El taller de creación poética como espacio para construir conocimiento

Por: David C. Robinson O.


(Palabras leídas en el VII Encuentro Internacional de Promotores de la Poesía)


Antes de comenzar me gustaría mencionar un par de cositas. La primera tengo que disculparme por mi asistencia irregular. Quedé envuelto en una rebelión microbiana intestinal y todo parece indicar que fue al ingerir unos mojitos. Pinches bacterias borrachas.

La segunda. Veo que en el programa el nombre que aparece es David G. Me hubiese agradado ser David G. David Gabriel, por ejemplo. El pastor amado por Yavé y el lugarteniente del señor de los ejércitos. Pero no soy David G. Soy David C. una venganza de mi padre. Como a él le pusieron ese nombre. Soy David C, David Classen que en sueco significa nieto de Nicolás y a mí, ni siquiera me gusta la Coca-Cola. Ahora sí, al grano.

Permítanme iniciar por el final: los talibanes ¿pueden ser poetas? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué? ¿Alguien que piense que sí? ¿Alguien que piense que no? Bien. Regresemos al inicio.

Nací y crecí como poeta y escritor de ficciones dentro de un taller literario y me resultó natural convertirme en facilitador de talleres de creación literaria. Comencé como todo el mundo, supongo yo que así empieza todo el mundo o por lo menos la mayoría de los facilitadores, comencé preocupado por los aspectos técnicos de la escritura. Pasé luego a preocuparme por intentar transmitir el compromiso etéreo con la literatura, hasta que entendí que con tanto tutorial en el ciberespacio hablando de los tecnisismos, lo esencial sigue siendo lo de siempre: aspirar a decir algo importante. Y me pasó lo que no quería que me ocurriese, me tropecé con una insidiosa pregunta: ¿Y qué es lo importante?

Facilitar talleres literarios entre la comunidad panameña de aspirantes a literatos otorga prestigio y hasta dinero. En cada éxito de cada participante uno puede regodearse en la torpe idea de sin mí no lo hubiese logrado. Y si uno aprende a vestirse con togas púrpuras totalmente imaginarias, uno puede cobrar bastante cara cada sesión.

Pero en ese mundillo hay que lidiar con cada ego, muchos egos que acuden al taller y pagan para solamente escuchar halagos sobre la bazofia que tuvieron a mal escribir; bodrios del siguiente talante: te quiero, te adoro y te compro un loro. Eso, a mí, me aburrió.  El exacerbar espejismos ajenos no puede ser lo que importa. Tampoco el enajenar al público con el agua tibia ya descubierta ni con el reducir el éxito del escritor al número de árboles asesinados para imprimir ejemplares de dudosa trascendencia.

Quizás por estar vinculado a la educación por unos 40 años, mis lecturas me condujeron a la siguiente definición: la poesía es una forma de conocimiento. He dedicado los últimos años a confeccionar talleres que permitan al participante aterrizar en el conocimiento que el desea transmitir y en la técnica conveniente para hacerlo.

Regresemos a la pregunta sobre los talibanes. ¿Pueden ser poetas? El papel del facilitador es, inicialmente, preguntar: por ejemplo: ¿la violencia está reñida con el acto creador? ¿Puede alguien tener buenas relaciones con la poesía leyendo un único libro? ¿Es la variedad de sus lecturas la verdadera riqueza del escritor?

Con la última pregunta le abrimos la puerta a un tema sustancial, tal y como lo es la diversidad. Y terminaríamos el ejercicio con la consigna de escribir un texto sobre la diversidad. Diversidad, una palabra que hay que salvar de aquellos que en nombre de ella imponen el pensamiento único. Sigamos. Hechos los escritos, al tallerearlos, vemos los aspectos técnicos del texto, los que tiene y los que le faltan. También vemos sus estilos y estructuras y si en verdad hablan de la diversidad, de si la defienden o la atacan. Recordar: las palabras nunca son inocentes. Cuando yo digo blanco, estoy dejando de decir negro.

Este innovador método pedagógico no lo inventamos nosotros, sino un hombre mal visto por el poder de su sociedad, poder que al final terminó condenándolo a muerte. Esta metodología se llama mayéutica y se le atribuye su creación a un hombre llamado Sócrates hace unos

2 400 años. Este parir versos poco o nada tiene que ver con duendes y musas. La inspiración no es magia, es biología.

Este año la república de Panamá cumple 45 años de continua crisis educativa; hay muchos diagnósticos, muchos planes y programas, pero no se toma la decisión política que concretice alguno de ellos. En un país así, el taller literario como construcción de conocimiento, en la práctica, puede terminar siendo una batalla patriótica. Patria es otra palabra que hay que resignificar. ¿Qué tan patriota puede ser un adolescente que se siente abandonado y hasta odiado por el país donde nació?

Así lo vemos nosotros, el Colectivo de escritores Pensamiento. Aspiramos a dar nuestro aporte al conocimiento colectivo de esa patria que, según Rubén Blades, es tantas cosas bellas. Sin embargo, tenemos que aceptar nuestras limitaciones. Ya no tenemos 15 años, ni tenemos esa arrogancia propia de quien desconoce el terreno que busca conquistar.

Nuestro plan no aspira a incidir en toda la nación, aspiramos para este 2024 dedicarnos a una sola comunidad. Concentrarnos en la infancia de dicha comunidad y, por supuesto, en los maestros de dicha infancia. Ya la tenemos elegida: La Villa de Los Santos, el pueblo donde nació la nación panameña.

Sabemos que estamos obligados a hacer lo más sostenible posible el proyecto, lograr con la menor inversión de capital y recurso humano, el mayor logro de objetivos. Y para eso nos mantenemos entre nosotros en constante diálogo y vivimos a la pesca de oportunidades.

En Panamá es muy difícil formar el grupo humano que va a llevar adelante el proyecto, cualquier proyecto. En mi país, en un conjunto de tres personas, dos son gobierno y uno es oposición. Pero esta vez pienso que lo logramos, tenemos formado el equipo. Ya estamos listos. Ahora nos toca lanzarnos contra los irracionales molinos y clavarles nuestras muy racionales lanzas. Soy David C y les traigo un abrazo desde la única ciudad caribeña en las costas del Pacífico. Gracias.