàgs.
(novel·la ambientada de finals del segle XVII fins a finals del XVIII)
Alfred Bosch. Les set aromes del món. Ed. Planeta, Barcelona, 2004. ISBN: 84-9708-127-7. 310 pàgs.
J. Haydn (Viquipèdia)
(hugonots francesos refugiats a Londres)
Una caterva d'estudiants sorneguers, els birrets a les mans, em va guiar fins a la vora del foc. Quan vaig poder esbandir el fum de les pipes, vaig discernir dues perruques exuberants inclinades damunt la taula. Em van presentar una de les perruques, pertanyent a un poeta llorejat -un home que no es dignava a treure el nas d’un petit tendal de seda verd. Estava aspirant el baf d'algun producte aromàtic. L'altra perruca ocultava un addicte al rapè, i quan es va redreçar vaig endevinar els ulls congestionats i el nas carronyer d'un home de mitjana edat. Se'm va introduir com a publicista. Es va compondre els rínxols postissos, i un núvol de farina va entapissar la taula.
-No feu aquesta cara, pastor -va dir entre xuclades de nas-, tothom cultiva les seves aspiracions. Jo practico aquestes, i el col·lega -va assenyalar la perruca veïna- fa les seves inhalacions matinals de cafè. Per prescripció facultativa, contra la migranya.
(novel·la ambientada de finals del segle XVII fins a finals del XVIII)
Alfred Bosch. Les set aromes del món. Ed. Planeta, Barcelona, 2004. ISBN: 84-9708-127-7. 310 pàgs. (Pàg. 33).
Em vaig reclinar a la butaca i vaig fer un esbufec. Ell es va retocar la perruca, presumit com era. (Voltaire)
-No us el deixeu perdre, aquest Félicien.
-No, no ho penso fer -vaig dir-. Però em pregunto si no anem errats, si no prenem per beneiteria una malícia antiga, molt més astuta que la nostra. Perquè vejam, ¿què és pitjor? ¿Ser un orfe vagabund, com aquest home, ser atacat pels pirates, esclavitzat, condemnat a gana i a galeres, empès fins al món més primitiu, fins a les darreres penalitats, o romandre aquí com nosaltres, al cabé Procope, jugant a escacs?
-Aquesta, doctor -va alçar les celles-, és una magnífica qüestió.
Vam riure plegats. Era un tros de geni, 1'escriptoret. No arribava als trenta anys, i tenia l'enginy dels millors savis de poble. Potser no era la més recomanable de les companyies, per a mi: jo era el cirurgià del rei, i freqüentar algú que havia passat un any a la Bastilla, condemnat per libel, no era una bona pensada. Jo tenia certa edat, tenia certa reputació i certs amics. Però les havia vist de tots els colors, i sabia que una conversa aguda valia més que totes les corones i totes les faldilles del món. A més, érem al cafè Procope, el més liberal de París. Jo m'hi havia deixat caure cada matí des que havia arribat a la capital, feia cosa de trenta anys. Era un local de primera, davant per davant de la Comèdia, al barri de Saint Germain des Prés. Al llarg de trenta anys, allà m’hi havia ensopegat amb Moliére, Racine, La Fontaine, i tants altres. Cap dels personatges que hi havia conegut no era, per descomptat, recomanable. Tots eren gairebé tan pocavergonyes com jo.
-¿Us heu fixat en la seva aparença? -Voltaire hi tornava amb autèntica obsessió-. Perruques tan barates no les he vist ni al mercar de puces; i el tricorn aquell tan bonyegut... Més aviar un pentacorn, diria jo.
-Sí, semblava que vingués de l’extremitat del món -vaig alçar un peó i me'l vaig mirar pels quatre costats-, i amb la seva mirada de mussol espantat, com si digués: «No senyors, jo vinc del melic del món, jo he vist les grans veritats.» Quins ulls, quins ulls més especials...
-Em pregunto com els cambrers han deixat entrar algú tan módic.
Realment, el tal Félicien no encaixava amb els salons de Procope. Veure’l reflectit als miralls de muntura daurada era un contrasentit. Allà, entre canelobres i aranyes d’argent, porcellana de Sévres i taules de marbre, la seva casaca bruta no hi encaixava gens. Anys enrere, el sicilià que havia fundar aquell establiment havia entès que el que podia atrapar els francesos no era pas una simple beguda, sinó una moda furiosa. Amb l'ajut dels orientalistes, de les traduccions de Les mil i una nits, dels comediants i del luxe, havia convertit el cafè en una obligació per a la crema de la societat llicenciosa. Després, altres cafès s'havien estès a la riba dreta, a tocar del palau reial. S'havien prodigat com els bolets. Però Procope havia estat el primer.
