Amanece soleado en Vernasca, y la aventura comienza, como cada día, saliendo de nuestra pequeña casa en la montaña. Un lugar tranquilo, casi escondido entre colinas, donde apenas llega la señal de red y donde, sin buscarlo, estamos viviendo un pequeño ejercicio de desconexión. Allí, entre café, silencio y naturaleza, compartimos impresiones, ideas y experiencias los tres docentes que hemos emprendido esta aventura Erasmus+, como si ese rato previo también formara parte del aprendizaje del día.
Desde allí, nos ponemos en camino hacia la escuela primaria de Lugagnano, un lugar donde las mañanas parecen oler a curiosidad, a manos pequeñas que construyen juntas y a preguntas que nacen sin prisa, casi sin darse cuenta. Hay algo en el ritmo del centro, en la calma con la que todo sucede, que invita a mirar más despacio y a escuchar mejor.
Y después… el aula.
En matemáticas nos hemos encontrado con el Rally Matemático Transalpino, donde los problemas no se resuelven solo con lápiz y papel, sino también con miradas, acuerdos, intentos compartidos y risas contenidas. No era solo hacer matemáticas… era pensar juntos. Y eso, visto desde fuera, tiene algo de magia sencilla.
Entre cuadernos y explicaciones, también me he detenido en algo que parecía pequeño pero que decía mucho: los cuadernos de inglés. Muy presentes, muy vivos, muy trabajados… aunque con palabras que aún están empezando a salir tímidas en voz alta. Frases sencillas que todavía no se construyen del todo, pero que se están sembrando poco a poco.
Después de eso, hemos entrado en la biblioteca del centro… y ahí el ritmo ha cambiado por completo. Un espacio lleno de luz tranquila, silencio y muy buenas vibras. Un lugar de esos en los que apetece quedarse un rato más del necesario.
Allí hemos compartido un pequeño juego con el alumnado: les hemos preguntado qué libro creían que elegiríamos nosotros si tuviéramos que escoger uno, intentando adivinarlo a partir de lo que habían ido descubriendo de nosotros a lo largo del día. Ha sido un momento divertido, curioso y muy cercano, que ha despertado su imaginación y muchas sonrisas.
Entre las respuestas, una de las propuestas ha sido Charlie y la fábrica de chocolate, de Roald Dahl, un autor británico que muchos conocen bien… y que, como maestra de inglés, me ha hecho especial ilusión.
En tecnología y robótica nos hemos encontrado con una escena muy agradable: el alumnado trabajando en grupo, compartiendo ideas, ayudándose entre ellos y avanzando juntos en sus construcciones. Todo ello en un clima de trabajo muy bueno, con ese “ruido agradable” de aula donde cada uno está concentrado, pero a la vez conectado con los demás. Se notaba el orgullo en sus caras cuando iban terminando sus proyectos, disfrutando del proceso y del resultado final.
Pero si cierro los ojos y pienso en el día, me voy directa a un momento: ciencia y tecnología en 2º.
Hemos salido al jardín del centro. El aire, las plantas, el silencio curioso de quienes observan de verdad. El alumnado recogía muestras, miraba, tocaba, preguntaba. Después, en clase, esas plantas se convertían en cuadernos de campo hechos con tablets, apps que les ayudaban a identificarlas e incluso inteligencia artificial que completaba la información.
Y lo más bonito no era la tecnología. Era la forma en la que la usaban: con calma, con naturalidad, con esa seguridad tranquila de quien está aprendiendo sin darse cuenta de lo mucho que está aprendiendo.
He visto también cómo cada trabajo se convertía en historia cuando lo compartían con el resto de la clase. Y cómo el grupo escuchaba. De verdad. Sin prisa. Sin ruido.
Hoy me voy con la sensación de que la escuela, cuando se mira de cerca, está llena de pequeños momentos que no hacen ruido… pero sí dejan huella.
Y este, sin duda, ha sido uno de ellos.