El franquismo, no solo fue una dictadura, fue un negocio, el mayor expolio económico de la historia de España. Tras la guerra, el régimen confiscó miles de empresas, tierras, y viviendas de quienes habían apoyado la República. Las comisiones de incautación entregaban esos bienes a los afines al régimen, militares, banqueros, obispos y falangistas. Así nacieron muchas fortunas, el propio Franco amasó una fortuna personal con comisiones ilegales, fincas regaladas, y donaciones forzadas. Llegó a ser, uno de los hombres más ricos de Europa, mientras el país pasaba hambre. Su esposa, Carmen Polo, conocida como la collares, acumuló joyas y obras de arte de familias desposeídas. La corrupción empezó en el Pardo, a su alrededor se tenía una red de empresarios del régimen, que se enriquecieron con contratos y monopolios. Los Mark, banqueros del régimen. Los Oriol, dueños de eléctricas. Los koplowitz, los Entrecanales, los Samaranchs. Un capitalismo de amiguetes, construido sobre el miedo y en silencio. El magistrado Joaquim Bosch, en su libro La Patria en la cartera, lo explica claro. La corrupción en el franquismo no era una desviación, era el sistema. El Estado entregaba contratos sin control. se cobraban comisiones ilegales y el Poder Judicial respondía ante el caudillo. Robar era obedecer.
Con la transición, no se juzgó a nadie, no se devolvió nada, las empresas del régimen siguieron operando, ahora bajo gobiernos democráticos. Pero la herencia del franquismo no era sólo económica, sus hombres siguieron en los despachos de la Judicatura, de los cuarteles, en las comisarías, la obediencia se mantuvo, solo cambió el retrato en la pared. Se quedaron los cargos, las tierras, los bancos y los apellidos. Cambió el régimen, no los dueños del país. Mientras unos heredaron fábricas y fortunas, otros se quedaron con el silencio, represión y miedo. La corrupción no nació con Franco, pero con Franco se hizo eterna.