ISAÍAS
Representante de excepción entre los profetas que, como dice la Plegaria Eucarística IV de la liturgia romana, fueron "llevando a los hombres con la esperanza de la salvación". Fue una de las misiones fundamentales de los profetas enviados por Dios: mantener a los hombres con la esperanza de la salvación: recordando su santa Alianza, y el juramento que juró a nuestro padre Abrahán (Lc 1, 72-73). El profeta Isaías sirvió esa causa con pasión y con la convicción profunda de quien está hablando, no sólo por encargo de Dios, sino que está diciendo las palabras de Dios.
Su presencia durante las celebraciones del Adviento es de tal relevancia, que una simple mirada a los textos litúrgicos vigentes, nos da como resultado la abrumadora presencia del profeta, en todo momento, en cada hora.
Isaías sabe que el pueblo al que se dirige está enfermo, muy enfermo, con una espantosa anemia espiritual, de la que únicamente podrá curarse comiendo y tomando parte en aquel festín de manjares suculentos, un festín de vinos de solera; manjares enjundiosos, vinos generosos" (Is 25,6-7: lunes 1ª semana Adviento). Pero el profeta observa que el pueblo padece de otra triste enfermedad paralela: la inapetencia.
Por todos los medios, quiere suscitar en el pueblo el ansia de comer, el deseo de sobrevivir. Y, como otrora el profeta Oseas, él también "le habla al corazón". Y le dice, para suscitar su entusiasmo, su deseo, su añoranza del Señor, que cuando él venga, "habitará el lobo con el cordero, la pantera se tumbará con el cabrito, el novillo y el león pacerán juntos: un muchacho pequeño será su pastor. La vaca pastará con el oso, sus crías se tumbarán juntas; el león comerá paja con el buey".
Insistirá en todos los tonos; hablará en todas las ocasiones. Por ejemplo, cuando cuenta la "visión de Isaías, hijo de Amós, acerca de Judá y de Jerusalén: al final de los días estará firme el monte de la casa del Señor... Hacia él confluirán las naciones: ... Dirán: Venid, subamos al monte del Señor... El nos instruirá en sus caminos: ... De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra. Casa de jacob, ven; caminemos a la luz del Señor" (Is 2,1-5; domingo I Ciclo A).
Alguien podrá dicir que Isaías predica una pura utopía, que no pisa tierra; que su mensaje es puramente irénico, más apto para acariciar oídos que "para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto". Nada más inexacto. De su sepulcro sale "el hombre más grande nacido de mujer", para clamar, con auténtica voz de trueno, "lo que está escrito en el libro de los oráculos del profeta Isaías: Una voz grita en el desierto: preparad el camino del Señor, allanad sus senderos; elévense los valles, desciendan los montes y colinas; que lo torcido se enderece, lo escabroso se iguale. Y todos verán la salvación de Dios" (Lc 3,3-6; Is 40,1-4). Cabe decir que, casi, la mitad del Adviento es de Isaías.
JUAN, EL PRECURSOR
Si Isaías fue y es el gran anunciador del Adviento, de la venida del Señor, su arquitecto proyectista, Juan, fue el constructor por antonomasia del mismo. Sabemos de sus raíces. También sabemos que se echó al monte, llevando una vida penitentísima. Pero, apreciaciones humanas aparte, antiguas y modernas, está su elogio por parte del Señor. Lo recoge san Mateo, en 11,7-11:
"Cuando se marchaban los discípulos de Juan, se puso Jesús a hablar de Juan a la gente:¿ Qué salisteis a ver en el desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué salisteis a ver, si no? ¿Un hombre elegantemente vestido? iNo! Los que visten con elegancia están en los palacios de los reyes. Entonces ¿a qué salisteis? ¿A ver un profeta? Sí, os lo aseguro y más que un profeta. Éste es de quien está escrito: He aquí que yo envío mi mensajero delante de ti, el cual te preparará por delante el camino. En verdad os digo que no ha surgido entre los nacidos de mujer uno mayor que Juan el Bautista".
¿Cómo construyó Juan, el Precursor, el Adviento que "proyectó" Isaías? ¡Leamos: oigamos! Ante todo, el anuncio que de él hicieron, a la hora de su anunciación, ofrece unas líneas maestras de su actuación:
"Isabel, tu mujer, te dará a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Juan; será para ti gozo y alegría, y muchos se gozarán en su nacimiento, porque: será grande ante el Señor, no beberá vino ni licor; estará lleno del Espíritu Santo ya desde el seno de su madre, y a muchos de los hijos de Israel los convertirá al Señor su Dios, y le precederá con el espíritu y el poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la sabiduría de los justos, para preparar para el Señor un pueblo bien dispuesto" (Lc 1,13-17).
Que todo lo que se dijo de él en futuro se convirtió en presente, lo acreditan los cuatro evangelistas, con una unanimidad total. Su mismo padre no pudo menos de expresarlo, en las palabras de su cántico de acción de gracias, a la hora del nacimiento de la criatura: "Y a ti, niño, te llamaran profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor a preparar sus caminos, anunciando a su pueblo la salvación, el perdón de sus pecados" (Lc 1,76-77).
Si no fuera por alargar excesivamente este comentario, sería un encanto seguir, paso a paso, el itinerario del Precursor, preparando los caminos del Señor, ultimando los detalles preparatorios de su venida. Esta observación del Bautista nos la da hecha, la Iglesia, a través de las lecturas evangélicas de los domingos II y III del Adviento, y en los textos de las misas de cada día en las que, en los tres ciclos, encontramos a Juan el Bautista como protagonista de excepción.
