Qué somos y dónde estamos
Gai Eaton
Un número cada vez mayor de personas en Occidente, cristianos y no cristianos, rechazan como ingenuas o infantiles muchas creencias que sus antepasados consideraban elementos esenciales del Cristianismo; y un conjunto de creencias en particular se ha desechado con verdadera indignación. Son las creencias derivadas de la doctrina de que los actos humanos tienen repercusiones mucho más allá de las fronteras del mundo de los hombres y pueden provocar, por la propia naturaleza de las cosas, reacciones que nuestro lenguaje define con las palabras castigo y sufrimiento. En épocas anteriores, el proceso por medio del cual estas consecuencias recaen sobre nosotros se veía como un Juicio divino y ese sufrimiento se describía en la imaginería pintoresca pero persuasiva de los tormentos del infierno.
¿Cómo podía ese Dios de catequesis dominical permitir que sus hijos bienintencionados y "fundamentalmente dignos" sufrieran a perpetuidad por faltas y debilidades que son " sólo humanas " y que, en todo caso, proceden por lo general más bien de factores ambientales que de la personalidad del pecador? Evidentemente, no podía. Pero en este caso nos vemos lógicamente obligados a preguntarnos cómo puede permitir muchas otras cosas que, innegablemente, existen: la guerra y la opresión, el cáncer y un amplio espectro de "discapacidades" físicas y mentales. Es un misterio que semejante Dios permita siquiera que el mundo exista.
"Glorificado sea Dios con una gloria alejada de todas sus representaciones", dicen los musulmanes. Alejada de la representación de Dios como un buen hombre de grandes proporciones, alejada de la imagen de paternidad humana elevada a un plano superior, e infinitamente alejada del Anciano adorable sentado en el Cielo. Siendo humanos, necesitamos imágenes a modo de peldaños de una escala que nos conduzca a Aquello que no tiene imagen, y que es incomparable; pero cuando nos tomamos estos soportes provisionales demasiado al pie de la letra y sacamos de ellos conclusiones definitivas, entramos en la región de lo absurdo.
El temor al infierno ha hecho que innumerables hombres diesen media vuelta, se orientaran hacia su meta y avanzaran hacia ella cuando, de no ser por ese miedo, podrían haberse extraviado y perdido en las tinieblas. El miedo tiene su utilidad si pone a un hombre en el camino hacia la seguridad y el reconocimiento de su verdadera naturaleza; y, dado que la responsabilidad humana existe y que los actos tienen responsables con quienes las consecuencias que se derivan de ellos guardan relación, ciertamente hay cosas que temer y las imágenes del fuego eterno no son ningún engaño. Sin embargo, se trata de una imaginería que sugiere un castigo que viene de fuera de nosotros mismos (incluso tomando la mismidad en su sentido más profundo), y completamente ajena a todo lo que somos. En una época en la que el hombre ya está profundamente enajenado de sus raíces y de su mundo, esta imagen representa una nueva enajenación, no porque sea intrínsecamente falsa, sino porque los que han perdido todo sentido de la unidad fácilmente la interpretan mal.
No es que seamos libres de alterar la doctrina para adaptarla a nuestras necesidades. Lo que sí podemos hacer, sin embargo, es recordar aspectos y elementos de la doctrina que han permanecido olvidados durante mucho tiempo y hacer hincapié de nuevo en ellos. Puesto que la idea de responsabilidad tiene poco peso si se limita exclusivamente al ámbito social y puesto que cualquier extensión de la responsabilidad más allá de este ámbito implica que se asocien consecuencias sobrenaturales a los actos humanos, necesitamos que se nos recuerde que, desde el punto de vista religioso, no nos juzga ningún déspota extranjero que gobierne -o mal gobierne - el universo, sino la Norma que llevamos dentro de nosotros de manera inherente.
“El fuego lo invadirá y lo envolverá todo”, dice Thibon, que escribe desde el punto de vista católico: “Todos seremos juzgados desde el interior y, por decirlo así, cada uno por su propio yo”[1]. “Todo aquel que peca, peca solo contra sí mismo”[2], dice el Corán; y dice además, “Lee tu libro. Hoy basta tu alma para ajustarte cuentas”[3]. En todo contexto religioso encontramos la doctrina de que el Juicio divino (reciba el nombre que reciba) no consiste ni más ni menos que en despojarse de todo tipo de falsedad y autoengaño, con la consecuencia de que quede expuesto lo que realmente somos. Nuestra verdadera identidad había quedado velada misericordiosamente a nuestros ojos -ésa era la libertad y la oportunidad que teníamos de ejercer la responsabilidad en el margen que hemos recibido- pero al final los velos se desvanecen, se acaba la comedia, y aparecemos ante nosotros mismos tal como somos.
Nuestros actos son la muestra exterior de lo que somos. Este es su significado principal y por eso se dice que un cambio en la naturaleza básica de un hombre -"el arrepentimiento"- lo libera de la carga de sus pecados pasados, por negros que hayan sido. Tienen razón quienes consideran absurda la idea de que el hombre pueda merecer un castigo sobrenatural por un pecado aparentemente trivial, siempre y cuando la situación se defina de este modo. Pero lo que se castiga no es el pecado, sino la profunda deformación interior que se traiciona a sí misma con ese pecado que la revela -y que debe contrastarse con la Norma- cuando el tiempo y la oscuridad terminen.
Y sin embargo, nunca podremos desvincularnos de nuestros actos, de igual modo que no podemos desvincularnos de nuestros miembros. “Ese día”, dice el Corán, “sellamos las bocas; y las manos hablan y los pies dan testimonio de sus acciones[4]. Como ya hemos sugerido, la distinción habitual entre un núcleo de individualidad y la telaraña de acciones dentro de la cual opera es una distinción conveniente pero superficial. La persona en su conjunto, como manifestación de un modelo particular en el tiempo y en el espacio, no está sujeta al azar o a accidentes: le ocurra lo que le ocurra y -lo más importante de todo, dados los esfuerzos contemporáneos por eximir de responsabilidad a quienes actúan "cumpliendo órdenes"- todo aquello en lo que participa es un aspecto de su naturaleza total. La paradoja que la razón humana no logra reconciliar radica en el hecho de que esta naturaleza total, aunque ya esté completa más allá de nuestro contexto existencial, se encuentra -desde nuestro punto de vista y en nuestra experiencia- en proceso de formación y todavía es maleable, todavía es alterable. Y nuestra experiencia representa algo inherente a la naturaleza de la realidad. No es que simplemente tengamos una ilusión de libertad. Somos libres, pero sólo relativamente. La libertad absoluta es una cualidad que pertenece únicamente a Dios.
No hay necesidad de esforzarse en resolver este enigma, porque no lo resolveremos por muchas vueltas y revueltas que le demos en los pasillos de la razón; pero el énfasis en la experiencia -nuestra conciencia de los acontecimientos, junto con las ideas y sentimientos que provocan- es esencial para comprender lo que las doctrinas tradicionales han querido decir con "infierno". “Las almas condenadas están en el Paraíso", dijo Simone Weil, "pero para ellas el Paraíso es un Infierno". Con el mismo espíritu paradójico, el Budismo Zen nos dice que este mundo presente del tiempo y el espacio (y del sufrimiento) no es otro que el eterno Nirvana. El infierno no es un lugar sino un estado de ser y por eso, en nuestros términos, un estado de experiencia. La experiencia, tal vez, de lo incurablemente imperfecto en presencia de la Norma de la que se ha alejado y a la que se niega a volver. El alma condenada, dice Thibon, es "un ser esencialmente refractario, para siempre consumido por las llamas y para siempre incapaz de convertirse en llama". El infierno es una alienación tan extrema que el único modo de que los condenados puedan experimentar su propia totalidad es mediante el dolor. Como el loco convencido de que la persona que más lo ama es su enemigo más mortífero o como la víctima de hidrofobia que muere en una agonía de sed pese tener el agua a su alcance, los condenados se enredan en un sueño maligno que cambia los objetos más benignos en figuras de terror y maldad. Según las enseñanzas tradicionales este estado infernal es el resultado (desde nuestro punto de vista, aquí y ahora) de un mal uso de nuestra relativa libertad, un rechazo no sólo a ser lo que somos –habida cuenta de nuestra Norma- sino también a aceptar la carga que se nos impone como seres responsables y a enfrentarnos al hecho de que nuestros actos y sus consecuencias tienen un significado mucho más allá del estrecho campo en el que se inician.
