Biografía de Norma Flores:
Norma Flores, conocida artísticamente como “Arte Camote”. Su obra explora y transforma la vida cotidiana en arte y palabras.
Actualmente se encuentra escribiendo un libro titulado “Insopróstico”. Forma parte de la Comunidad Latinoamericana de Autores de Éxito (ADE) y es coautora de la antología de ficción “Sus huesos y otros cuentos”, así como de “Amor y condena y otros poemas” (género poesía).
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Panamá, 20 de diciembre de 1989
Noche bipolar
Autora: Norma Flores
Los sueños viscosos se desdibujaron,
el tiempo se derritió lentamente
¡Despierten!, algo está pasando
Bajo la quietud de la noche,
un manto de muerte te cubrió
abrazos de tristeza inundaron los corazones
Las vidas se tornaron efímeras, los suspiros transparentes
rostros pálidos y perdidos, los cuerpos sintieron el frío
conozco tu sufrimiento y angustia, amigo
A través de los ojos de tu pueblo se ve,
savia viva aún en sus pieles por la sangre derramada
prohibido olvidar sí, pero recuérdalo con amor
la calma nunca fue antes del caos
Cúrate con la libertad y el amor de tu gente
el amor de tu pueblo sana el corazón
fue la muerte quien dio vida
Nuevas flores brotarán, no hay duda
mi ser desea que mañana no llueva tristeza
y te vuelva a ver feliz
Patria, gracias por tu amor tu incondicional
a pesar de tus batallas de sangre
perseverante y libre, así te quiero ver siempre.
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Volví
Autora: Norma Flores
Y nació la mañana, la cafeína parece ayudar
entre caminos, decisiones y acciones persigo mis sueños
mis metas y deseos se van cumpliendo
Me concentro en mí, me cuido, disfruto los momentos
respiro, vivo, siento, sueño, me encanta y sigo…
Convencida de que ya solté y te dejé ir
Pero en la miopía de mi pensamiento
un recuerdo de ti me sacó de la armonía de mí
y volví a extrañarte…
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Ruptura, reconstrucción y memoria desde la perspectiva de Norma Flores en dos de sus poemas
Por: Luis Carlos Serrano Quintero
En la antología Amor y condena y otros poemas, Norma Flores —escritora y artista visual costarricense radicada en Panamá— nos ofrece dos de sus creaciones: “Panamá, 20 de diciembre de 1989” y “Volví”, las cuales se sitúan en un territorio donde la palabra adquiere una doble función: testimoniar y transformar.
La autora se distingue por una sensibilidad que enlaza la vivencia íntima con el recuerdo colectivo. Sus versos interrogan la génesis del dolor, la persistencia de la esperanza y los procesos mediante los cuales los cuerpos y los pueblos se reconstruyen.
En ambos poemas, articula dos registros diferentes pero profundamente adjuntos: la memoria histórica y la memoria afectiva. Manifiestan que sanar implica recordar, y que recordar implica también un acto de amor, incluso cuando el pasado se presenta desde el trauma. Ya lo había dicho mucho antes Paul Ricoeur, filósofo francés: "La memoria no es un simple depósito de hechos, sino una reconstrucción afectiva del pasado". En otras palabras, quiso decir que la memoria no es como una grabadora que archiva datos pasivos de hechos, sino un proceso activo donde el pasado se interpreta, se reinterpreta y se vive emocionalmente. Configuramos nuestra propia identidad, uniendo lo vivido con el presente, entendiendo que el pasado no está en ese sitial para que solo lo consultemos sin acciones ni cambios.
En el primer poema, Flores aborda un episodio doloroso en la historia panameña: la invasión del 20 de diciembre de 1989. El tono inicial es atmosférico y sensorial. La primera imagen —“Los sueños viscosos se desdibujaron, el tiempo se derritió lentamente”— coloca al lector en una circunstancia liminal o de transición entre dos etapas, un estadio casi onírico que anuncia la interrupción brutal de la normalidad. La exclamación “¡Despierten!, algo está pasando” opera como un llamado urgente, una voz que rompe el velo de la noche y alerta sobre la irrupción de la violencia.
La poeta personifica a la patria como un cuerpo herido: “un manto de muerte te cubrió”. La noche, asociada usualmente a la calma, se convierte aquí en un escenario de pérdida y devastación. Los versos que siguen —“rostros pálidos y perdidos”, “los cuerpos sintieron el frío”— construyen una poética del duelo que no es abstracta, sino profundamente corporal. La poeta agrega: “conozco tu sufrimiento y angustia, amigo”, convirtiendo la tragedia colectiva en un diálogo íntimo, casi fraternal.
Sin embargo, el eje discursivo del poema aparece en el verso “prohibido olvidar, sí pero recuérdalo con amor”. Estos versos pueden ser un golpe fuerte al lector, principalmente al lector que vivió la experiencia muy de cerca; al leerlos sienta que no es lo que quiere oír. No obstante, la postura ética que sostiene Flores es que la memoria no es solo un imperativo político, sino también un proceso afectivo que permite evitar que el dolor se convierta en resentimiento inmovilizante. Recordar “con amor” no minimiza la tragedia, sino que afirma la capacidad del pueblo de transformar la herida en fuente de fuerza y unión.