Una lectura en paralelo de los evangelios de esos domingos resulta conmovedora y edificante a partes iguales. Qué entusiasmo, qué verdad, qué ejemplaridad, qué amor a la persona de "aquél de quien no era digno de desatar la correa de su sandalia" (Jn 1,27)! Y ¡qué entrega a la tarea confiada, rebosando tanta ternura, humildad, generosidad, manifestadas, sobre todo, a la hora del Bautismo de Jesús!: "Yo no soy el Cristo, sino que he sido enviado delante de él... Ésta es mi alegría que ha alcanzado su plenitud. Es preciso que él crezca y que yo disminuya".
Juan, como su maestro y predecesor Isaías, se entregó, por entero, a crear en el pueblo, no sólo la más viva esperanza, sino que no paró hasta conseguir que aquella esperanza en la salvación de Dios, se convirtiera en auténtica expectativa de la misma.
Si es verdad que Isaías y Juan predicaron, con tanto ardor, para mantener viva la esperanza de la salvación y Juan la manifestó presente ya, aquí y ahora, no lo es menos que ambos se desvivieron por tratar de convencer al pueblo de que era absolutamente imprescindible prepararse para la venida de su Dios. Y le dijeron qué estaba de más en sus vidas —personal y comunitaria—; qué faltaba en las mismas, a idéntica escala.
Hoy que, sobre todo en las oraciones del Adviento, le diremos al Señor, de tantas maneras, en tantos acentos, qué venga, que no se haga esperar, no podemos olvidar que la esperanza que nos anima en su venida, la expectativa creada en torno a su persona con su nuevo Nacimiento, se manifestará en el empeño en que pongamos en ofrecer al Señor una vida, un corazón "bien dispuesto".
MARÍA
Da escalofrío estampar ese nombre siempre, pero de manera especial en el Adviento. La primera venida del Señor se realizó gracias a ella. Y, por ello, todas las generaciones le llamamos Bienaventurada. Hoy, que preparamos, cada año, una nueva venida, los ojos de la Iglesia se vuelven a ella, para aprender, con estremecimiento y humildad agradecida, cómo se espera y cómo se prepara la venida del Emmanuel: del Dios con nosotros. Más aún, para aprender también cómo se da al mundo el Salvador.
Sobre el papel de la Virgen María en la venida del Señor, la liturgia del Adviento ofrece dos síntesis, en los prefacios II y IV de este tiempo:
"...Cristo Señor nuestro, a quien todos los profetas anunciaron, la Virgen esperó con inefable amor de Madre, Juan lo proclamó ya próximo y señaló después entre los hombres. El mismo Señor nos concede ahora prepararnos con alegría al Misterio de su Nacimiento, para encontrarnos así, cuando llegue, velando en oración y cantando su alabanza".
"Te alabamos, te bendecimos y te glorificamos por el Misterio de la Virgen Madre. Porque, si del antiguo adversario nos vino la ruina, en el seno de la Hija de Sión ha germinado aquél que nos nutre con el pan de los ángeles, y ha brotado para todo el género humano la salvación y la paz. La gracia que Eva nos arrebató nos ha sido devuelta en María. En ella, madre de todos los hombres, la maternidad, redimida del pecado y de la muerte, se abre al don de una vida nueva. Así, donde había crecido el pecado, se ha desbordado tu misericordia en Cristo nuestro Salvador. Por eso nosotros, mientras esperamos la venida de Cristo, unidos a los ángeles y a los santos, cantamos el himno de tu gloria..."
La Virgen Inmaculada fue y sigue siendo el personaje de los personajes del Adviento: de la venida del Señor. Por eso, cada día, durante el Adviento, se evoca, se agradece, se canta, se glorifica y enaltece a aquella que fue la que trajo al mundo "al Salvador, al Mesías, al Señor" (Lc 2,11).
Entresaco tres textos de los tantos que uno se encuentra en honor de la Bienaventurada Madre de Dios, en todo este Misterio preparado y realizado. Son de la solemnidad de santa María Madre de Dios:
"¡Qué admirable intercambio! El Creador del género humano, tomando cuerpo y alma, nace de una virgen y, hecho hombre sin concurso de varón, nos da parte en su divinidad" (antífona de las primeras Vísperas).
"La Madre ha dado a luz al Rey, cuyo nombre es eterno; la que lo ha engendrado tiene al mismo tiempo el gozo de la maternidad y la gloria de la virginidad: un prodigio tal no se ha visto nunca, ni se verá de nuevo. Aleluya" (antífona de Laudes).
"Por el gran amor que Dios nos tiene, nos ha mandado a su propio Hijo en semejanza de carne de pecado: nacido de una mujer, nacido bajo la ley. Aleluya" (antífona del Magníficat primeras Vísperas).
A partir de la segunda parte del Adviento, la preponderancia de la Madre Inmaculada es tan grande, que ella aparece como el centro del Misterio preparado e iniciado. Así las lecturas evangélicas del IV Domingo, en los tres ciclos, están dedicadas a María. Y en las misas propias de los días 17 al 24, correspondientes a las antífonas de la O, todo gira alrededor de ella. Y con razón.
Al fin y al cabo, el Salvador no fue confiado a ningún césar, emperador, caudillo, banquero, político, sociólogo, investigador o descubridor, príncipe, rey, presidente, sumo sacerdote, legisperito... Fue puesto en manos de una joven virgen nazarena, por más señas, "desposada con un hombre llamado José y el nombre de la Virgen era María" (Lc 1,27). La suerte del mundo estuvo en sus manos. «Nunca tantos hombres que fueron, han sido y serán —remedando la célebre frase de Churchil— han debido tanto a tan pocos», en este caso, a una jovencita, virgen y madre.
Por Cornelio Urtasun