Memnón levantó la mirada del mapa: próximo a la cuarentena, tenía las sienes canosas, los brazos musculosos y una barba muy cuidada, modelada por la navaja barbera, que le confería el aspecto de uno de los personajes representados por los artistas griegos en los bajorrelieves o en las decoraciones de sus vasos.
Manfredi, Valerio Massimo. Aléxandros II Las arenas de Amón. (Aléxandros Le sabbiedi Amon, trad. José Ramón Monreal. Ed. Debolsillo, 5ª ed. Barcelona, 2005. ISBN: 849759441X. 344 p. P. 24-25.
Mediocres del món: atreviu-vos a ser savis! article de Xavier Coromina, Suplement de Cultura del diari El Punt Avui de 3 d'octubre de 2014, a propòsit de la publicació del llibre d'assaig: Sinesi de Cirene (s. IV ane) Elogi de la calvície (trad. Roger Aluja). Ed. Adesiara, Barcelona, 2013, 12€, 144 pàgs.
D'entrada a l'ucronita li sembla un llibre molt car, per la quantitat de paper que dona l'editor. Se sap que la cultura catalana paga un peatge per pertànyer majoritàriament a l'estat espanyol. Però, tampoc estan traduïts al català tots els prospectes del medicaments que usa l'ucronita per no semblar una bola de billar. Per tant, si l'edició en català no s'emmbarateix d'entrada, via llibre de butxaca, de saldo o electrònic, en quaranta anys: tots calbs!
El rey, por tanto, había reunido un ejército real para salir a su encuentro. Puesto que el rey de reyes no iba desnudo a la guerra como un joven invasor occidental, se había llevado consigo la corte con sus sirvientes, coperos y eunucos, con la reina madre, la reina, las princesas y el pequeño príncipe y sus correspondientes servidores, los eunucos y peluqueros, y mujeres encargadas de la ropa y todos los demás. La reina, de la que se decía que era de belleza incomparable, siempre había dado mucho dinero a ganar a los joyeros.
Los cortesanos del rey también se habían llevado a sus mujeres, las esposas y, con frecuencia, las concubinas, por si la guerra se prolongaba. Por consiguiente, en Susa sólo compraba joyas la gente que se conforma con piedras preciosas de imitación. (Pàg. 32)
Reconocí inmediatamente en él al hombre (Darío) que había acudido a 1a fiesta de cumpleaños de mi padre. Pero en aquella ocasión su atuendo había sido el que resulta apropiado para una larga subida a lomos de caballo por difíciles caminos. Ahora lucía una túnica color púrpura bordada en blanco y llevaba puesta la mitra ligera que utilizaba en los momentos de descanso. Tenía la barba peinada como seda y olía a especias árabes. (Pàg. 32)
Egipte
Yo sabía muy pocas cosas de Egipto por aquel entonces. Ahora sé muchas porque vivo aquí. Lo he visto grabado en la pared del templo adorando a Amón con la misma apariencia de todos los faraones, incluso con la pequeña tira azul de la barba de ceremonia. (...)
Le Pregunté a Neshi acerca de este oráculo mientras me vestía y me peinaba el cabello. Había asistido a la escuela de escribanos hasta que Ocos había conquistado Egipto y todos habían sido arrancados de los temples y vendidos. Incluso entonces seguía rasurándose la cabeza. (Pàg. 71)
-Espero, mi señor (Alejandro) -le dije-, que no te cueste más. Ya es hora de que te cortes el cabello.
No se lo rizaba jamás y le caía suelto en bucles como la melena de un león. Sin embargo, se lo hacía cortar cuidadosamente para que conservara la forma. En otros tiempos le había robado un mechón al peinador del barbero. Ahora lo conservo en un pequeño estuche de oro. Signe siendo tan refulgente como el oro. (Pàg. 314)
Se presentó Onfis en persona, el primer indio que veían las tropas si se exceptuaban algunos soldados rasos. Vino con veinticinco elefantes, sobre el primero de los cuales iba él montado como una resplandeciente imagen en el interior de la pintada “howdah”. Era un hombre apuesto y de elevada estatura, más moreno que un medo pero no tanto como un etíope. Llevaba pendientes de marfil; lucía el bigote y la barba teñidos de llamativo verde. A nosotros, los persas, nos gustan los colores ricos; los indios prefieren los brillantes. Además de las lentejuelas doradas que le adornaban las vestiduras por todas partes, iba todo cubierto de joyas tan enormes que, de no haberse tratado de un rey, yo no lo hubiera creído posible. No sé la pompa que se habría imaginado encontrar en Alejandro. (Pàgs. 334-335)
Alexandre el Gran (procedència de la imatge: ENLLAÇ)
A la mañana siguiente despertó (Alejandro) antes que yo. Se encontraba de pie con un puñal en la mano y se estaba cortando con él el cabello.
Por unos momentos pensé que había perdido el juicio y que tal vez fuera después a cortarse la garganta o cortármela a mí. Los griegos contemporáneos sólo depositan un mechón en la pira funeraria. Entonces recordé que Aquiles se había cortado el cabello por Patroclo. Busqué la navaja y le dije:
-Permíteme hacerlo. Lo haré tal como tú quieres.
