CELEBRACIÓN PENITENCIAL
DURANTE EL TIEMPO DE ADVIENTO
-EL ADVIENTO NOS PREPARA A LA VENIDA DEL SEÑOR-
RECONCILIACIÓN DE MUCHOS PENITENTES
MEDIANTE CONFESIÓN Y ABSOLUCIÓN INDIVIDUAL
(Ritual de la penitencia Mx, 2003)
RITOS INICIALES
Canto de entrada
Una vez que estén reunidos los fieles, al entrar el sacerdote a la iglesia, se canta, por ejemplo:
Que nuestras manos fatigadas
pronto se han de fortalecer.
Que las rodillas vacilantes
se afiancen con seguridad.
Tú has prometido un salvador.
Tú has anunciado la liberación.
VEN, VEN, VEN SEÑOR
VEN QUE TU PUEBLO CLAMA LIBERTAD
VEN, VEN, VEN SEÑOR
VEN QUE TU PUEBLO CLAMA LIBERTAD
Terminado el canto de entrada, el sacerdote y los fieles, de pie, se santiguan, mientras el sacerdote dice:
En el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
R. Amén.
Saludo
Enseguida, el sacerdote saluda a los presentes, diciéndoles:
Que la gracia, la misericordia y la paz que proceden de Dios, nuestro Padre, y de Jesucristo, nuestro Salvador, estén con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
Hermanos:
Ya es hora de que se despierten del sueño, porque ahora nuestra salvación está más cerca que cuando empezamos a creer.
La noche está avanzada y se acerca el día.
Desechemos, pues, las obras de las tinieblas y revistámonos con las armas de la luz. (Rom 13, 11-12)
Oración de entrada
El sacerdote invita a todos a orar, con estas o semejantes palabras:
Oremos, hermanos,
para que el advenimiento
de nuestro Señor Jesucristo,
cuyo misterio vamos a celebrar
en las próximas solemnidades,
nos encuentre vigilantes y bien preparados.
Todos oran en silencio brevemente.
Te pedimos, Dios todopoderoso, creador del universo, que borres nuestras ofensas para que esperando la llegada de nuestro Redentor, merezcamos recibir el perdón de nuestras culpas.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Nos sentamos.
LITURGIA DE LA PALABRA
Monitor 1: La segunda venida del Señor será para juzgarnos; la elección del premio o del castigo la hacemos desde ahora con nuestra conducta. Cuando venga el Señor por segunda vez, se pondrá de manifiesto lo que hayamos elegido. La penitencia nos brinda un momento oportuno para elegir y tomar una decisión.
Lector 1: Del libro del profeta Malaquías 3, 1-7
Esto dice el Señor: "He aquí que yo envío a mi mensajero.
Él preparará el camino delante de mí. De improviso entrará en el santuario el Señor, a quien ustedes buscan, el mensajero de la alianza a quien ustedes desean. Miren: Ya va entrando, dice el Señor todopoderoso.
¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién quedará en pie cuando aparezca? Será como fuego de fundición, como la lejía de los lavanderos. Se sentará como un fundidor que refina la plata; como a la plata y al oro, refinará a los hijos de Leví y así podrán ellos ofrecer, como es debido, las ofrendas al Señor. Entonces agradará al Señor la ofrenda de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años antiguos.
Yo me acerco a ustedes para juzgarlos, y con decisión testifico contra los hechiceros, los adúlteros y los que juran en falso, contra los que defraudan al obrero en su sueldo, oprimen a la viuda y al huérfano y violan el derecho del extranjero, sin temerme a mí, dice el Señor todopoderoso.
Yo, el Señor, no cambio, pero ustedes, hijos de Jacob, tampoco han dejado, desde los días de sus antepasados, de apartarse de mis mandamientos y de transgredirlos. Conviértanse a mí y yo estaré de su parte, dice el Señor todo-poderoso"
Palabra de Dios.