Ja es veia que aquell Félicien no apreciava l’esséncia de Franca. Era molt viatjat, i parlava un francès quasi decent, però l’educació anglesa que ens va confessar el tenia impedit. ¿Com podia comprendre ell, educat entre gent austera, aquells cambrers vestits de nimfes orientals? ¿Com podia admirar la gran perruca enfarinada del xef? Els sorbets, la xocolata, els licors, els dolços i els confits, ¿com podien seduir un paladar tan sobri? Aquell rodamón potser havia superat tres mil tràngols, a les contrades més remotes, però Voltaire tenia raó: era un càndid monumental. El rostre adobat, la cicatriu a la cella, les sabates rebentades, no el feien pas més cínic. Realment, no s’entenia com l'havien deixat passar per la porta.
-L'homenet ha dir -Voltaire va arrufar el nas- que quan va marxar cap a Orient, encara regnava Lluís el Gran; ha dit això, ¿oi? Doncs d’això deu fer... -va comptar amb els dits-. Bé, tant és. Fa una pila d’anys. (Pàgs. 220-221)
Voltaire li va donar una sonada benvinguda al país de les llums, i ell es va encongir d'espatlles. Jo vaig ser més prosaic: li vaig donar un parell de sous, perquè es comprés roba decent, i el vaig citar la setmana següent a la consergeria de palau.
-Encara no ho entenc, amic Voltaire -vaig sospirar-. ¿Qué puc oferir a un home així? Juraria que no li calen gaires diners, ni per menjar, ni per vestir, ni per viatjar. El més lògic seria que anés de cap a Londres, a trobar aquest passat seu tan transcendent. I si vol aprendre del meu ofici... ¿Què voleu que us digui? No pot ser tan ingenu, l'home. Fa anys, jo potser li hauria servit... ¿però ara? Ara he assolit el respectable rang d'un gandul d'alta volada.
-No sou un inútil -1'escriptor em va regalar l’espurna dels seus ulls-: esteu oferint a Franca un gran servei, perquè sou un dels mals exemples més notables que conec.
Vaig riure i em vaig cargolar les puntes del bigoti, amb tota l’elegáncia dels meus seixanta anys. (Pàg. 224)
A qui vaig tornar a veure va ser Félicien. Va fer acte de presencia, com li havia indicat, a la consergeria del Louvre. Ell m'esperava allà al final de l'escala, plantat, tot sol, i s’havia procurat una indumentària ben humil. Amb l’estipendi que li havia passat, hauria pogut fer-se amb una terna de seda groga, o carmesina, i un tricorn emplomat, i punys de brocat, i una corbata de mussolina. Però no. S'amagava sota una gamma de grisos que, si bé eren nets i endreçats, el confonien entre el comú dels burgesos. La perruca li tapava les orelles, i quedava rematada en una cua modesta que li moria al clatell. Era palès que l'home complia el seu programa de mínims, i ho feia tant en el vestir com en el parlar. Mai no em podria fer cap mal, un individu com aquell, mancat de vanitat i d'ambició terrenal. (Pàg. 226)
-¡Collonades! -va exclamar-se Trousseau, les faccions enceses-. Aquesta porqueria (el cafè) destrueix les circumvolucions del cervell, sí, les cir-cum-vo-lu-ci-ons. Provoca 1'esgotament general, la paràlisi dels membres, la impotència i un eixugament definitiu del líquid encefaloraquidi. Sí, col·legues, ¡el líquid en-ce-fa-lo-ra-qui-di!
Félicien se’m va atansar i em va demanar si aquell físic sabia realment del que estava parlant. Jo li vaig dir que em temia que sí: estava parlant de la seva butxaca. No suportava que se li escapés un negoci de bondats terapèutiques, vet aquí. Quant al llenguatge mèdic, no podia discernir si era fiable o no. Però si fèiem cas de la destresa que emprava aquell Trousseau per vestir la perruca, teníem motius sobrats per desconfiar d'ell, i del seu vocabulari.
-...infla els fluids i eixuga els ronyons –l’home s'havia embalat, tenia la perruca gairebé al clatell-, asseca els fluxos espinals, obre els porus de la pell, esbrava els sucs nerviosos, acidifica la sang, aprima fins a 1'esgotament i estaborneix! ¡Es-ta-bor-neix, senyors!
-¡Vós sí que ens estaborniu, ximplet! -va bramar una veu anònima. (Pàgs. 230-231)
Em vaig cenyir el tricorn, vaig redreçar la figura i a pas ferm, més rejovenit que mai, vaig abandonar la sala de plens amb Félicien. Vam davallar les escales i el cotxe ja ens esperava al carrer. Ens vam instal·lar als seients i vaig picar el sostre: la berlina va arrencar immediatament. Feta la visita d’excepció, el cotxer sabia perfectament l’itinerari matinal. Primer, un passeig pel jardí botànic, i després, naturalment, un cafè a Procope. Jo vaig treure un mirallet de sota el seient i m'hi vaig observar. No, vaig pensar, la disputa mèdica no m'havia despentinat gens. Tot i així, em vaig retocar els rínxols emblanquinats, i em vaig cargolar les puntes del bigoti. Les arrugues de la cara, quin remei, seguien al seu lloc. Vaig besar el mirallet i em vaig fixar en Félicien, que espiava per la finestra. Tenia molta sort, ell: la finor de les galtes li conservava l’aire juvenil, a pesar de les clivelles que ja li rondaven els ulls i la boca. No es devia ni afaitar, l'home. Tenia un lleu borrissol als llavis, i poca cosa més. Quina sort. (Pàg. 233)
(novel·la ambientada de finals del segle XVII fins a finals del XVIII)
Alfred Bosch. Les set aromes del món. Ed. Planeta, Barcelona, 2004. ISBN: 84-9708-127-7. 310 pàgs.
