Amanece en Vernasca, un pequeño pueblo de montaña del norte de Italia, rodeado de colinas, naturaleza y ese ritmo tranquilo que tienen los lugares donde todo parece ir un poco más despacio. Calles con encanto, casas de piedra, aire puro… y un paisaje que invita a observar, a escuchar y, sobre todo, a aprender.
Desde el primer momento hubo algo que nos hizo sentir especialmente conectados con este lugar: las similitudes con nuestro propio entorno. Igual que ocurre en nuestro centro, aquí la escuela forma parte de una comunidad rural, cercana y muy conectada con su contexto. Centros con grupos reducidos, ratios bajas, donde el profesorado conoce muy bien a su alumnado y donde la educación se vive de una forma mucho más personalizada.
Rodeados de naturaleza, con un ritmo diferente al de las grandes ciudades, encontramos una manera de enseñar y aprender que, en muchos aspectos, nos resulta muy familiar.
Con esa sensación de estar lejos de casa, pero al mismo tiempo en un entorno que nos recuerda mucho al nuestro, comenzamos nuestro primer día de visitas en Lugagnano… y podemos decir que la experiencia no ha podido empezar mejor.
Nuestra primera parada educativa comenzó con una acogida realmente especial en el centro de Lugagnano. El equipo directivo, junto a Nadia y Federica —nuestras anfitrionas durante esta experiencia— nos recibió con una cercanía que hizo que, a pesar de estar lejos de casa, nos sintiéramos parte del centro desde el primer minuto.
Después de nuestro primer espresso italiano y de disfrutar de un trocito de auténtica focaccia entre conversaciones, sonrisas y primeras impresiones… llegó el momento que más esperábamos: cruzar las puertas de las aulas y comenzar a descubrir cómo se vive la educación aquí. A lo largo de la mañana pudimos acompañar diferentes sesiones en Educación Infantil y Secundaria, asistiendo a clases de inglés, matemáticas, geografía e historia. Y, como suele ocurrir cuando uno entra con mirada docente, cada aula nos dejó algún detalle digno de llevarse en la mochila.
En Infantil nos llamó especialmente la atención la forma en la que se organizan los espacios y las dinámicas de aprendizaje. Pudimos observar una propuesta de trabajo por estaciones muy interesante, en la que cada alumno continuaba la actividad exactamente donde la había dejado el compañero anterior, construyendo entre todos un producto común. Una forma de entender el aprendizaje cooperativo desde edades muy tempranas que nos pareció especialmente enriquecedora.
En Secundaria seguimos descubriendo propuestas metodológicas muy inspiradoras. En matemáticas conocimos Phiquadro, una herramienta digital que convierte la resolución de ejercicios en un reto cooperativo por equipos, combinando aprendizaje y motivación.
En geografía, el alumnado estaba inmerso en la creación de revistas digitales con Canva, investigando temas vinculados a la sostenibilidad, la economía o la agricultura para después compartir sus aprendizajes con el resto de la clase.
Y si hubo un momento especialmente significativo, fue en la clase de historia. Allí descubrimos un proyecto de memoria histórica en el que el alumnado entrevista a personas mayores del pueblo para conocer cómo era la vida en los entornos rurales durante la World War II. Preguntas preparadas, escucha activa, toma de notas… y, sobre todo, una manera profundamente humana y contextualizada de aprender historia.
Cerramos este primer día con una sensación muy clara: compartir aulas, observar otras formas de enseñar y conectar con docentes de otros países no solo aporta nuevas ideas… también recuerda por qué nos apasiona educar.
Y esto… no ha hecho más que empezar. 🇮🇹✨