R. Te alabamos Señor.
Monitor 2: Dios envió a su Hijo al mundo, no para condenarlo sino para salvarlo. Por consiguiente, la venida del Señor, que ahora celebramos en el misterio, es el advenimiento de nuestra salvación.
Con la esperanza de alcanzarla, hacemos esta celebración penitencial que nos permitirá conmemorar, con mayor alegría, el nacimiento del Señor y nos impulsará a salir a su encuentro.
Del salmo 84
Salmista: Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
R. Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación.
Señor, has sido bueno con tu tierra,
la suerte de Jacob has restaurado,
has perdonado la culpa de tu pueblo,
has sepultado todos sus pecados.
Toda tu indignación has reprimido
y el ardor de tu enojo has aplacado. R.
Restáuranos, oh Dios, salvador nuestro,
olvida tu rencor contra nosotros.
¿Vas a estar disgustado para siempre?
¿Eternamente mantendrás tu enojo? R.
¿No volverás a darnos vida
a fin de que tu pueblo en ti se alegre?
Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación. R.
Lo que dice el Señor voy a escuchar:
Dios anuncia la paz para su pueblo
y para los que a él se vuelven
con corazón sincero. R.
La salvación se acerca ya a sus fieles
y habitará la gloria en nuestro suelo. R.
La verdad y el amor se encontrarán,
la justicia y la paz se darán un beso;
brotará de la tierra la verdad,
mirará la justicia desde el cielo. R.
El Señor nos dará la lluvia,
producirá su fruto nuestra tierra.
Le irá abriendo camino la justicia,
y seguirá la salvación sus huellas. R.
Monitor 3: Por su advenimiento, nuestro Señor Jesucristo nos introducirá en una vida nueva y en un mundo nuevo. La Iglesia es desde ahora el signo vivo de la Ciudad Celestial que se manifestará en el futuro. Pero también es posible que quedemos excluidos de ella por el pecado.
Lector 2: Del libro del Apocalipsis del apóstol san Juan 21, 1-12
Yo, Juan, vi un cielo nuevo y una tierra nueva, porque el primer cielo y la primera tierra habían desaparecido y el mar ya no existía. También vi que descendía del cielo, desde donde está Dios, la ciudad santa, la nueva Jerusalén, engalanada como novia, que va a desposarse con su prometido.
Oí una gran voz, que venía del cielo, que decía: "Esta es la morada de Dios con los hombres; vivirá con ellos como su Dios y ellos serán su pueblo. Dios les enjugará todas sus lágrimas y ya no habrá muerte ni duelo, ni penas ni llantos, porque ya todo lo antiguo terminó".
Entonces el que estaba sentado en el trono dijo: "Ahora voy a hacer nuevas todas las cosas". Y añadió: "Éstas son palabras fieles y verdaderas. Escríbelas". Finalmente me dijo:
"¡Ya está hecho! Yo soy el Alfa y la Omega, el principio y el fin. Al que tenga sed le daré de beber gratis del manantial del agua de la vida. Al vencedor le reservo esta herencia: yo seré su Dios y él será mi hijo. Pero los cobardes, los incrédulos, los depravados, los asesinos, los lujuriosos, los hechiceros, los idólatras y todos los engañadores están destinados al lago ardiente de fuego y azufre, es decir, a la muerte definitiva".
Uno de los siete ángeles que llevaban las siete copas con las siete últimas calamidades, se acercó a mí y me dijo: "Ven.
Quiero mostrarte a la desposada, a la esposa del Cordero" Me transportó en espíritu a una montaña elevada y me mostró a Jerusalén, la ciudad santa, que descendía del cielo, resplandeciente con la gloria de Dios. Su fulgor era semejante al de una piedra preciosa, al de un diamante cristalino. Tenía una muralla ancha y elevada, con doce puertas monumentales, y sobre ellas, doce ángeles y doce nombres escritos, los nombres de las doce tribus de Israel.
Palabra de Dios.
R. Te alabamos Señor.
De pie.
