Barberimédico
Hay en este pueblo universidad de gente y población, donde tienen sus oficios y dignidades por sus grados y hierarquías, aunque no de ángeles. Porque el piloto tiene a su cargo el gobierno de ella, como el lugarteniente del viento, que es el gobernador propietario. El capitán, la defensa [...]. El maestre, la guarda de las haciendas; el contramaestre, el arrumar y desarrumar; los marineros, marinar la nave; los mozos y grumetes, ayudar a los marineros; los pajes, servir a marineros y grumetes, barrer y fregar, y decir las oraciones y velar la ciudad. El guardián no es de frailes franciscos, sino que guarda el batel, y tiene cuenta con guardar lo que hurta a los pasajeros y hacer traer agua; el despensero, la guarda del bastimento, y el calafate es el ingeniero que la fortifica y cierra los portillos por donde podría entrar el enemigo. Hay en este pueblo un barberimédico para raer las testuces de los marineros, y sacarles la sangre si menester fuere. Y, en fin, los vecinos de esta ciudad no tienen más amistad, fe, ni caridad que los bijagos, cuando se encuentran en la mar.
Pasajeros y tripulantes: la sociedad a bordo, 1573. E. de Salazar: “La mar descrita por los mareados”, en J. L. Martínez, 281-296.
Del volumen: Guillermo Céspedes del Castillo (selección y presentación). Textos y documentos de la América Hispánica (1492-1898). Historia de España, dirigida por Manuel Tuñón de Lara. Tomo XIII. Ed. Labor, Barcelona, 1ª ed. 1986. ISBN: 843359446X. 478 p. P. 179.
Se hallaba sentada y vestida con una amplia capa de seda blanca luciendo en la cabeza un sombrero de paja para preservarse del sol, salvo la masa de sus cabellos dorados que, saliendo por la redonda abertura del sombrero, se amontonaban sobre las anchas alas. Una esclava circasiana de tez amarilla humedecía los cabellos con una esponja clavada en la punta de un huso. Un tártaro de ojos estrechos y oblicuos los peinaba con un peine de marfil.
El tinte se componía de la savia primaveral de raíces de avellano, azafrán, hiel de buey, fiemo de golondrinas, ámbar gris, uñas de oso quemadas y grasa de lagarto.
Sobre un trípode ardía una llama empalidecida por el sol, una llama casi invisible. La duquesa atendía por sí misma a una retorta de largo pico, parecida a las que emplean los alquimistas. En la vasija hervía una mezcla de rosas moscadas, verbena, agacanto y otras plantas olorosas.
Dimitri Merezhkovski. El romance de Leonardo. El genio del Renacimiento. (Trad. J. Santamaría). Ed. EDHASA, 1ª ED. Barcelona, 1995. ISBN: 8435005895. 710 pp. P. 79.
El emperador no dijo una palabra. Me sorprendió la palidez de sus treinta años, el color plateado que Pablo Giovio cita; el frío de sus ojos azules; el mentón heredado, célebre, que como la nariz borbónica y la hemofilia de la casa de Hesse, constituye para las monarquías un certificado de autenticidad regia. En mi casa la giba era única; sólo la compartía con Carlotto Fausto. Si todos los Orsini la tuviesen, me hubiera incomodado no poseerla. Por un dolor de cabeza, al partir de Barcelona, el emperador se había cortado el cabello, que hasta entonces se usaba largo en España, fue como si con esa decisión la Edad Media terminase. Los señores hispanos lo imitaron, pues no en vano apunta Shakespeare que los grandes no siguen las modas, sino las originan. A la sazón se comentó que algunos de ellos habían llorado al separarse sus luengos bucles, pero me cuesta creerlo. Probablemente serían los vasallos de Flandes y Alemania, países tan fieles después a esa costumbre, por hábito de ciega obediencia, que hasta hoy van en primer término, en materia de rapes militares de raíz. Besamos la diestra imperial, y luego ésta ascendió hacia el Toisón de Oro, despidiéndonos con una mímica parca. Otros príncipes nos pisaban los talones, para repetir el juego ritual.
-Es un fatuo -le confié a Maerbale al salir-, o un tímido.
