Una vida de pequeñas rebeldías
Por: David C Róbinson O
Una vida de pequeñas rebeldías
Por: David C Róbinson O
Si bien es cierto que la llegada del final fatal siempre es una desagradable sorpresa (hasta en los casos donde ya se prevé), mucho más verdadero es que la vida es una concatenación de cientos o miles de procesos sorprendentes. Grandes o pequeños. Trascendentes o intrascendentes. Siempre asombrosos.
Uno de esos procesos fue haberla conocido y que en ese instante se ganara mi respeto. Viajando rumbo a su hogar me dijeron su apodo; me pareció de mal gusto e hice pública mi protesta. Al llegar al destino me dijo: soy…y me repitió el apodo, su apodo, pero envuelto en el más poético de los papeles de regalo: su iluminadora sonrisa.
Supe por su boca su historia de luchas, fallos y aciertos, de humildes rebeldías. Y, no sé, me la imagino nunca rendida, sufriendo la injusticia y enfrentando el abuso con una insurrecta mueca y, por supuesto, algún comentario sarcásticamente gracioso.
Estos días son aciagos, son los días de la despedida. Y, por un lado, sabiendo que ella ya no caminará entre nosotros, me llena de ira ver deambular a tanto llorón lleno de salud, vida y fortuna. Por otro lado, la vi a ella, a una mujer cuya vida estaba próxima a descarrilarse, a empeorar más todavía, destino que ella ya sabía iba a ocurrir, la vi aceptar lo que venía y no perder ni un valioso minuto en inútiles lamentos, minuto que tendría que restárselo a lo convivencia con sus seres amados.
Ella sí entendió que es la poesía, no como tanto fraude que repta por ahí. Con su actuar ella demostró, me mostró, que la poesía es más que escribir versos. Es la vida, esa, la de las pequeñas rebeldías que caminan sin rendirse por la noche de los cardos. Y en el caso de ella, pequeñas rebeldías iluminadas por una sonrisa de mujer gigante.