Aclamación antes del Evangelio
(Apoc 22, 12. 17. 20)
R. Aleluya, Aleluya.
Lector 3: El Espíritu y la Iglesia dicen: "¡Ven!"
El que oiga, diga: "¡Ven!"
¡Ven, Señor Jesús!
R. Aleluya, Aleluya.
Monitor 4: Como en los tiempos de Juan el Bautista, la venida del Señor es también ahora para nosotros un tiempo de conversión y penitencia, a fin de que, cuando llegue, podamos recibir la salvación.
Diácono: El Señor esté con ustedes.
R. Y con tu espíritu.
Diácono:
+ Del santo Evangelio según san Mateo 3, 1-12
En aquel tiempo, comenzó Juan el Bautista a predicar en el desierto de Judea, diciendo: "Conviértanse, porque ya está cerca el Reino de los cielos". Juan es aquel de quien el profeta Isaías hablaba, cuando dijo: Una voz clama en el desierto: Preparen el camino del Señor, enderecen sus senderos.
Juan usaba una túnica de pelo de camello, ceñida con un cinturón de cuero, y se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre. Acudían a oírlo los habitantes de Jerusalén, de toda Judea y de toda la región cercana al Jordán; confesaban sus pecados y él los bautizaba en el río.
Al ver que muchos fariseos y saduceos iban a que los bautizara, les dijo: "Raza de víboras, ¿quién les ha dicho que podrán escapar al castigo que les aguarda? Hagan ver con obras su arrepentimiento y no se hagan ilusiones pensando que tienen por padre a Abraham, porque yo les aseguro que hasta de estas piedras puede Dios sacar hijos de Abraham.
Ya el hacha está puesta a la raíz de los árboles, y todo árbol que no dé fruto, será cortado y arrojado al fuego.
Yo los bautizo con agua, en señal de que ustedes se han arrepentido; pero el que viene después de mí, es más fuerte que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias.
Él los bautizará en el Espíritu Santo y su fuego. Él tiene el bieldo en su mano para separar el trigo de la paja. Guardará el trigo en su granero y quemará la paja en un fuego que no se extingue".
Palabra del Señor.
R. Gloria a ti, Señor Jesús.
Nos sentamos.
Homilía
Terminado el evangelio, se puede tener una breve homilía.
Examen de conciencia
Conviene que haya un tiempo suficiente de silencio, para hacer el examen de conciencia y suscitar la verdadera contrición por los pecados. El sacerdote, el diácono u otro ministro, puede ayudar a los fieles con breves frases o con alguna oración litánica, de acuerdo con la condición, edad, etc., de los penitentes.
De pie.
RITO DE LA RECONCILIACIÓN
Confesión general de los pecados
Fórmula de confesión general
Diácono: Hermanos, reconozcamos nuestros pecados y oremos unos por otros para conseguir la vida eterna. Inclinemos nuestra cabeza o quienes puedan, nos ponemos de rodillas.
De rodillas.
Todos juntos dicen: Yo confieso ante Dios todopoderoso y ante ustedes, hermanos, que he pecado mucho, de pensamiento, palabra, obra y omisión.
Dándose un golpe de pecho, dicen:
Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa.
Y prosiguen:
Por eso ruego a santa María, siempre Virgen, a los ángeles, a los santos y a ustedes, hermanos,
que intercedan por mí ante Dios, nuestro Señor.
De pie.
Invitación a la confesión de los pecados
Diácono: Hermanos, supliquemos a Dios misericordioso que nos conceda el perdón que anhelamos y la medicina que necesitamos como enfermos, porque el Señor purifica el corazón arrepentido y perdona a quienes confiesan sus pecados.
Digámosle confiadamente:
R. Padre, ten misericordia de nosotros.
Invocaciones penitenciales
Lector 4: Para que nos concedas la gracia de un arrepentimiento verdadero. R.
Para que nos perdones y nos libres de las consecuencias de nuestras culpas pasadas. R.