Tal vez el amo del mundo participara de ambas flaquezas. Volví a acercarme a él al día siguiente, cuando me armó caballero. (Pàgs. 242-243)
Había en la plaza mucha gente. De tanto en tanto se levantaba a gran ráfaga de palomas, como otro viento oriental, y cuando alzábamos la vista, atraídos por el estruendoso aleteo, veíamos arriba, en las altanas de madera que coronaban los palacios, o en losabiertos balcones, a las bellas patricias y a las meretrices que aprovechaban los rayos del sol para aclarar sus cabellos, extendiéndolos sobre anchos sombreros de paja, sin copas, y mojándolos continuamente con esponjas pequeñas. Empleaban toda suerte de recetas para teñirlos de rubio, del famoso rubio veneciano, de acuerdo con Firenzuola que sostiene que el verdadero y propio color de los cabellos impone que sean rubios. En las terrazas, las guedejas destrenzadas ponían un brillo de metales, a cuyo fulgor se sumaba el de los espejos que iban de una mano a la otra, coruscando, como si las hermosas se hicieran señales enigmáticas. Más tarde, las damas descenderían a la plaza y a las góndolas, aminando prodigiosamente sobre los gigantescos coturnos, los zoccoli dorados y cubiertos de piedras relampagueantes, y mostrando, al desplazar hábilmente los velos sobre los ropajes de blanco tabí, la redondez perfecta de sus pechos pintados. (Pàg. 345)
Todo consistía en vagar por la casa de San Polo, persiguiendo por las galerías a las ratas enormes; en ondularle el pelo a Lorenzino, a que mi paje hacía, lo sé por experiencia, muy bien; en afilar puñales; en deslizarse por las calles, embozado, la mano en la empuñadura, sin perder pisada a su amo inquieto; en escuchar por décima vez los malditos violines; en montar guardia, como custodio del amor, sin gozar de amor alguno. (Pàg. 519)
Pantasilea ocupaba a carruaje del que tiraban seis blancas mulas. Su cabellera teñida da rojo y su vestido anchuroso, amarillo y violeta, bordado de rubíes, se encendían escandalosamente al sol, bajo el estandarte de la gitana, de suerte que a la distancia se diría que en la carroza ardía una hoguera. (Pàg. 606)
Era como un caballero andante, como un personaje de leyenda, de novela. Amadís u Orlando, que proclamaba con su sola prestancia la dignidad de su señora. El pelo prolijamente estirado hacia adelante, a la cesárea, sobre las sienes y el parche negro, hacía pensar en laureles grises. (Pàgs. 607-608)
Manuel Mujica Lainez. Bomarzo. Ed. Círculo de Lectores, Barcelona, 1997. ISBN: 84-226-6714-2. 688 pàgs.
CAPÍTULO II
REFINAMIENTO EXTERIOR DE LA VIDA
Cuanto menores eran los privilegios que resultaban del nacimiento, mayor estímulo sentía el individuo, como tal, para hacer valer sus méritos y excelencias, y tanto más 1a vida social, por sus propios medios y propia iniciativa, hubo de limitarse y ennoblecerse. La apariencia misma del hombre y de cuanto le rodea, los hábitos de la vida cotidiana, son ya en Italia más bellos, más refinados que en los demás pueblos. De los palacios donde viven las clases elevadas trata la historia del arte. Sólo recordaremos hasta qué punto superaba en comodidad, en la disposición racional y armoniosa, al “stadthof” o “stadtpalast” de los grandes del Norte. La indumentaria cambia de tal modo que es imposible establecer un paralelo general con las modas de otros países, sobre todo si se tiene en cuenta que desde fines del siglo XV se imitaron estas últimas con frecuencia. La indumentaria de la época, tal como se nos ofrece en los pintores italianos, es la más bella y cómoda que existía entonces en Europa, pero no es seguro que fuese la indumentaria imperante ni que aquellas pinturas sean muy fieles. Pero lo que no ofrece la menor duda es que en ninguna parte se le daba al traje el que se le concedía en Italia. La nación era y es vanidosa. Pero, además muchas personas graves veían en el traje más bello posible y que más favoreciese, un complemento de la personalidad. En un momento en que el traje era algo individual, en que cada uno llevaba su propia moda y hasta bien entrado el siglo XVI hubo personajes de calidad que tuvieron el valor de mantener esta costumbre. Otros sabían, por lo menos, poner la nota individual en la moda imperante. Es síntoma de decadencia el que Giovanni della Casa aconsejase evitar lo sorprendente o llamativo y le parezca inconveniente desviarse en esto de la moda general. Nuestro tiempo, que, por lo menos en lo que se refiere a la indumentaria masculina, ha hecho suprema ley el no destacarse ni llamar la atención, renuncia con ello a ventajas “más grandes de lo que ella se figura. Cierto que con esto se ahorra mucho tiempo, y ya esto sólo -según nuestra norma de personas ocupadas- equilibra toda desventaja, compensándola.