-No -repuso sin dejar de cortárselo, no, tengo que hacerlo yo mismo.
Se trataba (Casandro) de un arrogante y pelirrojo macedonio lleno de pecas que lucía la antigua barba macedonia. (Pàg. 479)
Mary Renault. El muchacho persa. (The Persian Boy, trad. M.A. Menini). Ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1994. ISBN: 84-226-4744-3. 512 pàgs.
-¡Háblame de Filipo!
-Ah, hay muchas historias. Algunas son similares a las que se cuentan de casi todos los reyes. Esta, por ejemplo: cuando un barbero le preguntó cómo quería que le recortara la barba, Filipo contestó: «En silencio». Tal vez nunca lo dijo, o tal vez repitió conscientemente las palabras de otro, pero lo cierto es que la historia le viene bien a Filipo. A su lengua afilada, a su ingenio. (P. 141)
Filip de Macedònia
Los dientes de Dracón tenían casi una década menos que su, propietario, pero seguían blancos y fuertes después de cuatro décadas y media de vida. El médico había desafiado la orden de afeitarse las barbas, impartida por Alejandro Miriandro; la barba corta, meticulosamente afeitada en la barbilla y en las mejillas, ya llevaba tiempo de color gris, como la espesa cabellera. Y como el polvo que se había sedimentado en los pliegues y las arrugas. Polvo de las ciudades, polvo de los campos, fango pulverizado del Nilo, arena del desierto. El espejo de plata brillante distorsionaba los rasgos pero Dracón ya se conocía desde demasiado tiempo como para hacer algún descubrimiento especial al contemplar su fiel reflejo. Se limpió la cara con una tela húmeda, se pus ropa nueva, sacó del cuenco junto a su lecho una bola para masticar, la que más le apetecía en aquel momento (una hoja de parra grande, rellena con menta picada, tomillo, una pizca de silfio y dos docenas de otras hierbas), se la metió en la boca y salió del edificio situado a la orilla del gran río.
(P. 878)
Haefs, Gisbert. Alejandro Magno. Alexander I. Alexander II, Asien. Trad. J.A. Alemany i A. Kovacsis. Ed. Edhasa,Barcelona 2005, 1ª ed. ISBN: 84-350-1727-3. 1206 pp.
I no hi ha dubte que l’estètica barroca de les terres del llevant peninsular té les seves arrels en el món ibèric, en la riquesa decorativa de les seves ceràmiques pintades, dels seus aixovars, de la seva indumentària Es sorprenent com a través dels segles s 'ha conservat un pentinat femení de tipus cerimonial com el que porta l'anomenada «Dama d'Elx», l 'escultura Ibérica mes coneguda en l’àmbit mundial i que podem veure encara en les celebracions importants reproduït en les falleres valencianes.
Anna Pujol. Els ibers. Vida i cultura. Ed. Barcanova, Barcelona, 1992, 96 pàg. (pàg. 89)
Todos los montañeses son austeros, beben normalmente agua, duermen en el suelo y dejan que el cabello les llegue muy abajo, como mujeres, pero luchan ciñéndose la frente con una banda.
Estrabón, Geografía, III, 1,2-3; 3, 7-8 (trad. Mª José Meana y Félix Piñero, Ed. Gredos, Madrod, 1992)
Estrabón, autor griego de principios del Imperio, describe estos pueblos insistiendo en su falta de civilización: ausencia de trigo, no consumo de vino, cabellos largos... De hecho, aprovecha la ocasión para elogiar los beneficios de la conquista romana.
Jean Carpentier; François Lebrun (dirs.) Breve historia de Europa. Madrid, 2004, 754 pàgs. Págs. 90-91.
Sobre mi mesa estaba la máscara, parada, dentro de su caja. Le había comprado al fabricante de máscaras una peluca nueva, rubia. Era pelo de una persona joven, fuerte, tal como el que las jóvenes campesinas venden cuando tienen que cortárselo para estar de luto. (Pág. 53)
Vestía a la última moda de Siracusa, pero me pareció que exagerándola bastante. Sus cabellos habían sido rizados, rociados con esencia de manzanilla y cubiertos con polvo de oro. Su túnica, que me pareció toda orla, estaba bordada con encaje de color púrpura. (Pág. 218)
Dos lindas criaturas de cabellos dorados salieron corriendo a recibirle, por lo cual deduje, antes de verla personalmente, que tenía una de aquellas esposas rubias tan apreciadas en Siracusa. (Pág. 298)
Tétalo regresó muy contento de esa gira, y trajo hermosos presentes, así como el dinero ganado en la misma. Me confió que se sobresaltó enormemente cuando fue presentado a la reina Olimpias y vio que en sus cabellos llevaba entrelazadas algunas sierpes domesticadas, que al acercarse él se enderezaron súbitamente y le miraron irritadas. (Pág. 433)
Mary Renault. La máscara de Apolo. The Mask of Apollo. Ediciones G.P., Espulgues de Llobregat, 1970. 442 págs.
Mary Renault