Para que concedas el perdón a tus hijos, que por el pecado lesionaron la integridad de tu santa Iglesia y los conviertas en miembros fecundos de ella. R.
Para que, devuelvas el esplendor inicial del bautismo a quienes lo empañaron por el pecado. R.
Para que, restituidos a la participación del banquete eucarístico, los renueves con la esperanza de la gloria eterna. R.
Para que, por la ferviente participación en tus sacramentos, permanezcamos siempre fieles a ti. R.
Para que, renovados por tu amor, seamos testigos de él en el mundo. R.
Para que perseveremos fieles a tus mandamientos y alcancemos un día la vida eterna. R.
Padre nuestro
Diácono: Pidamos a Dios, nuestro Padre, con las mismas palabras que Cristo nos enseñó, que nos perdone nuestros pecados y nos libre de todo mal.
Todos juntos dicen:
Padre nuestro,
que estás en el cielo,
santificado sea tu nombre;
venga a nosotros tu reino;
hágase tu voluntad
en la tierra como en el cielo.
Danos hoy nuestro pan de cada día.
perdona nuestras ofensas,
como también nosotros perdonamos
a los que nos ofenden;
no nos dejes caer en la tentación,
y líbranos del mal.
Sacerdote: Muéstrate propicio, Señor, con tus siervos, miembros de tu Iglesia, que se reconocen pecadores, para que, por intercesión de ella, libres de todo pecado, merezcan darte gracias con un corazón nuevo. Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Prosigue la confesión y absolución individual.
Diácono: Quienes deseen reconciliarse con Dios y con los hermanos en este momento, el sacerdote estará confesando. Pidamos por ellos y por nosotros para impulsar una autentica conversión.
Sentados.
Confesión y absolución individual
Enseguida, cada penitente acude al sacerdote, que se ha instalado en el confesionario, le confiesa sus pecados y, después de aceptar la satisfacción impuesta, recibe la absolución. Se omite por consiguiente la "oración del penitente" que se indica en la Reconciliación de un solo penitente (Cfr n. 45). El sacerdote, con las manos extendidas sobre la cabeza del penitente (o por lo menos con la mano derecha extendida), le da la absolución, diciendo:
Dios, Padre misericordioso,
que reconcilió al mundo consigo
por la muerte y la resurrección de su Hijo
y envió al Espíritu Santo
para el perdón de los pecados,
te conceda,
por el ministerio de la Iglesia,
el perdón y la paz.
Y YO TE ABSUELVO
DE TUS PECADOS,
EN EL NOMBRE DEL PADRE,
Y DEL HIJO,
Y DEL ESPÍRITU SANTO.
El penitente responde:
Amén.
y regresa con la asamblea que medita y ora.
Meditaciones e intercesiones por quienes se reconcilian con Dios.
Los fieles que permanecen en la iglesia meditan y oran.
El diácono facilita la reconciliación diciendo:
Examina en primer lugar tu relación con Dios.
¿Lo tienes presente en tu vida?
¿Rezas con Él?
¿Participas del gran encuentro de los cristianos que es la Misa de los domingos?
¿Te preocupas por conocer mejor tu fe y formarte adecuadamente a través de cursos y charlas de fe?
¿Vives tu fe en lo privado y en lo público?
¿Has visto el rostro de Dios en lo que los demás?
¿confías en Él o en supersticiones?
¿He comulgado alguna vez sin confesarme o estar en gracia?
Examina tus relaciones con los demás
¿Te preocupas por el bien de los demás, o piensas solo en ti?
¿Estás dispuesto a ayudar a los demás en toda ocasión, o calculas antes tus propios intereses?
¿Sabes ceder, o quieres tener siempre la razón?
¿Eres leal con los demás?
¿Son sanas y limpias, siempre, tus relaciones de amistad y compañerismo con los demás?
¿Sabes transmitir confianza y deseos de seguir adelante, en lugar de amargura y pesimismo?