Durante el Renacimiento había en Venecia y en Florencia trajes prescritos para los hombres y leyes suntuarias para las damas. Donde la indumentaria era libre, como en Nápoles, los moralistas comprobaban, a veces 1amentándolo, que ya no se advertía 1a menor diferencia entre nobles y burgueses. Se lamentaban además del ya vertiginoso cambio de las modas y (si interpretamos acertadamente las palabras) del necio acatamiento a todo lo que venía de Francia, como si no fuesen con frecuencia modas originariamente italianas lo que, sencillamente, los franceses les devolvían. Hasta qué punto fue útil al común atavío personal el cambio de las formas indumentarias, así como la aceptación de modas francesas y españolas, no hemos de dilucidarlo nosotros. Pero también aquí ha de verse, desde el punto de vista de la historia de la cultura, una prueba de la agilidad de la vida italiana en general en aquella época alrededor del 1500.
Especial mención merece el interés de las mujeres per mejorar su aspecto con toda clase de afeites y artificios. En ningún país desde la caída del Imperio Romano, se ha intentado corregir en tal grado la figura, el color del cutis, los cabellos, etc., como en la Italia de aquel tiempo. Todo tendía a un determinado modelo, aunque fuera menester recurrir a las más sorprendentes y cómicas mixtificaciones. Prescindimos por completo aquí de la indumentaria propiamente dicha de moda en el siglo XVI -abigarradísima y recargada primero, de más noble y depurada opulencia después –para limitarnos a lo que se refiere al tocador en sentido estricto. (Pàgs. 298-300)
Por de pronto, encontramos de cuando en cuando cortejos de triunfadores auténticos, a los cuales se procuraba dar todo el parecido posible con los modelos mencionados, aun contra; la voluntad y gusto del propio vencedor. Francesco Sforza se sintió lo bastante fuerte para rechazar, con motivo de su entrada en Milán (1450), el carro triunfal que le tenían preparado, alegando que estas cosas eran prejuicios propios de los reyes. Alfonso el Grande, con ocasión de su entrada en Nápoles (1443), rechazó la corona de laurel, homenaje que no desdeñó Napoleón, como se sabe, con motivo de su coronación en Nôtre Dame. Por lo demás, la entrada de Alfonso (por una brecha abierta en la muralla y luego a través de la ciudad hasta la catedral) constituyó una extravagante mezcolanza de elementos antiguos, alegóricos y puramente históricos. El carro sobre el cual avanzaba sentado en un trono era altísimo y completamente dorado, y veinte patricios llevaban las barras del baldaquino de tela dorada a cuya sombra avanzaba el Rey. La parte baja del cortejo, a cargo de la colonia florentina constaba de jóvenes y elegantes jinetes que blandían sus lanzas en juegos de habilidad, de un carro de la Fortuna y de las siete Virtudes a caballo. La Fortuna, según la implacable alegoría que a veces tenían que someterse entonces hasta los artistas, sólo mostraba pelo en la pate anterior de la cabeza; en la región posterior la tenía completamente calva, y el genio que aparecía colocado en un estribo inferior del carro y que representaba el fácil fluir de la “fortuna”, tenía los pies, por esta razón, en un recipiente lleno de agua (?). (Pàgs. 337-338)
Jacob Burckhart. La cultura del Renacimiento en Italia. (Die Kultur der Renaissance, trad. J. Ardal). Ed. Sarpe, Madrid, 1985. ISBN: 84-7291-903-X. 432 pàgs.