"Puesto que no somos ‘‘distintos del Sí’’, dice Schuon, "estamos condenados a la eternidad. La eternidad nos acecha, y por eso tenemos que volver a encontrar el Centro, ese lugar en el que la eternidad es beatitud. El infierno es la respuesta a la periferia que se hace Centro, o a la multitud que usurpa la gloria de la Unidad; es la respuesta de la Realidad al ego que pretende que es absoluto..." Estamos condenados a la totalidad porque por muchas ilusiones que nos hagamos y por mucho que teoricemos, ni escondernos bajo tierra ni ningún acto de autodestrucción nos convertirían en menos de lo que somos. Sólo podemos aparentar que somos menos que criaturas virreinales con una responsabilidad virreinal, y de esta apariencia es de lo que debemos despojarnos el Día del Juicio.
Según el filósofo judío Martin Buber, "el mayor mal es olvidar que eres hijo de un rey". Este olvido está estrechamente ligado al deseo del "ego" humano de convertirse en falso absoluto (aunque sea a una escala insignificante), por lo que se ha llegado a sugerir que el infierno sólo incluye a aquellos que prefieren estar donde están y rechazan la oferta de liberación. Así, se dice en el Islam que las almas que están en el infierno disfrutan, cada una de ellas, de algún placer particular o ventaja aparente que las arraiga en su condición miserable, y no están dispuestas a salir de ese sueño oscuro y volverse hacia la luz.
Al negar u olvidar su identidad virreinal -su ascendencia divina- el hombre pierde una dimensión de su ser, pero con esta amputación gana una ilusión de autosuficiencia y de libertad ante la responsabilidad, es como un reyezuelo que ya no reconoce que su castillo es un feudo y que tiene cuentas que rendir. Esta libertad engañosa ha hecho posible el desarrollo de la ciencia y la tecnología contemporáneas y ha llevado a la explotación sin precedentes del mundo natural (tanto animado como inanimado). Ha permitido al hombre moderno cometer crímenes monstruosos contra sus semejantes y contra su entorno (por lo tanto, en definitiva, contra sí mismo) sin ninguna conciencia de culpa siempre y cuando haya estado actuando como miembro de la masa, como miembro de una multitud organizada " cumpliendo su deber". Sin embargo, esto no lo ha liberado de un sentimiento obsesivo de culpa en su vida personal, como individuo que actúa solo; de hecho nunca ha habido un miedo mayor a correr riesgos que entre la burguesía de nuestro tiempo.
El ejercicio de la responsabilidad humana bien puede implicar la disposición a asumir riesgos enormes y a asumir una carga inevitable de culpa; pero esta carga sólo es intolerable mientras nos neguemos a considerarla una condición de nuestra existencia. El soldado que mata porque se le ordena hacerlo y el funcionario que aplica normas que causan daño y sufrimiento creen estar exentos de responsabilidad - "yo no he hecho las leyes"- sin poder decir a quién pertenecen sus actos, si no a ellos mismos, e imaginan que siempre y cuando estén uniformados o vestidos para el cargo son menos que hombres. ¿Suponen que la responsabilidad recae únicamente en aquellos que les dan las órdenes? Son siervos de Dios, no de sus semejantes; y si ellos eligen obedecer a sus semejantes, de ellos es la responsabilidad. No es casualidad que determinado hombre se encuentre en un lugar determinado en un momento determinado y actúe según las circunstancias. Está donde está porque es lo que es; y tiene que ser juzgado por lo que es.
La tradición cristiana ha dado un aire extremadamente emotivo a las ideas de pecado y culpa, en parte al adoptar el punto de vista de que el pecador está "hiriendo" a un Salvador amoroso con estos actos de desobediencia, y en parte por el énfasis puesto en la paternidad de Dios, de modo que se trasladan a los pecados de los adultos las emociones derivadas de las situaciones de la infancia. Esta actitud emocional, perfectamente en su lugar dentro del cuerpo de la Iglesia, ha persistido entre aquellos que ya no son cristianos y para quienes, por eso, no puede haber confesión, expiación ni perdón. En el cristiano puede constituir un elemento de salud; en el ex-cristiano es a menudo una enfermedad.
La conciencia de culpabilidad en el sentido de un reconocimiento personal e intelectual de lo que somos y de dónde estamos es tal vez el comienzo del realismo y el reconocimiento de que somos seres responsables. Pero la culpa como condición emocional tiende a ser a la vez paralizante (en lo que concierne al individuo) y destructiva (en el plano de las relaciones humanas): es en esencia un sentimiento de alienación. En cambio, la conciencia de culpabilidad, en su naturaleza básica, es la conciencia de que no somos lo que deberíamos ser; de que hacemos mal uso de nuestros poderes y gobernamos mal nuestro reino. En el Cristianismo la conciencia de culpabilidad va ligada al reconocimiento de un pecado original constantemente mantenido, y en el Islam con el reconocimiento de que el pacto hecho por todas las almas "cuando yacían en los riñones de Adán" se ha roto, y en el Hinduismo con la doctrina del "karma" y de la cadena de acciones y reacciones que nos ha traído a este lugar crepuscular. Decir que deberíamos ser "mejores" de lo que somos en seguida reduce la cuestión al plano del moralismo y el sentimentalismo. Lo que debemos es ser distintos de lo que somos, más verdaderamente nosotros mismos en función de nuestra propia Norma.
Pero como sólo podemos empezar a partir de donde estamos y las acciones sólo podemos emprenderlas en el lugar en el que nos encontramos, comenzamos nuestro trabajo en calidad de enfermos y el mundo con el que tenemos que lidiar es un paraíso en ruinas. La perfección está muy lejos y, en circunstancias en las que el bien está inextricablemente mezclado con el mal y toda luz proyecta su sombra, sólo los santos pueden actuar responsablemente sin incurrir en ningún exceso de culpa.
No se nos pide que intentemos alcanzar una pureza de acción imposible, sino que aprendamos a distinguir entre los bienes relativos que se nos presentan como nuestro campo de acción, poniendo cada cosa en su lugar y en su plano en el orden total, restableciendo las conexiones allí donde se hayan roto y reunificando la unidad allí donde se haya quebrado. Esto sólo lo podemos hacer si estamos dispuestos a comprender nuestra situación real y, a la vez, a dirigir la mirada hacia nuestro verdadero centro y, concentrando nuestra atención en él, por lejano que parezca, empezar a llevar hacia él los elementos dispersos de esta situación.
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Al nacer, el hombre está destinado a hacer dos viajes. Del primero no puede librarse, porque es el viaje de la acción y la experiencia a medida que recorre el curso de su propia vida y crea -como hombre de su época, situado en el tiempo y en el espacio- una historia que es expresión, en este modo particular, de su identidad suprema. El segundo viaje, que -al menos en cierto sentido- puede evitarse, es a contracorriente, utilizando el tiempo y el lugar sólo como puntos de partida que conducen más allá de su zona. Este es el viaje descrito en innumerables mitos y leyendas, el camino arduo y peligroso hacia el centro del ser, el paso de lo efímero e ilusorio a lo eternamente real. Para proporcionar un paisaje a este viaje, fue inmolado el monstruo Caos y emergió de las aguas un mundo ordenado, y para proporcionar un camino viable a lo largo de este paisaje se esforzaron los profetas, murió Cristo y Mahoma condujo a la gente de la Ciudad a la batalla en los desiertos de Arabia.