¿Eres generoso?
Examina tu vida de estudio o de trabajo
¿Dedicas al estudio el tiempo y la atención necesarios?
Si trabajas, ¿lo haces también con dedicación?
Sea en el estudio o en el trabajo ¿mantienes buenas relaciones de amistad o respeto con los compañeros?
¿Actúas siempre con espíritu solidario?
¿Practicas la corrección oportuna y fraterna, sin ofensa?
¿Buscas crecer en tus cualidades?
¿He pagado lo justo?
¿He cumplido mis promesas y contratos en el tiempo señalado?
Examina tu vida familiar
¿Haces todo lo posible para que en casa haya una buena relación entre todos y mayor felicidad?
¿Eres atento con tus hijos?
¿Eres respetuoso con tus padres?
¿Buscas el bien de todos los que están en casa, con verdadero amor mutuo? cuando hay conflictos?
¿los han solucionado como familia?
Examina, finalmente, tu preocupación por el bien común.
¿Te interesas por los problemas de los demás, tanto los más cercanos a ti como los que pertenecen a ambientes distintos del tuyo?
¿Te interesas por los problemas de la vida social actual?
¿Te preocupas por lo que pasa en tu ciudad, pueblo, colonia, fraccionamiento, barrio?
¿Te preocupas por los que tienen menos posibilidades que tú?
Examina tu vida personal
¿Vivo en la libertad de los hijos de Dios o me siento esclavo de algo o alguien?
¿Soy soberbio y vanidoso?
¿Me considero superior a los demás?
¿Busco aparentar algo que no soy para ser valorado por otros?
¿Me acepto a mí mismo, o vivo en la mentira y el engaño?
¿Soy esclavo de mis complejos?
¿Qué uso he hecho del tiempo y de los talentos que Dios me dio?
¿Me esfuerzo por superar los vicios e inclinaciones malas como la pereza, la avaricia, la gula, la bebida, la droga?
¿He caído en la lujuria con palabra y pensamientos impuros, con deseos o acciones impuras?
¿He realizado lecturas o asistido a espectáculos que reducen la sexualidad a un mero objeto de placer?
¿He caído en la masturbación o la fornicación?
¿He cometido adulterio?
¿He recurrido a métodos artificiales para el control de la natalidad?
1. Amarás a Dios sobre todas las cosas
2. No jurarás el nombre de Dios en vano
3. Santificarás las fiestas
4. Honrarás a tu padre y a tu madre
5. No matarás
6. No cometerás actos impuros
7. No robarás
8. No mentirás
9. No consentirás pensamientos ni deseos impuros
10.No codiciarás los bienes ajenos
Son llamados capitales porque generan otros pecados... otros vicios. Son: la soberbia, la avaricia, la envidia, la ira, la lujuria, la gula, la pereza.
1. Participar de la Misa entera los domingos y fiestas de precepto.
2. Confesar los pecados graves al menos una vez al año.
3. Recibir la Eucaristía al menos una vez al año, por Pascua.
4. Ayunar cuando lo manda la Iglesia
5. Ayudar a la Iglesia en sus necesidades.
Necesitamos RECONOCER que hemos actuado mal y que nos duele estar así...
...es DIOS quien nos ayuda a ser MEJORES viviendo su Misericordia.
Dar de comer al hambriento.
Dar de beber al sediento.
Vestir al desnudo
Visitar a los enfermos
Asistir al preso
Dar posada al caminante
Sepultar a los muertos
Enseñar al que no sabe
Dar buen consejo al que lo necesita.
Corregir al que se equivoca.
Perdonar las ofensas.
Consolar al afligido.
Tolerar los defectos de los demás.
Hacer oración por vivos y difuntos.
