3er Periodo en proceso I 2020 - Actualidad
En este tercer periodo, las series producidas no responden a una narrativa unificadora como en los ciclos anteriores, sino que se ramifican en tres vertientes de investigación visual: lo onírico, lo político-social y el proceso aleatorio del trazo y la escritura. Esta etapa no implica una ruptura con los procesos anteriores, sino una continuidad expandida de los mismos. Las tres vertientes que conforman este periodo surgen como una maduración de los procesos previos. Lo onírico emerge de la investigación psicoanalítica iniciada en el primer periodo, donde los sueños, la memoria y el inconsciente comenzaron a ser temas centrales. La dimensión político-social se desarrolla a partir de la conciencia crítica y la postura feminista que se adoptó e intensificó en el segundo periodo, transformando la reflexión en acción visual. Finalmente, la exploración del proceso aleatorio del trazo y la escritura, se alimenta de las inquietudes formales y del impulso por integrar escritura y dibujo, que ya se vislumbraba en la sexta serie. Así, este tercer periodo no sólo recoge los aprendizajes anteriores, sino que los reformula en nuevas direcciones, reafirmando al dibujo como un lenguaje expansivo y multiforme.
Desde los inicios del trabajo de la artista, el dibujo ha sido el medio esencial de exploración. Más que una técnica, se configura como una forma de pensamiento. En esta etapa, el dibujo se despliega como herramienta de investigación, de registro y de especulación. Su condición maleable, directa y sin ornamento lo convierte en el soporte ideal para alojar procesos de memoria, intuición y denuncia. En cada vertiente, el dibujo muta: puede volverse cartografía del inconsciente, dispositivo de confrontación social o ejercicio de percepción abstracta. Pero siempre conserva su carácter esencial: es un lenguaje que permite pensar con la mano, articular lo sensible y lo conceptual, operar entre lo visible y lo latente. En este sentido, el dibujo no ha sido una elección casual, sino una decisión ética y política: persistir en la línea como forma de conocimiento.
Este periodo también marca una apertura hacia nuevos circuitos de exhibición, como los salones de arte, lo que implica un tipo de diálogo distinto con los públicos y con los formatos. La presencia del color (rojo y azul, en particular) se vuelve una decisión formal y conceptual. La ausencia de color en los periodos anteriores no era azarosa, sino un reflejo de una mirada monocromática sobre el afecto y el trauma. En cambio, aquí el color se asume como signo, como código emocional y social. La imagen ya no busca solo rememorar, sino posicionarse frente a un presente convulso.
Esta etapa está en proceso. No es solo el nombre provisional de un ciclo abierto, sino también una metodología: trabajar desde el cuestionamiento constante, permitir que el dibujo sea una herramienta de investigación y no solo de expresión, abrirse a lo que el proceso exige y no solo a lo que se planifica. Si en el primer periodo se romantizaba, y en el segundo se reconocía la herida, en este tercero se actúa: se denuncia, se cartografía, se trastoca. Y todo ello, desde el dibujo como lenguaje fundamental.