En una sociedad normal, las circunstancias del primer viaje proporcionan soportes para el segundo, y el objetivo del hombre en el pasado era construir y mantener un entorno físico y social en el que cada elemento tuviera un carácter dual, que existiera como "cosa" por lo que respecta al primer viaje, y se erigiera en símbolo y poste indicador por lo que respecta al segundo. Hace ya mucho tiempo que las rutas de estos dos viajes han ido divergiendo, y no es casualidad que la última de las grandes Revelaciones que han transformado el mundo haya hecho tanto hincapié en el deber de peregrinar: el musulmán piadoso en su camino hacia La Meca es como un danzante que, con los pasos que da hacia el símbolo físico de toda centralidad, representa el drama de su propio e intemporal viaje interior, como si, en sus oraciones obligatorias, creara una pequeña área de territorio consagrado -limitada a las dimensiones de su alfombra de oración- en un ambiente que se ha vuelto casi totalmente profano. Desde este punto de vista, podría decirse que las reglas sagradas del Islam fueron especialmente diseñadas para proteger al viajero en un mundo que ya no le ofrece ningún punto de apoyo.
Pero el hecho de que nos encontremos ahora en un mundo en el que los dos caminos han divergido tanto que a duras penas pueden seguir relacionándose entre sí no es, a fin de cuentas, un accidente sin sentido. El mundo humano, siendo como es, no podía sino decaer con el paso del tiempo, pero puesto que la decadencia es en sí misma un aspecto necesario de un modelo más amplio y puesto que existen posibilidades que sólo pueden encontrar expresión existencial en un contexto como el nuestro, este es el mundo al que pertenecemos. Vivimos nuestras vidas aquí y ahora (en vez de en un ambiente paradisíaco) porque es nuestra naturaleza estar donde estamos. Y se nos dice que existen compensaciones disponibles para los hombres como nosotros que no estaban disponibles para los hombres menos degenerados de tiempos anteriores. "Estáis en una época en la que, si descuidáis una décima parte de lo que está mandado, seréis condenados", dijo el Profeta del Islam a sus compañeros, "pero después de esto llegará una época en la que se salvará el que observe una décima parte de lo que ahora está mandado".
El hombre moderno es débil, por no decir frágil, y está sujeto a la vez a presiones y tentaciones desconocidas para la gente de épocas anteriores; además, vive en un ambiente tan hostil a la religión y a lo sagrado en sus formas terrenas y en su estructura misma que la Justicia divina debe tenerlo en cuenta y no podemos ser juzgados según los criterios aplicables justamente a nuestros antepasados, que vivieron en un ambiente en el que lo "natural" era ser religioso. Pero si tenemos un derecho muy especial a la Misericordia, existe sin embargo un vicio, pecado o crimen que excluye la posibilidad del perdón, y es el rechazo de la Misericordia que se nos ofrece. Se podría decir que somos como hombres que se están ahogando y a los que se les tiende una mano. Si nos negamos a reconocer esa mano como lo que es, si no la agarramos, no tenemos ninguna esperanza.
Las grandes religiones reveladas y las verdades inherentes a las antiguas tradiciones de la humanidad son, por definición, "una misericordia para la humanidad". También lo son, en menor grado, los santos y los hombres verdaderamente piadosos. E igualmente lo es lo sagrado en todas sus ramificaciones, ya sea en forma de templos y santuarios construidos por la mano del hombre, o en el esplendor y la belleza de la naturaleza virgen. Despreciar la santidad cuando la encontramos entre los hombres o profanar lo sagrado es por ello la forma más grave de lo que los cristianos llaman el pecado contra el Espíritu Santo. Es pisotear la Misericordia.
Aquí, desde el punto de vista humano, nos encontramos con una paradoja. Lo relativo no puede tener ningún impacto en lo Absoluto. El hombre, por mucho que blasfeme o se rebele, no puede hacer daño a Dios. Pero las manifestaciones de Misericordia en este mundo son necesariamente más frágiles que su autor. Lo sagrado es vulnerable. Tenemos que andar por esta tierra con mucho cuidado, porque está salpicada de signos de la Misericordia divina. Tenemos que ser conscientes de las maravillas que nos rodean y tener cuidado de no estropearlas, tanto por nuestro bien mismo como por el de otros que puedan encontrar su salvación aquí o allá entre las pequeñas cosas que se destruyen tan fácilmente.
Por un lado están esas "pequeñas cosas" en las que la Misericordia está semioculta; por otro, las trivialidades cotidianas que parecen tan importantes a los hombres de nuestro tiempo y que aprecian con tan ciega devoción. Lo que se nos pide es un acto de discernimiento entre el oro y la paja, entre lo sagrado y lo profano; y se nos pide precisamente porque por naturaleza somos capaces de ello. Y, en un mundo plagado de distracciones, este discernimiento se hace cada vez más necesario. Cuanto más se aleja el mundo de su fuente y se lo despoja -o parece que se lo despoje- de su significado sobrenatural, más necesario resulta concentrar nuestra atención en lo esencial, y para seres que están aquí tan poco tiempo, cuyas capacidades decaen justo cuando están aprendiendo a usarlas y que mueren mucho antes de estar preparados para partir, las cosas esenciales no pueden ser muchas. En nuestro contexto, importan muy pocas cosas, pero esas pocas importan muchísimo.
La complejidad de la vida moderna es una complejidad superficial en el sentido de que la mayoría de los hilos que la componen están tejidos a partir de necesidades artificiales, obligaciones irreales, ambiciones triviales y, sobre todo, sustitutos brillantes pero insatisfactorios de las pocas cosas realmente necesarias para llevar a cabo el viaje humano (en cualquiera de sus aspectos). La hostilidad de todas las religiones frente a las "riquezas", su ensalzamiento de la "pobreza", debe entenderse sobre todo en sentido espiritual y, por eso, enlaza con la indiferencia del hombre arcaico ante acciones y acontecimientos que no lleven el sello de Aquel Tiempo, el sello de la eternidad. En ambos casos lo que hay que temer es lo irreal -o lo "menos real"- en la medida en que amenaza disipar las energías del hombre (y su capacidad de prestar atención) en el desierto de la cantidad. Y precisamente porque toda nuestra atención -una atención tan poderosa que se dice que es capaz de penetrar los velos que nos ocultan la luz del cielo- la hemos centrado en el reino de la cantidad y la relatividad, hemos sido capaces de conseguir las maravillas científicas y tecnológicas de nuestra época.
Lo podría haber hecho cualquiera, cualquier raza que tuviera la voluntad de realizar el sacrificio fáustico del que depende toda la estructura. Resultó que fueron los europeos los primeros en dar la espalda a la luz para hacer aparecer maravillas de las tinieblas, pero otras razas no perdieron tiempo en seguir su ejemplo: la noción de que es posible tener lo mejor de ambos mundos es ridícula, pues la atención humana no puede enfocarse en dos direcciones opuestas. Pero en vista de las enormes, aunque mal dirigidas, energías que hemos concentrado en nuestro particular y limitado plano de existencia, es sorprendente que no hayamos logrado más de lo que de hecho se ha logrado. Pese a todos nuestros afanes, no estamos más cerca de crear un cielo en la tierra de lo que hayamos estado en todo momento.
Ni lo estaremos nunca. A largo plazo, no podemos conseguir la adquisición efectiva de la cantidad. Somos reales y necesitamos confrontarnos con la realidad, mientras que el reino de la cantidad (en contraposición al mundo de los objetos únicos y significativos) se vuelve cada vez más sombrío a medida que lo perseguimos bajando por los corredores del tiempo. El peligro radica en el hecho de que cuanto más sombrío y poco gratificante se vuelve este reino, más febril es nuestra búsqueda de una satisfacción que constantemente nos elude y más nos implicamos en la prisa y el estrépito. La búsqueda de la plenitud en la región del número, la búsqueda de la realidad entre cáscaras y fragmentos convertidos en meras unidades de una secuencia numerada, es disipación, y su resultado final sólo puede ser una destructividad feroz y desesperante. Todo nos decepciona y por eso todo debe ser castigado por no darnos la satisfacción que anhelamos. La sed de Absoluto, inherente a la naturaleza humana, se concentra con un poder terrible y distorsionador en lo parcial y lo fragmentario, y con el fuego de esta atención hasta los objetos más inofensivos se retuercen convertidos en formas monstruosas, como si el sol se concentrara en ellos a través de un espejo ustorio.