Un grupo de fieles buscó cómo traducir esto, las obras de misericordia, a nuestro tiempo:
1. Te visito.
2. Comparto contigo.
3. Te escucho.
4. Tú estás incluido.
5. Rezo por ti.
6. Hablo bien de ti.
7. Camino un rato contigo.
Decirle al sacerdote tus pecados, sin darle vueltas, tratando de ser claro y no olvidando ninguno. No tengas pena ni miedo, recuerda que en el SACRAMENTO el sacerdote representa (o sea “vuelve a presentar”) a Jesús; es Jesús quien te ama, te escucha y te perdona.
Y recuerda que después de la confesión tendrás de nuevo la amistad con DIOS, CONTIGO y con los DEMÁS, y podrás vivir más cerca de Él.
La acción de PENITENCIA (SATISFACCIÓN) que el sacerdote propone será vivida como gozo por los pecados perdonados y como perfeccionamiento de la vida misma.
Silencio y oración personal.
(escrito por Monseñor Lebrun)
Lector 5: Palabras de Jesús a nuestra alma:
"Conozco tu miseria, las luchas y las tribulaciones de tu alma, las debilidades de tu cuerpo, tu cobardía y tus pecados, y sabiéndote te digo:
“DAME TU CORAZÓN,
¡ÁMAME CÓMO ERES!”.
Si esperas a ser un ángel para abandonarte al amor, no amarás jamás. Aún si eres débil en la práctica del deber y de la virtud, y si con frecuencia vuelves a caer en tus faltas y tu debilidad te consume, no te permito que no me des tu amor.
¡ÁMAME COMO ERES!
En cada instante y en cualquier situación en la que tú estés, en el fervor o en la soledad, en la fidelidad o infidelidad, ámame como eres.
Yo quiero el amor de tu pobre corazón. Si esperas a ser ángel no me amarás jamás.
¿Acaso no podría hacer de cada granito de arena un ángel radiante de pureza, de nobleza y de amor? ¿No soy yo el Omnipotente? Y si en cambio, me agrada dejar aquellos maravillosos seres en el cielo y preferir el pobre amor de tu corazón, ¿quién lo impide? ¿Acaso no soy yo el dueño de mi amor?
HIJO MÍO, DEJA QUE TE AME.
Quiero tu corazón. Ciertamente yo quiero, con el tiempo, transformarte, pero por ahora yo te amo como eres y deseo que tú hagas lo mismo. Yo quiero ver que del abismo de tu miseria sube tu amor. Amo en ti también tu debilidad, amo el amor de los pobres y de los miserables.
Quiero que desde este abismo suba continuamente, por siempre el grito grande:
“JESÚS, YO TE AMO!”
Quiero únicamente el canto de tu corazón. No tengo necesidad de tu ciencia ni de tus talentos. Me importa una sola cosa:
“VERTE TRABAJAR CON AMOR”
No son tus virtudes lo que yo deseo. Si te las diera, eres tan débil que ellas alimentarían tu amor propio. No te preocupes por esto. Yo habría podido destinarte para grandes cosas. No, serás el siervo inútil. Te quitaré aún lo poco que tienes, porque yo te he creado solamente para el amor.
Hoy yo estoy a la puerta de tu corazón como un mendigo. - ¡Yo, que soy el Rey de los reyes! Toco en tu puerta y espero. Apresúrate a abrirme. No sufras tu miseria, porque si conocieras perfectamente tu miseria, podrías morir de dolor."
Silencio para meditar.
(SALMO 50)
Lector 6: Misericordia, Dios mío, por tu bondad,
por tu inmensa compasión borra mi culpa;
lava del todo mi delito,
limpia mi pecado.
Pues yo reconozco mi culpa,
tengo siempre presente mi pecado:
contra ti, contra ti sólo pequé,
cometí la maldad que aborreces.
En la sentencia tendrás razón,
en el juicio brillará tu rectitud.
Mira, en la culpa nací,
pecador me concibió mi madre.
Te gusta un corazón sincero,
y en mi interior me inculcas sabiduría.
Rocíame con el hisopo: quedaré limpio;
lávame: quedaré más blanco que la nieve.