Pentinat asteca
CADA HOME UN SOLDAT. Tant en un cas com en l'altre, però, un dels ensenyaments primordials a partir dels vuit anys d'edat era preparar els infants per al combat cos a cos. Als deu anys se'ls afaitava el cap i deixaven només un ble de cabells al clatell, que no podrien tallar fins a capturar el seu primer presoner a la seva entrada a l'exèrcit, als divuit anys. Així s'assegurava l'èxit d'aquesta societat expansionista en la qual cada home era un soldat.
Àlex Novials; Meritxell Tous. Sang per als déus. El sacrifici humà a la civilització asteca. Article Revista Sàpiens, 131, juliol, 2013. Pàgs. 40-46, ISSN: 1695-2014. Pàg. 43.
Cristóbal Colón: Descubrimiento del Nuevo Mundo (1492)
Ellos andan todos desnudos como su madre los parió, y también las mujeres, aunque no vide más de una harto moza. Y todos los que yo vide eran to dos mancebos, que ninguno vide de edad de más de treinta años: muy bien hechos, de muy fermosos cuerpos y muy buenas caras: los cabellos gruesos cuasi como sedas de cola de caballos e cortos. Los cabellos traen por encima de las cejas, salvo unos pocos detrás que traen largos, que jamás se cortan: Dellos se pintan de prieto y ellos son de la color de los canarios, ni negros ni blancos, y dellos se pintan de blanco y dellos de colorado, y dellos de lo que hallan, y dellos se pintan las caras, y dellos todo el cuerpo y dellos solos los ojos y dellos sólo la nariz. Ellos no traen armas ni las conocen, porque les amostré espadas y las tomaban por el filo y se cortaban por ignorancia.
Martín de Riquer & Borja de Riquer. Reportajes de la Historia. Relatos de testigos directos sobre hechos ocurridos en 26 siglos. Vol. I. Ed. Acantilado, Barcelona, 2010, 1ª ed. ISBN: 978-84-92649-79-2. 1,472 pgs. Pg. 507.
Americo Vespucio: Viaje al continente americano (1507)
De las costumbres y moda de vivir de estas gentes
Por lo que toca a su vida y costumbres, todos, tanta los varones como las hembras, andan enteramente desnudos, sin más cobertura en las vergüenzas que la que sacaron del vientre de sus madres. Son de mediana estatura y de buenas proporciones: su carne tira a roja como el pelo de los leones y soy de opinión que si anduvieran vestidos serían tan blancos como nosotros. No tienen más vello ni pelos en el cuerpo que los de la cabeza: éstos los tienen largos y negros, en especial las mujeres, a quienes sienta bien la larga y atezada cabellera.
Martín de Riquer & Borja de Riquer. Reportajes de la Historia. Relatos de testigos directos sobre hechos ocurridos en 26 siglos. Vol. I. Ed. Acantilado, Barcelona, 2010, 1ª ed. ISBN: 978-84-92649-79-2. 1,472 pgs. Pg. 521.
Antonio Pigafetta: Los españoles dan la primera vuelta al mundo (1519)
La tierra del Brasil, abundante en toda clase de productos, es tan extensa como España, Francia e Italia juntas. Pertenece al rey de Portugal. Los brasileños no son cristianos, pero tampoco son idólatras, porque no adoran nada: el instinto natural es su única ley. Viven muchísimo tiempo. Los viejos llegan ordinariamente hasta los ciento veinticinco años, y algunas veces hasta los ciento cuarenta. Andan desnudos del todo, lo mismo las mujeres que los hombres. Sus habitaciones consisten en anchurosas cabañas, a las que llaman boi; y se acuestan sobre mallas de hilo de algodón llamadas hamacas, colgadas, por los extremos, de gruesas vigas. La chimenea está en tierra. Uno de estos bois alberga algunas veces hasta cien hombres con sus mujeres y niños, y en consecuencia, hay en ellos siempre mucho ruido. Al verlos tan negros, desnudos completamente, sucios y calvos, se les hubiera tomado por marineros de la laguna Estigia.