Simone Weil habla de la "monotonía del mal", y la monotonía es una de las principales características del reino de la cantidad: "Nada nuevo, todo es, aquí, equivalente". Y el mal en acción, tal como lo conocemos, está estrechamente ligado a ciertas reacciones típicas ante la monotonía: por un lado, una sobrevaloración casi maníaca de determinados bienes relativos por sí mismos y, por otro, el aburrimiento y la desesperación ante un estado de existencia sin grandeza y sin significado supremo. El hombre que cubre las cosas triviales de ropajes de esplendor y proyecta en ellas su enorme apetito por lo real y lo verdaderamente importante es, de hecho, padre del cínico "desilusionado" que percibe la vacuidad de todos estos bienes hinchados, pero no sabe cómo ir más allá de esta percepción y volver a llenar las calabazas vacías. Así pues, oscilamos entre la atracción por un idealismo que se niega a afrontar los hechos tal como son y un cinismo incapaz de comprender más allá de la superficie de los hechos.
Dadas las condiciones peculiares de nuestro tiempo, necesariamente hay desilusión. Las ilusiones son algo problemáticamente pegajoso y encierran al hombre en su telaraña, contento cuando debería estar descontento, feliz de estar donde está e inconsciente de que tenga que hacer necesariamente otro viaje. En otras épocas, en ambientes "protegidos", cierto optimismo, cierta tendencia a ver lo mejor en todo y a ignorar el gusano en la manzana, no hacían ningún daño; pero en nuestro caso, atrapados como estamos entre tantas ilusiones y extraviados por fantasmagorías, el reconocimiento de que el mundo profano como tal es "un cuento contado por un idiota, lleno de ruido y furia que no significa nada" puede ser el principio de la sabiduría y hacer que ciertos hombres vuelvan a ser conscientes de su responsabilidad de consagrar de nuevo un ambiente desacralizado.
Pero la desilusión, cuando es totalmente pasiva, y cuando representa poco más que la decepción airada del "ego" ávido, conduce sólo a la desesperación. Y la desesperación, en el sentido de callejón sin salida para el viaje y profunda alienación del destino, es más común de lo que se podría suponer. “Mon cas n’est pas unique: j’ai peur de mourir et je suis navrée d’être au monde”[5]. El término "navré" sugiere algo más sutil que el lamento. Sugiere el aburrimiento y la desilusión del alma que sólo encuentra monotonía donde buscaba esplendor, y pozos secos donde debería haber manado el agua. Pero la desesperación no es necesariamente un estado de infelicidad constante. Existen un sinfín de hombres y mujeres en nuestro tiempo que no tienen esperanza, en el sentido cristiano de la palabra, pues no ven ante sí más que días grises y una extinción sin sentido cuando los días grises terminen, pero que la mayor parte del tiempo son bastante felices, encuentran cierta satisfacción en sus familias y amistades y una satisfacción aún mayor en su trabajo.
Sin embargo, llevan vidas de silenciosa desesperación y son felices sólo a condición de que disciplinen la mente para rechazar pensamientos "perturbadores" o "malsanos". Menos emprendedores -quizás menos valientes- que los que buscan la satisfacción en el peligro, en los narcóticos o en las aventuras sexuales, están decididos a sacar el mejor partido posible de un mal trabajo. Pero eso no basta, y detrás de esas actitudes sobrias y sensatas corre un flujo de amargura que sale a la superficie cuando se tocan ciertas fibras o cuando se ven frustradas ambiciones bastante triviales. Precisamente en este contexto es peligrosísima la ambición -no la gran ambición centrada en el poder y la gloria, sino las pequeñas ambiciones que se adaptan a los peldaños de una escala promocional o que buscan "no ser menos que el vecino". En primer lugar, esas pequeñas ambiciones ofrecen un paliativo a la desesperanza en momentos en que la desesperanza debería ser firmemente combatida y trascendida. En segundo lugar, obligan al hombre a tomarse en serio ocupaciones tan insignificantes que no merecen toda su atención. En tercer lugar, adentran cada vez más en el reino de la cantidad, su objetivo es una quimera que se aleja constantemente. Y, por último, proporcionan un asidero con el que se manipula a los hombres con gran facilidad.
Los hombres de nuestro tiempo tienen miras demasiado bajas -esto también es un síntoma de desesperanza- y están contentos (o tratan de creer que están contentos) con muy poco. Estamos hechos para cosas mejores que un puesto en la Junta Directiva o un Subsecretariado Adjunto, no porque tales puestos de relativa eminencia sean algo menos que dignos y agradables en sí mismos, sino porque su obtención depende (en una sociedad igualitaria y por ello competitiva) de que entreguemos a una tarea totalmente local y profana todo lo que tenemos en nosotros para dar -y más de lo que tenemos derecho a dar. Un hombre "no puede servir a dos señores", nuestras energías son limitadas (y el tiempo del que disponemos es breve), por eso es preciso controlarlas y dirigirlas y por eso las comunidades humanas de los primeros tiempos se preocupaban de que las tareas de la vida práctica reflejaran e incluso encarnaran el trabajo espiritual o ritual mediante el cual nos encaminamos hacia el lugar central.
Cuando las actividades que mantienen viva la comunidad, que hacen que las ruedas sigan girando y cubran las necesidades básicas de los hombres, cuando esas actividades toman el carácter de distracciones, son irrelevantes para cualquier propósito más allá del inmediato y práctico, entonces es importante que la gente se distraiga frecuentemente de la distracción (como, por ejemplo, el musulmán lo hace por medio de las oraciones que interrumpen su trabajo cotidiano) si no quieren verse completamente absorbidos en el proceso natural. No tenemos derecho a trabajar duro en tareas profanas a menos que sea por hambre o por alguna necesidad natural igualmente urgente.
Se puede decir que no existe nada que impida que un hombre combine una intensa concentración espiritual con una vida extremadamente activa en el mundo: muchos santos, tanto cristianos como musulmanes, lo han hecho. Pero eso está más allá de las capacidades de la mayoría, y una visión que ignora las incapacidades de la mayoría es esencialmente una visión poco práctica. Los factores que en nuestra competitiva sociedad obligan a la mayoría a dar de sí mismos lo mejor (en el sentido pleno del término) a su trabajo también les obligan a ignorar todo lo que está fuera y más allá de estos trabajos. Y, siendo esto así, el precio que pagamos por las comodidades y ventajas de la civilización contemporánea es demasiado alto. No podemos permitirnos el mundo moderno.
Al perpetuar en la vida adulta la competitividad del niño pequeño con sus hermanos, una sociedad en la que la posición del hombre depende enteramente de sus propios esfuerzos y dotes (y en la que estos esfuerzos y dotes deben aplicarse plenamente a lo largo de toda su vida laboral) es precisamente el tipo de sociedad que se necesita si se quiere que todas nuestras energías sean explotadas en la producción de riqueza social. Pero esta sólo puede ser una sociedad en la que todos los valores estén subordinados al proceso productivo. Nadie puede descansar sin quedar rezagado en la carrera, pero sólo descansando de actividades de este tipo puede el hombre emprender el "segundo viaje" o, en términos cristianos, cuidar de su propia salvación. Y sólo dando la espalda al reino de la cantidad y de las recompensas cuantitativas de modo que mire al centro, la Norma humana, podrá el hombre ejercer la responsabilidad que -como rey de su pequeño castillo- ha nacido para ejercer. El compromiso es posible en muchos terrenos, y la naturaleza paradójica del mundo mismo (tan distante del cielo, y sin embargo no distinto del cielo en su esencia última) hace que el compromiso sea una condición de la vida humana. Pero existe una cuestión en la que no es posible ningún compromiso. No somos criaturas de dos cabezas, no podemos mirar en dos sentidos a la vez, y tarde o temprano tenemos que elegir en qué dirección enfocar nuestra atención fundamental. Al final, no se juzga al hombre en función de un bien relativo o de un mal relativo, sino en función de en qué dirección está orientado.