Hazme oír el gozo y la alegría,
que se alegren los huesos quebrantados.
Aparta de mi pecado tu vista,
borra en mí toda culpa.
Oh Dios, crea en mí un corazón puro,
renuévame por dentro con espíritu firme;
no me arrojes lejos de tu rostro,
no me quites tu santo espíritu.
Devuélveme la alegría de tu salvación,
afiánzame con espíritu generoso:
enseñaré a los malvados tus caminos,
los pecadores volverán a Ti.
Líbrame de la sangre, oh Dios,
Dios, Salvador mío,
y cantará mi lengua tu justicia.
Señor, me abrirás los labios,
y mi boca proclamará tu alabanza.
Los sacrificios no te satisfacen:
si te ofreciera un holocausto, no lo querrías.
Mi sacrificio es un espíritu quebrantado;
un corazón quebrantado y humillado,
tú no lo desprecias.
Señor, por tu bondad, favorece a Sión,
reconstruye las murallas de Jerusalén:
entonces aceptarás los sacrificios rituales,
ofrendas y holocaustos,
sobre tu altar se inmolarán novillos.
Lectura personal (en silencio):
Glosa sobre los 10 mandamientos, José Luis Martín Descalzo
Tomado del libro "Razones para la esperanza", Ed. Atenas.
Amarás a Dios. Lo amarás sin retóricas, como a tu padre, como a tu amigo. No tengas nunca una fe que no se traduzca en amor. Recuerda siempre que tu Dios no es una perfecta e idea que solo existe en la imaginación , un abstracto, la conclusión de un silogismo, sino Alguien que te ama y a quien tienes que amar. Sabe que un Dios a quien no se puede amar no merece existir. Lo amarás como tú sabes: pobremente. Y te sentirás feliz de tener un solo corazón y de amar con el mismo a Dios, a tus hermanos, a Mozart y a tu gata. Y, al mismo tiempo que amas a Dios, huye de todos esos ídolos de nuestro mundo, esos ídolos que nunca te amarán pero podrán dominarte: el poder, el confort, el dinero, el sentimentalismo, la violencia.
No usarás en vano las grandes palabras: Dios, Patria, Amor. Tocarás esas grandes realidades de año en año y con respeto, como la campana gorda de una catedral. No la uses jamás contra nadie, jamás para sacar jugo de ellas, jamás para tu propia conveniencia. Piensa que utilizarlas como escudo para defenderte o como jabalina para atacar es una de las formas más crueles de la blasfemia.
Piensa siempre que el domingo está muy bien inventado, que tú no eres un animal de carga creado para sudar y morir. Impón a ese maldito exceso de trabajo que te acosa y te asedia algunas pausas de silencio para encontrarte con la soledad, con la música, con la Naturaleza, con tu propia alma, con Dios en definitiva. Ya sabes que en tu alma hay flores que sólo crecen con el trabajo. Pero sabes también que hay otras que sólo viven en el ocio fecundo.
Recuerda siempre que lo mejor de ti lo heredaste de tu padre y de tu madre. Y, puesto que no tienes ya la dicha de poder demostrarles tu amor en este mundo, déjales que sigan engendrándote a través del recuerdo. Tú sabes muy bien, que todos tus esfuerzos personales jamás serán capaces de construir el amor y la ternura que te regaló tu madre y la honradez y el amor al trabajo que te enseñó tu padre.
No olvides que naciste carnívoro y agresivo y que, por tanto, te es más fácil matar que amar. Vive despierto para no hacer daño a nadie, ni a las personas, ni animal, ni a cosa alguna. Sabes que se puede matar hasta con negar una sonrisa y que tendrás que dedicarte apasionadamente a ayudar a los demás para estar seguro de no haber matado a nadie.
