En continuidad con el trayecto iniciado en series anteriores, esta quinta serie profundiza en la comprensión del deterioro y del duelo, tanto en lo emocional como en lo material. El vínculo con la inexistente serie 4 se vuelve explícito: aquella propuesta fue destruida de forma deliberada al evidenciar una regresión formal, un intento de retomar estructuras ya superadas que no contribuían a una evolución real del proceso. Sin embargo, al momento de desecharla, emergió una contradicción inevitable: a pesar de no sostener una continuidad creativa, esa serie era, en sí misma, un cuerpo de trabajo. El papel, entonces, fue tratado con una reverencia ambigua, como si se tratara de un cuerpo sin vida. Los retazos —fragmentos de dibujos rotos— fueron conservados, no como archivo, sino como posibilidad latente.
A partir de esos restos comienza a gestarse un proceso que, sin intención previa, transiciona hacia una lógica cercana al décollage. Este se vuelve un aspecto central de esta serie y de las que le suceden, motivado por la noción de pérdida-evolución que se manifiesta en los fragmentos. Como palabras suspendidas, estos restos esperan integrarse a un mensaje mayor. Así, el proceso inacabado y el dibujo en tránsito se transforman en dispositivos de resignificación del desecho. Aquí, lo "inacabado" no alude a una falta, sino a una condición deliberada del proceso. El trabajo no parte de una totalidad premeditada, sino de fragmentos rescatados que se integran sin la intención de completarse en el sentido tradicional. El dibujo en tránsito, los fragmentos adheridos, los rastros parciales, todo apunta a una lógica de construcción abierta. El inacabado, en este caso, es el espacio donde se permite que el sentido permanezca en suspensión, que lo no resuelto forme parte del discurso, y que el gesto de recomposición nunca cierre del todo la herida del papel.
Si bien en las series anteriores las figuras intentaban ajustarse a ciertos estándares, cuerpos o actitudes proyectadas quizás como aspiración de lo ausente, en Sorrow se produce un alejamiento consciente de ese imaginario. Se adopta una percepción físico-emocional del cuerpo, que traduce los síntomas desde su interioridad.
Inspirada en el dibujo Sorrow que Vincent van Gogh realizó de Sien Hoornik en 1882, esta serie explora el dolor como una condición intrínseca que revela la fragilidad del ser humano. Plantea la necesidad de reconocer el sufrimiento como parte fundamental del aprendizaje que configura la experiencia del yo: un yo inmerso en la tensión entre las exigencias del superyó y los impulsos del ello, que desafía los prejuicios que rodean la tristeza y la urgencia social por evitarla.
Esta serie se articula también como una crítica al rechazo social del dolor, una emoción frecuentemente etiquetada como improductiva o incómoda. Esta percepción cultural dominante niega al individuo la posibilidad de elaborar correctamente sus duelos, al minimizar el valor de las experiencias introspectivas frente a los ideales de productividad y eficiencia. En este sentido, aunque el décollage se manifiesta como procedimiento material, el tema subyacente es el dolor: lo que se arranca, lo que se rompe, lo que no puede descartarse del todo. Por eso, ya desde sus primeras decisiones —la destrucción de una serie anterior, la conservación de sus fragmentos y su posterior reapropiación— esta obra se convierte en un acto de resistencia frente a un sistema que margina lo roto, lo inacabado, lo improductivo.