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El hecho de que cada hombre debe adoptar una decisión es algo que permanece oculto, efectivamente, para la mayoría de las personas. Como ya se ha sugerido, el mundo moderno lleva consigo un fuerte sabor a fatalidad -el tipo de fatalidad inherente al proceso natural- y quienes lo critican lo hacen, en su mayoría, sólo porque no es todo lo que podría ser desde el punto de vista de los objetivos e ideales que ellos persiguen. La opinión de Bettelheim según la cual la elección fundamental de nuestra época está entre renunciar a la libertad y renunciar a las comodidades de la tecnología moderna no es demasiado compartida.
Se hace cada vez más difícil que nos veamos a nosotros mismos como criaturas hechas para optar. Nuestros antepasados no podían dudar de la importancia de sus propias decisiones porque vivían mucho más cerca de la esfera de las causas y efectos materiales que nosotros y creían en las recompensas y castigos sobrenaturales como últimas consecuencias de las opciones que tomaban en el curso de su vida terrenal. Nosotros, en cambio, ponemos en duda constantemente la importancia de nuestras decisiones. Convencidos de que las consecuencias de lo que hacemos se limitan al lugar en el que nos encontramos y, a la vez, abrumados por el tamaño y la complejidad de ese lugar, medimos la importancia en función del número y valoramos nuestras acciones -si es que lo hacemos- sólo como contribuciones a alguna forma de logro colectivo.
Esto es sin duda inevitable siempre y cuando nos consideremos animales inteligentes empequeñecidos por la inmensidad de un entorno hostil y elementos autónomos empequeñecidos por la multitud. Al menos en apariencia, las decisiones que dan forma al único mundo en el que creemos las toman muy pocos hombres, y nuestra contribución equivale sólo a una fracción infinitesimal del acto decisivo. No es que rechacemos conscientemente el punto de vista humano más normal según el cual la acción de un hombre puede hacer temblar el tejido mismo de los cielos y de la tierra, que el descendiente de Adán (ante el cual se ordenó a los ángeles que se inclinaran) no puede ser un simple contribuidor a cosa alguna, puesto que no es parte de un todo mayor sino una totalidad única en sí misma, y que nuestra responsabilidad es sólo para con Dios. No tenemos ocasión de rechazarla, pues hemos olvidado por completo que haya sido alguna vez algo normal para nuestro género humano. Esta es la medida de nuestra reducción de hombre a homúnculo.
Por abrumador y, en muchos casos, ajeno que pueda parecer nuestro entorno contemporáneo a quienes sienten que no tienen ningún tipo de control sobre él, este entorno se corresponde perfectamente con las actitudes y el estado de ánimo típicos de nuestra época. No pueden separarse uno del otro, y todo el tejido exterior de nuestra existencia, en un sentido muy real, es una proyección de todo lo que amamos dentro de nosotros mismos. Sólo puede existir porque, básicamente, es lo que queremos, o -por decirlo con mayor precisión- es una cristalización objetiva de nuestros deseos y de sus inevitables consecuencias. El mismo proceso centrífugo opera en los recovecos más íntimos de nuestra naturaleza y por todo el escenario en el que se desarrolla la experiencia de nuestra vida.
En un sentido, este proceso es inevitable. En otro sentido, sólo puede efectuarse con nuestro permiso. Las doctrinas tradicionales han considerado la creación misma como un proceso centrífugo que se aleja progresivamente de su centro, hacia el exterior en dirección al desierto, hacia abajo, en dirección al abismo, hasta llegar a su límite ("una fracción de grado por encima del cero absoluto") y, de forma cataclísmica, es recogida, redimida y llevada de vuelta. El proceso es necesario porque en la totalidad de la Perfección hay elementos que sólo pueden manifestarse en lugares distantes, como pequeñas luces que nunca podrían ser vistas en la proximidad del sol, y hay valores que sólo pueden llevarse a su plenitud cuando se ponen a prueba entre los fragmentos de un mundo en disolución. Pero según estas mismas doctrinas, el hombre está hecho no sólo para elegir, sino también para dar media vuelta y recordar, regresar y restituir. Sólo él, de todo lo creado, puede mantener una conexión directa con el centro y, viendo a través de las cada vez más espesas capas de nube, permanecer consciente de la luz del sol; y siempre y cuando se aferre a esto -su función virreinal-, los fragmentos siguen girando a su alrededor formando modelos significativos. Sólo cuando se desentiende de su función puede volver el caos.
Lo que los musulmanes llaman la Guerra Santa es de hecho la oposición del hombre unificado y centrado en Dios frente a las fuerzas de la dispersión y el caos dentro y fuera de sí mismo. Es probable que en nuestra época esta guerra ofrezca un historial de derrotas y fracasos -al menos en lo que respecta a nuestro entorno en su conjunto-, pero precisamente por eso se nos dice que se espera de nosotros menos de lo que se esperaba de los hombres de otros períodos. La derrota no tiene importancia, porque librando esta guerra llegamos a ser lo que somos, y la consecución de la integridad no depende del resultado cuantitativo y temporal de la lucha. Nuestra responsabilidad consiste únicamente en hacer lo que seamos capaces de hacer. El resto no está en nuestras manos.
Una cosa es la derrota y otra distinta la dejación. Y la desesperanza nace de la dejación y no de la derrota. "Que hay de bueno en..." "¿De qué sirve...?", son los tópicos de una época que todo lo mide en función del éxito inmediato y aparentemente objetivo. Tenemos la presunción de creer que podemos prever los efectos últimos de nuestras acciones, y esta creencia nos hace impotentes. Privados así de nuestra verdadera función como hombres, ya nada impide que la corriente nos arrastre río abajo con los demás escombros de un mundo roto.
El nuestro no es tiempo para la impotencia. Los acontecimientos de los últimos cincuenta años sugieren que el proceso con el que se comprometió el hombre occidental hace algunos siglos se está acelerando a un ritmo casi incontrolable y que el momento -el punto sin vuelta atrás en la curva de progresión- más allá del cual no será posible ninguna verdadera alternativa (fuera de la decisión compulsiva del loco de liberarse) se acerca rápidamente. El mundo que hemos hecho nos está cercando, aumentan las presiones y mejoran año tras año las técnicas con las que los hombres pueden verse reducidos a una condición sólo parcialmente diferente a la de los autómatas. El mundo "desarrollado", como tan curiosamente se lo llama, con el mundo "en vías de desarrollo" pisándole los talones, parece ahora poseído por una fuerza impersonal fuera del alcance de nuestra voluntad, una fuerza que quiere prevalecer, independientemente de la transformación que ello requiera en la naturaleza y el estatus del hombre. El desarrollo, entendido en este sentido, obedece a sus propias leyes. No son las nuestras; ni las de Dios.
Sin embargo, sólo el hombrecillo enredado en este proceso, temeroso de las sombras, consciente de su propia debilidad y dependencia, puede resistirse al vendaval. Los grandes hombres no ayudarán, porque las circunstancias actuales inevitablemente deben llevar al poder principalmente a aquellos que cooperen de todo corazón con el curso que están tomando los acontecimientos y se presten como instrumentos a disposición de la fuerza predominante. No les corresponde a ellos gritar " ¡Alto!".
Según ciertas tradiciones, la responsabilidad de la personalidad, que es también la responsabilidad virreinal, fue pregonada por toda la creación en Aquel tiempo, el tiempo de los orígenes, y fue rechazada en todas partes -cuentan que las mismas montañas temblaron y retrocedieron de miedo a aceptarla- hasta que por fin la aceptó el hombre. No somos libres para dejar de lado esa responsabilidad. Lo sepamos o no, somos responsables de aquello que nos compete.
Y esto significa que ni la falta de poder mundano ni la subordinación a muchos amos en una empresa gigantesca bastan para eximirnos de la necesidad de elegir o para salvarnos de las consecuencias de nuestra elección. El hombre pequeño en un mundo grande puede verse a sí mismo débil como un gatito, buscando sólo "ir tirando" y contento de que la necesidad de tomar grandes decisiones no recaiga sobre él, sino sobre esos otros cuyas órdenes obedece de buena gana. Se engaña. La carga de su responsabilidad no pueden llevarla esos otros. Para eso nació, puesto que nació humano, y es tan parte de él como su propia carne. Los que creen que tienen algún tipo de razón para llevar una vida tranquila se han equivocado de lugar.