Cap els darrers temps de portar cua s'establí la moda que fos postissa, precisament blanca i relativament curta, lligada per la part inferior amb una llaçada generalment vermella. Els homes es feren tallar els cabells i utilitzaren perruca. La moda exigia que la cua i tota la perruca fos ben blanca; perquè s'hi mantingués se l'empolvoraven; era mal vist, però, portar la casaca bruta de pols. Durant un temps la preocupació dels nostres besavis consistí a saber ben harmonitzar aquests dos capricis de la moda. Hom trobà la manera de portar la perruca blanca sense haver-se-la d'empolvorar: fer-la d'estopa. La coa dels homes era més curta que la de les dones i se 1'anomenava cuot. La cançó ens parla de la perruca.
A Reus, cavallerets, - porten perruca i espasa.
Quan hom havia de concórrer a llocs de franca etiqueta portava la perruca dintre d’una bossa i se la posava abans d'entrar al lloc de compromís. (Pàg. 16)
El cap. És general creença que el que més fa lluir una dona és el pentinat; hi ha qui hi afegeix el calçat. El refrany diu : Una dona ben pentinada i ben capada ja va endreçada. Això fa que tostemps hom hagi posat especial cura en el pentinat. Antigament les fadrines no es feien tannara, portaven el cabell estès, lligat o trenat.
Mare meva, pentineu-me, - pentineu-me el meu cabell i al capdavall de la trena, - poseu-m'hi un floc vermell. Començarem en el cap, - que n'és la branca més alta; si té el caben ros i fi, - la trena gruixuda i llarga.
El primer terç del segle passat el costum de portar la trena penjant havia estat general. A Barcelona el costum va decaure en temps del despòtic Carles d'Espanya, capità general de Catalunya, que féu sortir un estol de galifardeus proveïts de tisores, que tallaren les cues de les dones que van trobar pel carrer.
En temps de més tipisme que avui hom distingia 1'estat de les dones per un detall que es posaven al cap ; quan eren promeses es posaven un flor damunt del cabell.
Ja veig que porta un senyal -dels que porten les promeses: el senyal que duia al front, - un pom de cinta vermella. Me n'aní a festa major - sols per veure la Teresa; ja la’n veig que porta al front - un pam de cinta vermella.
Les casades es tapaven el caben embolicant-se'l amb un mocador que es lligaven unes vegades ran de clatell i altres graciosament damunt del front fent dos becs. Encara se'l tapen així pel Segrià. Hi ha països on en casar-se àdhuc es tallen els cabells.
El pentinat havia estat motiu de gran fantasia i, per tant, de molta varietat. Els pentinats alta eren patrimoni de les benestants, i les humils que en duien eren tingudes per eixelebrades. Ens diu el refrany: Monyo alt i molt taló designa poca raó. Per la ribera de 1'Ebre i la Terra Alta es conserva encara un tipus de pentinat format per un gran nombre de trenes col·locades graciosament a la part posterior del cap amb una singular escaiença. És anomenat el rodet, la rosa, la rosca, la truita i el plat. Per a fer-se bé aquest pentinat calen unes quantes hores i és corrent que no es faci sinó una vegada la setmana, de bon matí del diumenge per anar a missa; durant la setmana sola es retoca . Un dels pentinats típics sobretot de noies havia estat el picaportes, així anomenat perquè s'assemblava un xic a aquest estri. La corranda valenciana ens diu dels pentinats tradicionals i de les poblacions on s'usen :
A València s'usa el topo, - a Benaguasil rodet, a Manises caragol - i a Alaquàs perolets. El monyo o pentinat alt s'havia anomenat tannara. Es posa drapots al cap - per fer-se alta tannara; tots els senyors quan la veuen- ja li fan la barretada.
La musa popular és escassa en parlar-nos del pentinat: La pentinaré a la moda, - hasta els rissos li faré i una trena de cinc canes - perquè tingui el monyo bé.
Ja tenim com li agrada - a la minyona adornada; ara entra com ja se sap - posar-se paper al cap, pentinar-se el cerquillo - i compondre's el pitillo.
Me la miro jo del cap - de quin modo va tocada: porta una pinteta d'or - amb una lligaments de plata.
Segons ens diu la musa popular, hom es servia del ganxo del gresol per a fer-se el monyo: Xica, no et facis el monyo - en lo ganxo del gressol, que ha corregut la nova - que el teu nòvio ja no et vol. (Pàgs. 50-52)