Martín de Riquer & Borja de Riquer. Reportajes de la Historia. Relatos de testigos directos sobre hechos ocurridos en 26 siglos. Vol. I. Ed. Acantilado, Barcelona, 2010, 1ª ed. ISBN: 978-84-92649-79-2. 1,472 pgs. Pg. 597.
Antonio Pigafetta: Los españoles dan la primera vuelta al mundo (1520)
Este hombre era tan gran de que nuestra cabeza llegaba apenas a su cintura. De hermoso porte, su cara era ancha teñida de rojo, excepto los ojos, rodeados de un círculo amarillo, y dos trazos en forma de corazón en las mejillas. Sus cabellos, escasos, parecían blanqueados con algún polvo. Su vestido, o mejor dicho, su manto, estaba hecho de pieles, muy bien cosidas, de un animal que abunda en este país, como veremos a continuación. Este animal tiene cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y cola de caballo; relincha como este último. Llevaba este hombre también una especie de zapatos hechos con la misma piel. Llevaba en la mano izquierda un arco corto y macizo, cuya cuerda, algo más gruesa que la de un laúd, estaba hecha con un intestino del mismo animal; en la otra mano empuñaba unas cuantas flechas de caña pequeñas, que por un extremo tenían plumas como las nuestras, y por el otro, en lugar de hierro, una punta de pedernal blanco y negro. Con pedernal hacen también instrumentos cortantes para labrar madera.
Martín de Riquer & Borja de Riquer. Reportajes de la Historia. Relatos de testigos directos sobre hechos ocurridos en 26 siglos. Vol. I. Ed. Acantilado, Barcelona, 2010, 1ª ed. ISBN: 978-84-92649-79-2. 1,472 pgs. Pgs. 600-601.
Antonio Pigafetta: Los españoles dan la primera vuelta al mundo (1520)
Llevan los cabellos cortados en aureola, como los frailes, pero más largos y recogidos por un cordón de algodón alrededor de la cabeza, y en el cual colocan sus flechas cuando van de caza. Si hace mucho frío se atan estrechamente contra el cuerpo sus partes naturales.
Martín de Riquer & Borja de Riquer. Reportajes de la Historia. Relatos de testigos directos sobre hechos ocurridos en 26 siglos. Vol. I. Ed. Acantilado, Barcelona, 2010, 1ª ed. ISBN: 978-84-92649-79-2. 1,472 pgs. Pgs. 604-605.
Acabadas las faenas, puestas las mesas, aderezadas las aves, llamados los comensales, postrada de hinojos la reina viuda ante el señor Enrique y saludados los otros dos, después de que el rey diera silla a todos, en las cocinas y en el castillo se comentó la mala presencia del soberano. Que llevaba sucios los borceguíes, la barba mal atusada, una veste que más parecía hábito de franciscano, llena de manchas, y, ay Jesús, aquellos ojos de color azul intenso que se extraviaban, que tenían como vida propia cada uno, e que no respondían a los movimientos oculares propios de la especie humana y , ay, aquellas cejas tan tupidas que formaban bucles, y el cabello que lo llevaba lacio y sin rizar, mientras sus dos amigos vestían como cortesanos... (p. 43)
(...) e ser peinada por doña Clara, que le dejó los cabellos al aire, a la nuca, por eso de seguir el minucioso ritual de coronación de las reinas de Aragón. (p. 341)
Ángeles de Irisarri. Isabel, la reina. Ed. Folio, Barcelona, 2006. 518 pg.
Al igual que su padre, Robert era delgado y de piel cetrina, pero su rostro era algo más ancho y de forma ovalada. Iba peinado al estilo de la época, con una melena corta y lisa, parecida al cerquillo de los monjes, que le dejaba al descubierto la nuca y las orejas. Su rostro aparecía implacablemente rasurado.
(1456)
Rutherfurd, Edward. Sarum. Ediciones B, Barcelona. 1ª ed. 2000, 1192 pgs. Pg. 521.