La tendencia más amenazante entre las que operan actualmente en el mundo –es decir, que amenaza lo que queda de la libertad de movimientos del hombre- depende de la convicción general de que nuestra responsabilidad se limita, por un lado, al ámbito de las relaciones personales y, por otro, al cumplimiento de nuestro "deber", entendido en el sentido de tener un comportamiento escrupuloso con nuestros empleadores y con la empresa en la que trabajamos. Detrás de esto también está cierto sentido de la obligación de “hacer girar la rueda", y estamos sometidos a diario a una avalancha de propaganda destinada a reforzar este sentido de la obligación y a persuadirnos de que desempeñemos nuestro papel en la "marcha del progreso" y nos adaptemos a las "necesidades del mundo moderno". La noción de que cada individuo no sólo es responsable de lo que hace "por su propia voluntad", sino también de toda acción en la que participe o en la que ayude, desbarata estas supuestas limitaciones de su responsabilidad y pone en tela de juicio la obligación de hacer girar la rueda. Esa noción es totalmente incompatible con los mecanismos de la era moderna y, sobre todo, con el proceso por el que una época de total dejación de lo humano -ya prefigurada en las sociedades comunistas- pudiera llegar a existir.
La responsabilidad no disminuye realmente en proporción al tamaño de la empresa en la que esté involucrado un hombre; pero el sentido personal de la responsabilidad se desvanece. Si tres o cuatro hombres se juntan en alguna empresa, cada uno tendrá al menos cierto poder de decisión y cierto sentido de responsabilidad por lo que se hace. Cuanto mayor sea la empresa, menor será el margen de decisión y más fácil será olvidar que las consecuencias de nuestros actos tienen que ver con nosotros personal y directamente. Parece que todo lo que se necesite de nosotros sea la conformidad.
Y sin embargo, el conformista ha hecho una elección, aunque haya sido poco más que elegir la dejación, y es responsable de lo que se hace con su cooperación. Cuando un grupo de hombres se unen para cometer un crimen que tiene como resultado una muerte, todos por igual son acusados de asesinato. Los tribunales no los tratan como si se hubiera fragmentado un solo acto y la responsabilidad del mismo se repartiera entre ellos, sino como si cada uno, individualmente, fuera el único asesino. No puede haber propiedad colectiva de los actos humanos ni responsabilidad reducida cuando un hombre actúa de común acuerdo con otros. Cada uno de nosotros estamos solos, cargando con el peso de todo lo que hemos hecho y todo lo que ha resultado posible gracias a nuestra presencia en un lugar determinado y en un momento determinado. Esto es un aspecto de la grandeza del estado humano, para eso estamos y de eso no existe escapatoria.
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No existe escapatoria, es decir, no existe en nuestro propio plano y dentro del marco existencial de referencia. Si todo quedara aquí, seríamos estrellas solitarias en un firmamento de tinieblas. Pero existen otras dimensiones que éstas. "Me refugio", dicen los musulmanes; "Me refugio en Ti contra el mal de mi corazón...". Me refugio en Ti contra un conocimiento inútil..."; hasta el grito final que completa el círculo: "Me refugio en Ti contra Ti mismo".
Esto es terreno limítrofe, en el que la criatura humana pisa el puente que tiene a su disposición. Al otro lado se extiende una región menos espantosa, y una musulmana del siglo XIII, la santa Rabiya, rogaba: "Oh Señor, descansan ya los ojos y se ponen las estrellas, se acallan los movimientos de las aves en sus nidos, de los monstruos en su abismo. Y Tú eres el Justo que nunca cambia, la Equidad que no se tuerce, el Eterno que no pasa. Las puertas de los reyes están cerradas, vigiladas por su guardia. Pero la tuya está abierta a todo aquel que Te llama. Señor mío, todo amante está ahora a solas con su amado. Y yo estoy a solas contigo".
Se toma refugio contra un mundo imperfecto en el que incluso el fruto celestial tiene gusanos y contra a una individualidad marcada y podrida por esa misma imperfección. Pero el lugar de refugio está en el centro, donde las inexorables dicotomías se resuelven y las sombras se disipan. Vistas en relación con este centro, las "perspectivas" se juntan como los radios de un círculo y la multitud de puntos que se agolpan y se contraponen en la circunferencia lejana encuentran su sitio y su orden, reales en la medida en que reflejan un destello de la luz central, pero algo menos que reales en la medida en que han salido de esa luz. Y el "mal" contra el que nos refugiamos no es un mal inherente a las facultades humanas ni a sus objetos, sino la cualidad de oscuridad, que se pega como una telaraña a estas facultades y objetos en la medida en que son parciales, cambiantes, fragmentarios e incompletos en sí mismos, a menos que su conexión con la totalidad se renueve constantemente.
Puesto que el centro es el lugar de la unidad y la fuente de la paz y la reconciliación que podemos conocer en nuestra experiencia aquí en la circunferencia, es también la fuente con la que se relaciona el amor, y el ojo del amante participa ya de la claridad unificadora y penetrante que pertenece a toda visión central (en contraste con la periférica). El hecho de que algunos puedan suponer que lo que vieron cuando su vista estuvo más clara fue una ilusión, un poco de brillo sobre los feos datos de la experiencia práctica, no modifica nada. Porque una persona o una cosa es, en verdad, lo que Dios ve, no lo que vemos nosotros con mirada fría, corazón avaro y humor agriado. Narrando la historia de Majnun y Layla, los heroicos amantes de la tradición islámica, Rumi cuenta que Layla fue llevada ante el Soberano y que éste le dijo: "¿Eres tú la que volvió loco a Majnun y lo llevó por el mal camino? No eres más bella que otras hermosas". "Guarda silencio", dijo ella, "pues tú no eres Majnun".
Todo lo que se ha dicho sobre el poder virreinal y sobre ese andrajoso Rey del Castillo que se ocupa de las murallas que se están desmoronando mientras las olas zapan sus cimientos; y todo lo que se ha dicho sobre la responsabilidad como una dimensión de nuestras vidas que no puede medirse con las normas que este mundo proporciona, todo ello presupone una doctrina de la naturaleza del hombre en virtud de la cual su personalidad cotidiana no es más que la punta del iceberg. Eso supone que la naturaleza del hombre hunde sus raíces en un lugar central no tocado por los vientos y las mareas que conocemos e implica que el castillo sobre el que gobierna es importante sólo por las formas a las que brevemente da cuerpo en la arena.
Mientras tanto, los supuestos amos de este mundo, los líderes que se han abierto camino hasta la cima de la masa humana (y que deben luchar sin descanso para mantenerse en la cumbre), están demasiado inmersos en los procesos que están ahora en marcha como para alzar la vista por un momento de su trabajo de dieciocho horas diarias y ver hacia dónde se están dirigiendo. Respondiendo lo mejor que pueden a una crisis tras otra, y enfrentándose a problemas logísticos y administrativos que se están volviendo cada vez más inmanejables, no pueden permitirse cultivar la mirada del amante capaz de ver la belleza ni la visión del hombre centrado en Dios. Son competentes, pero distan mucho de ser sobrehumanos; y, atrapados y dominados por las necesidades del momento y por el ímpetu del curso descendente del mundo, tiran cada uno de su carro como caballos con anteojeras, sin ver más que el camino inmediatamente delante. Parar ahora -incluso hacer una pausa para respirar- haría que las ruedas se detuvieran en seco. Intentar, siquiera a pequeña escala, invertir el proceso y oponerse a su creciente impulso sería destruir el mundo moderno tal como lo conocemos.
Quienes sean capaces de tirarse del vehículo y, en algún último refugio, detenerse en el centro inmóvil del mundo, pueden esperar oír un gran estrépito de metal sobrecalentado desapareciendo gradualmente en la distancia, en dirección a la nada: un gigantesco monstruo devorahumanos con todo su cargamento de almas.
