Reflexiones provocadas
por la pandemia actual
Desde el siglo XVIII y la llamada Ilustración, el mundo europeo, con sus extensiones en muchas partes del planeta, está tiranizado por una ideología que germinó en el Renacimiento y con la Revolución Científica del siglo XVII y que trajo consigo la destrucción de las creencias y los valores tradicionales que habían alimentado a la Cristiandad medieval. Esta visión moderna del mundo –jactanciosamente racionalista, utilitaria, materialista, cientista y tecnocrática- se ha extendido a todos los lugares del globo. Como un monstruo desbocado, ha arrasado culturas y pueblos tradicionales en todas partes, ha destruido el orden natural y ha corrompido nuestra manera de ver y estar en el mundo (esta última merma es el antecedente necesario de la contaminación ambiental). Una de sus consignas es la idea de «Progreso» y su creencia concomitante de que, mediante la razón y la ciencia moderna, el hombre puede moldear el mundo para sus propios fines y controlar su propio destino. Los campeones ilustrados del Progreso nos aseguraron que un orden nuevo y mejor estaba al alcance de la mano (y sus epígonos todavía lo hacen hoy en día). Las creencias y valores religiosos transmitidos por la tradición –en el lenguaje contemporáneo, «las supersticiones del pasado»- simplemente se podían tirar a la papelera de la historia. Tras la sanguinaria barbarie y las catástrofes ecológicas del siglo XX, en gran parte alimentadas por una obsesiva búsqueda del «crecimiento» económico, uno difícilmente pensaría que unas ideas tan arrogantes e ingenuas pudieran sobrevivir, pero, ante la abrumadora evidencia de lo contrario, han demostrado ser extraordinariamente tenaces. La pandemia, cualesquiera que puedan ser sus causas materiales y auxiliares, sirve para recordarnos de nuevo que un orgullo prometeico debe tener consecuencias. Como observó con presciencia Wendell Berry: «Tanto si nosotros y nuestros políticos lo sabemos como si no, la Naturaleza es parte interesada de todos nuestros negocios y decisiones, y tiene más votos, más memoria y un sentido de la justicia más riguroso que nosotros» (de su elogiosa crítica del libro The Dying of the Trees de Charles Little, 1997).
Las enseñanzas tradicionales insisten en que el mundo y la humanidad tienen un origen y un fin divinos. El hombre sólo puede realizar su vocación reconociendo al Absoluto (en términos cristianos, Dios, pero en otros contextos conocido con muchos otros nombres) y los imperativos que esto implica, entre los que se cuenta una vida de oración que es nuestro refugio más seguro y nuestra esperanza más cierta. Además, vivimos en un mundo necesariamente imperfecto, que tiene el sufrimiento como elemento inherente; nuestras relaciones mutuas y con el mundo natural del que formamos parte han de estar animadas por la humildad, la generosidad y la compasión. La Tradición también nos enseña que sin el sentido de lo transcendente, el sentido de lo sagrado, ninguna civilización es digna de este nombre. Imaginar que la pandemia no tiene nada que ver con nuestro rechazo deliberado de estas verdades perennes es, como mínimo, insensato y presuntuoso. Ni un «humanismo» que no responde a nada fuera del orden humano, ni una ciencia empírica profana, ni un sistema económico rapaz pueden proporcionar el remedio para la crisis espiritual profundamente enraizada de la que estos elementos son en realidad tanto síntomas como causas. Nunca se nos recordará bastante que: «El estado del mundo exterior no sólo corresponde al estado general de las almas de los hombres; también, en cierto sentido, depende de ese estado, ya que el hombre es el pontífice del mundo exterior. Así pues, la corrupción del hombre debe necesariamente afectar al todo» (Abû Bakr Sirâj ad-Dîn, The Book of Certainty, 1974 [El Libro de la Certeza, José J. de Olañeta, Editor, 2002, trad. de Juan Acevedo]).
En las circunstancias en las que nos encontramos también haríamos bien en escuchar estas palabras de Frithjof Schuon: «Los sinsabores o las desgracias que le ocurren al hombre siempre tienen tres causas: el hombre mismo, el mundo y Dios. Se puede tomar en consideración una u otra de estas causas, según el punto de vista en el que uno se sitúe, pero no se puede negar ninguna. El hombre es el autor de su infortunio en la medida en que éste se siente como un sufrimiento; el mundo es su autor en la medida en que el infortunio quiere retener al hombre en la ilusión cósmica; y Dios es su Autor en la medida en que el infortunio llega al hombre como una sanción, pero también como una purificación, o sea como una prueba» (Perspectives spirituelles et faits humains, 1953 [Perspectivas espirituales y hechos humanos, José J. de Olañeta, Editor, 2001, trad. de Esteve Serra]). ¿Tenemos la sabia humildad de preguntarnos, en un espíritu de severa seriedad, de qué transgresiones nuestros sufrimientos actuales pueden ser una sanción, y de reflexionar profundamente sobre el mejor modo de enfrentarnos a esta prueba y con ello pasar por una purificación, no sólo de nosotros mismos sino también de nuestro mundo ensombrecido? Sin un implacable examen de conciencia de este tipo, puede que, de un modo u otro, estemos perdidos.
Harry Oldmeadow
Bendigo, abril de 2020
(Publicado en Sacred Web: A Journal of Tradition and Modernity, nº 45, junio de 2020.Traducido por Esteve Serra)