No aceptes nunca esa idea de que la vida es una película del Oeste en la que el alma sería el bueno y el cuerpo el malo. Tu cuerpo es tan limpio como tu alma y necesita tanta limpieza como ella. No temas, pues, a la amistad, ni tampoco al amor: ríndeles culto precisamente porque les valoras. Pero no caigas nunca en esa gran trampa de creer que el amor es recolectar placer para ti mismo, cuando es transmitir alegría a los demás.
No robarás a nadie su derecho a ser libre. Tampoco permitirás que nadie te robe a ti la libertad y la alegría. Recuerda que te dieron el alma para repartirla y que roba todo aquel que no la reparte, lo mismo que se estancan y se pudren los ríos que no corren.
Recuerda que, de todas tus armas, la más peligrosa es la lengua. Rinde culto a la verdad, pero no olvides dos cosas: que jamás acabarás de encontrarla completa y que en ningún caso debes imponerla a los demás.
No desearás la mujer de tu prójimo, ni su casa, ni su coche, ni su vídeo, ni su sueldo. No dejes nunca que tu corazón se convierta en un cementerio de chatarra, en un cementerio de deseos estúpidos.
No codiciarás los bienes ajenos ni tampoco los propios. Sólo de una cosa puedes ser avaro: de tu tiempo, de llenar de vida los años poco o muchos que te fueran concedidos. Recuerda que sólo quienes no desean nada lo poseen todo. Y sábete que, ocurra lo que ocurra, nunca te faltarán los bienes fundamentales: al amor de tu Padre, que está en los cielos, y la fraternidad de tus hermanos, que están en la tierra.
De pie.
Cántico de alabanza a Dios por su misericordia
Terminadas las confesiones individuales, el sacerdote que preside la celebración, invita a los fieles a dar gracias y los exhorta a las buenas obras, con las cuales se manifiesta la gracia de la penitencia en la vida de los individuos y de toda la comunidad.
Conviene, por consiguiente, que todos canten un salmo, un himno o hagan una oración litánica, para proclamar el poder y la misericordia de Dios.
Por ejemplo, el cántico de la Virgen (Lc 1, 46-55),
Cántico de la Virgen
Salmista 2: Acuérdate, Señor, de tu misericordia.
R. Acuérdate, Señor, de tu misericordia.
Mi alma glorifica al Señor
y mi espíritu se llena de júbilo en Dios,
mi salvador,
porque puso sus ojos
en la humildad de su esclava. R.
Desde ahora me llamarán dichosa
todas las generaciones,
porque ha hecho en mí grandes cosas
el que todo lo puede.
Santo es su nombre,
y su misericordia llega
de generación en generación
a los que lo temen. R.
Ha hecho sentir el poder de su brazo:
dispersó a los de corazón altanero,
destronó a los potentados
y exaltó a los humildes.
A los hambrientos los colmó de bienes
y a los ricos los despidió sin nada. R.
Acordándose de su misericordia,
vino en ayuda de Israel, su siervo,
como lo había prometido a nuestros padres,
a Abraham y a su descendencia,
para siempre. R.
Oración conclusiva para dar gracias
Sacerdote:
Padre Santo, que nos has transformado en imágenes vivas de tu Hijo, concédenos que habiendo sido objeto de tu misericordia, seamos un signo de tu amor en el mundo.
Por Jesucristo, nuestro Señor.
R. Amén.
Rito de conclusión
Luego el sacerdote bendice a todos, diciendo:
Que el Señor guíe sus corazones en el amor de Dios y en la paciencia de Cristo.
R. Amén.
Para que puedan caminar siempre en la vida nueva y agradar a Dios en todas las cosas.
R. Amén.
Y la bendición de Dios todopoderoso,
Padre, Hijo + y Espíritu Santo,
descienda sobre ustedes.
R. Amén.
A continuación, el diácono u otro ministro o el mismo sacerdote, despide a los fieles, diciendo:
El Señor les ha perdonado sus pecados. Pueden ir en paz.
R. Demos gracias a Dios.
Te doy gracias, Jesús,
por haberme encontrado,
por haberme salvado,
Te doy gracias, Jesús.