En medio de un cambio sin precedentes, en plena agitación y pandemónium, la situación humana sigue siendo la misma de siempre. El hombre sigue siendo o virrey o usurpador, sigue siendo noble cuando confiere la belleza de la forma a su entorno y criminal y condenable cuando abusa de él, y sigue siendo capaz de mirar a Layla con los ojos de Majnun. La verdad sigue siendo como siempre ha sido: accesible -aunque en diversos grados- a quienes fijan su atención, su amor y su sed en la dirección correcta.
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Decir que el hombre tiene acceso a la Verdad y que, por lo tanto, puede tener razón es decir que hay que correr riesgos espantosos. La "tolerancia" tan sumamente valorada en algunos países occidentales se basa en la convicción tácita de que nadie puede estar realmente seguro de nada y de que todas las opiniones sinceras deben ser respetadas. Al menos, ésta es la teoría. En la práctica todavía existen muchas opiniones que no son "respetadas": que alguien en Gran Bretaña o en los Estados Unidos exprese hoy opiniones de extrema derecha y pronto descubrirá los límites de la "tolerancia". Pero el hecho es que la ideología de nuestro tiempo no puede admitir que algunos hombres tengan razón en sentido absoluto y otros estén totalmente equivocados.
Existe una buena razón para este miedo a toda reivindicación de conocer la verdad. La mayoría de la gente ya no cree que el mundo, con todos sus asuntos, esté en manos de Dios. Las sociedades modernas son como trapecistas que actúan sin red. Así como cada una de las personas individuales que las componen hará lo que sea por aplazar el momento de la muerte aunque sólo se pueda posponer un mes, una semana o un día, pues son incapaces de concebir que el fin de la vida humana pueda ser el comienzo de algo mejor, así también estas sociedades, sabiendo que corren el riesgo de ser destruidas, imaginan que la supervivencia depende enteramente de sus propios esfuerzos y no pueden admitir que la destrucción se produzca sólo por voluntad de Dios y, por eso, de acuerdo con la naturaleza misma de las cosas. Acordándose de las guerras de religión que en el pasado convulsionaron Europa, y temiendo una guerra ideológica en el futuro, muchos quisieran que todos los hombres estuvieran de acuerdo en que no existe la certeza en este mundo y que todo es “cuestión de opinión”. La opinión de que la Verdad absoluta es accesible para la humanidad es incompatible con este deseo.
El riesgo radica en el hecho de que la accesibilidad de la Verdad no excluye el autoengaño, ni mucho menos. Por cada hombre cuya visión penetre en algún aspecto de lo Real habrá una docena que piense que tiene la Verdad agarrada por la cola, cuando de hecho los ha engañado una nube o una ilusión óptica. Y, sin embargo, es un riesgo que tenemos que correr -aunque sólo sea por aquel que esté en lo cierto-, pues la alternativa es una "tolerancia" ciega que no distingue entre verdad y error, que por un respeto fuera de lugar a sus falsas opiniones deja que se extravíen millones de personas. En nuestro tiempo nos da más miedo al fanatismo que el error, y tal actitud invita a que se multipliquen sin restricción todo tipo de falsedades. No se gana nada observando a un hombre caminar seguro de sí mismo hacia un precipicio que no puede ver y, por respeto a que él cree que está en el camino correcto, negarse a detenerlo.
Lo mismo ocurre con el error; y el error nunca ha sido más flagrante que en nuestra época de ingenuidad sofisticada en la que los hombres imaginan que sus procesos mentales pueden alcanzar por sí solos algún tipo de certeza objetiva. Pero un problema aún mayor lo presentan los protagonistas de verdades parciales, apegados apasionadamente a una formulación particular y limitada e intolerantes con otras formulaciones igualmente válidas. En África Occidental cuentan una historia de la divinidad embaucadora, Edshu, uno de esos alborotadores que encontramos en varias mitologías, que pone trampas a los necios a la vez que ilumina a los sabios. Este mismo Edshu bajaba un día por el sendero entre dos campos con un sombrero que era rojo por un lado, blanco por el otro, verde por delante y negro por detrás (estos son, para el pueblo yoruba, los colores de las cuatro direcciones o de los cuatro puntos cardinales). Los campesinos lo vieron pasar y, reunidos aquella noche en el pueblo, hablaron sobre el singular forastero que habían visto. "Un hombrecillo con sombrero rojo", dijo uno. "¿Rojo? ¡Tonterías! Era un sombrero blanco". Otro: "¡Verde!" Y otro: "¡Negro!" Los campesinos llegaron a las manos, porque cada uno sabía que tenía razón, y fueron llevados ante el jefe para que los juzgara. Entonces se apareció Edshu, con sombrero multicolor: bailarín engañoso, embaucador y bromista.
Hasta que se revele "Edshu", ¿podemos culpar a los hombres por luchar en favor de sus verdades parciales? El apego apasionado a una formulación particular (y para muchos temperamentos no puede haber fe sin pasión) implica a menudo la intolerancia para con otras formulaciones, distintas pero complementarias de la que se defiende; pero sustituir este fervor estrecho por una tolerancia basada en el agnosticismo y la indiferencia es sustituir un mal menor por otro mayor. Desde este punto de vista es peligroso sobrestimar la inteligencia de la gente común, ni en Occidente ni en otros lugares. El hombre que ha captado un aspecto de la verdad, viendo claramente -por ejemplo- que el sombrero de Edshu es rojo (o verde, según el caso) ha tomado contacto efectivo con la realidad y por lo tanto puede decirse que está en el camino correcto. Si le decimos que tiene razón, pero sólo hasta cierto punto -sin duda alguna el sombrero es rojo, pero también es verde- podemos dejarlo tan confundido que ya no sepa distinguir lo verdadero de lo falso. Una cierta estrechez de miras puede tener una función protectora, pero debemos pagar un precio por ello en forma de intolerancia y de conflicto entre seres humanos.
En el fundamento mismo del actual evangelio de la tolerancia está la convicción de que nuestra vida terrena es lo único que importa y, por lo tanto, de que el hecho de tener un orden social humano pacífico está por encima de cualquier otra consideración. Los sacerdotes que ponían la mirada más allá de la esfera temporal han desaparecido. Y también los caballeros, los guerreros, que apreciaban la gloria y el honor por encima de la vida misma. Sólo quedan la burguesía y el proletariado, y para ellos la pocilga y el pesebre son la única realidad que existe. Los valores sociales se convierten en los únicos valores reconocidos y el valor de un hombre se evalúa cada vez más en función de su utilidad para la comunidad en la que circunstancialmente vive, independientemente de si esa comunidad tiene algún valor intrínseco desde el punto de vista de nuestros fines últimos, de nuestra razón de ser.
Somos, de hecho, animales sociales externa y parcialmente y, mediante un aspecto de nuestra naturaleza multiforme, miembros de la manada: pero ésta no es toda la historia ni se asemeja en nada a toda la historia. Cada uno de nosotros está solo ante Dios, como si la tierra fuese un desierto en el que no se encontrase ningún otro hombre o mujer; y cada uno de nosotros está solo ante la muerte como si nunca hubiera tenido compañeros, esposos, esposas, o hijos. Solos, también, en el dolor y en nuestros pensamientos más íntimos e incomunicables. Aquellos a quienes conocimos y amamos en el corto intervalo de nuestra vida eran imágenes, a su modo, de Aquel a cuya imagen estamos hechos. Pero debido a que cada uno de nosotros refleja al Uno, aparte del cual no hay nada ni nadie, cada uno de nosotros somos, en esencia, únicos e incomparables.
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El riesgo, la posibilidad de provocar desorden en el ámbito social, que acompaña a la fe en una Verdad absoluta, también es inherente a la doctrina de la responsabilidad virreinal. Si los trabajadores y funcionarios asumen la responsabilidad de poner en tela de juicio (interior o activamente, según las circunstancias) las órdenes que reciben y las políticas que deben aplicar, estamos en terreno peligroso. ¿Cómo puede funcionar la máquina a no ser que sus servidores dejen de lado todo juicio personal y todo sentido de la responsabilidad individual? A esto hay que responder que la pregunta es irrelevante. Los hombres no fueron creados para hacer funcionar semejante máquina ni para ser autómatas en una sociedad reglamentada. Lo primero es lo primero, y una civilización que no obedece a esta sencilla regla -dentro de los límites de lo posible- lleva en sí misma las semillas de su necesaria destrucción.