La segunda mitad del poema se construye desde la esperanza: “Cúrate con la libertad y el amor de tu gente”, “Nuevas flores brotarán”. La muerte, paradójicamente, es presentada como la que “dio vida”, una imagen que remite a la fertilidad surgida del sacrificio y a la capacidad del país de renacer. La expresión de Tzvetan Todorov, filósofo búlgaro: "Recordar no es repetir, sino transformar el pasado en principio de
acción ética", nos enseña a seleccionar conscientemente aspectos del pasado para extraer lecciones y convertirlos en una guía para nuestras acciones presentes y futuras, evitando errores y construyendo una ética que no quede atrapada en ese pasado, sino que la utilicemos para un propósito moral y transformador.
Y es de esa manera que Norma lo menciona al cierre del poema, después del agradecimiento a la patria, entendida no como territorio abstracto sino como entidad afectiva: “a pesar de tus batallas de sangre” permanece perseverante y libre. Se transforma un hecho histórico traumático en un espacio para reflexionar sobre los recuerdos, la identidad y la resiliencia de un pueblo.
En el caso del segundo poema, “Volví”: podemos considerarlo un texto poético individual y aparte del primero, como una experiencia personal o imaginaria de la autora, pero si lo complementamos al anterior veremos la intimidad como territorio de fractura y regreso. La escritora dice: “pero en la miopía de mi pensamiento un recuerdo de ti me sacó de la armonía de mí y volví a extrañarte”. Eleva estos versos a niveles semánticos; aquí utiliza una metáfora conceptual porque, primero, habla de un defecto físico visual y luego lo traslada a un ámbito mental, emocional o existencial, es decir, una incapacidad completa de incomprensión.
También está el nivel morfosintáctico: un marco espacial figurado. “En la miopía de mi pensamiento” tiene una preposición que convierte lo abstracto en un espacio habitable, como si el hablante habitara dentro de ese plano o limitación. Hay también una metáfora principal, cognitiva y no decorativa, ya que el pensamiento adquiere un defecto propio de los ojos físicos. Y finalmente observamos una aliteración suave: “miopía / mí / mi pensamiento”, con lo cual el yo poético nos indica que la poesía contiene reglas y que, como concepto universal, es una cosa, y como género literario es otra.
En contraste con la dimensión histórica del primer poema, el segundo, “Volví”, se adentra en la arqueología emocional del yo lírico. Aquí no hay una nación como interlocutora, sino un tú amoroso cuya ausencia ha dejado huella. El poema funciona como un registro de proceso interior: no narra un evento, sino un devenir psicológico. Los primeros versos muestran una aparente estabilidad: “Y nació la mañana, la cafeína parece ayudar”. La autora enmarca su cotidianeidad como escenario de avance personal: decisiones, acciones, metas. Los verbos en movimiento sugieren agencia, autonomía, recuperación. En términos académicos, el poema inicia en un modo afirmativo, donde el yo se reconoce sujeto de su propio proceso de sanación.
Pero lo verdaderamente poético —e ideológicamente relevante— surge cuando esa armonía se fractura: “Un recuerdo de ti me sacó de la armonía de mí y volví a extrañarte.” Este verso contiene varias capas de lectura: 1. La irrupción del pasado: el recuerdo opera casi como un agente externo, similar al modo en que Sigmund Freud, médico austriaco y denominado padre del psicoanálisis, describe el retorno de lo reprimido. 2. La desestabilización del yo: la frase “de la armonía de mí” es particularmente sugerente; Flores concibe el yo como un espacio musical, rítmico, que puede desafinar ante la aparición del pasado. 3. El retorno involuntario: la palabra “volví”, que da título al poema, cristaliza la circularidad emocional. No es un regreso buscado, sino inevitable.
El poema no ofrece una resolución; no hay cierre rotundo. Tampoco es necesario buscarlo. Más bien, se ubica en un espacio donde sanar significa avanzar aun cuando el pasado siga tendiendo puentes hacia la nostalgia.
Conexiones entre ambos poemas: el hilo de la sanación
Aunque los dos textos abordan temas muy distintos —uno histórico, otro personal— comparten una misma arquitectura emocional: la conciencia de la herida y la búsqueda de la sanación. En ambos, la voz poética insiste en el acto de soltar sin olvidar. La memoria es, para Flores, un punto donde pasado y presente dialogan sin cancelarse. Ya sea ante el trauma nacional o ante la pérdida amorosa, los dos poemas sostienen que sanar implica aceptar la persistencia del recuerdo.
Además, ambos textos funcionan como rituales de transición: en “Panamá, 20 de diciembre de 1989”, el país se mira a sí mismo desde la herida para imaginar un renacer; en “Volví”, el yo lírico reconoce su fragilidad para continuar su propio camino. En ese sentido, uno y otro poema dialogan desde la idea de que el dolor no anula la esperanza, sino que la hace más auténtica.
Conclusión: la palabra como raíz y renacer
Los poemas de Norma Flores revelan una poética donde la memoria —ya sea nacional o afectiva— actúa como territorio fértil. En “Panamá, 20 de diciembre de 1989”, la poeta convierte un episodio trágico en un canto de resiliencia colectiva. En “Volví”, transforma la intimidad quebrada en un mapa de autoconciencia. Ambos textos coinciden en que recordar no es quedar atado al pasado, sino usarlo como raíz desde la cual renacer, como el fénix que resurge desde sus cenizas. Y así mismo, desde la sensibilidad, desde el rigor, desde la belleza de sus imágenes, Norma Flores demuestra que la poesía no solo nombra la herida, sino que también acompaña el proceso de cicatrizarla.