En todo caso, hay que tener siempre presente que en las condiciones peculiares de nuestra época y, sobre todo, en las condiciones que probablemente se impongan en la época de nuestros hijos, existen muchas cosas peores que el desorden; y haremos bien en recordar la naturaleza de la obediencia que hizo posible la existencia y el buen funcionamiento de los campos de concentración nazis y los campos de trabajo soviéticos. A lo que más miedo se tiene en las condiciones actuales es a todo lo que interfiera en el proceso que nos está llevando tan rápidamente río abajo. El hombre organizativo quiere una vida tranquila, libre de responsabilidades reales, un mundo artificial en el que no se deje nada al azar y, muy especialmente, en el que no haya personas "difíciles" que creen "complicaciones". No estamos obligados a darle lo que quiere.
Lo que se intenta conseguir en las sociedades contemporáneas es el tipo de orden y de previsibilidad que caracteriza a la máquina, y esto implica cerrar todas las puertas y ventanas por las que pueda una brisa caprichosa traer desorden e imprevisibilidad. Así como las leyes que nuestras sociedades acumulan están, en muchos casos, destinadas a impedir que muy pocas personas obtengan una ventaja "injusta" sobre sus semejantes, así también la estructura de estas sociedades está cada vez más marcada por el deseo de eliminar de la vida humana el riesgo. No es casualidad que un mundo que se esfuerza tanto por "jugar sobre seguro" se enfrente ahora a peligros mayores y más amenazantes que los conocidos en el pasado.
Haremos mejor en afrontar los riesgos naturales y, en cierto sentido providenciales, inherentes a nuestra condición de seres humanos, en vez de acurrucarnos en una prisión higiénica creada por nosotros mismos. No hay libertad que no esté expuesta al abuso, y los abusos no se pueden abolir sin abolir la libertad que necesitamos para convertirnos en lo que somos; y si decimos, como muchos hacen: “Encadenadme, con tal que también esté encadenado mi vecino malvado", podemos estar seguros de que nos atarán y nos utilizarán fuerzas más mortíferas que cualquier vecino malvado. La historia de la santidad humana, tanto en el mundo islámico como en la cristiandad, indica que el desorden civil, la injusticia social, la degradación de los servicios o la desintegración de la autoridad central no han sido obstáculo, en el pasado, para la consecución del verdadero fin del hombre. La verdadera amenaza proviene de una sociedad que intenta ser global -de hecho, "totalitaria", por muy democráticas que sean sus formas-, pues con sus pretensiones pseudoabsolutas amenaza sofocar en el hombre aquellos elementos que por su naturaleza son aptos para llevarle a su "segundo viaje", el único viaje que realmente importa.
El esfuerzo por eliminar el riesgo, como todos los intentos de crear un refugio seguro y confortable en la tierra sin referirse a nada más allá de ella, es sintomático de la negativa a emprender el segundo viaje. El primero puede realizarse sin ningún esfuerzo más allá del necesario para que mantengamos la cabeza fuera del agua, pero el segundo es por naturaleza activo, contracorriente y lleno de riesgos. Por poderosas que sean las certezas que acompañan sus últimas etapas, el comienzo es necesariamente un salto al vacío, un acto de fe; y lo es hoy más que nunca, cuando ni nuestro entorno social ni las ideologías de nuestro tiempo nos alientan a creer que la oscuridad contiene algo más que sueños e ilusiones. Unos hombres que tienen miedo a tantas cosas menores –formados en el miedo por las circunstancias de su tiempo- no pueden encarar sin cierto grado de horror la idea de arriesgarlo todo en una empresa tan incierta.
Cuanto más herméticamente cerrado está y más autosuficiente -en apariencia- se vuelve nuestro mundo, más difícil es creer en cualquier realidad fuera de la burbuja en la que estamos atrapados. El gran peso de la unanimidad humana a lo largo de la historia escrita y oral podría enseñarnos lo contrario, pues aunque esta unanimidad pueda ser cuestionada en ciertos aspectos, nadie puede dudar de que la nuestra es la primera "cultura" que ha tratado al mundo físico como un sistema cerrado. Pero la mayoría de la gente es incapaz de aprender del pasado, pues la teoría de la evolución y la noción de "progreso" les han persuadido de descartar todo lo que se pensaba o se creía antes de nuestra época. La educación moderna pone todo el énfasis en tratar las creencias de otros tiempos y otras culturas como curiosidades históricas sin relación con nuestro estado actual. Para existir tal como es -para existir, simplemente- el mundo contemporáneo tiene que aislarse de todo lo que pueda perturbar sus ilusiones o socavar su autocomplacencia.
Por eso, en las condiciones actuales, el "segundo viaje" sólo puede comenzar con un acto de rechazo, tal vez de demolición - un ataque directo a los obstáculos que bloquean las salidas y nos mantienen dando vueltas en un círculo vicioso - aunque puede conducir a un acto de aceptación que reconozca todas las cosas sub especie aeternitatis y sitúe incluso a las fuerzas negativas dentro de un marco que tenga sentido.
Los motivos para ponerse en camino pueden ser tan variados como lo es el carácter de cada hombre y mujer: sed de Absoluto y de un Refugio duradero, el impulso del amante por acercarse a la Amada, o una furia que derrumbe los muros de la prisión y abra por la fuerza un camino hacia la luz y el calor del sol. Pero los motivos no son importantes en el fondo: lo que importa es haber hecho una elección, haber aceptado un riesgo y haber dado un primer paso. "Así como la naturaleza del fuego es arder", dice un escritor budista contemporáneo, "así también la naturaleza del hombre –sólo con que lo recordara- es Despertar". Estamos dormidos, perturbados por una multiplicidad de sueños, pero el viajero camina hacia un despertar en el que, por fin, se conocen y se disfrutan plenamente las realidades presagiadas en el sueño; hasta que su noche se acaba y una inimaginable luz del día lo envuelve.
Visto desde aquí parece un viaje duro y, además, solitario; sin embargo, nadie puede contar la multitud de los que nos han precedido en ese camino y han llegado a la otra orilla, y se nos cuenta en innumerables tradiciones -en las doctrinas religiosas, en los mitos universales y bajo el sutil disfraz de los "cuentos de hadas"- que el viajero, lejos de estar solo, está rodeado de asistentes y que las mismas fuerzas que antes parecían más hostiles acuden ahora en su ayuda. De modo que a menudo se dice que, en verdad, no deja el mundo atrás, sino que lo lleva consigo hasta el modelo de unidad que anhela. El hombre encerrado en sí mismo está sin amigos en un ambiente necesariamente hostil, mientras que el viajero, como aquellos héroes antiguos que fueron ayudados en sus momentos de mayor peligro por aves, bestias, fieras y plantas, no es rechazado en ninguna parte. Efectuando este viaje obtiene tanto la fuerza para soportar su carga como el poder para distinguir las relatividades engañosas de su mundo; y el modelo de vida del hombre se construye precisamente a partir de su elección esencial de dirección, quizás el único acto totalmente libre del que es capaz. Aquí estamos, como criaturas hechas para elegir; sin que sepamos, hasta que se levanten los velos, cuánto dependía de nuestra elección.
Gai Eaton
Este artículo se publicó por primera vez en la revista “Studies in Comparative Religions” en verano de 1974. Lo ha traducido Josep M. Prats y ha revisado la traducción Francesc Gutiérrez.
[1] L’Echelle de Jacob: Gustave Thibon, p. 94.
[2] Corán, 4:3.
[3] Corán, 17:14
[4] Corán, 36:64
[5] Frase inicial de “Le Bâtarde” de Violette Leduc (Gallimard) “Mi caso no es único: tengo miedo a morir y lamento estar en el mundo”.